6 de noviembre de 2010

TEXTO " EL CAPOTE" DE GOGOL PARA REALISMO (FRAGMENTO)

EL CAPOTE
NIKOLAI GÓGOL
En el departamento de …, pero más vale que no lo nombremos. No hay cosa más susceptible que los departamentos, los regimientos, los negociados y, en resumidas cuentas, todas las diversas clases de funcionarios. En los tiempos que corren, cada particular considera que ofender a su persona es un escarnio a toda la sociedad. Se dice que, hace muy poco, cierto capitán de policía, no recuerdo de qué ciudad, presentó un informe, afirmando terminantemente que las leyes públicas estaban a punto de perecer, ya que de su rango sagrado se hacía el uso y abuso más arbitrarios. En prueba de lo cual unió a su informe una voluminosa novela romántica, en la que cada diez páginas, figuraba un capitán de policía, a veces incluso completamente borracho. En consecuencia, para evitarnos incidentes desagradables, designaremos el departamento en cuestión como un departamento. Así, pues en un departamento había un funcionario; un funcionario del que no podría decirse que tuviera nada en particular: era bajito, algo picado de viruelas, algo pelirrojo, a primera vista hasta algo cegato, con leves entradas, los cigarrillos surcados de arrugas y la cara de ese color que suele llamarse hemorroidal…
¡Qué se le va a hacer! La culpa la tiene el clima de San Petersburgo. Por lo que se refiere a su rango (pues en nuestro país el rango ha de ponerse por delante de todo), era lo que se llama un consejero titular a perpetuidad, personaje, a cuya costa, según es notorio, han hecho alarde de ingenio y se han mofado a su costa diversos escritores que tienen la plausible costumbre de ensañarse con los que no pueden morder. El funcionario se apellidaba Bashmachkin. Este apellido tuvo su origen en la palabra bashmach [zapato]; lo que no se sabe es cuándo, en qué época y de qué modo sucedió la derivación. Tanto el padre como el abuelo, y hasta el cuñado, es decir, todos los Bashmachkin, usaban botas, limitándose a echarles mediasuelas tres veces al año. Se llamaba Akaki Akákievich. Tal vez al lector se le antoje un poco extraño y rebuscado el nombre, pero podemos asegurarle que no lo es en absoluto y que las circunstancias se combinaron de tal suerte, que fue completamente imposible darle otro. He aquí como ocurrió: Akaki Akákievich nació, si no me falla la memoria, en la noche del 22 de marzo. Su madre, que en paz descanse, esposa de un funcionario y excelente mujer, se disponía, como es de rigor, a bautizar al niño. Estaba todavía en la cama, justo frente a la puerta; a su derecha se encontraban el padrino Iván Ivánovich Eroshkin, bellísima persona, jefe de sección en el Senado, y la madrina, Arina Semiónovna Bielobriúshkova, esposa de un oficial de policía y mujer de raras virtudes. Propusieron a las madres que eligiera entre tres nombres: Mokki, Sossi, y Jozdazat, el mártir. "De ningún modo", pensóla hoy difunta. "¡Vaya con los nombrecitos!" Con el objeto de complacerla. Abrieron el calendario por otra parte, y salieron otros tres nombres: Trifili, Dula y Varajasi. "¡Qué castigo!", dijo la madre. "¡Sí que tienen gracia los nombres! ¡Nunca he oído nada igual! Si, por lo menos, fuera Varadat o Váruj… ¡Pero miren que Trifili y Varajasi!" Volvieron una hoja más y aparecieron Pavsikaji y Vajtisi. "Está visto que es cosa del sino", dijo la madre. "Siendo así, prefiero que se llame como su padre. Akaki es el padre, y Akaki será el hijo". Ahí tienen ustedes cómo vino a resultar Akaki Akákievich. Bautizaron al niño, que rompió a llorar e hizo un mohín como si presintiera que iba a ser consejero titular. Queda, pues, explicada la manera en que ocurrió todo. Hemos hecho relación de ello para recordar que el lector se convenza de que las cosas siguieron el camino lógico y de que fue realmente imposible darle otro nombre. Cuándo y cómo entró en la oficina, y quién le promocionó la colocación no lo recordaba nadie. Los directores y jefes de toda clase cambiaron muchas veces, pero a él se le veía siempre en el mismo sitio, en la misma postura, en el mismo cargo, siempre atareado en el mismo trabajo de copista, de modo que, a la larga, llegó a parecer que había venido al mundo tal como era, con uniforme y calva. En el departamento no se le tenía el menor respeto. Los ordenanzas, lejos de levantarse al pasar por él, ni siquiera lo miraban, como si fuese una mosca. Los superiores lo trataban con una frialdad despótica. Cualquier subjefe de la sección le metía simplemente los papeles bajo la nariz, sin decirle siquiera: "¡Cópielos!" o "Aquí tiene un asunto interesante", o bien alguna otra palabra agradable, como se estilaba en las oficinas donde son educados. Pero él tomaba todo lo que le largaban, mirando tan sólo el papel, sin fijarse en quién lo entregaba, ni en si tenía derecho a ello. Lo tomaba y en el acto se ponía a copiarlo. Los jóvenes funcionarios le hacían burla y se mofaban de él en la medida de su ingenio oficinesco. En presencia suya contaban innumerables historias con él de protagonista; decían que le pegaba su patrona, una vieja de setenta años, y le preguntaban cuándo se casarían: otras veces le rociaban la cabeza de trocitos de papel, diciendo que era nieve. Pero Akaki Akákievich no respondía nada, como si no tuviera a nadie delante de sí; las burlas no influían lo más mínimo en su trabajo; y, pese a tanta impertinencia, no cometía una sola equivocación en las copias. Únicamente, cuando las bromas iban demasiado lejos, cuando le empujaban con el codo, impidiéndole proseguir su faena, terminaba por decir: "¡Dejadme! ¿Porqué me tratáis así?" había algo extraño en esas palabras y en la voz con que las pronunciaba. Su tono producía tanta lástima, que un joven recién ingresado en el cuerpo, y que, inducido por el ejemplo de los demás, osó burlarse de él, se detuvo como herido por un rayo, y desde entonces todo pareció cambiar a sus ojos, tomando otro aspecto. Una fuerza sobrenatural lo apartó de sus colegas, a quienes había considerado como personas correctas y educadas. Por espacio de mucho tiempo, aun en los momentos más entretenidos, se le presentaba súbitamente el pequeño funcionario de la calva con su penetrante "¡Dejadme! ¿Porqué me tratáis así?" ; en esas palabras punzantes se percibían otras: "Soy tu hermano" , y entonces el pobre joven se cubría el rostro con las manos. Y más tarde, muchas veces en su vida, constató con horror cuántos sentimientos inhumanos se encierran en el hombre, cuánta brutal grosería se oculta bajo el refinamiento de la urbanidad, incluso, ¡Dios mío!, en personas a quienes el mundo tiene por nobles y honradas…
Hubiera sido difícil encontrar un hombre tan apegado a su trabajo. Decir que lo ejecutaba con celo sería insuficiente. No, lo hacía con amor. En la faena de copiar se entreveía todo un mundo, múltiple y atrayente. Su rostro se inundaba de placer; tenía letras favoritas, y cada vez que las encontraba se convertía en otro hombre: sonreía, guiñaba los ojos, recurría al concurso de los labios, de modo que en su semblante podía leerse cada una de las letras que trazaba la pluma. Si le hubieran recompensado en proporción al celo que desplegaba, tal vez habría ascendido, con gran sorpresa suya, hasta consejero de Estado; pero, según decían sus guasones compañeros, no había ganado más que "dolores de los riñones y granos a montones". Sin embargo, decir que jamás se tuvo con él una atención sería faltar a la verdad. Un director, hombre sensible, deseando premiar sus largos años de servicio, dispuso que se le confiara una tarea más importante que la de simple copista: se trataba de tomar un expediente ya terminado y redactar una carta dirigida a otra institución. Bastaba para ello cambiar el encabezamiento y pasar algunos verbos de la primera a la tercera persona. Pero le costó tanto esfuerzo que quedó bañado en sudor, y, enjugándose la frente, dijo por fin: "No, más vale que me den a copiar algo". A partir de entonces, lo dejaron de copista para siempre. Diríase que, aparte de ese trabajo, nada existía para él. Su indumentaria le tenía sin cuidado. El uniforme, verde en sus buenos tiempos, pasó a ser parduzco harinoso. El cuello de su uniforme era tan estrecho y bajo, que, aunque el pescuezo de Akaki Akakiévich no era norma, parecía desmesuradamente largo, asemejándose a esos gatitos de yeso, que mueven la cabeza, y que los vendedores de otras regiones traen a docenas en cestas sobre su cabeza. Siempre llevaba en el uniforme alguna adherencia extraña: ya unas briznas de heno, ya alguna hilacha. Poseía, además, el raro don de la oportunidad para pasar bajo las ventanas en el preciso instante en que arrojaban por ellas desperdicios de toda suerte, llevándose siempre en el sombrero cáscaras de sandía, de melón y otras inmundicias por el estilo. Jamás paró su atención ene el espectáculo cotidiano de la calle, siempre tan sugestivo para sus colegas, los funcionarios jóvenes, de ojo tan sagaz y escrutador que no se le escapa en la acera opuesta un pantalón con la escobilla descosida, lo que siempre provoca una sonrisa maliciosa.
Pero Akaki Akákievich, aunque mirase algo, no veía más que unos renglones derechos, escritos con su esmerada letra; y quizá si un caballo, salido no se sabe de dónde, le metía el hocico en el hombro, descargándole por los caños de las narices toda una tormenta en un carrillo, sólo entonces caía en la cuenta de que no estaba en la mitad del renglón, sino más bien en la mitad de la calle. De regreso a su casa, se sentaba inmediatamente a la mesa, engullía apresuradamente su sopa y un trozo de carne de vaca con cebolla, sin paladearlos, tragando a voleo, con moscas y todo, lo que Dios enviaba.
Una vez que sentía el estómago repleto, se levantaba de la mesa, sacaba un tintero y se ponía a copiar papeles traídos de la oficina. Si no tenía ninguno pendiente, copiaba para él |por puro gusto, sobre todo documentos que le parecían notables, no por la belleza de su estilo, sino porque el destinatario era algún personaje nuevo o importante.
Cuando el cielo gris de San Petersburgo oscurece y el mundo de los funcionarios ha llenado sus estómagos, cada cual con arreglo a su sueldo y a sus gustos; cuando han descansado del rasgueo de las plumas de oficina, del ajetreo, de los quehaceres propios y ajenos y del sinnúmero de tareas que el individuo inquieto se impone voluntariamente, excediéndose a veces, todos los funcionarios se apresuran a consagrar el tiempo restante al placer. Estos, los más diligentes, acuden al teatro; aquellos se van a la calle para recrearse en la contemplación de ciertos sombreritos; los otros pasan la velada en una tertulia, prodigando piropos a una linda muchacha, estrella de un círculo reducido de funcionarios, y los más se encaminan simplemente a un tercero o a un cuarto piso, donde un colega tiene dos pequeñas habitaciones con pasillos, cocina o algún que otro amago de elegancia (una lámpara u otra cosilla de poca monta), costeado a fuerza de muchos sacrificios y muchas renuncias a comidas y fiestas. En pocas palabras, a esas horas se dispersan los funcionarios por los cuartuchos de sus amigos para jugar al whist y tomar un vaso de té con galletas de a kopec, aspirando el humo de largas pipas y contando, mientras barajan y dan cartas, algún chisme puesto en circulación por la alta sociedad, que tanto interesa a los rusos de no importa qué clase; o bien, si no hay otro tema, se repite el eterno chascarrillo del comandante a quien vinieron a decirle, que le habían cortado el rabo al caballo de Falconet. Pues bien: Akaki Akákievich no se entregaba a ninguna diversión ni siquiera a esa hora en que todos tratan de distraerse. Nadie podía jactarse de haberle visto jamás en alguna velada. Satisfecho ya de escribir, se acostaba, sonriendo al pensar en el día de mañana: ¿Qué le enviaría Dios para copiar? Así transcurría la apacible existencia de un hombre que con cuatrocientos rublos de sueldo al año, sabía estar contento de su suerte, y quizá había transcurrido hasta la edad más avanzada, a no ser las calamidades de las que está sembrado el camino no sólo de los consejeros titulares, sino también de los consejeros, secretos, efectivos, paliativos y de toda clase, y hasta incluso de aquellos que nadie dan ni de nadie solicitan consejo alguno.
Hay en San Petersburgo un enemigo feroz de todos los que ganan al año cuatrocientos rublos o cosa así. Este enemigo no es otro que nuestro frío norteño, aunque, por otra parte, se dice que es muy bueno para la salud. A las ocho y pico de la mañana, precisamente cuando las calles se pueblan de funcionarios que se dirigen a sus departamentos, comienza el frío a dar unos aletazos tan fuertes y punzantes en todas las narices, que los pobres funcionarios no saben dónde meterlas. En momentos como ésos, el frío hace que les duela la frente y se les salten las lágrimas hasta a los que ocupan cargos superiores; y los pobres consejeros titulares se sienten seres desvalidos. Con capotes tan ligeros como los suyos, la única salvación está en atravesar a escape las cinco o seis calles, y una vez en la portería de la oficina patear fuertemente el suelo hasta que se derrita el hielo que atenaza todas las facultades y los dotes necesarias para el desempeño de sus funciones. Akaki Akákievich llevaba tiempo notando que el frío le mordía dolorosamente, sobre todo en la espalda y en los hombros, a pesar de que trataba de trasponer con máxima rapidez el trayecto habitual. Al cabo, se le ocurrió pensar si no tendría algún defecto su capote. Examinándolo con atención en su casa, descubrió que el paño aparecía como calado en dos o tres puntos, precisamente en la espalda y en los hombros; tan deteriorado estaba, que se traslucía, y el forro se deshilachaba. Es de saber que también el capote de Akaki Akákievich era objeto de mofa entre los funcionarios, quienes incluso le negaban su noble nombre, calificándolo de batín. Efectivamente, tenía un aspecto peregrino: año tras año se reducían las dimensiones de su cuello, porque se empleaba para echar remiendos a otras partes, remiendos que no hacían gran honor al arte del sastre y que daban a la prenda un aire desgarbado, parecido a un saco. Cuando Akaki Akákievich vio de lo que se trataba, determinó llevar el capote a casa de Petróvich, un sastre que vivía en un cuarto piso, con entrada por la escalera de servicio. Petróvich, a pesar de ser tuerto y tener la cara picada de viruelas, se dedicaba con bastante fortuna a reparar pantalones y levitas de oficina y de otra índole, a condición, naturalmente, de que no estuviera bebido ni alimentase en su magín alguna otra empresa. Es evidente que no deberíamos extendernos mucho en la personalidad de tal sastre, pero, como es de rigor que en toda obra se precise el carácter de cada personaje, no queda otro remedio: venga, pues, Petróvich para acá. Hubo un tiempo en que Petróvich se le llamaba simplemente por el nombre , Grigori. Era entonces siervo de no sé qué señor. El patronímico, Petróvich, databa de la época en que fue liberado y comenzó a empinar el codo en las fiestas: al principio, durante las fiestas mayores, y luego, en todas las eclesiásticas sin distinción, dondequiera que el calendario estaba marcado con una cruz. En relación con esto, Petróvich permanecía fiel a las costumbres de sus abuelos , y, cuando discutía con su mujer, la llamaba pecadora alemana. Y, ya que hemos aludido a la esposa, habrá que decir dos palabras de ella. Mas, por desgracia, sabemos muy poco: quizá tan sólo que Petróvich estaba casado, y que su mujer llevaba cofia y no toquilla en la cabeza; parece que no era un dechado de hermosura; lo atestigua el hecho de que, al encontrársela, únicamente los soldados de la Guardia le echaban una mirada bajo la cofia al tiempo que se atusaban el bigote y largaban una exclamación muy particular.
FRAGMENTO

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