25 de octubre de 2018

5° Humanístico. . TEMARIO EXAMEN

 TEMARIO EXAMEN 5° HUMANÍSTICO. 

El alumno debe concurrir al examen con todo el material de estudio trabajado en el curso, fundamentalmente los textos que deberán ser presentados en el examen en forma individual.
TRAGEDIA GRIEGA.

ANTÍGONA. SÓFOCLES

introducción a tragedia griega. Orígenes de la tragedia griega. El ditirambo dionisíaco. Nacimiento de la tragedia a partir de Tespis. El teatro en el siglo V AC El tiempo de Pericles. El auge del teatro griego. Los concursos dramáticos. Los teatros griegos y su estructura. Lectura de los capítulos 1,2,3, de la Poética respecto al arte como mímesis y los diferentes criterios de diferenciación de las artes. Definición de tragedia. Estructura de la tragedia. El héroe trágico. Innovaciones realizadas por los tres grandes clásicos griegos. La leyenda de Antígona. La versión que recoge Sófocles.
Estudio del prólogo de la obra: funciones del prólogo. Diálogo entre Antígona e Ismena.  El diálogo estíquico entre ambas. Exposición del conflicto. Caracterización de los personajes. La desobediencia de Creonte y la desobediencia de Antígona. Concepto de hybris.
Episodio I: diálgo entre Creón y el pueblo. Aparición del centinela.
Episodio II:reaparición del centinela. Aparición de Antígona. Agón o duelo verbal entre Antígona y Creonte. 
Episodio IV: aparición del personaje adivino de Tiresias.
Episodio V: lamento de Antígona. ¿hay arrepentimiento en el personaje?
Exodo. El reconocimiento o aganórisis de Creón.

LITERATURA HEBREA
BIBLIA


Biblia. Características del Antiguo y Nuevo testamento. La poesía hebrea y la prosa hebrea. 
Análisis del Libro de Ruth. Los cuatro capítulos del libro. Estudio del personaje de Ruth. (se deben estudiar los cuatro capítulos que comprende el libro.

Análisis Salmo I.
Lectura de "las parábolas de la Misericordia" del Nuevo Testamento. Evangelio según Lucas.


                                                     LITERATURA SIGLO XIV
DIVINA COMEDIA. DANTE ALIGHIERI
Divina Comedia Dante Alighieri.
Ubicación de Dante en su época. El Renacimiento. Rasgos renacentistas en la obra. El antropocentrismo frente al teocentrismo medieval. Lectura del comienzo de La vida nueva como obra que adelante la Divina Comedia.Estructura de la obra. Personajes legendarios y contemporáneos. Título. Versificación..
Análisis de los cantos I V XXVI del infierno.
Aparición de Beatriz en el canto XXX del purgatorio. Relación con la descripción de Beatriz en" La vida nueva". 

Teatro isabelino:: William Shakespeare Hamlet.
Características y definición de una tragedia shakespereana. Comparación con la tragedia griega. (el material está en biblioteca sobre dicha información. 
Análisis de los monólogos I II y  del personaje de Hamlet. 

En el examen se realizará preguntas de comprensión lectora del capítulo I de "El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" de Miguel de  Cervantes. que se adjunta en el correo.
Giovanna


7 de octubre de 2018

6°B1 Fragmento Madame Bovary (Emma y Rodolphe)


                              MADAME BOVARY. fragmento capítulo 9 Libro II

Rodolfo y Ernma siguieron así el lindero del bosque. Ella se volvía de vez en cuando a fin de evitar su mirada, y entonces no veía más que los troncos de los abetos alineados, cuya suce­sión continuada le aturdía un poco. Los caballos resoplaban. El cuero de las sillas crujía.
En el momento en que entraron en el bosque salió el sol.
‑¡Dios nos protege! ‑dijo Rodolfo.
‑¿Usted cree? ‑dijo ella.
‑¡Avancemos!, ¡avancemos! ‑replicó él.
Chasqueó la lengua. Los dos animales corrían. Largos helechos a orilla del camino prendían en el estribo de Emma. Ro­dolfo, sin pararse, se inclinaba y los retiraba al mismo tiempo. Otras veces, para apartar las ramas, pasaba cerca de ella, y Emma sentía su rodilla rozarle la pierna. El cielo se había vuelto azul. No se movía una hoja. Había grandes espacios lle­nos de brezos completamente floridos, y mantos de violetas al­ternaban con el revoltijo de los árboles, que eran grises, leona­dos o dorados, según la diversidad de los follajes. A menudo se oía bajo los matorrales deslizarse un leve batir de alas, o bien el graznido ronco y suave de los cuervos, que levantaban el vuelo entre los robles. Se apearon. Rodolfo ató los caballos. Ella iba delante, sobre el musgo, entre las rodadas.
Pero su vestido demasiado largo la estorbaba aunque lo lle­vaba levantado por la cola, y Rodolfo, caminando detrás de ella, contemplaba entre aquella tela negra y la botina negra, la delicadeza de su media blanca, que le parecía algo de su desnu­dez. Emma se paró.
‑Estoy cansada ‑dijo.
‑¡Vamos, siga intentando! ‑repuso él‑. ¡Ánimo!
Después, cien pasos más adelante, se paró de nuevo; y a tra­vés de su velo, que desde su sombrero de hombre bajaba obli­cuamente sobre sus caderas, se distinguía su cara en una trans­parencia azulada, como si nadara bajo olas de azul.
‑¿Pero adónde vamos?
Él no contestó nada. Ella respiraba de una forma entrecor­tada. Rodolfo miraba alrededor de él y se mordía el bigote.
Llegaron a un sitio más despejado donde habían hecho cor­tas de árboles. Se sentaron sobre un tronco, y Rodolfo empezó a hablarle de su amor.
No la asustó nada al principio con cumplidos. Estuvo tran­quilo, serio, melancólico.
Emma le escuchaba con la cabeza baja, mientras que con la punta de su pie removía unas virutas en el suelo.
Pero en esta frase:
‑¿Acaso nuestros destinos no son ya comunes?
‑¡Pues no! ‑respondió ella‑. Usted lo sabe bien. Es im­posible.
Emma se levantó para marchar. Él la cogió por la muñeca. Ella se paró. Después, habiéndole contemplado unos minutos con ojos enamorados y completamente húmedos, le dijo viva­mente:
‑¡Vaya!, no hablemos más de esto... ¿dónde están los caba­llos? ¡Volvámonos!
Él tuvo un gesto de cólera y de fastidio. Ella repitió:
‑¿Dónde están los caballos?, ¿dónde están los caballos?
Entonces Rodolfo, con una extraña sonrisa y con la mirada fija, los dientes apretados, se adelantó abriendo los brazos. Ella retrocedió temblando. Balbuceaba:
‑¡Oh! ¡Usted me da miedo! ¡Me hace daño! Vámonos.
Y él se volvió enseguida respetuoso, acariciador, tímido.
‑Ya que no hay más remedio ‑replicó él, cambiando de talante.
Emma le ofreció su brazo. Dieron vuelta. Él decía:
‑¿Qué le pasaba? ¿Por qué? No la he entendido. Usted se equivoca conmigo sin duda. Usted está en mi alma como una madona sobre un pedestal, en un lugar elevado, sólido a inma­culado. Pero la necesito para vivir. ¡Necesito sus ojos, su voz, su pensamiento! ¡Sea mi amiga, mi hermana, mi ángel!
Y alargaba el brazo y le estrechaba la cintura. Ella trataba débilmente de desprenderse. Él la retenía así, caminando.
Pero oyeron los dos caballos que ramoneaban el follaje.
‑¡Oh!, un poco más ‑dijo Rodolfo‑. ¡No nos vayamos!, ¡quédese!
La llevó más lejos, alrededor de un pequeño estanque, don­de las lentejas de agua formaban una capa verde sobre las on­das. Unos nenúfares marchitos se mantenían inmóviles entre los juncos. Al ruido de sus pasos en la hierba, unas ranas salta­ban para esconderse.
‑Hago mal, hago mal ‑decía ella‑. Soy una loca hacién­dole caso.
‑¿Por qué?... ¡Emma! ¡Emma!
‑¡Oh, Rodolfo!... ‑dijo lentamente la joven mujer apoyán­dose en su hombro.
La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, que dilataba con un suspiro; y desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó.
Caían las sombras de la tarde, el sol horizontal que pasaba entre las ramas le deslumbraba los ojos. Por un lado y por otro, en torno a ella, en las hojas o en el suelo, temblaban unas manchas luminosas, como si unos colibríes al volar hubiesen esparcido sus plumas. El silencio era total; algo suave parecía salir de los árboles; Emma se sentía el corazón, cuyos latidos recomenzaban, y la sangre que corría por su carne como un río de leche. Entonces oyó a lo lejos, más a11á del bosque, so­bre las otras colinas, un grito vago y prolongado, una voz que se perdía y ella la escuchaba en silencio, mezclándose como una música a las últimas vibraciones de sus nervios alterados. Rodolfo, con el cigarro entre los dientes, recomponía con su navaja una de las riendas que se había roto.
Regresaron a Yonville por el mismo camino, volvieron a ver sobre el barro las huellas de sus caballos, unas al lado de las otras, y los mismos matorrales, las mismas piedras en la hierba. Nada había cambiado en torno a ellos; y sin embargo, para ella había ocurrido algo más importante que si las monta­ñas se hubiesen desplazado. Rodolfo de vez en cuando se incli­naba y le tomaba la mano para besársela.
¡Estaba encantadora a caballo! Erguida, con su talle fino, la rodilla doblada sobre las crines del animal y ligeramente colo­reada por el aire libre sobre el fondo rojizo de la tarde.
Al entrar en Yonville caracoleó sobre el pavimento.
Desde las ventanas la miraban.
Su marido en la cena le encontró buen aspecto; pero ella pa­reció no oírlo cuando le preguntó sobre su paseo; y siguió con el codo al borde de su plato, entre las dos velas encendidas.
‑¡Emma! ‑dijo él.
‑¿Qué?
‑Bueno, he pasado esta tarde por casa del señor Alexan­dre; tiene una vieja potranca todavía muy buena, con una pe­queña herida en la rodilla solamente, y que nos dejarían, estoy seguro, por unos cien escudos...
Y añadió:
‑Incluso pensando que te gustaría, la he apalabrado..., la he comprado... ¿He hecho bien? ¡Dímelo!
Ella movió la cabeza en señal de asentimiento; luego, un cuarto de hora después:
Sales esta noche? ‑preguntó ella.
‑Sí, ¿por qué?
‑¡Oh!, nada, nada, querido.
Y cuando quedó libre de Carlos, Emma subió a encerrarse en su habitación. Al principio sintió como un mareo; veía los árboles, los caminos, las cunetas, a Rodolfo, y se sentía todavía estrechada entre sus brazos, mientras que se estremecía el fo­llaje y silbaban los juncos.
Pero al verse en el espejo se asustó de su cara. Nunca había tenido los ojos tan grandes, tan negros ni tan profundos. Algo sutil esparcido sobre su persona la transfiguraba.
Se repetía: «¡Tengo un amante!, ¡un amante!», deleitándose en esta idea, como si sintiese renacer en ella otra pubertad. Iba, pues, a poseer por fin esos goces del amor, esa fiebre de felicidad que tanto había ansiado.
Penetraba en algo maravilloso donde todo sería pasión, éx­tasis, delirio; una azul inmensidad la envolvía, las cumbres del sentimiento resplandecían bajo su imaginación, y la existencia ordinaria no aparecía sino a to lejos, muy abajo, en la sombra, entre los intervalos de aquellas alturas.
Entonces recordó a las heroínas de los libros que había leído y la legión lírica de esas mujeres adúlteras empezó a cantar en su memoria con voces de hermanas que la fascinaban. Ella ve­nía a ser como una parte verdadera de aquellas imaginaciones y realizaba el largo sueño de su juventud, contemplándose en ese tipo de enamorada que tanto había deseado. Además, Emma experimentaba una satisfacción de venganza. ¡Bastante había sufrido! Pero ahora triunfaba, y el amor, tanto tiempo contenido, brotaba todo entero a gozosos borbotones. Lo sa­boreaba sin remordimiento, sin preocupación, sin turbación alguna.
El día siguiente pasó en una calma nueva. Se hicieron jura­mentos. Ella le contó sus tristezas. Rodolfo le interrumpía con sus besos; y ella le contemplaba con los párpados entornados, le pedía que siguiera llamándola por su nombre y que repitiera que la amaba. Esto era en el bosque, como la víspera, en una cabaña de almadreñeros. Sus paredes eran de paja y el tejado era tan bajo que había que agacharse. Estaban sentados, uno junto al otro, en un lecho de hojas secas.
A partir de aquel día se escribieron regularmente todas las tardes. Emma llevaba su carta al fondo de la huerta, cerca del río, en una grieta de la terraza. Rodolfo iba a buscarla a11í y co­locaba otra, que ella tildaba siempre de muy corta.
Una mañana en que Carlos había salido antes del amanecer, a Emma se le antojó ver a Rodolfo al instante. Se podía llegar pronto a la Huchette, permanecer a11í una hora y estar de vuel­ta en Yonville cuando todo el mundo estuviese aún durmien­do. Esta idea la hizo jadear de ansia, y pronto se encontró en medio de la pradera, donde caminaba a pasos rápidos sin mirar hacia atrás.
Empezaba a apuntar el día. Emma, de lejos, reconoció la casa de su amante, cuyas dos veletas en cola de milano se re­cortaban en negro sobre el pálido crepúsculo.
Pasado el corral de la granja había un cuerpo de edificio que debía de ser el palacio. Ella entró como si las paredes, al acer­carse ella, se hubieran separado por sí solas. Una gran escalera recta subía hacia el corredor. Emma giró el pestillo de una puerta, y de pronto, en el fondo de la habitación, vio a un hombre que dormía. Era Rodolfo. Ella lanzó un grito.
‑¡Tú aquí! ¡Tú aqul! ‑repetía él‑. ¿Cómo has hecho para venir?... ¡Ah!, ¡tu vestido está mojado!
‑¡Te quiero! ‑respondió ella pasándole los brazos alrede­dor del cuello.
Como esta primera audacia le había salido bien, ahora cada vez que Carlos salía temprano, Emma se vestía deprisa y baja­ba de puntillas la escalera que llevaba hasta la orilla del agua.
Pero cuando la pasarela de las vacas estaba levantada, había que seguir las paredes que se extendían a lo largo del río; la orilla era resbaladiza; ella, para no caer, se agarraba con la mano a los matojos de alhelíes marchitos. Después atravesaba los terrenos labrados donde se hundía, se tambaleaba y se le enredaban sus finas botas. Su pañoleta, atada a la cabeza, se agitaba al viento en los pastizales; tenía miedo a los bueyes, echaba a correr; llegaba sin aliento, con las mejillas rosadas y exhalando un fresco perfume de savia, de verdor y de aire li­bre. Rodolfo a aquella hora aún estaba durmiendo. Era como una mañana de primavera que entraba en su habitación.
Las cortinas amarillas a lo largo de las ventanas dejaban pa­sar suavemente una pesada luz dorada. Emma caminaba a tientas, abriendo y cerrando los ojos, mientras que las gotas de rocío prendidas en su pelo hacían como una aureola de topa­cios alrededor de su cara. Rodolfo, riendo, la atraía hacia él y la estrechaba contra su pecho.
Después, ella examinaba el piso, abría los cajones de los muebles, se peinaba con el peine de Rodolfo y se miraba en el espejo de afeitarse. A veces, incluso, metía entre sus dientes el tubo de una gran pipa que estaba sobre la mesa de noche, en­tre limones y terrones de azúcar, al lado de una botella de agua.
Necesitaban un buen cuarto de hora para despedirse. En­tonces Emma lloraba; hubiera querido no abandonar nunca a Rodolfo. Algo más fuerte que ella la empujaba hacia él, de tal modo que un día, viéndola aparecer de improviso, él frunció el ceño como alguien que está contrariado.
‑¿Qué tienes? ‑dijo ella‑. ¿Estás malo? ¡Háblame!
Por fin, él declaró, en tono serio, que sus visitas iban siendo imprudentes y que ella se comprometía.

5°H1 Libro VI La Eneida. (fragmento)


                                         CURSO LITERATURA 5° HUMANISTICO 1.
                         DANTE LA DIVINA COMEDIA. CANTO III INFIERNO.     
                                           LIBRO VI    LA ENEIDA. VIRGILIO.
LX.
Parte de allí para Aqueron camino
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Hierve, y en el Cocito de contino
El arena descarga de su seno.
Guardián del territorio convecino,
El mustio rio y márgen inameno
El barquero Caron adusto cuida
Con ceño horrible y faz descolorida.
LXI.
El cual sucia caer al pecho deja
La blanca barba; es fuego su mirada;
Cuélgale de los hombros rota y vieja
Con un nudo su túnica enlazada;
Con tardas velas y un varal maneja
El ferrugíneo barco en que traslada
Los muertos: es su edad, si bien anciana,
Vejez propia de un Dios, recia y lozana.
LXII.
Allí, nube de imágenes ligera,
Cuantos dejan del suelo las mansiones
Vuelan sobre la fúnebre ribera:
Austeras madres; nobles campeones;
Virgenes que en su dulce primavera
Segadas fueron; cándidos garzones
A quienes ya cabe la alzada pira
Lloró el padre infeliz que arder les mira,
LXIII.
Tantos van los espíritus y tales,
Como las hojas que en la selva, al hielo
De los últimos días otoñales
Ruedan precipitadas por el suelo;
O cual, climas buscando más geniales,
A traves de la mar en largo vuelo,
Del tiránico invierno desterradas,
Huir vemos las aves en bandadas.

FRAGMENTO LIBRO VI  LA ENEIDA.

4 de octubre de 2018

4° ORIGEN DE LA PALABRA PICARO.

2. ETIMOLOGIA  DE LA PALABRA «PíCARO»

En el siglo XVI empieza a emplearse la palabra
«pícaro»: aparece por primera vez en la Farsa Custodia, de
Bartolomé Palau(22), obra escrita entre 1541 y 1547, en la forma de
“picarote”, con sufijo apocoristico. Un año después, en la Carta del
bachiller de Arcadia al capitán Salazar~23~, se encuentra la locución
“pícaros de corte”: «Cuando el sol muestra su cara de oro,
igualmente la muestra a los pícaros de la Corte, como a los
cortesanos della». Por fin, la forma “pícaro~~ aparece en una carta
de Eugenio de Salazar hacia 1560. Aunque el texto es bastante largo,
lo citaremos para comprender mejor el contexto de la palabra
,, ,
picaro
El henchimiento y authoridad de la corte es cosa muy de ver.
Porque está tan llena de las personas reales, de prelados, de
dignidades, de sagerdotes, de relligiosos, de señores, de
caualleros, de justi~ias, de letrados, de escuderos, de
negogiantes, pleytantes, tratantes, offigiales y menestrales,
que es cosa de admiración: y como no todo el edifiqio puede ser
de buena cantería de piedras cresgidas, fuertes y bien
labradas, sino que con ellas se ha de mezclar mucho cascajo,
guijo y callao, assi en esta máchina entre las buenas piegas
del ángulo ay mucha froga y turronada de bellacos, perdidos,
faginorosos, homigidas, ladrones, capeadores, tahures,
fulleros, engai’¶adores, embaucadores, aduladores, regatones,
falsarios, rufIanes, pícaros, bagamundos y otros malhechores
tan amigos de hazer mal como lo era Cimón atheniense, y es
nuestro conosgido el benefIciado de no hazer bien(24).
Anteriormente, el término más usual era el de “ganapán”
que se encuentra entre las fechas de 1458 a 1473 y en 1492:
Especialmente Roman
contra vos lleno denojos,
que os llama ganapan. . ¿25).
Luego se generalíza el término “pícaro”. Pícaros eran, en
un principio, los criados y escuderos. En la «Sátira por símiles y
comparaciones contra los abusos de la Corte» de Eugenio de Salazar
se describe en verso al médico así:
Y para que este tono se sostenga,
De un pícaro de Corte se acompaña,
Que no escusa la mula quien la tenga(26)
Y Hurtado de Mendoza, en su Sátira contra las damas
expresa así: «un cocinero, un pícaro, un lacayo». El “pícaro de
cocuy” fue pronto un tipo de sirviente bien definido~27~; también
los “mozos de esportiíía~t(28). Luego hacia 1560, como hemos
mencionado arriba en la carta de Salazar, nos da plenamente la
sensación del pícaro, como elemento que surge en la vagancia,
abundancia y vida muelle de las grandes ciudades:
Dabale mucho gusto el ver á la orilla del río tanta chusma de
gente, tanto concurso de picaros, bribones, negros, negras
desnudas.. .(29).
Según Corominas, en los primeros tiempos, su matiz peyorativo
se refiere más bien a la situación social de un personaje que
a su carácter moral:
es verdad que normalmente se pensaba en un aspecto harapiento
y en la falta de un oficio u ocupación permanente, y aunque el
pordiosero, el vagabundo, la muchacha liviana, el ladronzuelo
y el “buscón” eran pícaros típicos, no se descartaba el que el
pícaro trabajase en menesteres despreciados y más o menos
transitorios, pero honestos, como esportillero, criado de un
pobre, recadero, mozo de jábega o de ~ pinche de
cocina y aun matarife o ayudante de verdugo
Desde Mateo Alemán, todos los héroes de este tipo de
novela reciben invariablemente el nombre de pícaros. Pero, al
principio, el pícaro no nació como una ficción literaria sino que
perteneció a una realidad social. Así dentro de la importancia
asignada al tipo social y literario, las obras literarias fueron
marcando su particularidad, a través de su práctica y continuación, a
ese pícaro del cual partían.
Mucho se ha discutido sobre el origen o etimología de la
palabra “pícaro~~. Rafael Salillas afirma : «En ¡ni opinión, pícaro
deriva de “picar”, y literalmente lo demuestra el haber llamado
“pícaro de cocina al “pinche”(de pinchar) »kJ~-I Este étimo,
“picar”, fue aceptado por Chandler(32) sanvisenti~~~~ y Maldonado de
cuevara~~4~ y Joan Corominas(35) Sin embargo, esta hipótesis tiene
pocos defensores en la actualidad. La etimología de “picardía”, ya
sugerida por Covarrubias~, parece más
aceptada recientemente. Según Nykl «pícaro» y «picardía» vienen
de este nombre geográfico, por la fama de los hechos de armas de la
época en que Picardía y Flandes tuvieron un papel destacado. Sobre
Picardía surgió la expresión «vivir como un picardo o pícaro» para
designar la vida de un soldado de fortuna. Fonger de Haan(38) y
noniíía~39~ propusieron un étimo árabe, pero no parece que tengan
fundamentos por razones fonéticas~40~. Por otra parte, Alonso
Cortés~41~ es partidario de que el origen de «pícaro» es la palabra
«bigardo» y asocia el término «bigardo» con aquellos clérigos que

llevaban una vida disoluta. «Bigardo» llegó a significar «vago y
vicioso». García de Diego(42) ofrece también, por su parte, la
palabra «bigardia», explicando que los frailes bigardos eran conocidos
por su astucia, ingenio y trucos y que por extensión,
«bigardo», se aplicaba a personas que eran como ellos en lo
relativo a vagabundeos, fraudes, engaños, etc.
Aparte de todo esto, tenemos otros intentos de biisqueda
del origen de la palabra «pícaro»: la secta religiosa de los
Pickard (de Pedro Waldo) que floreció en Bohemia en la primera parte
del s. xví~43~; el origen vasco “pico” (44); el o rigen flamenco
“picker”, que significa «picapedrero, segador, ladrón, latero»; el
origen griego “pikros”, que significa «agudo y picante, agrio y
áspero, duro y cruel, cortante u odioso, etc»~45~; el origen
literario<46 a="" embargo="" etc.="" fon="" interpretaci="" n="" p="" sin="" tica="">pesar de todo este esfuerzo de buscar una etimología adecuada para la
palabra “pícaro”, todo resulta conjetural y lo único indudable es que
el sustantivo “pícaro” fue pronto empleado para designar al
buscavidas o ganapán; por extensión, al mozo o escudero.
3. CARACTERISTICAS DE LA NOVELA PICARESCA

La originalidad de la novela picaresca fue llevar a la
literatura a personajes innobles y de ínfimos estratos sociales. Las
novelas de vagabundos, pícaros y mendigos existían en toda la
literatura europea. Pero sólo en España se han llegado a constituir
en género. En este aspecto, hay varias interpretaciones acerca de
cómo surgió la novela picaresca.

Algunos críticos piensan que el hambre es el motivo
central y, por lo tanto, las novelas picarescas ofrecen unas valiosas
informaciones documentales de la vida española de su época.
MenéMez Pelayo define la novela picaresca como «la
epopeya cómica de la astucia y del hambre»~48~. Bonilla también cree
que la novela picaresca demuestra la vida española, aproximadamente
unos cien años, desde 1554, la aparición del Lazarillo de Tormes
hasta 1646, la de Estebanillo Gonzáiez~~. Identifica la filosofía
del pícaro con los acontecimientos históricos y sociológicos de
aquella época~Y Chandier, por su parte, dice que el pícaro no es más que
un pretexto para la descripción de la sociedad y sus maneras. La
sociedad es el asunto dominante. Las condiciones sociales y
económicas negativas de España de los siglos XVI y XVII fueron las
bases de la literatura que expresaba una idea sociológica. La
decadencia de España ofrecía el material necesario para crear una
ficción correctiva. Así, las novelas picarescas españolas son
estudios de costumbres, no de caracteres: observación y pintura de
los hechos externos. Según él, el espíritu de la historia del anti—
héroe era por necesidad satírico y corrector. Se pinta el mundo de la
actualidad como algo atacable~



4° ¿Qué es un pícaro?


                       
                          ¿QUÉ ES UN PÍCARO?


   
  “El pícaro del siglo XVII es un mozo nacido casi siempre de padres pobres y de baja extracción, rara vez honrados, el cual por culpa de malas compañías o por falta de instrucción, al verse lanzado a la confusión de la vida y entregado a sí mismo, cae en la vagancia, se aparta del trabajo y lucha contra la vida como puede, con osadía y falta de escrúpulos, con engaños, malicias y malas artes … Su distintivo exterior es el aspecto andrajoso, pero no la deformidad física, sus ocupaciones son el pedir limosna, los bajos trabajos de ocasión, el vagar perezosamente de ciudad en ciudad … su carácter envilecido por la ascendencia unas veces, siempre por el medio. La necesidad de vivir lo hace desvergonzado y sin escrúpulos… pero a pesar del hambre y los fracasos no quisiera ser otra cosa que lo que es, no cambiaría su libre y despreocupada existencia por una sedentariedad honorable, a cambio de una cama y un techo”.   LUDWIG PFANDL.