6 de septiembre de 2010

CASA DE MUÑECAS. HENRYK IBSEN. OBRA COMPLETA

Henrik Ibsen


CASA DE MUÑECAS



DRAMA EN TRES ACTOS


(1879)






Scan: Risardo
Corrección : Fiosue
Biblioteca_irc . MMIV


NOTA PRELIMINAR



Casa de muñecas se publicó por primera vez en Copenhague, el 4 de diciembre de 1879, apareciendo sucesivamente otras ediciones hasta llegar a la definitiva, donde no dejaría de incluirse, por supuesto. Fue traducida desde luego al inglés para Inglaterra y Norteamérica, al francés, al holandés, al italiano, al portugués, al ruso, al servio, al español, al alemán, al sueco, al finlandés y al polaco, vertiéndose después a los demás idiomas.
Comienzan sus representaciones con el estreno oficial en el Teatro Real, de Copenhague, el 21 de diciembre de 1879; en el Teatro de Crístianía, el 20 de enero de 1880; en el Teatro Noruego, de Bergen, el 30 del mismo mes, y aquel año, de febrero a mayo, la divulgaron por toda la nación compañías danesas y noruegas; las de Rasmussen y Petersen hicieron otro tanto por toda Dinamarca; el 8 de enero de 1880 la estrenó el Teatro Real, de Estocolmo; el Teatro Finlandés, de Helsingfors, el 25 de enero, y el Teatro Sueco, de la misma capital y de Aabo, dentro del año, difundiéndola más tarde por toda Suecia; el Teatro de Goteborg, el 13 de marzo. En Munich la dio a conocer el Residenztheater el 3 del citado mes, con asistencia de Ibsen, y tiempo adelante se pondría en los principales teatros de Alemania, Austria, Bohemia, Rusia, Italia, Polonia, Servia, Holanda, Inglaterra, España, Francia, Australia, Egipto y América del Norte y del Sur. Ha alcanzado millares y millares de representaciones, y la han interpretado las actrices mejores del mundo entonces, entre ellas la danesa Betty Hennings, la alemana Niemann-Raabe, la italiana Eleonora Duse, la francesa Réjane y la española Catalina Barcena.
Ha suscitado innumerables críticas de Prensa a raíz de sus estrenos, y estudios en los libros consagrados a Ibsen. En distintos países, además de Noruega, se han hecho parodias de este drama.
Varios traductores han osado añadir un cuarto acto a la obra, y en Alemania se alteró alguna vez el desenlace, por exigencias de cierta artista, con permiso del autor, como ya se ha dicho.








PERSONAJES




HELMER, abogado.
NORA, su esposa.
El DOCTOR RANK.
KROGSTAD, procurador.
SEÑORA LINDE, amiga de Nora.
ANA MARÍA, su niñera.
ELENA, doncella de los Helmer.
Los Tres Niños del matrimonio Helmer.
Un Mozo de cuerda.



La acción, en Noruega, en casa de los Helmer.




ACTO PRIMERO



Sala acogedora, amueblada con gusto, pero sin lujo. En el fondo, a la derecha, una puerta conduce a la antesala, y a la izquierda, otra al despacho de Helmer. Entre ambas, un piano. En el centro del lateral izquierdo, otra puerta, y más allá, una ventana. Cerca de la ventana, mesa redonda, con un sofá y varias sillas alrededor. En el lateral derecho, junto al foro, otra puerta, y en primer término, una estufa de azulejos (1), con un par de sillones y una mecedora enfrente. Entre la estufa y la puerta lateral, una mesita. Grabados en las paredes. Repisa con figuritas de porcelana y otros menudos objetos de arte. Una pequeña librería con libros encuadernados primorosamente. Alfombra. La estufa está encendida. Día de invierno.

En la antesala suena una campanilla; momentos más tarde, se oye abrir la puerta. NORA entra en la sala tarareando alegremente, vestida de calle y cargada de paquetes, que deja sobre la mesita de la derecha. Por la puerta abierta de la antesala, se ve un Mozo con un árbol de Navidad y un cesto, todo lo cual entrega a la doncella que ha abierto.

NORA.
Esconde bien el árbol, Elena. No deben verlo los niños de ninguna manera hasta esta noche, cuando esté arreglado. (Dirigiéndose al Mozo, mientras saca el portamonedas.) ¿Cuánto es?
EL Mozo.
Cincuenta ore (2)..
NORA.
Tenga: una corona. No, no; quédese con la vuelta. (El Mozo da las gracias y se va. NORA cierra la puerta. Continúa sonriendo mientras se quita el abrigo y el sombrero. Luego saca del bolsillo un cucurucho de almendras y come un par de ellas. Después se acerca cautelosamente a la puerta del despacho de su marido.) Sí, está en casa. (Se pone a tararear otra vez según se dirige a la mesita de la derecha.)
HELMER. (Desde su despacho.)
¿Es mi alondra la que está gorjeando ahí fuera?
NORA. (A tiempo que abre unos paquetes.) Sí, es ella.
HELMER.
¿Es mi ardilla la que está enredando?
NORA. ¡Sí!

HELMER.
¿Hace mucho que ha llegado mi ardilla?
NORA.
Ahora mismo. (Guarda el cucurucho en el bolsillo y se limpia la boca.)
Ven aquí, mira lo que he comprado.
HELMER.
¡No me interrumpas por el momento! (Al poco rato abre la puerta y se asoma con la pluma en la mano.) ¿Has dicho comprado? ¿Todo eso? ¿Aún se ha atrevido el pajarito cantor a tirar el dinero?
NORA.
Torvaldo, este año podemos excedernos un poco. Es la primera Navidad que no tenemos que andar con apuros.
HELMER.
Sí, sí, aunque tampoco podemos derrochar, ¿sabes?
NORA.
Un poquito sí que podremos, ¿verdad? Un poquitín, nada más. Ahora que vas a tener un buen sueldo, y a ganar muchísimo dinero...
HELMER.
Sí, a partir de Año Nuevo. Pero habrá de pasar un trimestre antes que cobre nada.
NORA.
¿Y qué importa eso? Entre tanto, podemos pedir prestado.
HELMER.
¡Nora! (Se acerca a ella, y bromeando, le tira de una oreja.) ¿Reincides en tu ligereza de siempre?... Suponte que hoy pido prestadas mil coronas, que tú te las gastas durante la semana de Navidad, que la Noche Vieja me cae una teja en la cabeza, y me quedo en el sitio...
NORA.
¡Qué horror! No digas esas cosas.
HELMER.
Bueno; pero suponte que ocurriera. Entonces, ¿qué?
NORA.
Si sucediera semejante cosa, me sería de todo punto igual tener deudas que no tenerlas.
HELMER.
¿Y a los que me hubiesen prestado el dinero?
NORA.
¡Quién piensa en ellos! Son personas extrañas.
HELMER.
¡Nora, Nora! Eres una verdadera mujer. En serio, Nora, ya sabes lo que pienso de todo esto. Nada de deudas, nada de préstamos. En e] hogar fundado sobre préstamos y deudas se respira una atmósfera de esclavitud, un no sé qué de inquietante y fatídico que no puede presagiar sino males. Hasta hoy nos hemos sostenido con suficiente entereza. Y así seguiremos el poco tiempo que nos queda de lucha.

NORA.
En fin, como gustes, Torvaldo.
HELMER. (Que va tras ella.)
Bien, bien; no quiero ver a mi alondra con las alas caídas. ¿Qué, acaba por enfurruñarse mi ardilla? (Saca su billetero.) Nora, adivina lo que tengo aquí.
NORA. (Volviéndose rápidamente.) ¡Dinero!
HELMER.
Toma, mira. (Entregándole algunos billetes.) ¡Vaya, si sabré yo lo que hay que gastar en una casa cuando se acercan las Navidades!
NORA. (Contando.)
Diez, veinte, treinta, cuarenta... ¡Muchas gracias, Torvaldo! Con esto tengo para bastante tiempo.
HELMER.
Así lo espero.
NORA.
Sí, sí; ya verás. Pero ven ya, porque voy a enseñarte todo lo que he comprado. Y además, baratísimo. Fíjate... aquí hay un sable y un traje nuevo, para Ivar; aquí, un caballo y una trompeta, para Bob, y aquí, una muñeca con su camita, para Emmy. Es de lo más ordinario: como en seguida lo rompe... Mira: aquí, unos cortes de vestidos y pañuelos, para las muchachas. La vieja Ana María se merecía mucho más...
HELMER. Y en ese paquete, ¿qué hay?
NORA. (Gritando.)
¡No, eso no, Torvaldo! ¡No lo verás hasta esta noche!
HELMER.
Conforme. Pero ahora dime, manirrota: ¿has deseado algo para ti?
NORA.
¿Para mí? ¡Qué importa! Yo no quiero nada.
HELMER.
¡No faltaba más! Anda, dime algo que te apetezca, algo razonable.
NORA.
No sé... francamente. Aunque sí...
HELMER. ¿Qué?
NORA. (Juguetea con los botones de la chaqueta de su marido, sin mirarle.)
Si insistes en regalarme algo, podrías... Podrías...
HELMER. Vamos, dilo.
NORA. (De un tirón.)
Podrías darme dinero, Torvaldo. Nada, lo que buenamente quieras, y un día de éstos compraré una cosa.
HELMER.
Pero, Nora...
NORA.
Sí, Torvaldo; oye, vas a hacerme ese favor. Colgaré del árbol dinero envuelto en un papel dorado, ¿te parece bien?
HELMER.
¿Cómo se llama ese pájaro que siempre está despilfarrando?
NORA.
Ya, ya; el estornino; lo sé. Pero vamos a hacer lo que te he dicho, ¿eh, Torvaldo? Así tendré tiempo de pensar lo que necesite antes. ¿No crees que es lo más acertado?
HELMER. (Sonriendo)
Por supuesto, si verdaderamente guardaras el dinero que te doy y compraras algo para ti. Pero luego resulta que vas a gastártelo en la casa o en cualquier cosa inútil, y después tendré que desembolsar otra vez...
HELMER.
¡Qué idea, Torvaldo!...
HELMER.
Querida Nora: no puedes negarlo. (Rodeándole la cintura.) El estornino es encantador, pero gasta tanto... ¡Es increíble lo que cuesta a un hombre mantener un estornino!
NORA.
¡Qué exageración! ¿Por qué dices eso? Si yo ahorro todo lo que puedo.
HELMER. (Riendo.)
Eso sí es verdad. Todo lo que puedes; pero lo que pasa es que no puedes nada.
NORA. (Canturrea y sonríe alegremente.)
¡Si tú supieras lo que tenemos que gastar las alondras y las ardillas, Torvaldo!
HELMER.
Eres una criatura original. Idéntica a tu padre. Haces verdaderos milagros por conseguir dinero, y en cuanto lo obtienes, desaparece de tus manos, sin saber nunca adonde ha ido a parar. En fin, habrá que tomarte tal como eres. Lo llevas en la sangre. Sí, sí, Nora; no cabe la menor duda de que esas cosas son hereditarias.
NORA.
¡Bien me hubiera gustado heredar ciertas cualidades de papá!
HELMER.
Pero si yo te quiero conforme eres, mi querida alondra. Aunque... Oye, ahora que me fijo..., noto que tienes una cara..., vamos..., una cara de azoramiento hoy...
NORA. ¿Yo?
HELMER.
Ya lo creo. ¡Mírame al fondo de los ojos!
NORA. (Mirándole.) ¿Qué?
HELMER. (La amenaza con el dedo.)
¿Qué diablura habrá cometido esta golosa en la ciudad?
NORA.
¡Bah, qué ocurrencia!
HELMER.
¿No habrá hecho una escapadita a la confitería?
NORA.
No; te lo aseguro, Torvaldo.
HELMER.
¿No habrá chupeteado algún caramelo?
NORA.
No, no; ni por asomo.
HELMER.
¿Ni siquiera habrá roído un par de almendras?
NORA.
Que no, Torvaldo, que no; puedes creerme.
HELMER.
Pero, mujer, si te lo digo en broma.
NORA. (Aproximándose a la mesa de la derecha.)
Comprenderás que no iba a arriesgarme a hacer nada que te disgustara.
HELMER.
No, ya lo sé. Además, ¿no me lo has prometido?... (Acercándose a ella.) Puedes guardarte tus secretos de Navidad. Esta noche, cuando se encienda el árbol, supongo que nos enteraremos de todo.
NORA.
¿Te has acordado de invitar al doctor Rank?
HELMER.
No, ni es necesario. De sobra sabe que cenará con nosotros; está descontado. De todos modos, le invitaré ahora por la mañana cuando venga. He encargado buen vino. Nora, no puedes formarte idea de la ilusión que tengo por esta noche.
NORA.
Yo también. ¡Cómo se van a divertir los niños, Torvaldo!
HELMER.
¡Ah, qué alegría pensar que estamos en una posición sólida con un buen sueldo...! ¿No es ya una dicha el mero hecho de pensar en ello?
NORA.
¡Oh, sí! ¡Parece un sueño!
HELMER.
¿Te acuerdas de la última Navidad? Durante tres semanas te encerrabas todas las noches hasta después de las doce, haciendo flores y otros mil prodigios para el árbol. ¡Uf! fue la temporada más aburrida que he pasado.
NORA.
¡Entonces sí que no me aburría yo!
HELMER. (Sonriente.)
Pero el resultado fue bastante lamentable, Nora.
NORA.
¡Oh! no dejas de hacerme burla con lo mismo. ¿Qué culpa tengo yo de que el gato entrase y destrozara todo?
HELMER.
No, claro que no, querida Nora. Ponías el mayor empeño en alegrarnos a todos, que es lo principal. Pero, en suma, más vale que hayan pasado los malos tiempos.
NORA.
Es verdad; casi me parece una pesadilla.
HELMER.
Ahora ya no hace falta que me quede aquí solo y aburrido, y tú no tendrás que atormentar más tus queridos ojos y tus lindas manilas.
NORA. (Palmoteo.)
¿Verdad que no, Torvaldo? Ya no hace falta. ¡Qué alegría me da oírtelo!
(Cogiéndole del brazo.) Te voy a decir cómo he pensado que vamos a arreglarnos en cuanto pasen las Navidades... (Suena la campanilla en la antesala.) ¡Ah! llaman. (Ordena un poco los muebles.) Ya viene alguien. ¡Qué contrariedad!
HELMER.
Acuérdate de que no estoy para las visitas.
ELENA. (Desde la puerta de la antesala.) Señora, es una señora desconocida...
NORA. Que pase.
ELENA. (A HELMER.)
También acaba de llegar el señor doctor.
HELMER.
¿Ha pasado directamente al despacho?
ELENA. Sí, señor.
(HELMER entra en su despacho. La doncella introduce a la SEÑORA LINDE, en traje de viaje, y cierra la puerta tras ella.)
SEÑORA LINDE. Buenos días, Nora.
NORA. (Indecisa.) Buenos días.
SEÑORA LINDE. Por lo visto, no me reconoces.
NORA.
No..., no sé... ¡Ah!, sí, me parece... (De pronto, exclama:) ¡Cristina! ¿Eres tú?
SEÑORA LINDE. Sí, yo soy.
NORA.
¡Cristina! ¡Y yo que no te he reconocido! Pero ¡quién diría que...! (Más bajo.) ¡Cómo has cambiado!
SEÑORA LINDE. Sí, seguramente. Hace nueve años largos...
NORA.
¿Es posible que haga tanto tiempo que no nos vemos? Sí, en efecto. ¡Ah! no puedes figurarte qué felices han sido estos ocho años últimos. ¿Conque ya estás aquí, en la ciudad? ¿Como has emprendido un viaje tan largo en pleno invierno? Has sido muy valiente.
SEÑORA LINDE.
Ya ves; acabo de llegar esta mañana en el vapor.
NORA.
Para festejar las Navidades, naturalmente. ¡Qué bien! ¡Cuánto vamos a divertirnos! Pero quítate el abrigo. ¡Ajajá! Ahora nos sentaremos aquí, con comodidad, al lado de la estufa. No; mejor es que te sientes en el sillón. Yo me siento en la mecedora. (Cogiéndole las manos.) ¿Ves? Ya tienes tu cara de antes; era sólo en el primer momento... De todos modos, estás algo más pálida, Cristina... y quizá un poco más delgada.
SEÑORA LINDE. Y muchísimo más vieja, Nora.
NORA.
Acaso un poco más madura..., un poquito, no mucho. (Se para, repentinamente seria.) ¡Qué distraída soy! ¡Sentada aquí, cotorreando! Mi buena Cristina, ¿puedes perdonarme?
SEÑORA LINDE.
¿Qué quieres decir, Nora?
NORA. (Bajando la voz.)
¡Pobre Cristina! Te has quedado viuda, ¿no?
SEÑORA LINDE.
Sí, hace ya tres años.
NORA.
Lo sabía; lo leí en los periódicos. ¡Ay, Cristina! tienes que creerme: pensé muchas veces escribirte; pero lo fui dejando de un día para otro, y por añadidura, siempre había algo que lo impedía.
SEÑORA LINDE. Lo comprendo perfectamente.
NORA.
Sí, Cristina, me he portado muy mal. ¡Pobrecita! ¡Cuánto habrás sufrido!... ¿No te ha dejado nada para vivir?
SEÑORA LINDE. No.
NORA.
¿Y no tienes hijos?
SEÑORA LINDE. No.
NORA.
Así, pues, ¿nada?
SEÑORA LINDE.
Ni siquiera una pena..., ni una nostalgia.
NORA. (Mirándola, incrédula.) Pero Cristina, ¿cómo es posible?
SEÑORA LINDE. (Sonríe tristemente mientras le acaricia el cabello.) Son cosas que ocurren a veces, Nora.
NORA.
¡Tan sola! Debe de ser horriblemente triste para ti. Yo tengo tres niños encantadores. Por el momento no puedes verlos; han salido con la niñera. Vamos, cuéntamelo todo.
SEÑORA LINDE.
No, no; primero, tú.
NORA.
No; te toca empezar a ti. Hoy no quiero ser egoísta; sólo quiero pensar en tus asuntos. Únicamente voy a decirte una cosa. ¿Te has enterado de la fortuna que nos ha sobrevenido estos días?
SEÑORA LINDE. No. ¿Qué es?
NORA.
¡Imagínate! ¡A mi marido le han nombrado director del Banco de Acciones!
SEÑORA LINDE.
¿A tu marido? ¡Qué suerte!
NORA.
¡Sí, grandísima! ¡Es tan insegura la posición de un abogado!... Sobre todo cuando no quiere ocuparse más que de asuntos lícitos... Y como es lógico, así ha hecho Torvaldo, en lo cual me hallo de completo acuerdo. No puedes figurarte lo contentos que estamos. Para Año Nuevo tomará posesión, y percibirá un buen sueldo, con muchos beneficios. Por fin podremos cambiar del todo esta manera de vivir... enteramente a nuestro gusto. ¡Oh, Cristina, cuan feliz me siento! Es algo maravilloso eso de poseer mucho dinero y verse libre de preocupaciones, ¿verdad?
SEÑORA LINDE.
Sí; al menos, debe de ser una tranquilidad poseer lo necesario.
NORA.
No, no sólo lo necesario, sino dinero en abundancia.
SEÑORA LINDE. (Sonríe.)
¡Nora, Nora! ¿Todavía no tienes sentido común? En el colegio eras una malgastadora.
NORA. (Sonríe a su vez.)
Sí, eso dice aún Torvaldo. (Amenazando con el dedo.) Pero "Nora, Nora" no es tan loca como suponéis. Además, no hemos tenido mucho que derrochar, realmente. Los dos nos hemos visto obligados a .trabajar.
SEÑORA LINDE. ¿También tú'?
NORA.
Sí; nada, pequeñeces: bordar, hacer ganchillo... (Sin darle importancia.) ¡Qué sé yo!... No ignorarás que Torvaldo salió del ministerio cuando nos casamos. Tenía pocas esperanzas de ascenso, y como había de ganar más que antes... Pero el primer año se abrumó de trabajo. Debía buscarse toda clase de quehaceres, según comprenderás, y trabajaba día y noche. Pero no pudo resistirlo y cayó gravemente enfermo. Los médicos declararon indispensable que se marchara al Mediodía.
SEÑORA LINDE.
Es cierto. Estuvisteis un año en Italia...
NORA.
Sí, y no creas que fue nada fácil marcharnos. Justamente acababa de nacer Ivar... Pero había que partir. Fue un viaje encantador, y gracias a él, Torvaldo salvó la vida. Eso sí, costó dinero en grande.
SEÑORA LINDE. Ya lo presumo.
NORA.
Unas cuatro mil ochocientas coronas. Bastante, ¿eh?
SEÑORA LINDE.
Sí; pero, en casos como ése, es toda una chiripa poseerlo.
NORA.
Porque nos lo dio papá.
SEÑORA LINDE.
¡Ah!, sí. Fue poco antes de morir, si mal no recuerdo.
NORA.
Sí, Cristina, exactamente. ¡Y pensar que se me hizo imposible ir a cuidarle! Estaba esperando de un día a otro que naciera Ivar, y también debía preocuparme de mi pobre Torvaldo moribundo. ¡Padre querido! No volví a verle, Cristina. Es lo más penoso que hube de pasar desde que me casé.
SEÑORA LINDE.
Ya sé que le tenías mucho cariño. ¿De modo que os marchasteis a Italia?
NORA.
Sí; contábamos con el dinero, y los médicos nos apremiaban. Nos marchamos un mes después.
SEÑORA LINDE.
¿Y volvió tu marido radicalmente curado?
NORA.
Radicalmente.
SEÑORA LINDE. Luego ¿ese médico...?
NORA.
¿Cómo dices?
SEÑORA LINDE.
Me ha parecido oír a la doncella que ese señor que entraba conmigo era un doctor...
NORA.
¡Ah, sí! Es el doctor Rank; pero no viene como médico. Es nuestro mejor amigo, y nos hace, cuando menos, una visita al día. No., Torvaldo no se ha sentido enfermo desde entonces. Los niños también están muy sanos, igual que yo. (Se levanta de repente, palmeteando.) ¡Dios mío! ¡Cristina, es una delicia vivir y ser feliz!... Pero ¡qué torpeza!... No hago más que hablar de mis cosas. (Se sienta en un taburete junto a CRISTINA, acodándose en sus propias rodillas.) ¡No te enfades conmigo!... Dime, ¿es verdad que no querías a tu esposo? Pues ¿por qué te casaste con él?
SEÑORA LINDE.
En aquel tiempo aún vivía mi madre; pero estaba enferma e inválida. Para colmo, debía yo sostener a mis dos hermanitos. Por tanto, no juzgué oportuno rechazar la oferta.
NORA.
Puede que tuvieses razón. ¿Luego era rico?
SEÑORA LINDE.
Sí, creo que gozaba de buena posición. Pero sus negocios eran inseguros, ¿sabes? Cuando murió, se vino todo abajo y no quedó nada.
NORA.
¿Y qué hiciste?
SEÑORA LINDE.
Hube de ingeniarme con una tiendecita, con un modesto colegio y con lo que pude encontrar. Los tres últimos años han sido para mí como un largo día de trabajo sin tregua. Pero se acabó todo, Nora. Mi pobre madre no me necesita ya, y los chicos, tampoco; tienen sus empleos y pueden mantenerse por sí mismos muy bien.
NORA.
¡Qué alivio debes de sentir!
SEÑORA LINDE.
No, Nora; lo que siento es un vacío inmenso. ¡No tener nadie a quien consagrarse!... (Se levanta, intranquila.) Por eso no podía aguantar al cabo en aquel rincón. Aquí debe de ser más fácil encontrar en qué ocuparse y distraer los pensamientos. Si me cupiera la fortuna de conseguir un empleo; en una oficina, por ejemplo...
NORA.
Pero, Cristina, ¡es tan fatigoso., y. tú pareces ya tan cansada! Sería mejor para ti que fueses a un balneario.
SEÑORA LINDE. (Acercándose a la ventana.) Yo no tengo ningún padre que me pague los gastos, Nora.
NORA. (Se levanta.)
¡Mujer, no lo tomes a mal!
SEÑORA LINDE. (Vuelve hacia ella.)
No, Nora, todo lo contrario. Eres tú la que no debe enfadarse conmigo. Lo peor de una situación como la mía es que se torna una tan "agria... No se tiene a nadie por quien trabajar, y sin embargo, se ve una obligada a valerse de todos. Hay que vivir, y eso nos hace egoístas... No querrás creerme, pero cuando me has contado vuestro cambio de posición, me alegraba más por mí que por ti.
NORA.
¡Cómo!... ¡Ah!, sí... comprendo; querrás decir que quizá Torvaldo pueda hacer algo por ti.
SEÑORA LINDE.
Sí, eso he pensado.
NORA.
Y lo hará. Déjalo en mis manos. ¡Ya verás qué bien voy a prepararlo! Buscaré algo agradable para predisponerle. ¡Tengo tantas ganas de serte útil!
SEÑORA LINDE.
Eres muy buena al tomarte ese interés por mí, Nora. Doblemente buena, pues desconoces los sinsabores y las amarguras de la vida.
NORA.
¿Yo?... ¿Que no conozco...?
SEÑORA LINDE. (Sonriendo.)
Sí, mujer... Bordar un poco y labores por el estilo... Eres una niña, Nora.
NORA. (Con un gesto de orgullo lastimado.)
No debías decirlo en ese tono de superioridad.
SEÑORA LINDE. ¿Por qué?
NORA.
Eres lo mismo que los demás. Todos estáis convencidos de que no valgo para nada serio...
SEÑORA LINDE. ¡Vamos, mujer!
NORA.
...de que no he pasado por dificultades en este mundo.
SEÑORA LINDE.
Querida Nora, acabas de contarme todos tus contratiempos...
NORA.
¡Bah!..., eso son pequeñeces. (Baja la voz.) No te he contado lo principal.
SEÑORA LINDE.
¿Lo principal?... ¿Qué quieres decir?
NORA.
Me crees demasiado insignificante, Cristina, y no debieras hacerlo. Te sientes orgullosa de haber trabajado tanto por tu madre.
SEÑORA LINDE.
Yo no creo insignificante a nadie. Pero, eso sí, lo confieso..., me siento orgullosa y satisfecha de haber conseguido que fuesen tranquilos, hasta cierto punto, los últimos días de mi madre.
NORA.
Y también te sientes orgullosa pensando en lo que has hecho por tus hermanos.
SEÑORA LINDE. Creo que estoy en mi derecho.
NORA.
Lo mismo creo yo. Pues ahora, Cristina, voy a decirte algo. Yo también tengo de qué sentirme orgullosa y satisfecha.
SEÑORA LINDE. No lo dudo. Pero ¿de qué se trata?
NORA.
Habla más bajo, no te vaya a oír Torvaldo. Por nada del mundo conviene que él... No debe saberlo nadie más que tú.
SEÑORA LINDE.
Pero, criatura, ¿qué es ello?
NORA.
Acércate aquí. (Le hace sentarse a su lado, en el sofá.) Pues verás... También tengo de qué estar orgullosa y satisfecha. Fui yo quien salvé la vida a Torvaldo.
SEÑORA LINDE.
¿Tú?... ¿Que tú le salvaste...?
NORA.
Ya te he contado lo del viaje a Italia. Torvaldo no viviría si no hubiera ido allá...
SEÑORA LINDE.
Sí, porque tu padre te dio el dinero necesario...
NORA. (Sonriendo.)
Sí, eso es lo que creen Torvaldo y todo el mundo; pero...
SEÑORA LINDE. Pero... ¿qué?
NORA.
Papá no nos dio nada. Fui yo la que busqué el dinero.
SEÑORA LINDE.
¿Tú? ¿Una suma tan grande?
NORA.
Cuatro mil ochocientas coronas. ¿Qué te parece?
SEÑORA LINDE.
¿Y cómo te las arreglaste? ¿Te tocó la lotería?
NORA. (Desdeñosamente.)
¡La lotería! (Hace un gesto despectivo.) De ser así, ¿qué mérito habría tenido?
SEÑORA LINDE. En ese caso, ¿de dónde las sacaste?
NORA. (Canturrea y sonríe enigmáticamente.) ¡Ah!... ¡Trala... lalá!
SEÑORA LINDE.
No1 creo que lo consiguieras prestado.
NORA.
¡Ah! ¿No?... ¿Y por qué no?
SEÑORA LINDE.
Porque una mujer casada no puede pedir prestado sin el consentimiento de su marido.
NORA. (Con un ademán de orgullo.)
¡Ah! ¿Y cuando se es una mujer casada que tiene algún sentido de los negocios..., una mujer que sabe administrarse con un poco de inteligencia?...
SEÑORA LINDE.
Nora, no me explico lo que quieres decir...
NORA.
Ni es menester. Nadie afirma que haya pedido el dinero prestado. Lo he podido adquirir de otra manera. (Dejándose caer en el sofá.) He podido recibirlo de algún admirador. Teniendo un aspecto tan atractivo como el mío...
SEÑORA LINDE. ¡Eres una loca!
NORA.
Ya no puedes negar que sientes una curiosidad enorme, Cristina.
SEÑORA LINDE.
Óyeme, Nora: ¿no habrás obrado irreflexivamente?
NORA. (Irguiéndose.)
¿Es irreflexivo salvar una la vida de su marido?
SEÑORA LINDE.
Lo que estimo irreflexivo es hacerlo sin que lo supiera él...
NORA.
Pero si lo que importaba era que no supiese nada. ¡Vamos!, ¿no comprendes?... No debía enterarse de la gravedad de su estado. Fue a mí a quien vinieron los médicos diciéndome que peligraba su vida, y que solamente una estancia en el Mediodía podría salvarle. ¡No creas que al principio no intenté hablarle con diplomacia! Le hice ver lo delicioso que sería para mí viajar por el extranjero, ni más ni menos que tantas otras mujeres; con súplicas y lloros, le dije que debía tener en cuenta las circunstancias en que me encontraba, que había de ser comprensivo y ceder... Entonces fue cuando insinué que podía pedir un préstamo. Pero al oírme casi se enfadó, Cristina. Me replicó que era una insensata, y que su deber de esposo le dictaba no someterse a mis caprichos, como él los llamaba. "Bueno, bueno—pensé—; de todos modos, hay que salvarte." Y a la postre busqué otra salida...
SEÑORA LINDE.
¿Y por tu padre no se enteró tu marido de que el dinero no procedía de él?
NORA.
No, nunca. Papá murió por aquellas mismas fechas. Yo había pensado hacerle cómplice en el asunto y rogarle que no revelara nada. Pero ¡estaba tan enfermo!... Por desgracia, no hubo necesidad.
SEÑORA LINDE.
¿Y después?... ¿Nunca te has confiado a tu marido?
NORA.
¡No lo quiera Dios! ¿Cómo se te ocurre tal idea? ¡A él, tan severo para estas cosas! Por lo demás, a Torvaldo, con su amor propio de hombre, se le haría muy penoso y humillante saber que me debía algo. Se habrían echado a perder todas nuestras relaciones, y la felicidad de nuestro hogar terminaría para siempre.
SEÑORA LINDE.
¿No piensas decírselo jamás?
NORA. (Pensativa, inicia una sonrisa.)
Sí, acaso alguna vez..., después de muchos años, cuando no sea yo tan bonita como ahora. ¡No te rías! Quiero decir que cuando ya no guste tanto a Torvaldo, cuando ya no se divierta viéndome bailar y disfrazarme y declamar... Entonces sería bueno tener un cable al que asirme... (Interrumpiéndose.) ¡Bah, qué tonterías! Ese día no llegará nunca. Vamos a ver, Cristina, ¿qué opinas de mi gran secreto? ¿No entiendes que yo también sirvo para algo?... Puedes creer que el asunto me ha ocasionado serias preocupaciones. No ha sido nada fácil para mí cumplir mi compromiso a tiempo. Porque te advierto que en este mundo de los negocios hay lo que se llaman vencimientos y lo que se llama amortización. ¡Y todo eso es tan difícil de solucionar! De manera que he tenido que ahorrar un poco de aquí y otro poco de allí..., de donde he podido, ¿sabes? Del dinero de la casa no podía economizar mucho, porque Torvaldo tenía que comer bien. Tampoco podía dejar que los niños fuesen mal vestidos, porque todo lo que me daba para ellos me parecía intangible, como cosa suya. ¡Angelitos míos!
SEÑORA LINDE.
¡Pobre Nora! Por ende, tus necesidades personales han debido de pagar las consecuencias.
NORA.
Efectivamente. Era algo que me correspondía. Cada vez que Torvaldo me daba dinero para mi adorno, sólo gastaba la mitad. Siempre compraba de lo más barato y corriente. Era una ventaja que todo me sentara a maravilla; de modo que Torvaldo no ha notado nada. Pero muchas veces se me hacía demasiado cuesta arriba, Cristina. ¡Es tan agradable ir bien vestida! ¿Verdad?
SEÑORA LINDE. ¡Y tanto!
NORA.
Asimismo he tenido otras fuentes de ingresos. El invierno pasado pude encontrar un trabajo de copias. Me encerraba y escribía todas las noches hasta muy tarde. ¡Oh!, con frecuencia me sentía muy cansada. A pesar de todo, era un placer trabajar y ganar dinero. Parecía casi como si fuese un hombre.
SEÑORA LINDE.
¿Y cuánto has podido devolver así?
NORA.
No sabría decírtelo al detalle. Es muy difícil llevar cuentas en esta clase de negocios. Sólo sé que he pagado cuanto me ha sido posible reunir. Muchas veces no se me ocurría ya qué hacer. (Sonríe.) Entonces me quedaba aquí sentada, ideando que un señor viejo y rico se había enamorado de mí...
SEÑORA LINDE.
¡Cómo!... ¿Quién?
NORA.
...que se había muerto, y que, al abrir su testamento, se leía en letras muy grandes: "Todo mi dinero será pagado al contado inmediatamente a la encantadora señora Nora Helmer."
SEÑORA LINDE.
Pero, Nora, ¿qué dices?... ¿De quién estás hablando?
NORA.
¿No te das cuenta?... No existe tal señor; es una cosa que me imaginaba siempre cuando no sabía qué hacer para encontrar dinero. Pero ¡qué más da! Por mí, ese dichoso señor viejo puede estar donde le plazca.: no me importan nada él ni su testamento; ya se acabaron las preocupaciones. (Irguiéndose de repente.) ¡Dios mío! ¡Qué gusto poder pensarlo, Cristina! ¡Sin preocupaciones! ¡Poder sentirse tranquila, absolutamente tranquila; jugar y alborotar con los niños; tener la casa preciosa, todo como le gusta a Torvaldo! ¡Y calcular que ya se acerca la primavera con su cielo azul! Para entonces quizá podamos viajar un poco, volver a ver el mar. ¡De veras es magnífico vivir y ser feliz!
(Se oye la campanilla en la antesala.)
SEÑORA LINDE. (Levantándose.) Llaman; será mejor que me vaya.
NORA.
No, quédate. No aguardo a nadie; de fijo, es para Torvaldo...
ELENA. (Desde la. puerta.)
Perdón, señora; hay un caballero que desea hablar con el señor abogado...
NORA.
Con el señor director, querrás decir...
ELENA.
Sí, señora, con el señor director. Pero como el señor doctor está ahí dentro... no sabía si...
NORA.
¿Quién es ese caballero?
KROGSTAD. (En la antesala.) Soy yo, señora.
(La SEÑORA LINDE, turbada, se vuelve, estremeciéndose, hacia la ventana.)
NORA. (Avanza un paso hacia él, intrigada y dice a media voz:) ¿Usted? ¿Qué hay? ¿Qué quiere hablar con mi marido?
KROGSTAD.
Nada; asuntos bancarios... Tengo un modesto empleo en el Banco, y he oído decir que su esposo ha sido nombrado director...
NORA.
Pero ¿es que...?
KROGSTAD.
Negocios a secas, señora, y nada más.
NORA.
Pues haga el favor de entrar por la puerta del despacho. (Saluda con indiferencia y cierra la puerta de la antesala; luego se acerca a ver el fuego de la estufa.)
SEÑORA LINDE. Nora... ¿quién es ese hombre?
NORA. Es un tal Krogstad..., procurador.
SEÑORA LINDE. ¡Ah!, ¿es él?
NORA.
¿Le conoces?
SEÑORA LINDE.
Le conocí... hace años. Fue pasante de procurador de nuestro distrito.
NORA.
¡Ah, sí! Ya recuerdo.
SEÑORA LINDE.
¡Qué cambiado está!
NORA.
Creo que ha sido desdichado en su matrimonio.
SEÑORA LINDE. Y ahora es viudo, ¿no?
NORA.
Sí, con una caterva de hijos. ¡Ya se anima el fuego! (Cierra la portezuela de la estufa y retira un poco la mecedora.)
SEÑORA LINDE.
Dicen que se dedica a toda clase de negocios.
NORA.
¡Ah! ¿Sí?... Puede ser; no sé... Pero no pensemos en negocios; es una cosa tan aburrida...
(El DOCTOR RANK sale- del despacho de HELMER.)
DOCTOR RANK. (Todavía desde la puerta del despacho.)
No, no; no quiero estorbar. Prefiero charlar un rato con tu mujer. (Cierra la puerta y repara en la. SEÑORA LINDE.) ¡Ah! perdón. Por las trazas, también estorbo aquí.
NORA.
No, no, de ninguna manera. (Presentando.) El doctor Rank. La señora Linde.
DOCTOR RANK.
¡Ah! sí. Es un nombre que se oye mucho en esta casa. Creo que he pasado delante de usted al subir la escalera.
SEÑORA LINDE.
Sí; yo subo muy despacio, porque me canso.
DOCTOR RANK.
Algo de debilidad, al parecer.
SEÑORA LINDE. Sólo fatiga.
DOCTOR RANK.
¿Nada más? Y, probablemente, viene usted a descansar acá yendo de festejo en festejo...
SEÑORA LINDE.
He venido a buscar trabajo.
DOCTOR RANK.
¿Será ése un remedio eficaz contra el exceso de fatiga?
SEÑORA LINDE.
¡Una tiene que vivir, doctor!
DOCTOR RANK.
Sí, eso opina todo el mundo: que es necesario vivir.
NORA.
¡Vamos, vamos, doctor! También tendrá usted ganas de vivir.
DOCTOR RANK,
¡Ya lo creo! A pesar de lo mal que estoy, prefiero seguir sufriendo durante el mayor tiempo posible. Todos mis pacientes piensan otro tanto. Y lo mismo pasa con los que padecen achaques morales. En este momento acabo de dejar a uno de esos enfermos morales en el despacho de Helmer...
SEÑORA LINDE. (Con voz apagada.) ¡Ah!
NORA.
¿A quién se refiere usted?
DOCTOR RANK.
¡Oh!, es un tal Krogstad, procurador; usted no le conoce. Tiene el carácter podrido hasta las raíces... Pues a su vez ha osado decir que hay que vivir, como si supusiera una cosa de máxima importancia.
NORA.
¿Sí? Entonces, ¿de qué quería hablar con Torvaldo?
DOCTOR RANK.
No lo sé a ciencia cierta. Sólo he oído que se trataba del Banco.
NORA.
Yo ignoraba que Krogs... que el procurador tuviera que ver con el Banco.
DOCTOR RANK.
Sí; le han dado una especie de empleo. (A la SEÑORA LINDE.) No estoy al tanto de si por allá, entre ustedes, hay esa clase de hombres que se debaten afanosos por descubrir podredumbres morales, y en cuanto tropiezan con un individuo enfermo, le adjudican una buena plaza para tenerle en observación. Mientras, que se queden fuera los sanos.
SEÑORA LINDE.
No obstante, los enfermos son, en realidad, los más necesitados.
DOCTOR RANK. (Encogiéndose de hombros.)
Es ese punto de vista el que convierte la sociedad en un hospital.
NORA. (Como abstraída en sus pensamientos y palmeteando.) ¡Ja, ja, ja!
DOCTOR RANK.
¿De qué se ríe usted? ¿Sabe acaso qué es la sociedad?
NORA.
¡Qué me importa la dichosa sociedad!... Me reía de algo muy distinto... algo verdaderamente gracioso... Dígame, doctor... Todos los que están empleados en el Banco dependerán desde ahora de Torvaldo, ¿no es así?
DOCTOR RANK.
¿Y eso la divierte a usted tanto?
NORA. (Sonríe y canturrea.)
No me haga caso. (Paseándose.) Sí que es verdaderamente gracioso pensar que nosotros... que Torvaldo haya ganado tanto autoridad sobre tanta gente... (Saca del bolsillo un cucurucho de almendras.) ¿Una almendrita, doctor?
DOCTOR RANK.
¡Cómo! ¿Almendritas? Tenía entendido que eso era mercancía prohibida aquí.
NORA.
Sí; pero éstas me las ha dado Cristina.
SEÑORA LINDE. ¿Qué? ¿Yo?...
NORA.
¡Vaya, vaya, no te asustes! ¿Qué sabías tú de si Torvaldo me había prohibido comer almendras? Es porque le da miedo que se me estropeen los dientes, ¿comprendes? Pero por una vez, no hay cuidado. ¿Verdad, doctor? Tenga. (Le mete una almendra en la boca.) Y tú, otra, Cristina. Yo también tomaré una, sólo una pequeñita... lo más, dos. (Paseándose.) Ahora sí que me siento feliz. AJ presente hay una sola cosa que tengo unas ganas vivísimas de hacer.
DOCTOR RANK.
¡Ah! ¿Sí? ¿Y qué es?
NORA.
Es algo que siento unos deseos irresistibles de decir delante de Torvaldo.
DOCTOR RANK.
¿Y por qué no lo dice?
NORA.
No me atrevo... Es una cosa muy fea.
SEÑORA LINDE. ¿Fea?
DOCTOR RANK.
En ese caso, no le aconsejo que lo diga. Aunque, a nosotros, bien podía... ¿Qué es lo que tiene usted tantas ganas de decir delante de Helmer?
NORA.
Tengo unas ganas enormes de gritar: ¡Demonios coronados!
DOCTOR RANK.
Pero ¿está usted loca?
SEÑORA LINDE. ¡Por Dios, Nora!
DOCTOR RANK. Ya puede usted decirlo. Aquí viene.
NORA. (Que esconde el cucurucho.)
¡Chis! (HELMER sale del despacho con el sombrero en la mano y el abrigo colgando del brazo. NORA va hacia él.) ¿Qué, por fin has podido quitártele de encima?
HELMER.
Sí; acaba de irse.
NORA.
Te voy a presentar; es Cristina, que ha llegado de fuera.
HELMER.
¿Cristina?... Perdón; pero no sé...
NORA.
La señora Linde, Torvaldo; Cristina Linde...
HELMER.
¡Ah, sí! una amiga de la infancia, supongo.
SEÑORA LINDE.
Sí; nos conocimos en otro tiempo.
NORA.
Y fíjate: ha hecho este viaje para poder hablar contigo.
HELMER. ¿Qué oigo?
SEÑORA LINDE. Vamos... es decir...
NORA.
¿Sabes? Cristina entiende bastante de trabajos de oficina, y ahora tiene mucho interés en ponerse a las órdenes de un hombre competente, para adquirir más conocimientos...
HELMER.
Lo estimo muy acertado, señora.
NORA.
Cuando se enteró de que te habían nombrado director del Banco...—llegó un telegrama, ¿comprendes?—, se apresuró a venir aquí. ¿Verdad, Torvaldo, que harás algo por Cristina para complacerme, eh?
HELMER.
No parece del todo imposible. ¿Es usted viuda quizá?...
SEÑORA LINDE. Sí.
HELMER.
¿Y conoce usted estos trabajos de oficina?
SEÑORA LINDE. Bastante.
HELMER.
¡Ah! entonces es muy probable que pueda encontrarle una colocación...
NORA. (Batiendo palmas.) ¿Lo ves, lo ves?...
HELMER.
Llega usted en un momento oportuno, señora.
SEÑORA LINDE.
¡Oh! ¿Cómo podría agradecérselo?...
HELMER.
No se preocupe por eso. (Poniéndose el gabán.) Pero hoy tendrá usted que disculparme...
DOCTOR RANK.
Aguarda; voy contigo. (Busca su abrigo de pieles y lo calienta ante la estufa.)
NORA.
No tardes mucho, Torvaldo.
HELMER.
Una hora, nada más.
NORA.
¿Te vas tú también, Cristina?
SEÑORA LINDE. (Mientras se pone el abrigo.)
Sí; ahora tengo que buscar habitación.
HELMER.
Pues bajaremos a la calle juntos.
NORA. (Ayudándola.)
¡Qué lástima que vivamos tan estrechos! Pero nos es completamente imposible...
SEÑORA LINDE.
¿En qué estás pensando, mujer? Adiós, Nora, y gracias por todo.
NORA.
Adiós, o hasta luego. Porque vendrás esta noche, por de contado. Y usted también, doctor. ¡Cómo! ¿Si se siente usted con bríos?... ¡No faltaba más! Abríguese. (Pasan, charlando, a la antesala. Se oyen voces de niños fuera, en la escalera.) ¡Ya están aquí, ya están aquí! (Corre a abrir. La niñera ANA MARÍA viene con los niños.) ¡Entrad, entrad! (Se agacha para besarlos.) ¡Angelitos míos!... ¿Ves, Cristina? ¿Verdad que son preciosos?
DOCTOR RANK.
Nos os quedéis ahí hablando., que hay corriente.
HELMER.
Venga, señora Linde. Permanecer aquí ahora es algo que sólo puede resistirlo una madre.
(El DOCTOR RANK, HELMER y la SEÑORA LINDE bajan la escalera. ANA MARÍA entra con los niños en el salón, seguida de NORA, que cierra la puerta.)
NORA.
¡Tenéis un aspecto estupendo! ¡Vaya unos colores que traéis! Parecéis manzanas y rosas. (Los niños le hablan todos a la vez hasta el final del parlamento.) ¿Os habéis divertido mucho? Así me gusta. ¡Ah! ¿Sí?... ¿Conque has llevado a Emmy y a Bob en el trineo?... ¡Qué enormidad! ¿A los dos juntos? ¡Sí que eres valiente, Ivar!... ¡Oh! déjame tenerla un poquito, Ana María. ¡Muñequita mía! (Toma a la pequeña en brazos y baila con ella.) Sí, sí, Bob; mamá bailará contigo también. ¡Cómo! ¿Os habéis tirado bolas de nieve? ¡Qué pena no haber estado con vosotros! No, deja, Ana María; yo misma les quitaré los abrigos. Sí, mujer, me encanta hacerlo. Entre tanto, pasa ahí; tienes cara de frío. Hay café caliente esperándote. (ANA MARÍA pasa a la habitación de la izquierda. NORA quita los abrigos a los niños, desperdigándolos por la escena. Los niños siguen hablando todos a la vez.) ¿Sí?... ¿Decís que os ha seguido un perro grande, corriendo detrás de vosotros? Pero no os mordería, ¿en?... No; los perros no muerden a los muñequitos encantadores como vosotros, ¡Ivar, no toques los paquetes! ¡Si tú supieras lo que hay dentro!... Una cosa horrenda... ¡Anda, vamos a jugar! Al escondite... ¿queréis?... Bob se esconderá el primero... ¿O preferís que me esconda yo?...
(Se ponen a jugar todos, riendo y alborotando, en el salón y en la biblioteca de la derecha. Por fin, NORA se esconde debajo de la mesa. Los niños irrumpen precipitadamente, sin encontrarla; pero, al oír su risita contenida, se lanzan todos hacia la mesa, levantando el tapete, y la descubren. Ruidosa alegría. NORA sale a gatas como para asustarlos. Mientras, ha llamado alguien a la puerta, sin que nadie lo note. Se abre la puerta un poco, y aparece KROGS-TAD. Se detiene un momento en tanto que el juego continúa.)
KROGSTAD.
Usted perdone, señora...
NORA. (Emite un grito ahogado, levantándose a medias.) ¡Ah! ¿Qué desea usted?...
KROGSTAD.
Dispénseme. Como la puerta estaba abierta... Se habrán olvidado de cerrarla.
NORA. (Levantándose.)
No está en casa mi marido, señor Krogstad.
KROGSTAD. Ya lo sé.
NORA.
¿A qué viene usted aquí, pues?
KROGSTAD.
A hablar dos palabras con usted.
NORA.
¿Conmigo?... (A los niños, en voz baja.) Marchaos con Ana María. ¿Cómo? No, no, el hombre no va hacer nada malo a mamá. En cuanto se haya ido, volveremos a jugar. (Conduce a los niños a la habitación de la izquierda y cierra la puerta tras ellos. Con inquietud, intrigada.) ¿Quería usted hablarme?...
KROGSTAD.
Sí, eso quiero.
NORA.
¿Hoy?... Pero si aún no estamos a primeros de mes...
KROGSTAD.
No, hoy es Nochebuena; y de usted depende cómo va a pasar estas Navidades...
NORA.
Habrá de hacerse cargo. Hoy no puede de ninguna manera...
KROGSTAD.
Por ahora no vamos a hablar de eso. Se trata de otra cosa. Me figuro que podrá dedicarme un momento.
NORA.
¡Oh! sí, claro, por supuesto... aunque...
KROGSTAD.
Muy bien. Estaba yo sentado en el restaurante Olsen, cuando he visto pasar a su marido...
NORA. Sí, sí.
KROGSTAD.
...con una señora.
NORA.
¿Y qué...?
KROGSTAD.
¿Puedo hacerle una pregunta? ¿No era la señora Linde?
NORA. Sí.
KROGSTAD.
¿Acaba de llegar a la ciudad?
NORA.
Sí, ha llegado hoy.
KROGSTAD.
¿Y es amiga íntima de usted?
NORA.
Sí; pero no veo qué relación...
KROGSTAD.
Yo también la conocía.
NORA. Lo sé.
KROGSTAD.
¿De veras? Así, estará usted enterada. Me lo suponía. Entonces podré preguntarle con toda franqueza: ¿es verdad que la señora Linde va a tener un empleo en el Banco?
NORA.
Señor Krogstad, ¿cómo se permite preguntarme eso usted, que es un subordinado de mi marido? Pero, ya que me lo pregunta, voy a responderle. Es verdad; la señora Linde tendrá una colocación, y además, soy yo quien ha influido para ello. Ya lo sabe usted, señor Krogstad.
KROGSTAD. He acertado.
NORA. (Paseándose.)
Como puede suponer, una tiene algo de influencia. No crea que ser mujer no quiere decir que... Cuando se es un subordinado, señor Krogstad, hay que obrar con un poco de tacto para no mortificar a una persona que...
KROGSTAD.
¿...que tiene influencia?
NORA. Eso es.
KROGSTAD. (Cambiando de actitud.)
Señora, ¿sería usted tan amable que empleara su influencia en mi favor?
NORA.
¡Cómo! ¿Qué se propone?
KROGSTAD.
¿Sería usted tan amable que se preocupara de que pueda yo conservar mi empleo en el Banco?
NORA.
¿Qué significa esto?... ¿Quién ha pensado en quitarle su empleo?
KROGSTAD.
¡Oh! no hay para qué fingir. Comprendo muy bien que a su amiga no le guste tropezarse conmigo, y ahora, además, comprendo a quién debo agradecer mi cesantía.
NORA.
Le aseguro que...
KROGSTAD.
Bueno, bueno. En una palabra, todavía está usted a tiempo de impedirlo.
NORA.
Pero, señor Krogstad, si no tengo ninguna influencia...
KROGSTAD.
¡Ah! ¿No? Pues me parece que acaba usted de afirmar...
NORA.
Sin duda, no he querido decir que... ¿Cómo puede usted creer que yo tenga tanta influencia con mi marido?
KROGSTAD.
¡Oh! conozco a su esposo desde que éramos estudiantes. Y dudo mucho de que el señor director sea más enérgico que otros maridos.
NORA.
Si habla usted despectivamente de mi esposo, puede ir tomando la puerta.
KROGSTAD.
Es usted valiente, señora.
NORA.
Ya no le tengo miedo. Después de Año Nuevo me veré libre en absoluto.
KROGSTAD. (Reprimiéndose.)
Óigame, señora. Si hay que hacerlo, lucharé con todas las armas por mantener mi puesto en el Banco.
NORA.
Es de presumir.
KROGSTAD.
No sólo por los ingresos, que son lo que menos me importa. Por otra cosa que... Bien; se lo diré. Usted sabrá, indudablemente, como todo el mundo, que hace unos cuantos años cometí cierta imprudencia...
NORA.
Sí; creo que he oído hablar algo de eso.
KROGSTAD.
El asunto no llegó a los tribunales, aunque en seguida se me cerraron todos los caminos. Y entonces emprendí esa clase de negocios que usted no ignora. A algo tenía que agarrarme, y me atrevo a decir que no he sido peor que otros. Pero hoy necesito salir de todo eso. Mis hijos ya van siendo mayores, y se impone que recobre mi reputación. El empleo del Banco representaba para mí el primer escalón, y ahora resulta que su esposo quiere arrojarme de él para hacerme caer nuevamente en el fango.
NORA.
Pero, por amor de Dios, señor Krogstad; no está en mis manos ayudarle.
KROGSTAD.
Porque no quiere usted; pero cuento con medios para obligarla.
NORA.
¿Será usted capaz de decir a mi marido que le debo dinero?
KROGSTAD.
¿Y si lo hiciera?
NORA.
Sería una infamia por su parte. (Con voz rota.) ¡Ese secreto que es mi alegría y mi orgullo... saberlo él de una manera tan indigna y vergonzosa... saberlo por usted! Me expondría a los mayores disgustos...
KROGSTAD.
¿Sólo a disgustos?...
NORA. (Con vehemencia.)
Pero hágalo, si quiere; será para usted peor... Así, se dará cuenta mi marido de lo despreciable que es usted, y entonces sí que se quedará sin su empleo.
KROGSTAD.
Acabo de preguntar si no son más que disgustos familiares lo que usted teme.
NORA.
No cabe duda de que, si mi marido se entera, pagará en el acto el resto de la deuda; y así acabaremos con usted definitivamente.
KROGSTAD. (Avanza un paso hacia ella.) Oiga, señora... ¿es que no tiene usted memoria, o es que no entiende de negocios? Por lo que veo habré de ponerla al corriente sobre este particular.
NORA. ¡Cómo!
KROGSTAD.
Cuando estaba enfermo su esposo vino usted a pedirme prestadas cuatro mil ochocientas coronas...
NORA.
No conocía a nadie más...
KROGSTAD.
Yo prometí procurarle ese dinero.
NORA. Y me lo procuró.
KROGSTAD.
Pero en ciertas condiciones. Estaba usted entonces tan preocupada con la enfermedad de su esposo, y tan ansiosa de encontrar dinero para el viaje, que creo que no pensó bien en los detalles. Y no me parece inoportuno recordárselos. Le prometí proporcionarle el dinero, contra un recibo que yo mismo había redactado.
NORA.
Sí, y lo firmé.
KROGSTAD.
De acuerdo. Pero a continuación, había yo agregado algunas líneas, por las cuales su padre se hacía responsable de la deuda. Esas líneas debía firmarlas él mismo.
NORA.
¿Qué debía...? Las firmó.
KROGSTAD.
Dejé la fecha en blanco, para que su padre la pusiera cuando firmase el documento. ¿Se acuerda usted?
NORA.
Sí, creo que sí.
KROGSTAD.
Y después le di a usted el recibo para que lo enviase por correo a su padre. ¿No fue así?
NORA. Así fue.
KROGSTAD.
Como es natural, lo hizo usted en seguida, porque, pasados unos cinco o seis días, me devolvió el mismo documento con la firma de su padre. Y entonces cobró usted el dinero.
NORA.
Sí, bien. ¿Y no he ido pagando con regularidad?
KROGSTAD.
Poco más o menos. Pero, volviendo a lo de antes... Aquéllos eran tiempos bastante difíciles para usted, señora...
NORA. Lo eran, sí.
KROGSTAD. Y su padre estaba muy enfermo, creo,
NORA.
Muriéndose.
KROGSTAD.
¿Y murió poco después?
NORA. Sí.
KROGSTAD.
Dígame, señora, ¿recuerda usted, por casualidad, la fecha de la muerte de su padre?
NORA.
Papá murió el veintinueve de septiembre.
KROGSTAD.
Exactamente. Lo sabía. Por eso mismo (Saca un papel), no acabo de explicarme cierta particularidad...
NORA,
¿Qué particularidad? No caigo...
KROGSTAD.
Es sorprendente, señora, que su padre firmara el documento tres días después de su muerte. (NORA guarda silencio) ¿Puede explicármelo usted? (NORA. permanece callada.) También es singular que la fecha dos de octubre y el año, no estén escritos por la mano de su padre, sino por otra mano que creo reconocer... Bueno; eso es explicable. Puede que su padre se olvidara de fechar la firma, y que lo haya hecho cualquiera antes de saber su muerte. En eso no hay nada malo. Lo que importa es la firma. Me figuro que será auténtica, ¿verdad? Porque supongo que sería su propio padre quien puso su nombre...
NORA. (Tras de una corta pausa, levanta desdeñosamente la cabeza y le mira con resolución.) No, no fue él. Fui yo misma quien escribió el nombre de papá.
KROGSTAD.
Oiga, señora, ¿se percata usted de lo grave que es esa confesión?
NORA.
¿Por qué, si pronto va usted a percibir su dinero?...
KROGSTAD.
¿Me permite otra pregunta? ¿Por qué razón no envió usted el papel a su padre?
NORA.
Era imposible: ¡estaba papá tan enfermo! Si le hubiese pedido la firma, también habría tenido que concretarle en qué se invertiría el dinero. ¿Y cómo iba a decirle, tan enfermo como estaba, que peligraba la vida de mi marido? Era imposible.
KROGSTAD.
En tal caso, lo mejor para usted habría sido prescindir de ese viaje al extranjero.
NORA.
Era no menos imposible. Ese viaje iba a traer la salvación de mi marido, y no podía yo desistir de él.
KROGSTAD.
¿Y no se le ocurrió a usted que estaba cometiendo una estafa en contra mía?
NORA.
No podía pararme a pensar en esas cosas. Para nada me cuidaba de usted. Se me hacía odioso por la frialdad de los razonamientos que oponía a mis deseos, aun sabiendo el peligro en que estaba mi marido.
KROGSTAD.
Señora, con toda evidencia desconoce usted la gravedad de lo que ha hecho. Sólo le diré que lo que hice yo cuando perdí toda mi posición social no fue ni más ni menos que eso.
NORA.
¿Usted? ¿Quiere convencerme de que ha hecho algún sacrificio por salvar la vida de su mujer?
KROGSTAD.
A las leyes no les importan los motivos.
NORA.
Pues son unas leyes muy malas.
KROGSTAD.
Malas o no... si yo presento este documento a las autoridades, será usted condenada por esas leyes.
NORA.
Me resisto a creerlo. ¿Acaso una hija no tiene derecho a evitar a su anciano padre moribundo inquietudes y disgustos? ¿Acaso una esposa no tiene derecho a salvar la vida de su esposo? Yo no conozco las leyes a fondo; pero estoy segura de que en algún sitio se dice que esas cosas están permitidas. ¿Y usted, procurador, no se ha enterado de ello? Debe de ser bastante mal jurista, señor Krogstad.
KROGSTAD.
Posiblemente. Pero en negocios como los que median entre usted y yo, espero que concederá que soy bastante entendido. Bien. Haga lo que quiera, aunque conste que, si me hundo por segunda vez, irá usted a hacerme compañía. (Saluda y vase.)
NORA. (Se queda largo rato pensativa.
Levantando la cabeza.)
¡Bah, querrá asustarme! Pero no soy tan cándida. (Empieza a ordenar la ropa de los niños, que abandona pronto.) Aunque... ¡No, no es posible! Si lo hice por amor...
Los NIÑOS. (A la puerta de la izquierda.) ¡Mamá, se ha ido el hombre!
NORA.
Sí, sí; ya lo sé. Pero no habléis más de él, ¿habéis oído? ¡Ni a papá!
Los NIÑOS.
No, mamá. ¿Jugamos ya?
NORA.
No, no; ahora no.
Los NIÑOS.
¡Oh, mamá! nos lo habías prometido.
NORA.
Sí; pero ahora no puedo: tengo mucho que hacer. Andad, marchaos3 hijos míos. (Empujándolos cariñosamente, cierra la puerta tras ellos. Se sienta en el sofá, toma su labor y da algunas puntadas, interrumpiéndose luego.) ¡No! (Deja caer su labor, va a la puerta de la antesala y llama.) ¡Elena! ¡Tráeme el árbol! (Se acerca a la mesa de la izquierda, abre el cajón y se queda suspensa.) ¡No; es de todo punto imposible!
ELENA. (Con el árbol.) ¿Dónde lo dejo, señora?
NORA.
Aquí en medio.
ELENA.
¿Hay que traer algo más?
NORA.
No, gracias; tengo lo que necesito. (ELENA sale después de dejar el árbol. NORA empieza a arreglarlo.) Hacen falta velas y flores... ¡Qué persona tan repugnante!... ¡Es absurdo, absurdo! No pasará nada. El árbol va a quedar precioso... Haré todo lo que quieras, Torvaldo... cantaré para ti, bailaré para ti... (Entra HELMER con un rollo de papeles bajo el brazo.) ¡Ah! ¿Ya estás aquí?
HELMER.
Sí. ¿Ha venido alguien?
NORA.
¿Aquí? No.
HELMER.
¡Qué extraño! He visto a Krogstad salir del portal.
NORA.
¡Ah! sí, es verdad. Krogstad ha estado un momento.
HELMER.
Nora, te lo conozco en la cara; ¿a que ha venido a pedirte que me hablaras en su favor?
NORA. Sí.
HELMER.
Y debías hacerlo como si fuese por tu propia iniciativa, ocultándome que había estado aquí. ¿No te lo ha pedido también?
NORA.
Sí, Torvaldo; pero...
HELMER.
¡Nora, Nora! ¿Y tú has sido capaz de eso? ¡Mantener una conversación con semejante individuo, haciéndole una promesa inclusive! ¡Y encima, decirme una mentira!...
NORA.
¿Una mentira?...
HELMER.
¿Pues no me has dicho que no había venido nadie? (Amenazando con el dedo.) No volverá a hacer eso mi pajarito cantor. Un pajarito cantor debe tener el pico limpio para gorjear sin desafinaciones. (Cogiéndola por la cintura.) Así ha de ser, ¿no? (Soltándola.) Y ahora, no hablemos más de ello. (Se sienta delante de la estufa.) ¡Qué bien se está aquí! (Hojea sus papeles.)
NORA. (Ocupada en arreglar el árbol, después de una pausa.) \ Torvaldo!
HELMER. ¿Qué?
NORA.
Estoy muy ilusionada con el baile de máscaras de pasado mañana en casa de los Stenborg.
HELMER.
Y yo estoy intrigadísimo pensando en la sorpresa que me preparas.
NORA.
¡Oh, qué pesadez!
HELMER. ¿Cuál?
NORA.
No se me ocurre ningún disfraz que valga la pena; todo resulta soso y disparatado.
HELMER.
¿Ahora sales con ésas?
NORA. (Detrás del sillón, con los brazos apoyados en el respaldo.) ¿Estás muy atareado, Torvaldo?
HELMER. Regular.
NORA.
¿Qué papeles son ésos?
HELMER.
Cosas del Banco.
NORA. ¿Ya?
HELMER.
El director saliente me ha dado plenos poderes para introducir los cambios necesarios en el personal y en la organización de los negocios. Dedicaré la semana de Navidad a hacerlo. Quiero que para Año Nuevo esté en regla todo.
NORA.
Entonces, ¿por eso el pobre Krogstad...?
HELMER. ¡Ejem!...
NORA. (Sigue apoyada en el respaldo, mientras le acaricia el cabello.) Si no estuvieras tan atareado, querría pedirte un favor muy grande.
HELMER.
Vamos a ver: ¿en qué consiste?
NORA.
No hay nadie con un gusto tan exquisito como tú. ¡Tengo tantos deseos de aparecer bonita en el baile de máscaras!... Torvaldo, ¿no podrías ocuparte un poco de mí, y elegirme el disfraz?
HELMER.
¡Vaya, vaya! ¿Conque la testarudita se decide a pedir ayuda, eh?
NORA.
Sí, Torvaldo; si no me ayudas, no se me ocurrirá nada.
HELMER.
Bien, bien; lo pensaré. Ya buscaremos algo.
NORA.
¡Qué bueno eres! (Se dirige de nuevo al árbol.) ¡Cómo lucen las flores encarnadas en el árbol!... Pero oye, di: ¿es realmente tan grave lo que ha hecho Krogstad?..,
HELMER.
Ha falsificado firmas. ¿Te percatas de lo que representa eso?
NORA.
¿No puede haberlo hecho movido por la necesidad?
HELMER.
Sin duda, si no movido por la irreflexión, igual que muchos otros. Pero yo no tengo tan poco corazón como para condenar sin piedad a un hombre sólo por un acto de esa índole.
NORA.
¿Verdad que no, Torvaldo?
HELMER.
Muchos pueden rehabilitarse, si confiesan de plano su delito y sufren el correspondiente castigo.
NORA.
¿Castigo...?
HELMER.
Sí; pero Krogstad no ha seguido ese camino. Se ha valido de trampas y artimañas, y eso es lo que le ha arruinado moralmente.
NORA,
¿Crees que...?
HELMER.
Piensa que un hombre así, con la conciencia de su falta, tiene que mentir, disimular y fingir en todas partes; tiene que enmascararse hasta en familia, delante de su mujer y de sus propios hijos. Y lo de que mezcle en ello a sus hijos es lo peor de todo, Nora.
NORA.
¿Por qué?
HELMER.
Porque una atmósfera semejante de falsedad contamina irremisiblemente el hogar. Cada vez que respiran, los hijos se contagian de gérmenes malsanos.
NORA. (Acercándose.) ¿Estás seguro de eso?
HELMER.
¡Claro! Como abogado, lo he comprobado en numerosas ocasiones. Casi todas las personas depravadas en su juventud han tenido madres embusteras.
NORA.
¿Por qué madres... precisamente?
HELMER.
De ordinario son las madres; aunque, como es lógico, también los padres influyen en este sentido. Bien lo saben todos los abogados. Sin embargo, Krogstad ha estado envenenando a sus hijos año tras año en su propio hogar, con mentiras y simulaciones. Por eso le considero moralmente arruinado. (Tendiéndole las manos.) Y por eso, mi querida Nora, vas a prometerme no hablar más en su favor. ¡Dame tu mano! Pero, mujer, ¿a qué aguardas... qué es eso?... ¡Dámela! Así. Entonces, convenido. Te aseguro que me hubiera sido absolutamente imposible trabajar con él. Siento un verdadero malestar físico junto a tales personas.
NORA. (Retira su mano, y se dirige al otro lado del árbol.)
¡Qué calor se nota aquí! ¡Y yo que tengo tanto que hacer...!
HELMER. (Se levanta y recoge sus papeles.)
Voy a echar una ojeada a esto antes de sentarnos a la mesa. Luego me ocuparé de tu disfraz. ¡Quién sabe si, a lo mejor, tengo algo dispuesto para colgarlo del árbol, envuelto en un papel dorado! (Poniéndole una mano sobre la cabeza.) ¡Querido pajarito cantor! (Entra en su despacho cerrando la puerta.)
NORA. (En voz baja, luego de un silencio.) ¡No, no es verdad!... ¡Es imposible!
¡Tiene que ser imposible!...
ANA MARÍA. (A la puerta de la izquierda.)
Los niños piden que su mamá les permita entrar,
NORA.
¡No, no; no les dejes venir conmigo! Quédate tú con ellos, Ana María.
ANA MARÍA.
Está bien, señora. (Cierra la puerta.)
NORA. (Pálida de terror.)
¡Pervertir a mis hijos!... ¡Envenenar el hogar! (Pausa. Levanta la cabeza.) ¡No, no es verdad!... ¡No puede serlo!



ACTO SEGUNDO



La misma decoración. Junto al piano está el árbol de Navidad, despojado y con las velas consumidas. Sobre el sofá yace el abrigo de Nora.

Ésta, sola en el salón, se pasea, intranquila, de un lado a otro. Al cabo se detiene frente al sofá y coge el abrigo.

NORA. (Dejando el abrigo nuevamente.) ¡Alguien viene!... (Se acerca a la puerta y escucha.) No, no hay nadie. ¡Quién iba a venir el día de Navidad... ni mañana tampoco! Peto cuando menos se piense... (Abre la puerta y mira.) Pues no hay nada en el buzón; está vacío. (Paseándose.) ¡Qué necedad! ¡Claro que no lo hará!... No es posible que suceda una cosa así. No puede ser. ¡Tengo tres hijos pequeños!
(ANA MARÍA entra por la puerta de la izquierda, con una caja grande de cartón.)
ANA MARÍA. Por fin encontré la caja del disfraz.
NORA.
Gracias; déjala sobre la mesa.
ANA MARÍA. (Saliendo.) El disfraz necesita bastante arreglo.
NORA.
¡Oh, lo haría trizas!
ANA MARÍA.
¡Vamos, señora! Con un poco de paciencia, puede arreglarse.
NORA.
Sí; iré a pedir a la señora Linde que me ayude.
ANA MARÍA.
¿Salir otra vez? ¿Con el tiempo que hace?... Va usted a atrapar frío y a ponerse enferma.
NORA.
¡Bah! no es eso lo peor que puede pasarme... ¿Qué hacen los niños?
ANA MARÍA.
Los pobrecitos juegan con sus regalos; pero...
NORA.
¿Preguntan a menudo por mí?
ANA MARÍA.
Como están tan acostumbrados a jugar con su mamá...
NORA.
Sí, Ana María; pero ya no podré permanecer con ellos tanto como antes.
ANA MARÍA.
Menos mal que los niños se habitúan a todo.
NORA.
¿Crees que olvidarán a su mamá si se fuera para siempre?...
ANA MARÍA.
¡Qué idea!... ¿Para siempre?
NORA.
Dime, Ana María... Muchas veces me he preguntado cómo fuiste capaz de dejar a tu hija en manos extrañas.
ANA MARÍA.
¡Qué remedio quedaba, si había que criar a Norita!...
NORA.
Bueno; pero ¿cómo pudiste hacerlo?
ANA MARÍA.
¡Me ofrecían una colocación tan buena...! Si una muchacha pobre ha tenido un desliz, por fuerza ha de amoldarse. Porque el infame no quiso hacer nada por mí.
NORA.
Pero, de seguro, te habrá olvidado tu hija.
ANA MARÍA.
¡No, eso sí que no! Me escribió cuando la confirmaron, y también después, cuando se casó.
NORA. (Abrazándola.)
¡Ana María, fuiste muy buena madre para mí, cuando yo era pequeña!...
ANA MARÍA.
La pobre Norita no tenía otra madre que yo...
NORA.
Si los niños llegaran a no tenerla tampoco... estoy convencida de que tú... (Abre la caja.) Ve con ellos. Ahora tengo que... Ya verás qué guapa voy a ponerme mañana.
ANA MARÍA.
No me cabe duda de que en todo el baile no habrá otra tan guapa como la señora. (Sale por la puerta de la izquierda.)
NORA. (Empieza a sacar las cosas de la caja; pero luego deja todo a un lado.)
Si me atreviese a ir... Sí estuviera segura de que no venía nadie... Si no ocurriese nada en casa entre tanto... ¡Qué tontería! No vendrá nadie. ¡Más vale no pensar! Cepillaré el manguito... ¡Qué bonitos son estos guantes!... Uno, dos, tres... cuatro, cinco... seis... (Da un grito.) Alguien viene... (Intenta ir hacia la puerta; pero se para, indecisa. La SEÑORA LINDE entra por la antesala, donde ha dejado su abrigo.) ¡Ah!... eres tú, Cristina... No ha venido nadie más, ¿verdad? ¡Cuánto me alegro de que hayas llegado!
SEÑORA LINDE.
Me han dicho que habías estado en casa preguntando por mí.
NORA.
Sí, pasaba por allí casualmente. Quería pedirte que me ayudases a algo. Vamos a sentarnos aquí, en el sofá. Oye: mañana por la noche hay un baile de máscaras en el piso de arriba, en casa del cónsul Stenborg, y Torvaldo quiere que me disfrace de pescadera napolitana y baile la tarantela que aprendí en Capri.
SEÑORA LINDE.
¡Hola! ¿Conque vas a dar una función?
NORA.
Sí, eso quiere Torvaldo. Mira, aquí tengo el traje que él encargó confeccionarme allá; pero está tan estropeado, que francamente, no sé qué hacer...
SEÑORA LINDE.
No te apures; lo arreglaremos en seguida. Es sólo el adorno, que se ha descosido por algunos sitios. ¿Tienes hilo y aguja? ¡Ah! pero si aquí hay todo lo que necesitamos.
NORA.
¡Qué buena eres!
SEÑORA LINDE. (Cosiendo.)
¿De manera que te disfrazas mañana?... Entonces vendré un momento a verte. Por cierto que se me había olvidado darte las gracias por la velada tan deliciosa que pasé ayer.
NORA. (Se levanta y pasea.)
¡Oh! Pues a mí me pareció que ayer no lo pasamos tan bien como otros años. Debías haber venido a la ciudad antes, Cristina. Torvaldo se ingenia muy bien para hacer amable y acogedora la casa.
SEÑORA LINDE.
Y tú lo mismo... Por algo eres hija de tu padre. Pero dime: ¿está el doctor Rank siempre tan decaído como ayer?
NORA.
No; ayer lo estaba más que de ordinario. El pobre se encuentra gravemente enfermo. Padece una tuberculosis de la medula, ¿sabes?... Su padre era un hombre detestable que tenía queridas, y otras cosas peores,.. Debido a eso, el hijo fue enfermizo desde su niñez.
SEÑORA LINDE. (Dejando la labor.)
Pero, Nora, criatura, ¿cómo te enteras de semejantes cosas?
NORA. (Paseándose.)
¡Oh!... Cuando una ha tenido tres niños, recibe a veces la visita de ciertas señoras... que son casi médicos y dan determinados detalles.
SEÑORA LINDE. (Vuelve a su labor. Breve silencio.)
¿Viene aquí el doctor Rank a diario?
NORA.
Todos los días. Es el mejor amigo de la infancia de Torvaldo, y también muy buen amigo mío. Le consideramos como de la familia.
SEÑORA LINDE.
Pero ¿es un hombre verdaderamente sincero?... Vamos, quiero decir que si le gusta adular.
NORA.
No; todo lo contrario. ¿Cómo has pensado eso?
SEÑORA LINDE.
Ayer, cuando me lo presentaste, me afirmó que había oído aquí frecuentemente mi nombre, y luego me di cuenta de que tu marido no tenía ni la menor noción de quién era yo. Dime, ¿cómo podía, entonces, el doctor Rank...?
NORA.
Pues es muy sencillo, Cristina. Torvaldo siente tal adoración por mí, que quiere que sea sólo para él, como dice. Figúrate que al principio se ponía medio celoso sin más que oírme hablar de los seres queridos de mi familia. Desde entonces, como es natural., dejé de hacerlo. Pero con el doctor Rank hablo a menudo de estas cosas; a él le gusta oírme.
SEÑORA LINDE.
Escucha, Nora: en muchos aspectos eres todavía una niña, y como yo soy bastante mayor que tú y tengo un poco más de experiencia, entiendo que puedo darte un consejo: deberías cortar con el doctor Rank.
NORA.
¿Cortar? ¿Qué?
SEÑORA LINDE.
Esas relaciones. Por ejemplo, ayer me hablaste de un admirador rico, que iba a proporcionarte dinero...
NORA.
Sí, te hablé de uno; pero no existe, por desgracia... ¿Qué más?
SEÑORA LINDE.
¿Tiene fortuna el doctor?
NORA. Si.
SEÑORA LINDE. ¿Y familia?
NORA. No, familia no; pero...
SEÑORA LINDE.
¿Y viene aquí todos los días?
NORA.
Sí, ya te lo he dicho.
SEÑORA LINDE.
¿Y cómo es posible que un hombre tan correcto llegue a ese extremo?
NORA. No te comprendo.
SEÑORA LINDE.
¡Vamos, Nora! Es inútil disimular. ¿Crees que yo no he deducido quién te prestó las cuatro mil ochocientas coronas?
NORA.
Pero ¿has perdido el juicio? ¿Eres capaz de creer tal cosa? ¡Un amigo que viene aquí todos los días! ¡Figúrate qué situación tan violenta!
SEÑORA LINDE.
¿Conque de veras no es él?
NORA.
No, te aseguro que no. Ni siquiera se me ha pasado por la imaginación... Por otra parte, en aquella época, él no tenía dinero para prestar a nadie; heredó después.
SEÑORA LINDE.
Ha sido una suerte para ti, querida Nora.
NORA.
No, jamás se me habría ocurrido... y eso que estoy segura en absoluto de que si se lo pidiera...
SEÑORA LINDE. Pero no lo harás, por supuesto.
NORA.
Por supuesto que no. Además, no creo que sea necesario. Sin embargo, estoy bien persuadida de que si yo hablara con el doctor Rank...
SEÑORA LINDE.
¿A espaldas de tu marido?...
NORA.
Tengo que salir de esta situación, aunque sea a espaldas suyas. Es indispensable.
SEÑORA LINDE.
Eso te decía yo ayer; pero...
NORA. (Paseándose.)
Un hombre puede arreglar esos asuntos mucho mejor que una mujer...
SEÑORA LINDE.
Si aludes al marido, sí.
NORA.
¡Niñerías! (Se detiene.) Cuando se han pagado todas las deudas, devuelven el recibo, ¿no es verdad?
SEÑORA LINDE. Por de contado.
NORA.
Y ya se puede romper en cien mil pedazos el maldito papel... arrojándolo al fuego.
SEÑORA LINDE. (La mira con fijeza, deja la labor y se levanta lentamente.) Nora, tú me ocultas algo.
NORA.
¿En qué lo notas?
SEÑORA LINDE.
Desde ayer por la mañana ha sobrevenido alguna novedad. Nora, ¿qué te ha pasado?
NORA. (Volviéndose hacia ella.)
¡Cristina! (Escuchando.) ¡Chis! Ha llegado Torvaldo. Anda, ve con los niños por el momento. Torvaldo no puede ver coser... Di a Ana María que te ayude.
SEÑORA LINDE. (Mientras recoge algunas de las prendas.) Está bien; pero no pienso marcharme de aquí hasta que hayamos hablado sin rodeos. (Vase por la puerta de la izquierda, al mismo tiempo que HELMER entra por la de la antesala.)
NORA. (Yendo hacia él.)
¡Con qué impaciencia te esperaba, Torvaldo!
HELMER.
¿Era la costurera?
NORA.
No; era Cristina. Está ayudándome a arreglar el traje. Ya verás qué bien voy a quedar.
HELMER.
Sí; ¿no he tenido una buena idea?
NORA.
¡Magnífica! Pero yo a mi vez tengo el mérito de procurar complacerte.
HELMER. (Acariciándole el mentón.)
¿Mérito... por complacer a tu marido?... Bueno, bueno, locuela; ya sé que no es eso lo que querías decir. Pero no deseo estorbarte más, porque irás a probarte, supongo.
NORA.
¿Y tú irás a trabajar?
HELMER.
Sí. (Le enseña un rollo de papeles.) Mira: he estado en el Banco... (Se dirige a. su despacho.)
NORA.
¡Torvaldo!
HELMER. (Deteniéndose.) ¿Qué?
NORA.
Si tu ardillita te pidiera encarecidamente una cosa...
HELMER. ¿Qué cosa?
NORA.
¿La harías?
HELMER.
Primero necesito saber de qué se trata, como es natural.
NORA.
Si quisieras ser tan bueno y complacerme, la ardillita brincaría de gozo...
HELMER.
¡Vaya! Dime qué es.
NORA.
Tu alondra cantaría por toda la casa...
HELMES.
¡Oh! eso ya lo hace mi alondra de continuo.
NORA.
Haría la sílfide y bailaría para ti a la luz de la luna, Torvaldo.
HELMER.
Nora, espero que no insistirás en lo que pretendías esta mañana.
NORA. (Aproximándose.)
Sí, Torvaldo... ¡Te lo pido por favor!
HELMER.
¿Y te atreves a volver a hablarme de ese asunto?
NORA.
Anda, sé complaciente. Deja que continúe Krogstad en el Banco.
HELMER.
Pero, querida Nora, si ya he destinado ese puesto a la señora Linde.
NORA.
Sí, has sido muy amable; pero puedes despedir a otro empleado en lugar de Krogstad.
HELMER.
¡Eres de lo más testaruda! ¿Crees que yo, porque le hayas prometido irreflexivamente interceder en favor suyo...?
NORA.
Si no es por eso, Torvaldo. Es por ti. Tú mismo me has dicho que ese hombre escribe en los peores periódicos. Puede hacerte muchísimo daño. Le tengo miedo...
HELMER.
Sí, ya comprendo. Te acuerdas de lo que pasó en otra época, ¿no?
NORA.
¿Qué quieres decir?
HELMER.
Me figuro que piensas en tu padre.
NORA.
Sí, ciertamente; no olvides lo que escribieron en los periódicos personas viles, diciendo verdaderas atrocidades de él. Si no llega a enviarte el ministerio para hacer indagaciones, y si no hubieras sido tan benévolo con él, estoy convencida de que habrían acabado por destituirle.
HELMER.
Querida Nora, hay una gran diferencia entre tu padre y yo. Tu padre no era realmente un funcionario inatacable. Yo, sí, y espero seguir siéndolo en tanto que conserve mi puesto.
NORA.
¡Oh! nadie sabe lo que son capaces de inventar las malas lenguas. Y ahora que podríamos vivir tan tranquilos y tan felices en nuestro apacible hogar... tú, yo y los niños... Por eso te pido con tanto ahínco...
HELMER.
Pues justamente porque eres tú la que intercedes por él, me es imposible acceder. Ya saben en el Banco que voy a despedirle; si llegara a hacerse público que el nuevo director se había dejado influir por su mujer...
NORA. ¿Y qué?
HELMER.
Te veo venir; lo importante es que la tozudilla se salga con la suya... ¿Debería ponerme en ridículo delante de todo el personal... permitir pensar a la gente que me dejo llevar de cualquiera? Créeme: muy pronto habría de tocar las consecuencias. Por añadidura, existe otra razón que no hace posible la permanencia de Krogstad en el Banco mientras yo sea director.
NORA. ¿Cuál?
HELMER.
Hasta cierto punto, habría podido pasar por alto su tara moral...
NORA.
Sí, ¿eh, Torvaldo?
HELMER.
Máxime habiendo oído que es un empleado bastante apto. Pero le conozco desde que éramos jóvenes. Nos liga una de esas amistades hechas a la ligera y que después resultan muy molestas en la vida. Para decírtelo con franqueza, nos tuteamos. Y el descarado tiene la desfachatez de no disimularlo delante de otras personas. Por el contrario, cree que eso le da derecho a emplear un tono familiar conmigo, y a cada momento se recrea diciéndome: "Oye, Helmer..." Te aseguro que eso me molesta en alto grado. Consigue hacerme insoportable mi situación en el Banco.
NORA.
No sientes nada de lo que estás hablando.
HELMER.
¡Ah! ¿No?... ¿Por qué no?
NORA.
Porque ésas son razones mezquinas.
HELMER.
¿Qué dices?... ¿Mezquinas? ¿Me crees mezquino?
NORA.
No; todo lo contrario, Torvaldo, y por eso precisamente...
HELMER.
Da lo mismo. Dices que mis razones son mezquinas; luego debo de serlo yo. ¿Mezquino? ¡Ah! ¿Sí?... Pues ha llegado el momento de poner fin a todo esto. (Dirigiéndose a la puerta de la antesala.) ¡Elena!
NORA.
Pero ¿qué vas a hacer?
HELMER. (Buscando entre SUS papeles.) Adoptar una resolución. (Entra la doncella.) Toma esta carta y entrégala en seguida a un mozo para que la lleve, ¡deprisa! Las señas están en el sobre. Aquí tienes dinero.
ELENA.
Bien, señor. (Se marcha con la carta.)
HELMER. (Conforme recoge los papeles.) Ahora verás; señora terca.
NORA. (Sin aliento.)
Torvaldo... ¿Qué contiene esa carta?
HELMER.
La cesantía de Krogstad.
NORA.
¡Recupérala, Torvaldo! Todavía estás a tiempo. ¡Hazlo por mí, por ti, por los niños! Óyeme, Torvaldo... ¡hazlo! Tú no sabes lo que puede esto acarrearnos.
HELMER.
Ya es tarde.
NORA.
Sí, demasiado tarde.
HELMER.
Nora, te perdono esa angustia que experimentas, aunque, en el fondo, constituye para mí un insulto. ¡Sí, lo es! ¿Acaso no constituye un insulto pensar que yo podía temer la venganza de un pobre abogaducho sin escrúpulos? Pero te perdono, a pesar de todo, porque eso demuestra el gran cariño que sientes por mí. (Abrazándola.) Así tiene que ser, querida Nora, pase lo que pase. Créeme que, cuando verdaderamente hace falta, me asisten fuerzas y valor. Ya verás cómo soy lo bastante hombre para llevar todo sobre mis hombros.
NORA. (Alarmada.)
¿Qué intentas decir con eso?
HELMER.
Todo, he dicho todo...
NORA. (Firmemente.) No puedo consentirlo.
HELMER.
Bien; pues compartiremos la carga... como marido y mujer. Es lo que se impone. (Acariciándola.) ¿Estás contenta ahora? Vamos, vamos, no pongas esos ojos de paloma asustada. Si no son más que figuraciones sin fundamento. Ahora debías dedicarte a tocar la tarantela y ensayar con la pandereta. Yo me confinaré en el despacho del fondo y cerraré la otra puerta para no oír nada: así puedes mover todo el ruido que quieras. (Volviéndose desde el umbral.) Y cuando venga Rank le dices dónde puede encontrarme. (Le hace un saludo con la cabeza, entra en su despacho y cierra tras sí.)
NORA. (Loca de angustia, se queda como clavada en el sitio, y murmura.) ¡Sería capaz de hacerlo! ¡Sí, lo hará!... Lo hará, a pesar de todo... ¡No! ¡Eso, jamás, todo antes que eso!... ¡Serenidad...! ¡Un recurso!... (Campanillazo.) El doctor Rank... ¡Antes cualquier cosa! ¡Sea lo que sea! (Se pasa la mano por la cara, recobrándose, y va a abrir la puerta de la antesala. Se ve al DOCTOR RANK colgando su abrigo de pieles. Empieza a oscurecer.) Buenas tardes, doctor. Le he reconocido por la manera de llamar. No entre ahora a ver a Torvaldo; creo que está muy ocupado.
DOCTOR RANK. ¿Y usted?
NORA. (A la vez que el doctor entra en la sala y ella cierra la puerta.) Ya sabe que para usted siempre tengo un momento.
DOCTOR RANK.
Muy agradecido. Pienso aprovecharme de ello todo el tiempo que pueda.
NORA.
¿Cómo todo el tiempo que pueda?
DOCTOR RANK.
Sí. ¿Le asusta eso?
NORA.
Es un modo de expresarse bastante extraño. ¿Aguarda algún acontecimiento?
DOCTOR RANK.
El acontecimiento previsto desde larga fecha. Pero no creía que viniera tan pronto.
NORA. (Cogiéndole del brazo.)
¿Qué ha llegado a saber? No puede negarse a decírmelo, doctor.
DOCTOR RANK. (Se sienta al lado de la estufa.)
La cosa va de mal en peor. No tiene remedio.
NORA. (Con un suspiro de alivio.) ¿Se refiere a usted?...
DOCTOR RANK.
¿A quién iba a referirme? Ya es inútil que me engañe a mí mismo. Soy el más desdichado de mis pacientes, señora Helmer. Estos últimos días he hecho un balance general de mi estado interior. Es una efectiva bancarrota. Dentro de un mes, probablemente, estaré pudriéndome en el cementerio.
NORA.
¡Oh, qué manera de hablar!...
DOCTOR RANK.
No es para menos. Aun así, lo peor serán los horrores que habré de pasar antes. Sólo me resta por hacer un examen; en cuanto lo haya hecho, sabré, poco más o menos, cuándo empezará la descomposición. Quiero decirle una cosa: Helmer, con su carácter delicado, tiene una verdadera aversión a todo lo que es repugnante. No quiero verle a mi cabecera...
NORA. Pero, doctor...
DOCTOR RANK.
No quiero que venga. Le cerraría mi puerta. Tan pronto como esté seguro del desastre, enviaré a usted mi tarjeta, marcada con una cruz negra, y así se enterará de que ha empezado la catástrofe.
NORA.
¡Hoy está usted tremendo! ¡Y yo que tenía tanta necesidad de verle de buen humor!...
DOCTOR RANK.
¿Con la muerte a dos pasos?... ¿Y debiendo pagar así por otro? ¿Es eso justo?... Y en casi todas la familias se da esa represalia inexorable...
NORA. (Se tapa los oídos.)
Está usted diciendo bobadas... ¡Vamos, anímese!
DOCTOR RANK.
Sí, a fe mía, es algo como para animarse, ¡Mi inocente espina dorsal teniendo que purgar las culpas de los alegres días que pasó mi padre cuando era teniente!...
NORA. (Junto a la mesa de la izquierda.)
Así, pues, ¿le gustaban mucho los espárragos y el foie gras?
DOCTOR RANK.
Sí, y las trufas.
NORA.
Las trufas eran de rigor. Y también las ostras, ¿no?
DOCTOR RANK.
Sí, las ostras, indudablemente.
NORA.
Y para colmo, aquellas cantidades de oporto y champaña... Es una lástima que todas esas cosas tan buenas perjudiquen a la espina dorsal.
DOCTOR RANK.
Sobre todo cuando perjudican a una espina dorsal que jamás las disfrutó.
NORA.
En efecto, eso es lo más triste.
DOCTOR RANK. (Mirándola fijamente.) ¿Eh?...
NORA. (Después de una pausa.) ¿Por qué sonríe usted?
DOCTOR RANK.
No; es usted la que ha sonreído.
NORA.
No; ha sido usted, doctor.
DOCTOR RANK. (Se levanta.)
La encuentro más bromista de lo que sospechaba.
NORA.
Es que hoy estoy dispuesta a hacer locuras.
DOCTOR RANK. Así parece.
NORA. (Poniéndole las manos sobre los hombros.) Querido doctor, no me avengo a que se muera usted, abandonándonos a Torvaldo y a mí.
DOCTOR RANK.
Es una ausencia que olvidará usted sin tardanza.
NORA. (Le mira con angustia.) ¿Usted cree?...
DOCTOR RANK.
Se contraen nuevas amistades, y después...
NORA.
¿Que se contraen nuevas amistades?
DOCTOR RANK.
Eso harán usted y Helmer no bien haya desaparecido yo. Usted, por su parte, advierto que ya está empezando. ¿A qué venía aquí anoche la señora Linde?
NORA.
¡Hombre, no irá usted a tener celos de la pobre Cristina!...
DOCTOR RANK.
Sí, los tengo. Va a ser mi sucesora en esta casa. Cuando yo falte, esa mujer...
NORA.
¡Chis!... No hable tan alto, está ahí dentro.
DOCTOR RANK.
¿Hoy también?... ¿Lo ve usted?
NORA.
Sólo ha venido a arreglar mi traje. ¡Dios mío, qué desatinado está usted!... (Sentándose en el sofá.) Sea bueno, doctor; ya verá mañana lo bien que voy a bailar. Entonces podrá figurarse que no lo hago sino por usted... y por Torvaldo, naturalmente. (Saca varios objetos de la caja.) Siéntese aquí, doctor; le voy a enseñar una cosa.
DOCTOR RANK. (Sentándose.) ¿Qué es?
NORA. Mire.
DOCTOR RANK. Medias de seda.
NORA.
Color carne. ¿No son bonitas? Ahora está demasiado oscuro; pero mañana... No, no; no le dejaré ver más que el pie. Aunque, al fin y al cabo... vea toda la media.
DOCTOR RANK. ¡Hum!
NORA.
¿Por qué pone usted esa cara de incertidumbre? ¿Acaso cree que no me van a sentar bien?
DOCTOR RANK.
No tengo ninguna razón fundada para opinar sobre ese particular...
NORA. (Mirándole un momento.)
¿No le da vergüenza?... (Le golpea ligeramente en una oreja con una de las medias.) ¡Tome, por malo! (Envuelve las medias de nuevo.)
DOCTOR RANK.
¿Y qué más maravillas iba usted a enseñarme?
NORA.
Ya no le enseño nada más, por atrevido. (Revuelve en la caja canturreando.)
DOCTOR RANK. (Luego de un breve silencio.)
Cuando estoy aquí sentado con usted, no puedo comprender... no, no me cabe en la cabeza... lo que habría sido de mí si no hubiera venido a esta casa.
NORA. (Sonríe.)
Por lo visto, lo pasa usted agradablemente entre nosotros.
DOCTOR RANK. (Bajando la voz, con la mirada fija en el vacío.) ¡Y tener que abandonarlo todo!...
NORA.
¡Tonterías! ¡Qué ha de abandonar usted!
DOCTOR RANK.
¡Y no dejar siquiera la más leve señal de gratitud!... A lo sumo, un vacío pasajero... un sitio vacante que podrá ocupar el primero que llegue.
NORA.
¿Y si ahora le pidiera yo algo?...
DOCTOR RANK. ¿Qué?
NORA. Una gran prueba de amistad...
DOCTOR RANK. ¿Nada menos?
NORA.
Quiero decir que si yo le pidiera un favor inmenso...
DOCTOR RANK.
¿Me proporcionará usted por una vez esa gran alegría?
NORA.
Pero si no se imagina lo que es.
DOCTOR RANK.
Pues bien: dígamelo.
NORA.
No puedo, doctor; es demasiado ¿comprende? Un consejo, una ayuda y un servicio...
DOCTOR RANK.
Mejor que mejor. No acierto a comprender en qué consiste. Pero, por Dios, ¡hable!... ¿No merezco su confianza?
NORA.
Usted, más que nadie. Sé de sobra que es mi mejor y más fiel amigo. Por eso voy a decírselo. Verá usted, doctor; tiene que ayudarme a evitar una cosa. Le consta lo mucho que me quiere Torvaldo quien no dudaría un momento en dar su vida por mí...
DOCTOR RANK. (Inclinándose hacia ella.) Nora, ¿cree usted tal vez que él es el único...?
NORA. (Ligeramente agitada.) ¡Cómo!
DOCTOR RANK.
¿...el único que con gusto daría por usted la vida?
NORA. (Tristemente.) Pero ¿usted...?
DOCTOR RANK.
Me he jurado a mí mismo que lo sabría usted antes de desaparecer yo. Y nunca hubiera hallado mejor ocasión que ésta... Sí, Nora, ya lo sabe. Y también sabe que puede confiar en mí como en nadie.
NORA. (Levantándose, con toda tranquilidad.) Déjeme pasar.
DOCTOR RANK. (Dejándole paso, pero sin levantarse.) Nora...
NORA. (Desde la puerta de la antesala.)
¡Elena, trae una lámpara! (Acercándose a la estufa.) ¡Ah! querido doctor, eso está muy mal por su parte...
DOCTOR RANK. (Se levanta.)
¿Está mal haberla querido más que a nadie?
NORA.
No, sino habérmelo dicho. No había ninguna necesidad...
DOCTOR RANK.
¿Qué insinúa usted?... ¿Lo sabía? (Entra la doncella con la lámpara, la deja encima de la mesa y vase.) Nora, señora, permítame preguntarle si lo sabía.
NORA.
Ignoro si lo sabía o no... No puedo decírselo... ¿Cómo ha sido usted tan torpe, doctor? ¡Con lo bien que iba todo!
DOCTOR RANK.
En fin, por lo menos al presente tiene usted la seguridad de que estoy a su disposición en cuerpo y alma. ¿Quiere hablar sin ambages?
NORA. (Mirándole.)
¿Después de lo que ha pasado?
DOCTOR RANK.
Se lo ruego, dígame qué hay.
NORA.
Ya no puedo decirle nada.
DOCTOR RANK.
Sí, sí; no me castigue de ese modo. Déjeme hacer por usted cuanto sea humanamente posible.
NORA.
Ya no puede usted hacer nada por mí... Por lo demás, presiento que no necesitaré ayuda al cabo. Verá cómo todo han sido alucinaciones mías. (Se sienta en la mecedora, afrontándole, sonriente.) ¡Pues sí que es usted un caballero, doctor! ¿No se abochorna ahora, con la luz encendida?
DOCTOR RANK.
No; sinceramente, no. Pero ¿será cuestión de que me marche... para siempre?
NORA.
Ni por asomo. Tiene que seguir viniendo como antes. Sabe muy bien que Torvaldo no puede pasarse sin usted.
DOCTOR RANK.
Bueno; pero... ¿y usted?
NORA.
¿Yo?... Se me antoja todo tan agradable cuando usted viene...
DOCTOR RANK.
Eso mismo me ha inducido a caer en el error. Es usted un enigma para mí. Muchas veces he tenido la impresión de que estaba usted tan a gusto en mi compañía como en la de Helmer.
NORA.
Sí, porque verá, a ciertas personas se les tiene más cariño, y no obstante, se prefiere la compañía de otras.
DOCTOR RANK.
Sí, hay algo de verdad en lo que dice.
NORA.
Cuando estaba yo en casa a quien más quería era a papá, evidentemente. Pero mi mayor diversión era poder hacer una escapadilla al cuarto de las muchachas; no me amonestaban nunca, y además, siempre hablaban entre sí de cosas muy divertidas.
DOCTOR RANK.
¡Ah! ¿De suerte que he sustituido a las muchachas ?...
NORA. (Se levanta repentinamente y va hacia él.) ¡Oh, doctor! No es eso lo que quería decir... Pero debe comprender que me pasa con Torvaldo lo mismo que con papá.
ELENA. (Que entra por la antesala.)
Señora... (Secretea con ella un momento y le entrega una tarjeta.)
NORA. (Mirando la tarjeta.)
¡Ah! (Se la guarda en el bolsillo.)
DOCTOR RANK.
¿Algún contratiempo?
NORA.
No, no, nada; es solamente... mi vestido nuevo...
DOCTOR RANK.
¡Cómo! Pero si está ahí.
NORA.
¡Ah! sí, ése; pero es otro que he encargado... No quiero que lo sepa Torvaldo...
DOCTOR RANK.
¡Ya!... ¿Conque era ése el gran secreto?
NORA.
Pues claro. Pase usted a ver a Torvaldo; está en el despacho del fondo. Y procure distraerle mientras tanto...
DOCTOR RANK.
Esté usted tranquila, que no se me escapará. (Entra en el despacho.)
NORA. (A la doncella.)
¿Y está esperando en la cocina?
ELENA.
Sí, señora; ha venido por la escalera de servicio...
NORA.
¿No le has dicho que tenía visita?
ELENA.
Sí; pero ha sido en balde.
NORA.
¿No ha querido marcharse?
ELENA.
No; dice que no se irá hasta haber hablado con la señora.
NORA.
Bueno; hazle que pase, pero con cautela... No se lo digas a nadie, Elena; es una sorpresa para el señor.
ELENA.
Sí, sí, comprendo. (Base.)
NORA.
Ya ha llegado el momento fatal. Tenía que ser... No, no; no puede ser. (Echa el pestillo a la. puerta del despacho. ELENA, que vuelve, abre la de la antesala, dando paso a KROGSTAD, y la cierra. KROGSTAD viste abrigo y gorro de pieles. NORA avanza hacia él.) Hable bajo; mi marido está en casa.
KROGSTAD.
¡Oh!... Es igual.
NORA,
¿Qué desea usted de mí?
KROGSTAD. Un pormenor.
NORA.
Dése prisa. ¿Qué es?
KROGSTAD.
Sabrá usted que he recibido la cesantía.
NORA.
No pude evitarlo, señor Krogstad. He defendido con el mayor empeño su causa, pero en vano.
KROGSTAD.
¿Tan poco la quiere a usted su esposo? Conoce a lo que puedo exponerla, y con todo, se atreve...
NORA.
¿Cómo supone usted que él está al corriente?
KROGSTAD.
La verdad es que no lo supongo. No creo que mi buen Torvaldo Helmer tenga valor...
NORA.
Señor Krogstad, le exijo respeto para mi marido.
KROGSTAD.
Eso es... todo el respeto que se merece. Pero., en vista de que oculta usted ese asunto con tanto interés, me tomo la libertad de presumir que está mejor informada que ayer de la importancia de lo que hizo.
NORA.
Mejor que hubiera podido ser por usted.
KROGSTAD.
Sin duda; un jurista tan malo como yo...
NORA.
¿Qué desea usted de mí?
KROGSTAD.
Nada; sólo ver cómo se encontraba, señora Helmer. He estado todo el día pensando en usted. También un hombre indeseable como yo tiene un poco de eso que llaman corazón.
NORA.
Demuéstrelo, pues, y piense en mis hijos.
KROGSTAD.
¿Es que usted y su marido han pensado en los míos?... Pero ya no importa. Simplemente, quería decirle que no tome este asunto demasiado en serio. Por ahora no pienso presentar ninguna denuncia contra usted.
NORA.
No, ¿verdad? Lo sabía.
KROGSTAD.
Todo puede arreglarse amistosamente, sin tener que mezclar a otras personas; todo puede quedar entre nosotros.
NORA.
No conviene que se entere nunca mi marido.
KROGSTAD.
¿Cómo va usted a impedirlo? ¿Puede pagar acaso el resto de la deuda?
NORA.
No; ahora mismo, no.
KROGSTAD.
¿O quizá ha encontrado medio de conseguir el dinero uno de estos días?
NORA.
No; medio que quiera emplear, ninguno.
KROGSTAD.
Tampoco le hubiera servido de nada. Ni por todo el dinero del mundo le devolvería el papel.
NORA.
Entonces, explíqueme cómo quiere utilizarlo.
KROGSTAD.
No quiero más que conservarlo, tenerlo como garantía para protegerme. A ningún extraño llegará el menor rumor de ello. De modo que si ha adoptado usted alguna resolución desesperada...
NORA.
Sí, la he adoptado.
KROGSTAD.
...si ha pensado abandonar su hogar...
NORA.
Lo he pensado.
KROGSTAD.
...o algo peor todavía...
NORA.
Pero ¿cómo puede usted saberlo?
KROGSTAD.
...deseche esas ideas.
NORA.
¿Y por qué sabe usted que las tengo?
KROGSTAD.
Casi todos las tenemos al principio. Yo mismo las tuve; pero confieso que me faltó valor...
NORA. (Con voz ahogada.) A mí también.
KROGSTAD. (Tranquilizado.)
Sí, ¿eh? ¿A usted también le falta valor?...
NORA. Sí.
KROGSTAD.
En suma3 sería una verdadera estupidez. Pasada la primera tempestad conyugal... Aquí en el bolsillo llevo una carta para su esposo...
NORA.
¿Y le cuenta usted todo?
KROGSTAD.
En los términos más suaves.
NORA. (Precipitadamente.)
No quiero que vea esa carta. Rómpala. Ya daré con un medio de pagarle.
KROGSTAD.
Perdone usted, señora; pero me parece que acabo de decirle...
NORA.
Si no hablo del dinero que le debo. Dígame la cantidad que va a exigir a mi marido, y yo la buscaré.
KROGSTAD.
No exijo ningún dinero a su esposo.
NORA. Pues ¿qué se propone usted?
KROGSTAD.
Se lo diré. Deseo rehabilitarme, señora; deseo prosperar, y su esposo va a ayudarme. Hace año y medio que no he cometido ningún acto deshonroso. Durante todo este tiempo he luchado contra las circunstancias más adversas. Me contentaría con volver a subir poco a poco. Ahora me han despedido, y no me conformo sólo con que me admitan otra vez por misericordia. Le re-repito que deseo prosperar. Quiero volver al Banco... tener un cargo más importante. Quiero que su marido cree un empleo para mí...
NORA.
¡Eso no lo hará en la vida!
KROGSTAD.
Lo hará; le conozco... No se atreverá a protestar. Y cuando yo lo haya logrado, ya verá usted... Antes de un año seré la mano derecha del director. Quien dirigirá el Banco será Nils Krogstad, y no Torvaldo Helmer.
NORA.
¡Eso no sucederá jamás!
KROGSTAD.
¿Tal vez intenta usted...?
NORA.
Ahora sí que tengo valor para ello.
KROGSTAD.
¡Oh! no crea que me asusta. Una mujer tan mimada como usted...
NORA.
¡Ya lo verá, ya lo verá!
KROGSTAD.
¿Debajo del hielo quizá? ¿En el fondo frío y sombrío?... Y más tarde, por la primavera, volver a la superficie, desfigurada., desconocida, sin cabello...
NORA.
No me asusta usted tampoco.
KROGSTAD.
Ni usted a mí. Esas cosas no se hacen, señora Helmer. Además, ¿para qué?... De todos modos, la tengo en mi bolsillo.
NORA.
¿Después, cuando yo ya no...?
KROGSTAD.
Olvida usted que su memoria estará entonces en mis manos. (NORA le mira, atónita.) Oiga; ya se lo he advertido. ¡Nada de tonterías! En cuanto Helmer reciba mi carta, espero tener noticias de él. Y recuerde que es su propio esposo quien me ha obligado a dar este paso. No se lo perdonaré nunca. Adiós, señora. (Vase por la puerta de la antesala.)
NORA. (Que entreabre la puerta y escucha.) Se va. No ha dejado la carta. No, no sería posible... (Abriendo la puerta poco a poco.) ¿Qué es eso? Se ha detenido. No se va. ¿Será que se arrepiente? ¿O será...? (Se oye caer una carta en el buzón, y luego, los pasos de KROGSTAD que se pierden por la escalera. NORA, tras de ahogar un grito, vuelve corriendo al soja. Pausa corla.) En el buzón. (Se acerca sigilosamente a la puerta de la sala.) ¡Ahí está!... ¡Torvaldo, Torvaldo... no hay salvación para nosotros!
SEÑORA LINDE. (Entrando con el vestido por la puerta de la izquierda.) No se puede arreglar más. ¿Quieres probártelo?
NORA. (Con voz ronca.) Cristina, ven aquí.
SEÑORA LINDE. (Dejando el vestido en el soja.) ¿Qué te pasa? Pareces trastornada...
NORA.
Ven aquí. ¿Ves esa carta?... Ahí; mira por la abertura del buzón.
SEÑORA LINDE. Sí, ya la veo.
NORA.
Esa carta es de Krogstad.
SEÑORA LINDE.
¡Nora!... ¿Fue Krogstad quien te prestó el dinero?
NORA.
Sí. Y a la postre Torvaldo va a enterarse de todo.
SEÑORA LINDE.
Créeme, Nora; es lo mejor para vosotros dos.
NORA.
Pero hay más aún: he falsificado una firma...
SEÑORA LINDE.
¡Por amor de Dios!... ¿Qué dices?
NORA.
Ahora sólo voy a decirte una cosa, Cristina: quiero que me sirvas de testigo.
SEÑORA LINDE.
¿De testigo? ¿Qué es lo que...?
NORA.
Si me volviera loca... lo cual muy bien puede acontecer...
SEÑORA LINDE. ¡Nora!
NORA.
O si sobreviniese alguna desgracia que me impidiera estar presente...
SEÑORA LINDE. Nora, Nora, ¿has perdido la razón?
NORA.
Si hubiese alguien que quisiera cargar con toda la culpa, ¿comprendes?...
SEÑORA LINDE.
Sí; pero ¿cómo se te puede ocurrir...?
NORA.
Entonces actúa de testigo de que no es verdad, Cristina. No he perdido la razón; estoy en mi pleno juicio. Te digo que nadie ha sabido nada. Yo sola lo hice todo. Acuérdate bien.
SEÑORA LINDE. Descuida. Pero no comprendo...
NORA.
¿Cómo has de comprenderlo? Va a realizarse un milagro.
SEÑORA LINDE. ¿Un milagro?
NORA.
Sí, un milagro. Pero es tan terrible... No debe suceder eso por nada del mundo.
SEÑORA LINDE.
Voy a hablar con Krogstad sin demora.
NORA.
No vayas; es capaz de hacerte cualquier canallada.
SEÑORA LINDE.
Hubo un tiempo en que habría hecho por mí lo que fuese.
NORA. ¿Eh?
SEÑORA LINDE. ¿Dónde vive?
NORA.
¡Oh, yo qué sé!... ¡Ah, sí! (Buscando en el bolsillo.) Aquí tengo su tarjeta. Pero la carta... ¡la carta!
HELMER. (Llama a la puerta de su despacho.) ¡Nora!
NORA. (Con un grito de espanto.) ¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
HELMER.
Bien, bien; no te asustes. Si no vamos a entrar; has cerrado la puerta... ¿Estás probándote?
NORA.
Sí... sí, estoy probándome. Ya verás qué bien voy a resultar, Torvaldo.
SEÑORA LINDE. (Después de leer la tarjeta.) Vive aquí al lado, en la esquina.
NORA.
Sí; pero es inútil. No hay escape. La carta está en el buzón.
SEÑORA LINDE.
¿Y tiene la llave tu marido?
NORA.
Sí, siempre.
SEÑORA LINDE.
Krogstad ha de buscar un pretexto cualquiera para reclamar la carta antes que sea leída...
NORA.
Pero da la casualidad de que a esta hora es cuando Torvaldo acostumbra...
SEÑORA LINDE.
Entretenle mientras voy. Volveré lo antes que pueda. (Sale a toda prisa por la antesala.)
NORA. (Abriendo la puerta de HELMER y mirando.) \ Torvaldo!
HELMER. (Desde dentro.)
¡Ya era tiempo de que pudiese uno entrar en su propio salón!.., Ven, Rank, vamos a ver... (A la puerta.) Pero ¿qué es esto?
NORA.
¿Qué, Torvaldo?
HELMER.
Rank me había anunciado una magnífica exhibición del disfraz...
DOCTOR RANK. (A la puerta también.) Así lo había entendido; pero, al parecer, me he equivocado.
NORA.
Hasta mañana nadie me verá en todo mi esplendor.
HELMER.
Querida Nora, ¡qué mala cara tienes! ¿Es que has estado ensayando demasiado el baile?
NORA.
No, no he ensayado todavía.
HELMER.
Pues no habrá más remedio...
NORA.
Sí, Torvaldo, efectivamente. Pero no puedo hacer nada sin tu ayuda: lo he olvidado todo.
HELMER.
Pronto lo recordaremos.
NORA.
Oye, Torvaldo: vas a ocuparte de mí. ¿Me lo prometes? Estoy tan inquieta... Esta noche tienes que dedicármela por completo. Nada de negocios, ni siquiera una letra. ¿Eh, Torvaldo?
HELMER.
Te lo prometo. Esta noche estoy a tu disposición... duendecillo. ¡Hum! el caso es que... antes voy a... (Se dirige hacia la puerta de la antesala.)
NORA.
¿Qué vas a hacer?
HELMER.
Sólo a mirar si han llegado cartas.
NORA.
No, no, Torvaldo, no vayas.
HELMER. ¿Por qué?
NORA.
Por favor, Torvaldo... No hay nada.
HELMER.
Déjame mirar. (Intenta salir. NORA se sienta al piano y toca los primeros acordes de la tarantela. HELMER se detiene a la puerta.) ¡Ah!...
NORA.
No podré bailar mañana si no quieres ensayar conmigo.
HELMER. (Acercándose a ella.)
¿Tanto miedo tienes, querida Nora?
NORA.
Sí, un miedo atroz. Déjame ensayar al instante; todavía hay tiempo antes de ponernos a la mesa. Siéntate al piano y toca, Torvaldo. Corrígeme y aconséjame como de costumbre.
HELMER.
Con sumo gusto, ya que es tu voluntad. (Se sienta al piano.)
NORA. (Saca de la caja una pandereta y un mantón multicolor. Se lo pone nerviosamente y de un salto se planta en medio de la habitación, gritando:) ¡Ahora toca ya! Voy a bailar.
(HELMER toca y NORA baila; el DOCTOR RANK permanece al lado de HELMER, mirándola.)
HELMER. (Tocando.)
¡Más despacio, más despacio!
NORA.
No puedo.
HELMER.
No bailes tan de prisa, Nora.
NORA.
Así tiene que ser exactamente.
HELMER. (Para.) No, no; así no.
NORA. (Ríe y agita la pandereta.) ¿No te lo había dicho?
DOCTOR RANK.
Déjame tocar a mí.
HELMER. (Levantándose.)
Sí, hazlo. Así podré enseñarla mejor. (El DOCTOR RANK se sienta al piano y empieza a tocar. NORA baila con creciente excitación. HELMER, junto a la estufa, la corrige a menudo durante el baile; pero ella parece no oír. Se le suelta el cabello, cayéndole por los hombros, mientras sigue bailando sin hacer caso. Entra la SEÑORA LINDE.)
SEÑORA LINDE. (Se queda atónita a la puerta.) ¡Ah!
NORA. (Sin cesar de bailar.)
¡Nos sorprendes en pleno holgorio, Cristina!
HELMER.
Pero, querida Nora, bailas como si te fuese en ello la vida...
NORA.
Y así es, ni más ni menos.
HELMER.
Para, Rank; esto es un frenesí. ¡Para, te digo! (El DOCTOR RANK deja de tocar y NORA se detiene al punto. HELMER le dice:) Jamás lo hubiera creído. Has olvidado todo lo que te enseñé.
NORA. (Tirando la pandereta.) Pues ya ves.
HELMER.
¡Vaya si necesitas ensayarlo!
NORA.
¡Claro! Ya has visto si lo necesito. Me enseñarás hasta el último momento. ¿Me lo prometes, Torvaldo?
HELMER. Puedes contar con ello, de fijo.
NORA.
Hoy y mañana no vas a pensar más que en mí. No quiero que abras una carta siquiera... ni aun el buzón.
HELMER.
¡Vamos! todavía tienes miedo a ese individuo...
NORA.
Sí; también es algo de eso.
HELMER.
Nora, lo estoy viendo en tu cara: hay una carta suya.
NORA.
No lo sé; me lo figuro... Pero no vas a leer una cosa así ahora... Nada desagradable ha de interponerse entre nosotros hasta que todo haya acabado.
DOCTOR RANK. (En voz baja, a HELMER.) No debes contrariarla.
HELMER. (.Abrazando a NORA por la cintura.)
Se hará lo que quiere la niña... Pero mañana por la noche, en cuanto hayas bailado...
NORA.
Quedarás en libertad.
ELENA. (Desde la puerta de la derecha.) La señora está servida.
NORA.
Tráenos champaña, Elena.
ELENA.
Bien, señora. (Sale.)
HELMER.
¡Anda, anda! ¿Conque tenemos gran fiesta, eh?
NORA.
Fiesta y champaña hasta que llegue la aurora. (Llamando a la doncella.) Y unas cuantas almendras, Elena... mejor dicho, muchas... ¡por una vez!
HELMER. (Cogiéndole las manos.)
¡Basta ya de inquietudes! Sé mi alondrita de siempre...
NORA.
Sí, Torvaldo, sí. Pero sal un momento, y usted también, doctor. Cristina, ¿quieres ayudarme a que me arregle el pelo?
DOCTOR RANK. (Por lo bajo, mientras salen.) ¿No será que esperáis... algo?
HELMER.
No, no; nada de eso. No es más que el miedo infantil de que te he hablado.
(Vanse los dos por la derecha.)
NORA. ¿Qué?
SEÑORA LINDE. Se ha marchado al campo.
NORA.
Lo he adivinado en tu cara.
SEÑORA LINDE.
Vuelve mañana por la noche; le he puesto unas líneas.
NORA.
Mejor habría sido que no lo hicieses. No hay que evitar nada. En el fondo, es una verdadera alegría esto de estar esperando algo maravilloso.
SEÑORA LINDE. ¿Qué esperas?
NORA.
¡Oh! tú no puedes comprenderlo. Ve con ellos. En seguida iré yo. (La SEÑORA LINDE pasa al comedor. NORA hace un esfuerzo para dominarse y mira su reloj.) Las cinco. De aquí a medianoche quedan siete horas. Y luego, veinticuatro horas hasta la próxima medianoche. Entonces habré terminado de bailar la tarantela... Veinticuatro y siete, treinta y una. Tengo treinta y una horas de vida.
HELMER. (A la puerta de la derecha.) Pero ¿no viene la alondra?
NORA. (Precipitándose hacia él con los brazos abiertos.) ¡Aquí la tienes!




ACTO TERCERO



La misma decoración. La mesa, con el sofá y las sillas ha sido trasladada al centro. Sobre ella, una lámpara encendida. La puerta de la antesala está abierta. Se oye música de baile procedente del piso superior.
La SEÑORA LINDE, sentada junto a la mesa, hojea distraídamente un libro. Hace un esfuerzo para leer; pero parece que no puede concentrarse. De cuando en cuando escucha con atención hacia la puerta.
SEÑORA LINDE. (Mirando su reloj.)
Aún no... y ya ha pasado la hora. Con tal que... (Escucha de nuevo.) ¡Aquí está! (Sale a la antesala y abre con cuidado la puerta del piso. Se oyen pasos por la escalera. En voz baja.) Pase. No, no hay nadie.
KROGSTAD. (A la puerta.)
He encontrado una carta suya en casa. ¿Qué quiere decir eso?
SEÑORA LINDE.
Es indispensable que hable con usted.
KROGSTAD.
¿Sí? ¿Y tiene que ser en esta casa precisamente?
SEÑORA LINDE.
Donde vivo es imposible: mi habitación no tiene entrada independiente. Pase usted; estamos los dos solos: las muchachas duermen y los Helmer asisten a un baile en el piso de arriba.
KROGSTAD.
¿Conque los Helmer están de baile esta noche? ¿De veras?
SEÑORA LINDE. ¿Por qué no?
KROGSTAD. Es cierto.
SEÑORA LINDE.
Bueno, Krogstad; vamos a hablar.
KROGSTAD.
¿Tenemos algo de qué hablar nosotros?
SEÑORA LINDE. Mucho.
KROGSTAD.
No lo hubiera creído.
SEÑORA LINDE.
Es que usted jamás me ha comprendido bien.
KROGSTAD.
No había nada que comprender; esas cosas son muy corrientes en la vida; una mujer sin corazón se quita de encima a un hombre, cuando se le depara algo más ventajoso.
SEÑORA LINDE.
¿Cree usted que no tengo corazón? ¿Cree que rompí nuestras relaciones sin pensar?
KROGSTAD. ¡Ah! ¿No?
SEÑORA LINDE.
Krogstad, ¿ha creído usted eso, en efecto?
KROGSTAD.
Si no es así, ¿por qué me escribió usted como lo hizo?
SEÑORA LINDE.
No podía hacer otra cosa. Resuelta a romper con usted, estimé deber mío arrancar de su corazón todos sus sentimientos hacia mí.
KROGSTAD. (Apretando los puños.)
¿De manera que fue así? ¡Y todo... por dinero!
SEÑORA LINDE.
No debe olvidar que yo tenía una madre inválida y dos hermanos pequeños. No podíamos aguardarle a usted, Krogstad; sus esperanzas eran tan lejanas...
KROGSTAD.
Puede ser; pero, aun así, no tenía usted derecho a rechazarme por otro.
SEÑORA LINDE.
No sé. Muchas veces me lo he preguntado.
KROGSTAD. (Más bajo.)
Cuando la perdí, fue como si desapareciera bajo mis pies la tierra firme. Míreme ahora: soy un náufrago agarrado a una tabla.
SEÑORA LINDE. Puede estar cerca su salvación.
KROGSTAD.
Cerca estaba; pero vino usted a ponerse por medio.
SEÑORA LINDE.
Yo no sabía nada, Krogstad. Hasta hoy no me he enterado de que es a usted a quien voy a sustituir en el Banco.
KROGSTAD.
Lo creo, puesto que usted lo dice. Pero ahora que lo sabe, ¿no piensa retirarse?
SEÑORA LINDE.
No, porque no sería de ningún provecho para usted.
KROGSTAD.
¿Provecho?... Yo que usted, lo haría, de todos modos.
SEÑORA LINDE.
He aprendido a proceder con sensatez. La vida y la amarga necesidad me lo han enseñado.
KROGSTAD.
Pues a mí me ha enseñado la vida a no creer en frases.
SEÑORA LINDE.
Y le ha enseñado la vida una cosa muy sensata. Pero en hechos creerá usted, ¿no?
KROGSTAD.
¿Qué quiere usted insinuar?
SEÑORA LINDE.
Me ha dicho que se encontraba como un náufrago agarrado a una tabla.
KROGSTAD.
Tenía mis razones para hablar así.
SEÑORA LINDE.
Yo también soy un náufrago agarrado a una tabla. No cuento con nadie por quien sufrir, con nadie a quien consagrarme.
KROGSTAD.
Usted misma lo ha querido.
SEÑORA LINDE. No podía elegir.
KROGSTAD.
En fin, ¿qué más?
SEÑORA LINDE.
Krogstad: ¿y si estos dos náufragos se unieran en la misma tabla?
KROGSTAD.
¿Qué dice usted?
SEÑORA LINDE.
Dos náufragos en la misma tabla están mejor que cada uno en la suya.
KROGSTAD. ¡Cristina!
SEÑORA LINDE.
¿Por qué cree usted que he venido a la ciudad?
KROGSTAD.
¿Habrá pensado usted en mí?
SEÑORA LINDE.
He de trabajar para soportar la vida. He trabajado siempre desde que tengo uso de razón, y ésta ha sido mi mayor y única alegría. Pero ahora me encuentro sola en el mundo, sola en absoluto y abandonada. Trabajar para una misma no produce alegría. Krogstad, búsqueme alguien por quien poder trabajar...
KROGSTAD.
No la creo a usted. Eso no es sino generosidad exaltada de mujer que quiere sacrificarse.
SEÑORA LINDE.
¿Me ha visto usted exaltada alguna vez?
KROGSTAD.
¿Sería usted verdaderamente capaz de hacer lo que dice?
SEÑORA LINDE. Sí.
KROGSTAD.
Dígame: ¿conoce usted bien mi pasado?
SEÑORA LINDE. Sí.
KROGSTAD.
¿Y sabe cómo me consideran aquí?
SEÑORA LINDE.
Me parece haberle entendido hace poco que presume que conmigo habría sido otro hombre.
KROGSTAD.
De eso estoy bien seguro.
SEÑORA LINDE.
¿Y no podrá serlo todavía?...
KROGSTAD.
¡Cristina!... ¿Ha reflexionado despacio lo que dice?... ¡Sí, lo veo en su cara!... ¿Tendrá usted valor...?
SEÑORA LINDE.
Necesito alguien a quien servir de madre. Sus hijos están tan necesitados de una... Nosotros también nos necesitamos el uno al otro. Krogstad, creo en su buen fondo... Con usted me atrevo a afrontarlo todo.
KROGSTAD. (Cogiéndole las manos.)
Gracias, gracias., Cristina... Ahora sabré rehabilitarme... ¡Ah! pero me olvidaba...
SEÑORA LINDE. (Escuchando.)
¡Chis!... ¡La tarantela!... ¡Váyase, váyase!
KROGSTAD.
¿Por qué?... ¿Qué pasa?...
SEÑORA LINDE.
¿Oye esa música? Cuando haya acabado, volverán...
KROGSTAD.
Sí, ya me voy. Todo es inútil. Usted desconoce, naturalmente, el paso que he dado contra los Helmer.
SEÑORA LINDE.
No, Krogstad; estoy enterada.
KROGSTAD.
Y a pesar de eso, ¿tiene usted valor para...?
SEÑORA LINDE.
Comprendo perfectamente hasta qué extremos lleva la desesperación a un hombre como usted.
KROGSTAD.
¡Ah! si pudiera deshacer lo que he hecho...
SEÑORA LINDE.
Puede deshacerlo; su carta sigue aún en el buzón.
KROGSTAD.
¿Está usted segura?
SEÑORA. LINDE.
Por completo; pero...
KROGSTAD. (Con una mirada inquisitiva.)
¿Será eso la explicación de todo?... Usted quiere salvar a su amiga, no importa cómo. Haría mejor en decírmelo francamente. ¿Es así?
SEÑORA LINDE.
Krogstad, cuando una persona se ha vendido una vez por salvar a alguien, no reincide.
KROGSTAD.
Le pediré que me devuelva la carta.
SEÑORA LINDE. ¡No, no!
KROGSTAD.
¡Pues no faltaba más! Aguardaré a que baje Helmer y le diré que tiene que devolverme la carta... que sólo trata de mi cesantía... y que no debe leerla...
SEÑORA LINDE.
No, Krogstad; no pida usted esa carta.
KROGSTAD.
Vamos, dígame: ¿no fue en realidad ésa la razón por la cual me citó aquí?
SEÑORA LINDE.
Sí, con el sobresalto del primer momento... Pero han pasado veinticuatro horas, y durante ese tiempo he sido testigo de cosas increíbles en esta casa. Helmer debe enterarse de todo. Es indispensable una explicación entre los dos; tantos pretextos y ocultaciones tienen que desaparecer de una vez.
KROGSTAD.
¡Ea! si usted se atreve a tomarlo por su cuenta... Pero se puede hacer una cosa, y ahora mismo...
SEÑORA LINDE.
¡Dése prisa! ¡Váyase, váyase!... Ha terminado la música; ya no estamos seguros ni un momento más...
KROGSTAD.
La espero abajo.
SEÑORA LINDE.
Conforme; puede acompañarme hasta la puerta de mi casa.
KROGSTAD.
¡Jamás en mi vida he sido tan indeciblemente feliz! (Vase, dejando abierta la puerta de la antesala.)
SEÑORA LINDE. (Arregla un poco la habitación, y prepara su abrigo y su sombrero.)
¡Qué giro han tomado las cosas! Ya tengo por quién trabajar... por quién vivir... un hogar al que llevar un poco de calor... ¡Claro que lo haré!... Pero ¿no bajan todavía?... (Escuchando.) ¡Ah! ya vienen. Me pondré el abrigo. (Se pone el abrigo y el sombrero.) (Óyense las voces de los HELMER y el ruido de la llave en la cerradura. Entra HELMER trayendo casi a la fuerza a NORA. Esta aparece vestida con el traje italiano y un gran mantón negro sobre los hombros. HELMER viste de frac y va cubierto con un dominó negro también.)
NORA. (Desde la puerta, resistiéndose.) No, no, no; aquí no. Quiero subir otra vez. No quiero marcharme tan temprano.
HELMER.
Pero, mi querida Nora...
NORA.
Te lo pido por favor, Torvaldo. ¡Te lo suplico!... ¡Solamente una hora!
HELMER.
Ni un minuto, Norita. Ya sabes lo convenido. Vamos adentro; estás enfriándote aquí. (A despecho de la resistencia de NORA, la conduce suavemente al salón.)
SEÑORA LINDE. Buenas noches.
NORA.
¡Cristina!
HELMER.
¡Cómo, señora Linde! ¿Usted aquí, tan tarde?
SEÑORA LINDE.
Sí, perdón; ¡tenía tantas ganas de ver a Nora disfrazada!
NORA.
¿Has estado aquí aguardándome?
SEÑORA LINDE.
Sí. Desgraciadamente, no pude venir a tiempo; cuando llegué, ya habías subido, y por mi parte, no quería irme sin verte.
HELMER. (Quitando a NORA el chal.)
Mírela bien. Creo que vale la pena. ¿No está maravillosa, señora Linde?
SEÑORA LINDE. Sí que está muy guapa.
HELMER.
Encantadora de bonita, ¿verdad? Esa ha sido también la opinión de todo el mundo en la fiesta. Pero es terriblemente testaruda. ¿Cómo remediarlo? Figúrese que he tenido que emplear la fuerza para traerla conmigo.
NORA.
¡Ah! Torvaldo, vas a arrepentirte de no haberme concedido media hora siquiera.
HELMER.
Ya lo oye usted, señora. Ha bailado su tarantela con un éxito loco... por cierto, bien merecido, a pesar de que en la interpretación ha hecho demasiados alardes de naturalidad; vamos, algunos más de los estrictamente necesarios, según las exigencias del arte. Pero, en suma, lo principal es que ha tenido éxito, un éxito rotundo. ¿Cómo iba yo a consentirle que permaneciese allí más tiempo? Hubiera echado a perder todo el efecto, ¡y eso sí que no!... Cogí del brazo a la encantadora chiquilla de Capri: una vuelta por la sala, una inclinación a cada lado, y como dicen las novelas, se desvaneció la bella aparición. En los desenlaces siempre conviene el efecto, señora; pero no puedo inculcar esto a Nora. ¡Uf, qué calor hace aquí! (Tira el dominó sobre una silla y abre la puerta de su despacho.)
¡Cómo! ¿No hay luz?... ¡Ah! sí, claro. Usted dispense. (Entra y enciende dos bujías.)
NORA. (Sofocada, cuchicheando.) ¿Qué hay?
SEÑORA LINDE. (En voz baja.) He hablado con él.
NORA. ¿Y qué?
SEÑORA LINDE.
Nora... debes decírselo todo a tu marido.
NORA. (Con acento desmayado.) Lo sabía...
SEÑORA LINDE.
No tienes que temer nada de Krogstad; pero debes hablar.
NORA.
No hablaré.
SEÑORA LINDE.
En ese caso, hablará la carta por ti.
NORA.
Gracias, Cristina; ahora ya sé lo que tengo que hacer. ¡Chis!... ¡Cállate!
HELMER. (De vuelta.)
¿Qué, señora: la ha admirado usted a su sabor?
SEÑORA LINDE.
Sí, y ahora voy a despedirme.
HELMER.
¿Ya?... ¿Es suya esta labor?
SEÑORA LINDE. (Recogiéndola.) Gracias; por poco la olvido.
HELMER.
¿De modo que hace usted punto?
SEÑORA LINDE. Un poco.
HELMER.
Debería usted bordar en vez de hacer punto.
SEÑORA LINDE. ¿Sí? ¿Por qué?
HELMER.
Es mucho más bonito. Mire: se tiene la labor en la mano izquierda y luego, con la mano derecha, se lleva la aguja, haciendo una ligera curva. ¿No es así?...
SEÑORA LINDE. Sí, tal vez...
HELMER.
Mientras que hacer punto resulta siempre antiestético. Mire: los brazos pegados al cuerpo, las agujas subiendo y bajando... parece un trabajo de chinos... ¡Oh, qué estupendo champaña nos han servido!
SEÑORA LINDE.
¡Vaya! Nora, buenas noches: y no seas tan terca.
HELMER.
¡Bien dicho, señora Linde!
SEÑORA LINDE. Buenas noches, señor director.
HELMER (Acompañándola a la puerta.)
Buenas noches, buenas noches; espero que llegará bien a su casa. Yo, por supuesto, con mucho gusto... Pero como está tan cerca... Buenas noches, buenas noches. (La SEÑORA LINDE sale. HELMER cierra la puerta y vuelve a entrar.) ¡Por fin nos la hemos quitado de encima! ¡Qué mujer más fastidiosa!
NORA.
¿No estás muy cansado, Torvaldo?
HELMER.
No, ni por asomo.
NORA.
¿No tienes sueño tampoco?
HELMER.
Nada. Al contrario, me siento muy animado. ¿Y tú?... Tú sí que tienes cara de sueño.
NORA.
Sí, estoy muy cansada. En seguida me dormiré.
HELMER.
¿No ves cómo tenía razón para no querer que nos quedásemos más tiempo en el baile?
NORA.
¡Oh! Tú siempre tienes razón en todo.
HELMER. (Le da un beso en la frente.)
Ya empieza a hablar la alondra como una persona. Dime: ¿Te fijaste en lo animado que estaba Rank esta noche?
NORA.
¡Ah! ¿Sí?... No he llegado a hablar con él.
HELMER.
Yo apenas le he hablado tampoco. Pero hace mucho tiempo que no le veía de tan buen humor. (La mira un rato y se acerca.) ¡Qué alegría estar de regreso en casa, solo contigo!... ¡Oh, qué mujercita tan linda y tan deliciosa!
NORA.
¡No me mires así, Torvaldo!
HELMER.
¿Es que no puedo mirar mi más caro tesoro, toda esta hermosura que es mía y nada más que mía?
NORA. (Corriéndose al otro lado de la mesa.) No me hables así esta noche...
HELMER. (Mientras la sigue.)
¡Cómo se nota que aún te bulle la tarantela en la sangre! ¡Y eso te hace más seductora...! ¡Escucha! Ya se van los invitados. (Bajando la voz.) Nora... pronto quedará toda la casa en silencio.
NORA.
Sí, eso espero.
HELMER.
¿Verdad, querida Nora?... ¡Oh! cuando estamos en una fiesta... ¿sabes por qué te hablo tan poco, por qué permanezco lejos de ti, lanzándote sólo alguna que otra mirada a hurtadillas? ¿Sabes por qué?... Porque entonces me imagino que eres mi amor secreto, mi joven y hermosa prometida, y que nadie sospecha lo que hay entre nosotros dos.
NORA.
Sí, ya sé que todos tus pensamientos son para mí.
HELMER.
Y al marcharnos, cuando echo el chal sobre tus delicados hombros juveniles, alrededor de esta nuca divina... me imagino que eres mi joven desposada, que volvemos de la boda, que por vez primera te traigo a mi hogar... que al cabo estoy solo contigo, enteramente solo contigo, mi tierna hermosura temblorosa. Durante toda esta noche no he tenido otro deseo que tú. Cuando te vi hacer como que perseguías, seducías y provocabas bailando la tarantela, empezó a hervirme la sangre, no pude resistir más, y por eso te hice salir tan de prisa.
NORA. Vete, Torvaldo. Déjame. No seas así.
HELMER.
¿A qué viene esa actitud? ¿Estás bromeando conmigo, Norita? Conque no quieres, ¿eh? ¿Acaso no soy tu marido?
(Se oye llamar a la puerta exterior.)
NORA. (Se estremece.) ¿Has oído?
HELMER. (Pasando a la antesala.) ¿Quién es?
DOCTOR RANK. (Desde fuera.)
Soy yo. ¿Puedo entrar un instante?
HELMER. (Molesto, en voz baja.)
¡A quién se le ocurre...! ¿Qué querrá ahora? (Sube la voz.) Aguarda un momento. (Abre la puerta.) Es una atención eso de que no pases ante nuestra puerta sin llamar.
DOCTOR RANK.
Me ha parecido oír tu voz y se me ha antojado entrar a haceros una visita. (Pasea una ojeada en torno suyo.) ¡Ah, éste es el hogar familiar y querido! ¡Qué agradable y qué acogedor! ¡Sois felices!
HELMER.
Pues a tu vez parecías pasarlo muy a gusto ahí arriba.
DOCTOR RANK.
¡Magníficamente! ¿Y por qué no divertirme? ¿Por qué no disfrutarlo todo en este mundo? Por lo menos, todo lo que se pueda, y mientras se pueda. El vino era excelente...
HELMER.
En particular, el champaña.
DOCTOR RANK.
¿Tú también lo has notado? Es asombrosa la cantidad que he ingerido.
NORA.
Torvaldo no ha bebido menos champaña esta noche.
DOCTOR RANK. ¿Sí?
NORA.
Sí, y después se pone tan alegre...
DOCTOR RANK.
¡Diantre! ¿Por qué no va uno a pasar una velada agradable tras de un día bien empleado?
HELMER.
Hoy, por desgracia, no me atrevo a ufanarme de que haya sido bien empleado el día.
DOCTOR RANK. Yo sí, ¿sabes?
NORA.
Doctor, hoy, de seguro, ha estado usted haciendo alguna investigación científica...
DOCTOR RANK. Sí, justamente.
HELMER.
¡Hombre! ¡Norita, hablando de investigaciones científicas!
NORA.
¿Y puedo felicitarle por el resultado?
DOCTOR RANK. Ya lo creo.
NORA.
Entonces, ¿fue bueno?
DOCTOR RANK.
El mejor posible, tanto para el médico como para el paciente: la certidumbre.
NORA. (Precipitadamente, en tono escrutador.) ¿La certidumbre?
DOCTOR RANK.
Una certidumbre absoluta. Después de todo, ¿por qué no iba a permitirme pasar una noche alegre?
NORA.
Ha hecho usted muy bien, doctor.
HELMER.
Lo mismo digo, siempre que no pagues las consecuencias el día de mañana.
DOCTOR RANK.
Todo se paga en esta vida.
NORA.
Doctor... ¿le gustan a usted mucho los bailes de máscaras?
DOCTOR RANK.
Sí, cuando abundan los trajes divertidos,..
NORA.
Oiga: ¿de qué vamos a disfrazarnos usted y yo para el próximo baile?
HELMER.
¡Qué caprichosa! ¿Ya estás pensando en el próximo baile?
DOCTOR RANK.
¿Usted y yo?... Pues verá: usted irá de mascota...
HELMER.
Ahora falta ver cómo concibes un disfraz de mascota.
DOCTOR RANK.
Deja a tu mujer presentarse tal como va todos los días...
HELMER.
¡Bravo! Pero ¿y tú, no has pensado cómo vas a ir?
DOCTOR RANK.
Sí, amigo mío; ya lo tengo pensado.
HELMER. ¿Cómo?
DOCTOR RANK.
En el próximo baile de máscaras yo seré invisible.
HELMER.
¡Qué idea tan cómica!
DOCTOR RANK.
Existe un sombrerazo negro... ¿No has oído hablar del sombrero que hace invisible? (1). Cuando te lo pones no hay quien te vea.
HELMER. (Disimulando una sonrisa.) Eso sí, no cabe duda.
DOCTOR RANK.
Pero olvidaba enteramente a qué he venido. Helmer, dame un puro, uno de tus habanos negros.
HELMER. (Le ofrece la cigarrera.) Con mucho gusto.
DOCTOR RANK. (Tomando un cigarro y cortándole la punta.) Gracias.
NORA. (Prende una cerilla.) Permítame que se lo encienda.
.DOCTOR RANK.
Muchas gracias. (NORA acerca la cerilla para darle lumbre.) Y ahora... ¡adiós!
HELMER.
Adiós, adiós, amigo mío.
NORA.
Descanse bien, doctor Rank.
DOCTOR RANK.
Agradezco sus buenos deseos.
NORA.
Deséeme usted otro tanto.
DOCTOR RANK.
¿A usted? Puesto que lo quiere... descanse bien. Y gracias por la lumbre. (Saluda y vase.)
HELMER. (Con voz templada.) Ha bebido bastante.
NORA.
Es posible. (HELMER saca sus llaves del bolsillo y se dirige a la antesala.) Torvaldo... ¿qué vas a hacer?
HELMER.
Quiero vaciar el buzón, está muy lleno; no va a haber sitio para los periódicos mañana por la mañana...
NORA.
¿Vas a trabajar esta noche?
HELMER.
Ya sabes que no... Pero ¿qué es esto? Alguien ha andado en la cerradura.

NORA.
¿En la cerradura?
HELMER.
¿Qué podrá ser? No paso a creer que las muchachas... Aquí hay un trozo de horquilla... ¡Nora, es tuya!
NORA. (Azorada.)
Habrán sido los niños...
HELMER.
Tienes que quitarles esa costumbre. ¡Hum! Ya he conseguido abrirlo. (Saca el contenido, y llama hacia la cocina.) ¡Elena... Elena! Apaga esta lámpara del vestíbulo. (Vuelve a entrar en el salón, cerrando la puerta de la antesala, con las cartas en la mano.) Mira, ya ves qué montón... (Examinando los sobres.) ¿Qué hay aquí?
NORA. (Junto a la ventana.)
¡La carta! ¡No, Torvaldo, no!
HELMER.
Dos tarjetas de... Rank.
NORA.
¿De Rank?
HELMER. (Leyéndolas.)
"Rank, doctor en medicina." Estaban encima de todo. Las habrá echado al marcharse.
NORA.
¿Tienen algo escrito?
HELMER.
Hay una cruz encima del nombre. Míralo. ¡Qué ocurrencia! Es como si anunciara su propia muerte.
NORA.
Es lo que hace exactamente.
HELMER.
¿Qué? ¿Sabes algo? ¿Te ha dicho algo?...
NORA.
Sí. Esas tarjetas indican que se ha despedido de nosotros. Quiere encerrarse para morir.
HELMER.
¡Pobre amigo mío! Sospechaba que iba a faltarme dentro de muy poco tiempo. Pero ¡tan pronto!... Y va a esconderse como un animal herido.
NORA.
Si ha de suceder, más vale que sea sin palabras. ¿Verdad, Torvaldo?
HELMER. (Pensando.)
¡Estaba tan unido a nosotros!... Me cuesta trabajo creer que vayamos a perderle. Con sus achaques y su retraimiento constituía como el fondo sombrío de nuestra resplandeciente felicidad... Al fin y al cabo, quizá sea lo mejor... Para él, al menos. (Se detiene.) Y puede que asimismo para nosotros, Nora. Ahora nos debemos exclusivamente el uno al otro. (La abraza.) ¡Oh, adorada mujercita! Parece que nunca te estrecharé bastante. Figúrate, Nora... muchas veces desearía que te amenazase un peligro inminente para poder arriesgar mi vida, mi sangre y todo por ti...
NORA. (Desasiéndose, con voz firme, decidida.) Lee las cartas, Torvaldo.
HELMER.
No, no; esta noche, no. Quiero estar contigo, mi adorada mujercita.
NORA.
¿Con la idea de la muerte de tu amigo?...
HELMER.
Tienes razón. Nos ha afectado a los dos. Se ha interpuesto entre nosotros una cosa aborrecible: la imagen de la muerte y de la disolución. Hemos de deshacernos de ella. Hasta entonces... nos retiraremos cada cual por su lado.
NORA. (Abrazándose a su cuello.)
¡Buenas noches, Torvaldo... buenas noches!
HELMER. (Besándola en la {rente.)
¡Buenas noches, pajarito cantor! Que descanses, Nora. Voy a leer las cartas. (Pasa a su despacho con la correspondencia, cerrando la puerta.)
NORA. (Tantea en torno suyo con ojos extraviados, coge el dominó de HELMER y se envuelve en él, mientras murmura, con voz ronca y entrecortada.)
¡No volver a verle jamás! ¡Jamás, jamás, jamás! (Echándose el chal por la cabeza.) ¡Y a los niños... no volveré a verlos nunca tampoco!... ¡Oh! el agua helada... y negra... ¡Ah! ¡Si todo hubiera pasado ya!... Ahora la abre, la estará leyendo... No, no, todavía no. ¡Adiós, Torvaldo!... ¡Adiós, hijos míos!
(Se lanza hacia la antesala; pero en el mismo instante, HELMER abre violentamente la puerta de su despacho, y aparece con una. carta desplegada en la mano.)
HELMER. ¡Nora!
NORA. (Profiriendo un grito agudo.) ¡Ah!
HELMER.
¿Qué significa esto?... ¿Sabes lo que dice esta carta?
NORA.
Sí, lo sé. ¡Deja que me marche! ¡Déjame salir!
HELMER.
¿Adonde vas? (Reteniéndola.)
NORA. (Intentando desprenderse.) No debes salvarme, Torvaldo.
HELMER (Retrocede, tambaleándose.)
¡Luego es verdad lo que dice! ¡Dios mío! ¡No es posible!...
NORA.
Es verdad. Te he amado sobre todas las cosas.
HELMER.
¡No más ridiculeces!
NORA. (Dando un paso hacia él.) ¡ Torvaldo!...
HELMER.
¡Desgraciada!... ¿Qué has hecho?
NORA.
Déjame marchar. Tú no vas a llevar el peso de mi falta. No debes hacerte responsable de mi culpa.
HELMER.
¡Basta de comedias! (Cierra con llave la puerta de la antesala.) Te quedarás aquí a rendirme cuentas. ¿Comprendes lo que has hecho? ¡Respóndeme! ¿Lo comprendes ?...
NORA. (Mirándole fija, con una expresión creciente de rigidez.) Sí; ahora es cuando realmente empiezo a comprender...
HELMER. (Paseándose.)
¡Qué horrible despertar1! ¡Durante ocho años... ella, que era mi alegría, mi orgullo... una hipócrita... una impostora... peor aún, una criminal!... ¡Oh, Dios! ¡Qué abismo de monstruosidad hay en todo esto! ¡Qué bajeza! (NORA continúa mirándole fija, sin hablar. Deteniéndose ante ella.) Debía haber presentido lo que iba a ocurrir. Con la ligereza de principios de tu padre... Tú los has heredado. Falta de religión, falta de moral, falta de sentido del deber... ¡Oh! bien castigado estoy por mi indulgencia para su conducta. Por ti lo hice, y así me correspondes.
NORA. Sí, así.
HELMER.
Has destruido toda mi felicidad. Has arruinado todo mi porvenir... ¡Oh! da espanto pensarlo. Estoy en manos de un hombre sin conciencia que puede hacer de mí cuanto quiera, exigirme lo que sea, sin que yo me atreva a rechistar. ¡Y tener que hundirme tan miserablemente por culpa de una mujer indigna!
NORA.
Cuando yo desaparezca del mundo, serás libre.
HELMER.
Déjate de frases huecas. Tu padre tenía también una provisión de frases parecidas a mano. ¿De qué me serviría que abandonaras el mundo? De nada. En todo caso, puede hacerse público el asunto, y entonces sospecharán que yo estaba enterado de tu delito. Hasta pueden creer que te apoyé... que te induje a cometerlo. ¡Y pensar que esto te lo debo agradecer a ti! ¡A ti, a quien he mimado hasta la exageración durante toda nuestra vida matrimonial! ¿Comprendes ya el daño que me has hecho?
NORA. (Con fría tranquilidad.) Sí.
HELMER.
Es algo tan increíble, que no me cabe en la cabeza. Hemos de adoptar una resolución. ¡Quítate ese dominó!... ¡Que te lo quites, digo!... Tengo que satisfacerle en una forma u otra. Hay que ahogar el asunto, sea como sea... En cuanto a ti y a mí, haremos como si nada hubiese cambiado. Sólo a los ojos de los demás, por supuesto. Seguirás aquí, en casa, como es lógico. Pero no te será permitido educar a los niños; no me atrevo a confiártelos... ¡Ah, tener que decírselo a quien tanto he amado y a quien todavía...! ¡Vaya! esto debe acabar. Desde hoy no se trata ya de nuestra felicidad; se trata exclusivamente de salvar los restos, los despojos, las apariencias... (Suena la campanilla, y HELMER se estremece.) ¿Qué será? ¡Tan tarde!... Sólo faltaría que... ¿Acaso habrá ese hombre...? ¡Escóndete, Nora! Diré que estás enferma.
(NORA no se mueve. HELMER se dirige a abrir la puerta.)
ELENA. (A medio vestir, en la antesala.) Ha llegado una carta para la señora.
HELMER.
Dámela. (Coge la cana, y cierra la puerta.) Sí, es de él. Pero no te la entregaré; quiero leerla yo mismo.
NORA. Léela.
HELMER. (Acercándose a la lámpara.)
Casi no tengo valor para ello. Quizá estemos perdidos tú y yo... No; he de saberlo. (Rompe precipitadamente el sobre, lee algunas líneas, examina un papel adjunto, y lanza un grito de alegría.) ¡Nora! (NORA le mira, interrogante.) ¡Nora!... No; voy a volver a leerlo... Sí, eso es. ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!
NORA. ¿Y yo?
HELMER.
Tú igual, naturalmente; los dos estamos salvados, tú y yo. Te devuelve el recibo. Dice que se arrepiente... Un cambio feliz en su vida... Bueno; ¡qué importa lo que diga! ¡Estamos salvados, Nora! Ya nadie puede hacerte nada... ¡Ah! Nora... primero hay que desentenderse de todas estas abominaciones. Vamos a ver... (Echa una ojeada al recibo.) No, no quiero verlo; supondré que todo ha sido una pesadilla. (Rompe las dos cartas y el recibo, arrojándolo lodo a la estufa, y contempla cómo arden los pedazos.) ¡Ea! se acabó todo... ¡Oh, qué tres días más horribles has debido de pasar, Nora!
NORA.
Sí; durante estos tres días he sostenido una lucha atroz,
HELMER.
¡Lo que habrás sufrido, sin ver otra salida que...! ¡No! olvidemos todos estos sinsabores. Sólo debemos alegrarnos y repetir de continuo: "Ya pasó, ya pasó"... Pero, mujer, Nora, óyeme; parece que no has comprendido... ¡Vamos! ¿Qué es eso... esa cara tan compungida?... ¡Oh! ya comprendo ¡pobrecita! No puedes creer que te haya perdonado. Créelo, Nora; te lo juro: estás de todo punto perdonada. Bien sé que lo has hecho por amor a mí.
NORA. Así es.
HELMER.
Me has amado como una esposa debe amar a su marido. Únicamente te faltó discernimiento en la elección de medios. ¿Crees que te quiero menos por eso, porque no sabes conducirte a ti misma?... No tienes más que apoyarte en mí, y te guiaré. Dejaría yo de ser un hombre si tu incapacidad de mujer no te hiciera el doble de atractiva a mis ojos. Olvida las duras palabras que te he dirigido en el primer arrebato, cuando creía que todo iba a derrumbarse sobre mí. Te he perdonado, Nora; te juro que te he perdonado.
NORA.
Agradezco tu perdón. (Vase por la derecha.)
HELMER.
No; quédate. (Siguiéndola con la mirada.) ¿Qué haces en la alcoba?
NORA. (Desde dentro.) Quitándome el disfraz.
HELMER. (A la puerta.)
Sí, está bien; procura tranquilizarte, y reponerte, pajarito asustado. Descansa tranquila; yo tengo alas lo bastante grandes para cobijarte. (Paseándose, sin alejarse de la puerta.) ¡Oh, que hogar tan tranquilo y acogedor! Aquí estás segura; te guardaré como a una paloma perseguida a quien hubiese sacado sana y salva de las garras del gavilán. Lograré tranquilizar tu pobre corazón palpitante. Poco a poco lo conseguiré, Nora, créeme. Mañana lo verás todo de otra manera. Pronto tornará todo a ser como antes, y no habrá necesidad de repetirte que te he perdonado, porque, sin duda, lo advertirás por ti misma. ¿Cómo puedes pensar que se me pasara por la imaginación repudiarte ni recriminarte por nada? ¡Ah! Nora, no conoces la bondad de un verdadero hombre. ¡Le es tan dulce perdonar a su propia mujer cuando lo hace de corazón! Es como si fuese dos veces suya, como si hubiera vuelto a traerla al mundo, y ya no ve en ella sólo su mujer, sino también su hija. Eso es lo que vas a ser para mí desde hoy, criatura inexperta. No temas nada, Nora; sé franca conmigo; y yo supliré tu voluntad y tu conciencia... Pero ¿qué es eso? ¿No te acuestas? ¿Te has cambiado de ropa?
NORA. (Que entra vestida de diario.)
Sí, Torvaldo, me he cambiado de ropa.
HELMER.
¿Por qué? ¿A esta hora, tan tarde?
NORA.
Esta noche no pienso dormir.
HELMER.
Pero, querida Nora...
NORA. (Mirando su reloj.)
Aún no es muy tarde. Siéntate, Torvaldo. Vamos a hablar. (Se sienta a un lado de la mesa.)
HELMER.
Nora... ¿qué pasa? Esa cara tan grave...
NORA.
Siéntate; va a ser largo. Tengo mucho que decirte.
HELMER. (Sentándose frente a ella.)
Me inquietas, Nora. No acabo de comprenderte.
NORA.
No; eso es realmente lo que pasa: no me comprendes. Y yo nunca te he comprendido tampoco... hasta esta noche. No, no me interrumpas. Vas a escuchar todo lo que yo te diga... Vamos a ajustar nuestras cuentas, Torvaldo.
HELMER.
¿Qué entiendes por eso?
NORA. (Después de un corto intervalo.) Estamos aquí sentados uno frente a otro. ¿No te extraña una anomalía?
HELMER. ¿Qué?
NORA.
Llevamos ocho años casados. ¿No te percatas de que hoy es la primera vez que tú y yo, marido y mujer, hablamos con seriedad?
HELMER.
¿Qué quieres decir?
NORA.
¡Ocho años... más todavía! Desde que nos conocimos no hemos tenido una sola conversación seria.
HELMER.
¿Es que debía yo hacerte confidente de mis preocupaciones; que tú, a pesar de todo, no podías ayudarme a resolver?
NORA.
No me refiero a preocupaciones. Estoy diciéndote que nunca hemos hablado en serio, que nunca hemos intentado llegar juntos al fondo de las cosas.
HELMER.
Pero, querida Nora, ¿te habría interesado hacerlo?
NORA.
De eso mismo se trata. Tú no me has comprendido jamás. Se han cometido muchos errores conmigo, Torvaldo. Primeramente, por parte de papá, y luego, por parte tuya.
HELMER.
¡Cómo! ¿Por parte de nosotros dos... que te hemos querido más que nadie?
NORA. (Haciendo un gesto negativo con la cabeza.)
Nunca me quisisteis. Os resultaba divertido encapricharos por mí, nada más.
HELMER.
Pero, Nora, ¿qué palabras son ésas?
NORA.
La pura verdad, Torvaldo. Cuando vivía con papá, él me manifestaba todas sus ideas y yo las seguía. Si tenía otras diferentes, me guardaba muy bien de decirlo, porque no le habría gustado. Me llamaba su muñequita, y jugaba conmigo ni más ni menos que yo con mis muñecas. Después vine a esta casa contigo...
HELMER.
¡Qué términos empleas para hablar de nuestro matrimonio!...
NORA. (Sin inmutarse.)
Quiero decir que pasé de manos de papá a las tuyas. Tú me formaste a tu gusto, y yo participaba de él... o lo fingía... no lo sé con exactitud; creo que más bien lo uno y lo otro. Cuando ahora miro hacia atrás, me parece que he vivido aquí como una pobre... al día. Vivía de hacer piruetas para divertirte, Torvaldo. Como tú querías. Tú y papá habéis cometido un gran error conmigo: sois culpables de que no haya llegado a ser nunca nada.
HELMER.
¡Qué injusta y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?
NORA.
No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás.
HELMER.
¿No... que no has sido feliz?...
NORA.
No; sólo estaba alegre, y eso es todo. Eras tan bueno conmigo... Pero nuestro hogar no ha sido más que un cuarto de recreo. He sido muñeca grande en esta casa, como fui muñeca pequeña en casa de papá. Y a su vez los niños han sido mis muñecos. Me divertía que jugaras conmigo, como a los niños verme jugar con ellos. He aquí lo que ha sido nuestro matrimonio, Torvaldo.
HELMER.
Hay algo de verdad en lo que dices... aunque muy exagerado. Pero desde hoy todo cambiará; ya han pasado los tiempos de jugar y ha llegado la hora de la educación.
NORA.
¿La educación de quién? ¿La mía o la de los niños?
HELMER.
La tuya y la de los niños, Nora.
NORA.
¡Ay! Torvaldo, tú no eres capaz de educarme, de hacer de mí la esposa que necesitas.
HELMER.
¿Y me lo dices tú?
NORA.
¿Y yo... qué preparación tengo para educar a los niños?
HELMER. ¡Nora!
NORA.
¿No has dicho tú mismo hace un momento que es una misión que no te atreves a confiarme?...
HELMER.
Estaba excitado... ¿Cómo puedes reparar en eso?
NORA.
...Y tenías razón sobrada. Es una labor superior a mis fuerzas. Hay otra de la que debo ocuparme antes. Debo procurar educarme a mí misma. Tú no eres capaz de ayudarme en esta tarea. Para ello necesito estar sola. Y por esa razón voy a dejarte.
HELMER. (Se levanta de un brinco.) ¿Qué dices?
NORA.
Necesito estar completamente sola para orientarme sobre mí misma y sobre lo que me rodea. No puedo quedarme más contigo.
HELMER.
¡Nora, Nora!
NORA.
Quiero marcharme en el acto. Supongo que Cristina me dejará pasar la noche en su casa...
HELMER.
¿Has perdido el juicio?... ¡No te lo permito! ¡Te lo prohíbo!...
NORA.
Después de lo que ha pasado, es inútil que me prohíbas algo. Me llevo todo lo mío. De ti no quiero nada, ni ahora ni nunca.
HELMER.
¿Qué locura es ésa?
NORA.
Mañana salgo para mi casa... es decir, para mi tierra. Allí me será más fácil encontrar un empleo.
HELMER.
¡Qué ciega estás, criatura sin experiencia!
NORA.
Ya procuraré adquirir experiencia, Torvaldo.
HELMER.
¡Abandonar tu hogar, tu marido, tus hijos!... ¿Y no piensas en el qué dirán?
NORA.
No puedo pensar en esos detalles. Sólo sé que es indispensable para mí.
HELMER.
¡Oh, es odioso! ¡Traicionar así los deberes más sagrados!
NORA.
¿A qué llamas tú los deberes más sagrados?
HELMER.
¿Habrá que decírtelo? ¿No son tus deberes con tu marido y tus hijos?
NORA.
Tengo otros deberes no menos sagrados.
HELMER.
No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?
NORA. Mis deberes conmigo misma.
HELMER.
Ante todo eres esposa y madre.
NORA.
Ya no creo en eso. Creo que ante todo soy un ser humano, igual que tú... o, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que está escrito en los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo.
HELMER.
Pero ¿no se te alcanza cuál es tu puesto en tu propio hogar? ¿No tienes un guía infalible para estos dilemas? ¿No tienes la religión?
NORA.
¡Ay, Torvaldo! No sé lo que es la religión.
HELMER.
¿Cómo que no?
NORA.
Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen cuando me preparaba para la confirmación. Dijo que la religión era esto, aquello y lo de más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré también ese asunto. Y veré si era cierto lo que decía el pastor, o cuando menos, si era cierto para mí.
HELMER.
¡Oh, es inaudito en una mujer tan joven!... Pero, si la religión no puede guiarte, déjame explorar tu conciencia. Porque supongo que tendrás algún sentido moral. ¿Os es que tampoco lo tienes? ¡Responde!..
NORA.
No sé qué responder, Torvaldo. Lo ignoro. Estoy desorientada por completo en estas cuestiones. Lo único que sé es que tengo una opinión distinta del todo a la tuya. También he llegado a saber que las leyes no son como yo pensaba; pero no atino a colegir que estas leyes sean justas, ¡Cómo no va a tener una mujer derecho a evitar una molestia a su anciano padre moribundo, ni a salvar la vida de su marido! ¡No puedo creerlo!
HELMER.
Hablas como una niña. No comprendes nada de la sociedad en que vivimos.
NORA.
No, de fijo. Pero ahora quiero tratar de comprenderlo y averiguar a quién asiste la razón, si a la sociedad o a mí.
HELMER.
Estás enferma, Nora; tienes fiebre, y casi temo que no te rija la cabeza.
NORA.
Jamás me he sentido tan despejada y segura como esta noche.
HELMER.
¿Y con esa lucidez y esa seguridad abandonas a tu marido y a tus hijos?
NORA. Sí.
HELMER.
Entonces no hay más que una explicación posible.
NORA. ¿Cuál?
HELMER.
Que ya no me amas.
NORA.
No, en efecto.
HELMER.
¡Nora!... ¿Y me lo dices así?
NORA.
Lo lamento, Torvaldo, porque has sido siempre bueno conmigo... Pero no lo puedo remediar; ya no te amo.
HELMER. (Haciendo esfuerzos por dominarse.) Por lo visto, también de eso estás perfectamente convencida...
NORA.
Sí, perfectamente, y por eso no quiero quedarme aquí ni un instante más.
HELMER.
¿Y puedes razonarme cómo he perdido tu amor?
NORA.
Con toda sencillez. Ha sido esta noche, al ver que no se realizaba el milagro esperado. Entonces comprendí que no eras el hombre que yo me imaginaba.
HELMER.
Precisa algo más.
NORA.
He esperado durante ocho años con paciencia. De sobra sabía, Dios mío, que los milagros no se realizan tan a menudo. Por fin llegó el momento angustioso, y me dije con toda certeza: "Ahora va a venir el milagro." Cuando la carta de Krogstad estaba en el buzón, no supe ni aun figurarme que pudieras doblegarte a las exigencias de ese hombre. Estaba firmemente persuadida de que le dirías: "Vaya usted a contárselo a todo el mundo." Y cuando hubiera sucedido eso...
HELMER.
¡Como!... ¿Cuándo yo hubiera entregado a mi propia esposa a la vergüenza y a la deshonra...?
NORA.
...Cuando hubiera sucedido eso, tenía la absoluta seguridad de que te habrías presentado a hacerte responsable de todo, diciendo: "Yo soy el culpable."
HELMER. ¡Nora!
NORA.
¿Vas a añadir que yo jamás habría aceptado un sacrificio semejante? Claro que no. ¿Pero de qué habrían valido mis afirmaciones al lado de las tuyas?... Era ése el milagro que esperaba con tanta angustia. Y para evitarlo quería acabar con mi vida.
HELMER.
Nora, por ti hubiese trabajado con alegría día y noche, hubiese soportado penalidades y privaciones. Pero no hay nadie que sacrifique su honor por el ser amado.
NORA.
Lo han hecho millares de mujeres.
HELMER.
¡Oh! Hablas y piensas como una chiquilla.
NORA.
Puede ser. Pero tú no piensas ni hablas como el hombre a quien yo pueda unirme. Cuando te has repuesto del primer sobresalto, no por el peligro que me amenazaba, sino por el riesgo que corrías tú; cuando ha pasado todo, era para ti como si no hubiese ocurrido nada. Volví a ser tu alondra, tu muñequita a la que tenías que llevar con mano más suave aún, ya que había demostrado ser tan frágil y endeble... (Levantándose.) Torvaldo, en ese mismo instante me he dado cuenta de que había vivido ocho años con un extraño. Y de que había tenido tres hijos con él... ¡Oh, no puedo pensar en ello siquiera! Me dan tentaciones de despedazarme...
HELMER. (Sordamente.)
Lo veo... lo veo. En realidad, se ha abierto entre nosotros un abismo... Pero ¿no esperas, Nora, que pueda colmarse?
NORA.
Tal como soy ahora, no puedo ser una esposa para ti.
HELMER.
Puedo transformarme yo...
NORA.
Quizá... si te quitan tu muñeca.
HELMER.
¡Separarme..., separarme de ti! No, no, Nora; no acierto a formularme esa idea.
NORA. (Saliendo por la puerta de la derecha.)
Razón de más para que así sea. (Vuelve con el abrigo puesto y un maletín, que deja sobre una silla, cerca de la mesa.)
HELMER.
¡Nora, Nora; todavía no! Aguarda a mañana.
NORA. (Poniéndose el abrigo.)
No debo pasar la noche en casa de un extraño.
HELMER.
Pero ¿no podemos vivir juntos como hermanos?...
NORA. (Atándose el sombrero.)
Demasiado sabes que eso no duraría mucho... (Se envuelve en el chal.) Adiós, Torvaldo. No quiero ver a los niños. Sé que están en manos mejores que las mías. Dada mi situación, no puedo ser una madre para ellos.
HELMER.
Pero ¿algún día, Nora... algún día...?
NORA.
¿Cómo voy a saberlo? Si hasta ignoro lo que va a ser de mí...
HELMER.
Pero eres mi esposa, sea de ti lo que sea.
NORA.
Escucha, Torvaldo. He oído decir que, según las leyes, cuando una mujer abandona la casa de su marido, como yo lo hago, está él exento de toda obligación con ella. De cualquier modo, te eximo yo. No debes quedar ligado por nada., como tampoco quiero quedarlo yo. Ha de existir plena libertad por ambas partes. Toma, aquí tienes tu anillo. Dame el mío.
HELMER.
¿También eso?
NORA. Sí.
HELMER.
Aquí lo tienes.
NORA.
Bien. Ahora todo ha acabado. Toma las llaves. Las muchachas están al corriente de cuanto respecta a la casa... mejor que yo. Mañana, cuando me haya marchado, vendrá Cristina a recoger lo que traje de mi casa. Quiero que me lo envíen.
HELMER.
¡Todo ha terminado! Nora, ¿no pensarás en mí nunca más?
NORA.
Seguramente, pensaré a menudo en ti, en los niños, en la casa.
HELMER.
¿Puedo escribirte, Nora?
NORA.
¡No, jamás! Te lo prohíbo.
HELMER.
O por lo menos, enviarte...
NORA.
Nada, nada.
HELMER.
...ayudarte, en caso de que lo necesites.
NORA.
He dicho que no, pues no aceptaría nada de un extraño.
HELMER.
Nora... ¿no seré ya más que un extraño para ti?
NORA. (Recogiendo su maletín.)
¡Ah, Torvaldo! Tendría que realizarse el mayor de los milagros.
HELMER. Dime cuál.
NORA.
Tendríamos que transformarnos los dos hasta el extremo de... ¡Ay, Torvaldo! ¡No creo ya en los milagros!
HELMER.
Pero yo sí quiero creer en ellos. Di: ¿transformarnos hasta el extremo de...?
NORA.
...hasta el extremo de que nuestra unión llegara a convertirse en un verdadero matrimonio. Adiós. (Vase por la. antesala.)
HELMER. (Desplomándose en una silla, cerca de la puerta, oculta el rostro entre las manos.)
¡Nora, Nora! (Mira en tomo suyo, y se levanta.) Nada. Ha desaparecido para siempre. (Con un rayo de esperanza.) ¡Él mayor de los milagros!... (Se oye abajo la puerta del portal al cerrarse.)



FIN de "CASA DE MUÑECAS"

4 comentarios:

Ale S dijo...

Gracias! Me ha servido muchisimo que hayas publicado este libro!

Dautt's dijo...

No me gusta mucho leer obras de teatro, pero esto vale la pena, el derrumbamiento de la idea de ver a la mujer como una propiedad es excepcional.

Leonardo Poblete dijo...

muchas gracias

Iman Lvee dijo...

¿Esto es una adaptación o una traducción?

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