6 de septiembre de 2010

ANTES DEL DESAYUNO, INFORMACIÒN DE O NEILL

INTRODUCCIÒN A EUGENE O´NEILL


Jorge Albistur en un capítulo de su libro “Literatura del siglo XX” dedica al teatro algunas consideraciones muy interesantes. Señala que todos sabemos que desde los tiempos de los griegos la pieza teatral fue un asunto prioritario de las poéticas, siempre se creyó que eran posible discernir ciertas reglas que limitasen su libertad. Quizás por haber crecido en vecindad con las preceptivas, el teatro estuvo siempre en el centro de las polémicas, y bastaría revisar los siglos clásicos en Francia y España para apreciar la magnitud de estas controversias. En el siglo actual, se rinde culto a la libertad. Ya no se discute si debe respetarse la unidad de lugar, ni la de tiempo, pero sí se pone en tela de juicio otro aspecto más significativo: el concepto mismo de la acción dramática.
El teatro ha desarrollado durante los últimos años del siglo XX un gran desarrollo y una clara competencia entre el cine y la televisión.
El autor cita las diferentes concepciones teatrales que representan el amplísimo espectro en cuanto al teatro de nuestro siglo: el teatro realista , el teatro no ilusionista, el teatro dentro del teatro, el expresionismo, el teatro poético o simbólico , el teatro existencialista y el teatro del absurdo
Sería interesante que el alumno realizara un breve recorrido por estas diferentes concepciones teatrales, como la extensión del proyecto no lo permite se sugiere abordar el libro citado anteriormente Jorge Albistur: Literatura del siglo XX:.
En cuanto a la ubicación del autor en el panorama del teatro norteamericano, se señala que extraña división entre la recepción del público y la de la crítica, esta última se ha divorciado del gusto de los espectadores y considera a los dramaturgos más aclamados como taquilleros que sacrifican temas y formas al interés comercial. Es así que en el caso de muchos críticos la figura de Eugene O¨Neill (1888 1953) casi no aparece.
Si es cierto que es el teatro comercial el que retrata costumbres sociales y la protesta contra el orden social y contra la condiciòn humana es una de las características del nuevo drama norteamericano. En el caso de O¨Neill es lo que primero aflora en cada una de sus obras y en todas las èpocas, la de los dramas marinos, los dramas sobrenaturalistas y los simbolistas. Técnica y temáticamente el autor está próximo a sus colegas europeos. El dramaturgo francés jean Tardiue revitalizará a fines del 40, el drama en un solo acto, como lo hará el autor en varias de sus obras, entre ellas la que proponemos “Antes del desayuno”.
Según Wellwarth dicha estructura “ha sido siempre una especie de cenicienta teatral” ,después del “entremés”del siglo XVII su período más popular fue el siglo XIX en que todas las representaciones iban precedidas de una pieza de un solo acto y a menudo seguida de otras. Generalmente se trataba de comedias. Nadie las tomaba en serio, ni los empresarios, ni los intérpretes, ni el público, ni desde luego los autores que solìan estar muy mal pagos. Se daba por sentado que el prólogo no tenía otro objeto que proporcionar a los concurrentes celebres la satisfacciòn de causar expectación con su entrada sin perderse parte de la atracción principal.
En cuanto a su concepción teatral se reconócela autor como un expresionista “el drama expresionista notablemente rico aunque fugaz irradio estìmulos fuera de Europa especialmente absorbidos por O¨Neill.” Es así que Rodolfo Modern cita algunos rasgos del expresionismo presente en la obra de este autor norteamericano:
Personas que actúan en función de “Tipos”.
Acción sintética y tensa.
Abundancia de monólogos.
Escenografìa expresionista apoyando la acción dramática.
Presencia de elementos líricas (misterio, musicalidad)
Resurrección de los viejo unido con la renovación.
Retorno del género religioso.
Empleo de pantomimas y marionetas, farsa y grotesco.
Técnica de sucesión de cuadros y escenas.

El autor ataca en su obra “una conciencia fosilizada, muerta en realidad y la autocontemplaciòn de una burguesìa superficial. La gran tragedia que los personajes expresan reside precisamente en que la adopción del idealismo predicado conduce irremediablemente a la desesperación a la locura, e inclusive a la acción criminal. Es éste el padecimiento de los personajes o¨neillianos.
Según Jorge Albistur entre las corrientes menos dóciles a concebir al teatro como espejo de la vida se cita al expresionismo, lejos del realismo esta modalidad supuso una estilización de la realidad, es decir su representación con arreglo a un determinado patrón artístico. Y así como en otras tendencias se tiende a embellecer todo aquì todo conduce hacia un feísmo. La exageración, la caricatura, lo que deforma a la figura original, todo esto surge como consecuencia de la gran crisis alemana en la primera postguerra.






APROXIMACIÒN A “ANTES DEL DESAYUNO”




La obra está estructurada en un solo acto conformado por un largo monólogo. Mrs. Rowland habla y no para de hablar, poniéndonos al tanto de su situación personal y conyugal, de las acciones desventuradas de su marido, de la precaria economía familiar, de la historia de su marido, de la infidelidad actual que ha descubierto. Estos serian los cinco núcleos temáticos sobre los que giran sus parlamentos. Señala un crítico que es en, “Antes del Desayuno”, donde O' Neill resuelve magistralmente la cuestión del interlocutor al poner a una mujer que interpela a su marido al que cree semidormido en la cama. Cuando finalmente descubre la sábana, se da cuenta de que ha estado discutiendo con un muerto.
El parlamento tiene un doble destinatario: el público por poner el acento sobre el texto y no sobre la puesta, el lector y el marido personaje que duerme en la habitación contigua y que no habla jamás, los únicos sonidos que nos llegan de él son los gemidos finales.



ANTES DEL DESAYUNO.

Escenario: una pequeña habitación que sirve a un tiempo de cocina y de comedor en un departamento de la calle Christopher, en Nueva York. A foro, una puerta que lleva al vestíbulo. A la izquierda de la puerta, una pileta y una cocina de gas de dos mecheros Mas allá de la cocina y hacia la pared de la izquierda, un armario de madera para platos, etc. A la izquierda, dos ventanas que dan sobre una escalera de emergencia, donde varias plantas en sus tiestos agonizan en el abandono. Delante de las ventanas, una mesa cubierta con un hule. Dos sillas con asiento de caña junto a la mesa. Otra contra la pared, a la derecha de la puerta de foro. En la pared de la derecha, foro, una puerta que lleva a una puerta a una alcoba. Más adelante diversas prendas de vestir de hombre y de mujer penden de unas clavijas. Desde el rincón de la izquierda, foro, hasta la pared de la derecha, primer término, hay tendida una cuerda con ropa.
Son aproximadamente las ocho y media de la mañana de un día hermoso y lleno de sol, a comienzos del otoño.
La señora Rowland viene de la alcoba, bostezando, dando aún los últimos toques a un desaliñado tocado, insertando horquillas en su cabello, recogido en pardusca masa en lo alto de su cabeza redonda .Es de mediana estatura y propensa gordura sin líneas, acentuada por su vestido azul, deformado, humilde y raído. Su rostro es impersonal, de facciones pequeñas y regulares y ojos extrañamente azules. En sus ojos, su nariz y su boca débil y rencorosa, hay una expresión atormentada. Tiene poco más de veinte años pero parece mucho mayor.
Llega al centro de la habitación y bosteza, desperezándose. Sus soñolientos se pasean absortos por todo lo que la rodea, con la irritación propia de aquel para quien un largo sueño no ha significado un largo descanso. Va con aire cansado hacia la ropa que cuelga a la derecha y descuelga un delantal. Se lo ciñe a la cintura, dejando escapar un “maldito sea” cuando el nudo no obedece a sus torpes dedos. Por fin consigue atarlo y va lentamente hacia la cocina de gas y enciende uno de los mecheros. Llena la cafetera en la pileta y la pone sobre la llama. Luego se desploma en una silla que está junto a la mesa y se pone una mano sobre la frente, como si le doliera la cabeza. De pronto su rostro se ilumina, como si recordara algo y mira el armario de los platos; luego dirige una penetrante mirada hacia la puerta del dormitorio y escucha atentamente durante unos instantes.
SRA ROWLAND (en voz baja). -¡Alfred! ¡Alfred! (del cuarto contiguo no llega respuesta alguna y la señora Rowland prosigue con tono desconfiado, alzando la voz) No tienes que fingir que estás dormido. (De la alcoba no llega la menor respuesta y la señora Rowland, tranquilizada, se levanta y va cautelosamente hacia el armario. Abre con lentitud una de las puertas, cuidando mucho de no hacer ruido, y saca de su escondite, detrás de los platos una botella de ginebra Gordon y un vaso. Al hacerlo mueve el plato de arriba que tintinea levemente. Al oír esto, la señora Rowland sufre un sobresalto culpable y mira con malhumorado desafío la puerta del cuarto contiguo .Con la voz trémula: )
-¡Alfred!
(Después de una pausa, durante la cual trata de percibir algún sonido, toma el vaso y se sirve una buena cantidad de ginebra y lo apura; luego, precipitadamente, repone la botella y el vaso en su escondite. Cierra el armario con el mismo cuidado con que lo ha abierto y con un gran suspiro de alivio se deja caer nuevamente en su silla. La gran dosis de alcohol le ha causado un efecto casi inmediato. Sus facciones se vuelven más animadas, parece cobrar energías y mira la puerta de la alcoba con una sonrisa dura y negativa. Sus ojos pasean una rápida mirada por la habitación y se posan, sobre un saco y un chaleco de hombre que penden a la derecha. Se encamina cautelosamente hacia la puerta abierta, y se detiene allí , sin que la vea el que está dentro, y escucha, tratando de sorprender algún movimiento)
(Llamando, casi en un susurro.) ¡Alfred!
(Nuevamente no hay respuesta. Con ágil movimiento, la señora Rowland, descuelga el saco y el chaleco y vuelve con ellos a su silla. Se sienta y saca los diversos objetos que contiene cada bolsillo, pero los reintegra rápidamente a su sitio. Por fin, en el bolsillo interior del chaleco encuentra una carta)


(Mirando la letra, se dice lentamente) Lo sabía.
(Abre la carta y la lee. En el primer momento, su expresión revela odio e ira, pero a medida que avanza en la lectura hasta acabarla se trueca en triunfante malignidad. Durante un instante queda muy pensativa. Luego vuelve a poner la carta en el bolsillo del chaleco, y cuidando aún de no despertar al durmiente, cuelga nuevamente las prendas en la misma clavija, va hacia la puerta de la alcoba y atisba)
(Con voz sonora y chillona) ¡Alfred! (Más fuerte) ¡Alfred!
(Del cuarto contiguo llega un gemido ahogado que se confunde con un bostezo.) ¿No te parece que ya se hora de levantarse? (Volviéndose y regresando a su silla) Ya sé que eres lo suficientemente haragán para pasarte la vida en la cama. (Se sienta, mira por la ventana y dice con irritación:) ¿Qué hora será? Ya no podemos saberlo desde que empeñaste estúpidamente tu reloj. Era el último objeto de valor que teníamos, y lo sabias. Sólo has pensado en empeñar, empeñar, empeñar… Cualquier cosa con tal de alejar la hora de buscar empleo, cualquier cosa con tal de no trabajar como un hombre. (Golpea el suelo con el pie nervosamente, mordiéndose los labios) (Después de una breve pausa) ¡Alfred! Levántate… ¿Me oyes? Quiero hacer esa cama antes de salir. Estoy harta de que esto esté en desorden por tu culpa. (Con cierta vengativa satisfacción) Y por cierto que no podremos quedarnos mucho tiempo aquí, a menos que consigas dinero en alguna parte. Dios sabe que yo hago lo mío – y más aún yendo a coser a domicilio todos los días, mientras tú hacer el caballero y holgazaneas por las tabernas con ese hato de inútiles artistas Square.
(Breve pausa, durante la cual la señora Rowland, juega nerviosamente con una taza un platito que están sobre la mesa)
¿Y dónde conseguirás dinero, quisiera saber yo? En esta semana tenemos que pagar el alquiler, y ya saber cómo es el dueño de casa. No nos dejará vivir aquí un solo minuto más si no lo pagamos puntualmente. Dices que no puedes conseguir trabajo. Eso es mentira, y tú lo sabes. Nunca lo buscaste, siquiera. Te pasas los días vagabundeando por ahí, escribiendo poemas y cuentos estúpidos que nadie quiere comprar… Y me explico que no quieren comprarlos. Pero advierto que yo siempre puedo conseguir trabajo y lo consigo; y sólo eso nos salva de morirnos de hambre.
(Se levanta y va hacia la cocina, mira la cafetera para ver si el agua hierve y vuelve y se sienta)
Hoy tendrás que conseguir dinero en alguna parte. Yo no puedo hacerlo todo y no lo haré. Tienes que recobrar el sentido común. Tienes que pedirlo, mendigarlo, o robarlo donde sea. (Con desdeñosa risa)
Pero… ¿dónde, quisiera yo saber? Eres demasiado orgulloso para mendigar y has pedido ya todos los préstamos posibles, y no tienes valor para robar.
(Después de una pausa, levantándose irritada.) ¡Por amor de Dios! ¿No te has levantado todavía? Es muy propio de ti eso de volverte a dormir, o de fingirlo. (Va hacia la puerta del dormitorio y atisba.) ¡Ah, te has levantado! Bueno, ya era hora. No tienes por qué mirarme así. Tus desplantes no me engañan, ya. Te conozco demasiado… mejor de lo que supones…a ti a tus andanzas. (Alejándose de la puerta, con tono significativo) Conozco un montón de cosas, querido. Ahora, no te preocupes de lo que sé. Te lo diré antes de irme, no te aflijas. (Va hacia el centro del aposento y se detiene allí, frunciendo el ceño)
(Con tono irritado) ¡Hum! ¡Supongo que más vale preparar el desayuno… y no porque haya mucho que preparar (Con tono de interrogación) Salvo que tengas algún dinero…(Hace una pausa esperando una respuesta del cuarto contiguo, que no llega) ¡Qué pregunta estúpida! (Con dura risita) A estas horas, yo debiera conocerte mejor ya. Cuando te fuiste anoche malhumorado, me imaginé qué pasaría. No se te puede tener la menor confianza. ¡En lindo estado viniste a casa! Nuestra riña sólo te sirvió de pretexto para mostrarte bestial. ¿De qué te valió empeñar el reloj si sólo querías el dinero para derrocharlo en whisky?
(Va hacia el armario y saca platos, tazas, escètera, mientras habla)
¡Apresúrate! Últimamente, gracias a ti, no tarde mucho en preparar el desayuno. Esta mañana sólo tenemos pan, manteca y café: y ni siquiera tendrías eso si yo no me estropeare los dedos cosiendo.
El pan está duro. Supongo que te gustará. Tú no te mereces nada mejor, pero no veo por qué he de sufrir yo. (Yendo hacia la cocina de gas) El café estará dentro de un momento y no esperes que te lo sirva.

(Repentinamente, con violenta ira) ¿Qué diablos estás haciendo ahora? (Va hacia la puerta y atisba) Buenos, por lo menos estás casi vestido. Creí que te habías metido en la cama de nuevo. Eso sería muy propio de ti. ¡Qué aspecto horrible tienes esta mañana! ¡Aféitate, por amor de Dios! Pareces un vagabundo. Por algo nadie quiere darte un empleo. No los culpo…Tu aspecto no es medianamente decente (Va hacia la cocina de gas) Aquí hay mucha agua caliente. No tienes la menor excusa. (Toma un tazón y vierte en él un poco de agua de la cafetera.) Toma.
(Él tiende la mano en procura del tazón. Se ve una mano sensible, de dedos finos que tiembla, y parte del agua se derrama sobre el piso)
(La señora Rowland, con tono insultante) ¡Mira cómo te tiembla la mano! Mas vale que abandones la bebida. No puedes soportarla. Los hombres como tú son los mejores candidatos al delírium tremens. ¡Eso sería la gota que hace desbordar el vaso! (Mirando el piso) Mira como has dejado el piso… hay colillas y cenizas en toda la habitación. ¿Por qué no los tiraste sobre un plato? No, no serías lo bastante considerado para hacerlo. Nunca piensas en mí. Tú no tienes que barrer la habitación, y eso es todo lo que te importa.
(Toma la escoba y comienza a barrer malignamente, levantando una nube de polvo. De las habitaciones interiores llega el rumor de una navaja de afeitar que afilan.)
(Barriendo) ¡Apresúrate! Ya debe ser casi la hora de que me vaya. Si llegara tarde, me expondría a perder mi empleo y entonces ya no te podría seguir manteniendo. (Y al ocurrírsele algo más, agrega sarcásticamente) Y entonces, tendrías que trabajar o hacer alguna cosa horrible de esa especie (Barriendo debajo de la mesa). Lo que quiero saber es si buscarás hoy trabajo o no. Sabes que tu familia no nos seguirá ayudando. También ellos ya están hartos de ti. (Después de barrer en silencio durante unos instantes) Estoy cansada de toda esta vida. Ganas me dan de irme de casa, pero soy demasiado orgullosa para permitir que te sepan un fracasado… a ti, el hijo único del millonario Rowland, el egresado de Harvard, el poeta, el hombre notable del pueblo… ¡Bah! (Con amargura) No serían muchas las que me envidiarían mi hombre notable si supieran la verdad. Me gustaría saber una cosa… ¿Qué ha sido nuestro matrimonio? Aún antes de que tu padre millonario muriera debiéndole dinero a todo el mundo, nunca derrochaste un solo minuto con tu esposa. Supongo que a tu entender, yo debía darme por satisfecha con tu honorable actitud al casarte conmigo…después de haberme puesto en dificultades. Yo te avergonzaba ante tus refinados amigos porque mi padre sólo es un almacenero, eso es lo cierto. Por lo menos es un hombre honrado y tú no podrías decir lo mismo del tuyo. (Sigue barriendo enérgicamente hacia la puerta. Se apoya sobre su escoba por un momento)
Suponías que todos creerían que te habías visto obligado a casarte conmigo y te compadecerían… ¿verdad? No vacilaste mucho para decirme que me querías y para hacerme creer en tus mentiras antes de que sucediera aquello… ¿no es eso? Me hiciste suponer que no querías que tu padre me sobornara, como trató de hacerlo. Pero ya sé a qué atenerme. Por algo he vivido tanto tiempo contigo. (Sombriamente) Es una suerte que nuestro pobre hijo naciera muerto, después de todo. ¡Qué padre hubieras sido! (Permanece en silencio, y cavilando hoscamente durante un instante, luego prosigue con una serie de salvaje alegría)
Pero no soy la única que tiene que agradecerte su desdicha. Hay, por lo menos otra, y ésa no puede tener esperanzas de casarse contigo ahora. (Asoma la cabeza al cuarto contiguo) ¿.Qué me dices de Helen? (Retrocede del vano de la puerta con un sobresalto, algo asustada)
¡No me mires así! Sí, he leído esa carta. ¿Y qué? Tenía derecho a leerla. Soy tu esposa. Y sé todo lo que hay que saber, de modo que no me mientas: No tienes por qué mirarme así. Ya no podrás intimidarme con esos aires de hombre superior. Si no fuese por mí, te irías sin desayunarte esta mañana (Vuelva a dejar la escoba en el rincón y dice, con tono gimoteante:) Nunca me agradeciste en lo más mínimo lo que he hecho. (Va hacia la cocina de gas y echa el café en la cafetera) El café está listo. No te esperaré. (Vuelve a sentarse)
(Después de una pausa, llevándose la mano a la cabeza, malhumorada) ¡Cómo me duele la cabeza esta mañana! Es una vergüenza que deba irme a trabajar todo el día en una habitación asfixiante, en este estado. Y no iría si fueras un hombre. Debiera ser yo quien pasara el día tendida en la cama, y no tú. Bien sabes lo enferma que he estado en este último año; y sin embargo cuando tomo alguna pequeñez para levantarme el ánimo, me lo echas en cara. Ni siquiera quisiste dejarme tomar ese tónico que compré en la farmacia. (Con risa cruel) Sé que te alegraría verme muerta y que no te estorbara; entonces podrías correr detrás de esas muchachas estúpidas que te creen maravilloso e incomprendido… Esa Helen y las demás.(Del cuarto contiguo llega una agua exclamación de dolor)
(Con satisfacción) ¡Claro! ¡Ya sabía yo que te cortarías! Eso te servirá de lección. Bien sabes que no debes pasarte las noches vagabundeando por ahí y bebiendo, con tus nervios en tan deplorables condiciones (Va hacia la puerta y se asoma a la otra habitación)
¿Por qué estás tan pálido? ¿Por qué te mirar así, fijamente, en el espejo? ¡Por amor de Dios! ¡Quítate esa sangre de la cara! (Con un escalofrío) Es horrible. (Con tono de alivio) Bueno, ya estás mejor. Nunca he podido soportar el espectáculo de la sangre (Se aparta un poco de la puerta) Más vale que renuncies a afeitarte solo y vayas a una peluquería. Tu mano tiembla horriblemente. ¿Por qué me miras así? (Se aleja de la puerta) ¿Todavía estás furioso conmigo a causa de esa carta? (Desafiante) Pues yo tenía derecho a leerla. Soy tu esposa. (Va hacia la silla y vuelve a sentarse. Después de una pausa) Hace tiempo que estoy enterada deque tienes una aventura. Tus débiles pretextos de que te pasabas el tiempo en la biblioteca no me engañaron. Y después de todo… ¿quién es esa Helen? ¿Una de esas artistas? ¿O también escribe poemas? A juzgar por tu carta lo parece. Apostaría a que te dijo que tus cosas eran lo mejor que se había escrito en el mundo, y que te lo creíste como un imbécil. ¿Es joven y linda? También yo era joven y linda cuando me engañaste con tu palabrería poética; pero la vida contigo la consume pronto a cualquiera. ¡Las que he pasado!
(Va hacia la cocina de gas y retira el café) El desayuno está listo. (Con una mirada de desdén) ¡El desayuno! (Se sirve una taza de café y deja la cafetera sobre la mesa) Se te enfriará el café. ¿Qué estás haciendo? ¿Afeitándote, todavía? ¡Por amor de Dios! Más vale que renuncies a eso. Una de estas mañanas te harás un buen tajo. (Se corta pan y lo hunta con manteca. Durante los párrafos siguientes, come y bebe su café)
Tendré que irme corriendo, apenas concluya de comer. Uno de nosotros tiene que trabajar (Irritada) ¿Vas a buscar trabajo hoy o no? Seguramente, alguno de tus refinados amigos te ayudaría si te creyera realmente tan talentoso. Pero supongo que todos ellos prefieren oírte hablar. (Se queda sentada en silencio, durante un minuto).
Lo siento por esa Helen, sea quien sea. ¿No tienes ninguna consideración por los demás? ¿Qué dirá su familia? Veo que ella la menciona en su carta. ¿Qué hará? ¿Alumbrar al niño… o ir a ver a uno de esos médicos? Linda situación, hay que confesarlo. ¿Dónde conseguiría el dinero? (Espera una respuesta a esta andanada de preguntas)
Hum…No me digas nada sobre ésa… ¿verdad? ¡Tanto me da! Después de todo, no lo lamento por ella… Sabía que estaba haciendo. A juzgar por su carta, no es una colegiala como lo era yo. ¿Sabe que estás casado? Claro que debe saberlo. Todos tus amigos están enterados de tu infortunado matrimonio. Sé que te compadecerán, pero no conocen mi versión del asunto. Hablarían de otro modo si la conociesen.
(Está demasiado ocupada comiendo para seguir hablando, durante un segundo o dos)
Esa Helen debe ser una buena pieza, si sabe que eres casado. ¿Qué esperaba? ¿Qué yo te concediera el divorcio y te dejara casarte con ella? ¿Cree que soy lo bastante chiflada para eso…después de todas las que me hiciste pasar? ¡Por cierto que no! Y tú no podrías conseguir el divorcio de mí y bien lo sabes. Nadie podrá decir jamás que yo he hecho algo malo. (Apura el resto de su café)
Ella merece sufrir, es todo lo que puedo decirte. Te diré lo que pienso: creo que tu Helen no pasa de ser una vulgar trotacalles. Esa es mi opinión. (Del cuarto contiguo llega un sofocado gemido).
¿Has vuelto a cortarte? Bien merecido lo tienes (Se levanta y se quita el delantal) Bueno, tengo que irme sin demora. (Malhumorada) ¡Vaya una vida la que llevo! No soportaré por más tiempo tu haraganería. (Oye algo y hace una pausa, escuchando atentamente) ¡Eso es! ¡Has volcado toda el agua! No digas que no. La oigo gotear por el piso (Una vaga aprensión aparece en su rostro) ¡Alfred! ¿Por qué no me contestas?
(Va lentamente hacia la otra habitación. Se oye caer una silla y algo se desploma pesadamente en el suelo. La señora Rowland se detiene, temblando de pánico y exclama:
¡Alfred! ¡Alfred! ¡Contéstame! ¿Qué has hecho caer? ¿Estás borracho todavía? (Incapaz de soportar la tensión ni por un momento más, se lanza hacia la puerta del dormitorio)
¡Alfred!
(Se detiene en el umbral, mirando el suelo del cuarto interior, transfigurada de horror. Luego lanza un salvaje alarido y corre hacia la otra puerta, hace girar la llave y la abre frenéticamente de par en par. Y se precipita al vestíbulo gritando como una loca)
TELÓN.

EUGENE O´NEILL

1 comentario:

  1. "... Cuando finalmente descubre la sábana..." . Qué sábana? Quién es el el crítico que dijo esta barbaridad?

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