Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos
cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el
destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por
sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena
marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el
camino de los cardos y de las chumberas. Aquellos gozan de un mirar sereno y al
aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol
violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha
diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que
después nadie ha de borrar ya.
Nací hace ya muchos años -lo menos cincuenta y cinco-
provincia de Badajoz; el pueblo estaba a unas dos leguas
sobre una carretera lisa y larga como un día sin pan, lisa y
lisura y una largura como usted para su bien, no puede ni
a muerte.
en un pueblo perdido por la
de Almendralejo, agachado
larga como los días -de una
figurarse- de un condenado
Era un pueblo caliente y soleado, bastante rico en olivos y guarros (con perdón), con
las casas pintadas tan blancas, que aún me duele la vista al recordarlas, con una plaza
toda de losas, con una hermosa fuente de tres caños en medio de la plaza. Hacía ya
varios años, cuando del pueblo salí, que no manaba el agua de las bocas y sin
embargo, ¡qué airosa!, ¡qué elegante!, nos parecía a todos la fuente con su remate
figurado un niño desnudo, con su bañera toda rizada al borde como las conchas de los
romeros. En la plaza estaba el ayuntamiento que era grande y cuadrado como un
cajón de tabaco, con una torre en medio, y en la torre un reloj, blanco como una
hostia, parado siempre en las nueve como si el pueblo no necesitase de su servicio,
sino sólo de su adorno. En el pueblo, como es natural, había casas buenas y casas
malas, que son, como pasa con todo, las que más abundan; había una de dos pisos, la
de don Jesús, que daba gozo de verla con su recibidor todo lleno de azulejos y
macetas. Don Jesús había sido siempre muy partidario de las plantas, y para mí que
tenía ordenado al ama vigilase los geranios, y los heliotropos, y las palmas, y la
yerbabuena, con el mismo cariño que si fuesen hijos, porque la vieja andaba siempre
correteando con un cazo en la mano, regando los tiestos con un mimo que a no dudar
agradecían los tallos, tales eran su lozanía y su verdor. La casa de don Jesús estaba
también en la plaza y, cosa rara para el capital del dueño que no reparaba en gastar,
se diferenciaba de las demás, además de en todo lo bueno que llevo dicho, en una
cosa en la que todos le ganaban: en la fachada, que aparecía del color natural de la
piedra, que tan ordinario hace, y no enjalbegada como hasta la del más pobre estaba;
sus motivos tendría. Sobre el portal había unas piedras de escudo, de mucho valer,
según dicen, terminadas en unas cabezas de guerreros de la antigüedad, con su
cabezal y sus plumas, que miraban, una para el levante y otra para el poniente, como
si quisieran representar que estaban vigilando lo que de un lado o de otro podríales
venir. Detrás de la plaza, y por la parte de la casa de don Jesús, estaba la parroquial
con su campanario de piedra y su esquilón que sonaba de una manera que no podría
contar, pero que se me viene a la memoria como si estuviese sonando por estas
esquinas. La torre del campanario era del mismo alto que la del reló y en verano,
cuando venían las cigüeñas, ya sabían en qué torre habían estado el verano anterior;
la cigüeña cojita, que aún aguantó dos inviernos, era del nido de la parroquial, de
donde hubo de caerse, aún muy tierna, asustada por el gavilán.
Mi casa estaba fuera del pueblo, a unos doscientos pasos largos de las últimas de la
piña. Era estrecha y de un solo piso, como correspondía a mi posición, pero como
llegué a tomarle cariño, temporadas hubo en que hasta me sentía orgulloso de ella. En
realidad lo único de la casa que se podía ver era la cocina, lo primero que se
encontraba al entrar, siempre limpia y blanqueada con primor; cierto es que el suelo
era de tierra, pero tan bien pisada la tenía, con sus guijarrillos haciendo dibujos, que
en nada desmerecía de otras muchas en las que el dueño había echado porlan por
sentirse más moderno. El hogar era amplio y despejado y alrededor de la campana
teníamos un vasar con lozas de adorno, con jarras con recuerdos, pintados en azul,
con platos con dibujos azules o naranja; algunos platos tenían una cara pintada, otros
una flor, otros un nombre, otros un pescado. En las paredes teníamos varias cosas; un
calendario muy bonito que representaba una joven abanicándose sobre una barca y
debajo de la cual se leía en letras que parecían de polvillo de plata, «Modesto
Rodríguez. Ultramarinos finos. Mérida (Badajoz)», un retrato del Espartero con el traje
de luces dado de color y tres o cuatro fotografías -unas pequeñas y otras regular- de
no sé quién, porque siempre las vi en el mismo sitio y no se me ocurrió nunca
preguntar. Teníamos también un reló despertador colgado de la pared, que no es por
nada, pero siempre funcionó como Dios manda, y un acerico de peluche colorado, del
que estaban clavados unos bonitos alfileres con sus cabecitas de vidrio de color. El
mobiliario de la cocina era tan escaso como sencillo: tres sillas -una de ellas muy fina,
con su respaldo y sus patas de madera curvada, y su culera de rejilla -y una mesa de
pino, con su cajón correspondiente, que resultaba algo baja para las sillas, pero hacía
su avío. En la cocina se estaba bien: era cómoda y en el verano, como no la
encendíamos, se estaba fresco sentado sobre la piedra del hogar cuando, a la caída de
la tarde, abríamos las puertas de par en par; en el invierno se estaba caliente con las
brasas que, a veces, cuidándolas un poco, guardaban el rescoldo toda la noche. ¡Era
gracioso mirar las sombras de nosotros por la pared, cuando había unas llamitas! Iban
y venían, unas veces lentamente, otras a saltitos como jugando. Me acuerdo que de
pequeño, me daba miedo, y aún ahora, de mayor, me corre un estremecimiento
cuando traigo memoria de aquellos miedos.
El resto de la casa no merece la pena ni describirlo, tal era su vulgaridad. Teníamos
otras dos habitaciones, si habitaciones hemos de llamarlas por eso de que estaban
habitadas, ya que no por otra cosa alguna, y la cuadra, que en muchas ocasiones
pienso ahora que no sé por qué la llamábamos así, de vacía y desamparada como la
teníamos. En una de las habitaciones dormíamos yo y mi mujer, y en la otra mis
padres hasta que Dios, o quién sabe si el diablo, quiso llevárselos; después quedó
vacía casi siempre, al principio porque no había quien la ocupase, y más tarde, cuando
podía haber habido alguien; porque este alguien prefirió siempre la cocina, que
además de ser más clara no tenía soplos. Mi hermana, cuando venía, dormía siempre
en ella, y los chiquillos, cuando los tuve, también tiraban para allí en cuanto se
despegaban de la madre. La verdad es que las habitaciones no estaban muy limpias ni
muy construidas, pero en realidad tampoco había para quejarse; se podía vivir, que es
lo principal, a resguardo de las nubes de la navidad, y a buen recaudo -para lo que uno
se merecía- de las asfixias de la Virgen de agosto. La cuadra era lo peor; era lóbrega y
oscura, y en sus paredes estaba empapado el mismo olor a bestia muerta que
desprendía el despeñadero cuando allá por el mes de mayo comenzaban los animales a
criar la carroña que los cuervos habíanse de comer.
Es extraño pero, de mozo, si me privaban de aquel olor me entraban unas angustias
como de muerte; me acuerdo de aquel viaje que hice a la capital por mor de las
quintas; anduve todo el día de Dios desazonado, venteando los aires como un perro de
caza. Cuando me fui a acostar, en la posada, olí mi pantalón de pana. La sangre me
calentaba todo el cuerpo. Quité a un lado la almohada y apoyé la cabeza para dormir
sobre mi pantalón, doblado. Dormí como una piedra aquella noche.
En la cuadra teníamos un burrillo matalón y escurrido de carnes que nos ayudaba en
la faena y, cuando las cosas venían bien dadas, que dicho sea pensando en la verdad
no siempre ocurría, teníamos también un par de guarros (con perdón) o tres. En la
parte de atrás de la casa teníamos un corral o saledizo, no muy grande, pero que nos
hacía su servicio, y en él un pozo que andando el tiempo hube de cegar porque dejaba
manar un agua muy enfermiza.
Por detrás del corral pasaba un regato, a veces medio seco y nunca demasiado
lleno, cochino y maloliente como tropa de gitanos, y en el que podían cogerse unas
anguilas hermosas, como yo algunas tardes y por matar el tiempo me entretenía en
hacer. Mi mujer, que en medio de todo tenía gracia, decía que las anguilas estaban
rollizas porque comían lo mismo que don Jesús, sólo que un día más tarde. Cuando me
daba por pescar se me pasaban las horas tan sin sentirlas, que cuando tocaba a
recoger los bártulos casi siempre era de noche; allá, a lo lejos, como una tortuga baja
y gorda, como una culebra enroscada que temiese despegarse del suelo, Almendralejo
comenzaba a encender sus luces eléctricas. Sus habitantes a buen seguro que
ignoraban que yo había estado pescando, que estaba en aquel momento mismo
mirando cómo se encendían las luces de sus casas, imaginando incluso cómo muchos
de ellos decían cosas que a mí se me figuraban o hablaban de cosas que a mí me
ocurrían. ¡Los habitantes de las ciudades viven vueltos de espaldas a la verdad y
muchas veces ni se dan cuenta siquiera de que a dos leguas, en medio de la llanura,
un hombre del campo se distrae pensando en ellos mientras dobla la caña de pescar,
mientras recoge del suelo el cestillo de mimbre con seis o siete anguilas dentro!
Sin embargo, la pesca siempre me pareció pasatiempo poco de hombres, y las más
de las veces dedicaba mis ocios a la caza; en el pueblo me dieron fama de no hacerlo
mal del todo y, modestia aparte, he de decir con sinceridad que no iba descaminado
quien me la dio. Tenía una perrilla perdiguera -la Chispa-, medio ruin, medio bravía,
pero que se entendía muy bien conmigo; con ella me iba muchas mañanas hasta la
Charca, a legua y media del pueblo hacia la raya de Portugal, y nunca nos volvíamos
de vacío para casa. Al volver, la perra se me adelantaba y me esperaba siempre junto
al cruce; había allí una piedra redonda y achatada como una silla baja, de la que
guardo tan grato recuerdo como de cualquier persona; mejor, seguramente, que el
que guardo de muchas de ellas. Era ancha y algo hundida y cuando me sentaba se me
escurría un poco el trasero (con perdón) y quedaba tan acomodado que sentía tener
que dejarla; me pasaba largos ratos sentado sobre la piedra del cruce, silbando, con la
escopeta entre las piernas, mirando lo que había de verse, fumando pitillos. La perrilla,
se sentaba enfrente de mí, sobre sus dos patas de atrás, y me miraba, con la cabeza
ladeada, con sus dos ojillos castaños muy despiertos; yo le hablaba y ella, como si
quisiese entenderme mejor, levantaba un poco las orejas; cuando me callaba
aprovechaba para dar unas carreras detrás de los saltamontes, o simplemente para
cambiar de postura: Cuando me marchaba, siempre, sin saber por qué, había de
volver la cabeza hacia la piedra, como para despedirme, y hubo un día que debió
parecerme tan triste por mi marcha, que no tuve más suerte que volver sobre mis
pasos a sentarme de nuevo. La perra volvió a echarse frente a mí y volvió a mirarme;
ahora me doy cuenta de que tenía la mirada de los confesores, escrutadora y fría,
como dicen que es la de los linces... un temblor recorrió todo mi cuerpo; parecía como
una corriente que forzaba por salirme por los brazos, el pitillo se me había apagado; la
escopeta, de un solo caño, se dejaba acariciar, lentamente, entre mis piernas. La perra
seguía mirándome fija, como si no me hubiera visto nunca, como si fuese a culparme
de algo de un momento a otro, y su mirada me calentaba la sangre de las venas de tal
manera que se veía llegar el momento en que tuviese que entregarme; hacía calor, un
calor espantoso, y mis ojos se entornaban dominados por el mirar, como un clavo, del
animal.
Cogí la escopeta y disparé; volví a cargar y volví a disparar. La perra tenía una sangre
oscura y pegajosa que se extendía poco a poco por la tierra.
15 de octubre de 2015
12 de octubre de 2015
4°año. LA FAMILIA DE PASCUAL DUARTE. CELA. (COMPLETA)
Camilo José Cela
La familia de Pascual Duarte
Camilo José Cela (1916), uno de los escritores españoles
fundamentales del siglo XX, es autor de una extensa obra literaria,
que va del cuento, la poesía y los libros de viajes al ensayo, las
memorias, los artículos periodísticos, el cuento y la novela. Miembro
de la Real Academia Española de la Lengua, recibió en 1989 el
Premio Nobel de Literatura. Entre sus novelas destacan La familia
de Pascual Duarte, La colmena (publicada por El Mundo en la
colección Millenium I), Mazurca para dos muertos y Viaje a La Alcarria.
La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942 e inscrita en el
llamado «tremendismo» literario, es la primera novela de Cela y la que inicia su
reconocimiento por parte de la crítica y el público. El novelista ofrece en estas
páginas la transcripción de las memorias de Pascual Duarte, un asesino que
espera la ejecución en la cárcel de Badajoz, avisando de que es « un modelo de
conductas», pero « un modelo para huirlo».
El famoso comienzo de estas memorias -«Yo, señor, no soy malo, aunque no
me faltarían motivos para serlo»- señala ya la congoja de un hombre que puede
ser tomado como una hiena o como un manso cordero, «acorralado y asustado
por la vida». Sucesivas desgracias van rompiendo el equilibrio de Pascual: la
muerte del padre por rabia, la del hermano tonto al ahogarse en una tinaja de
aceite, la del segundo hijo por un «mal aire traidor». Entonces, una extraña sed de
sangre le impulsa en los momentos más desafortunados a matar a quien le hace daño, ya sea animal o
persona. Una y otra vez parece que el destino le fuerza a actuar bárbaramente, olvidando con su terrible
fatalismo que había nacido para «rosa en un estercolero».
Esperando la muerte, junto con el frío ejercicio de la memoria que registra crímenes, injurias y huidas, le
invade a Pascual Duarte un rudo arrepentimiento, más intuitivo que racional, que no deja de ser sincero a
pesar de su ambigüedad. Terrible en su tremendismo, exacta en desvelar un alma desgraciada, la novela se
abre paso entre la sombría dureza de la vida, lacónica, impactante.
Prólogo
El famoso manuscrito autógrafo de La familia de Pascual Duarte fije fechado por
su autor el siete de enero de 1942, y en otro texto aparecido en la revista Bibliofilia
en marzo de 1951, «Andanzas europeas y americanas de Pascual Duarte y su
familia», Camilo José Cela nos proporciona un nuevo dato de primera mano:
«Pascual Duarte nació, para mí que soy su padre, el 28 de diciembre de 1942, día
de los Santos Inocentes, en un garaje que hay en la calle de Alenza, número 20, ya
casi al final y que se llama Continental-Auto. Esto de Continental-Auto es una línea
de autobuses que hace el servicio de Madrid a Burgos y de Burgos a Madrid,
llevando y trayendo viajeros, equipajes y paquetes». En la ciudad castellana
imprimía, efectivamente, la Editorial Aldecoa, la única que se animó a la empresa
después de varios intentos fallidos por parte del joven novelista ante otros editores,
los cuales perdieron así la ocasión de publicar la novela inaugural de la literatura
española posterior a la guerra civil.
Celebraremos pronto, pues, los primeros sesenta años de vida en la estampa de
esta novela que adquirió desde el mismo instante de su edición príncipe el rango de
hito histórico-literario alcanzable por contados textos narrativos, poéticos o teatrales.
Ciertamente, al margen de sus valores intrínsecos, de prosa y estructura, que son
muchos, se trata de una obra excepcional por lo que significa en la trayectoria de su
autor y en la literatura española escindida por la profunda trinchera de la guerra
civil y los exilios exteriores o interiores, los agostamientos, las sobrevaloraciones
oportunistas y los desconciertos posteriores.
Para Camilo José Cela representó entonces el paso de la poesía a la narrativa, y
su primer libro editado. El escritor, nacido en Iria-Flavia en 1916, había comenzado
a velar sus armas literarias en el Madrid de la inmediata preguerra como poeta
atento a las incitaciones surrealistas, que con tanta garra y originalidad había
vertido en Pisando la dudosa luz del día, un poemario inédito hasta 1945.
Cela se estrena, pues, cambiando de género, y con La familia de Pascual Duarte
obtiene el éxito de quien llega y besa el santo, avalado por la opinión de tan ilustre
patriarca de la novelística española como era Pío Baroja, quien, por cierto, no había
accedido a apadrinar la obra, desconcertado por su poética y revulsiva violencia:
«No, mire, si usted quiere que lo lleven a la cárcel vaya solo, que para eso es joven.
Yo no le prologo el libro».
En cuanto al papel de La familia de Pascual Duarte en el curso de la narrativa
española contemporánea, la opinión de los historiadores de la literatura es
coincidente. Marca la superación efectiva del hiato originado por la guerra, de cuyas
causas y consecuencias inmediatas -el enrarecido clima de convivencia incivil- se
convierte, por cierto, en pertinente metáfora, pero aporta también el enraizamiento
del débil tronco del realismo español posterior a Baraja -uno de los maestros
escogidos por Cela, junto a Quevedo y Valle-Inclán- en el inagotable hontanar de la
picaresca del siglo de oro, época literaria en cuyo conocimiento el autor había
profundizado durante su etapa formativa.
La familia de Pascual Duarte inaugura de hecho una vigorosa forma de realismo
existencial, más vitalista que filosófico, estéticamente matizado por un
expresionismo muy hispánico, que, además de ofrecer un cabal contrapunto a
L’Etranger de Albert Camus, impresa en el mismo año 1942, encuentra enseguida
eco y apoyo en otras de nuestras plumas más jóvenes.
Pero no menos admirable es que La familia de Pascual Duarte se resistiese a
verse convertida en mero monumento inerte, que ostenta desdeñoso su esencia
intemporal fosilizada (por así decirlo), y siga viva no solo para los lectores
españoles, que acaban de elegirla entre las diez mejores escritas en castellano
durante el siglo XX, sino para los de muchas otras lenguas. Cuando en 1968
Fernando Huarte Morton elaboró una primera bibliografía de sus ediciones y
traducciones fueron cincuenta y siete las referencias registradas. Veinticuatro años
después, su «recuento del cincuentenario (1942-1992)» aportaba ya doscientas
papeletas, de entre las cuales ochenta y cinco pertenecían a versiones a lenguas
muy diversas, entre ellas el chino, el hindi, el romanó, el serbocroata, el turco, el
hebreo, el japonés, el euskera, el esperanto, el gallego, el lituano o el latín, que
hacen de ella la novela española más traducida, junto a El Quijote. Se confirma así,
con la terquedad de los datos bibliográficos, una evidencia: que la novela de aquel
joven poeta prácticamente inédito que era Camilo José Cela en 1942 ya ha sentado
sus reales en ese territorio privilegiado de la literatura, en el único ámbito que, como
quería el Premio Nobel T. S. Eliot, vence las limitaciones humanas del espacio y el
tiempo.
La familia de Pascual Duarte significó, pues, el do de pecho precoz de un escritor
que probablemente había cambiado el rumbo de su creación a consecuencia de la
guerra civil, y que desde entonces situaría en el meollo de toda su literatura el
desgarrado carpetovetonismo de su obra primera. En el fondo se trata de una
búsqueda de la autenticidad. Cela, que alguna vez ha prometido desarrollar la tesis
de que un hombre sano no tiene ideas, para hallar lo esencial de las personas y
ponerlo en el centro de su literatura, prescinde de todos los perifollos y disfraces
culturales o sociales que pueden ocultarlo, y al término de su poda se encuentra con
lo escatológico, lo ruin, lo elemental, pero también con el sorprendente e inagotable
filón de los valores descarnadamente humanos.
En el origen de esta actitud, que en su pluma adquiere desde La familia de Pascual
Duarte matices estéticos singulares e irrepetibles, está el perspectivismo de Ortega,
que el mozo Camilo José, tísico convaleciente, leyó desde el alfa hasta el omega. El
filósofo había escrito en las páginas preliminares de El Espectador algo que nuestro
Nobel siempre ha tenido en cuenta: «Situado en el Escorial, claro que toma para mí
el mundo un semblante carpetovetónico». Mas Cela no es un pensador, sino antes
que otra cosa, y desde su primera juventud, todo un artista de la palabra. Así, aquel
desvelamiento de la esencia humana coincide, por su afán de ignorar lo superfluo,
con la búsqueda de la pureza del instrumento verbal que él siempre intenta, e
invariablemente consigue desde, precisamente, La familia de Pascual Duarte, la
historia de un criminal inocente contada por él mismo con las palabras justas, las
más verosímiles y convincentes, las más emocionadoras también. Por eso se ha
dicho de Cela que es un lírico disfrazado de humorista. Para el poeta los temas
posibles son pocos, continuamente reiterados. Y cuando a Cela se le preguntó sobre
la fórmula del humorista respondió así: «Escepticismo, siempre. Y crueldad y
caridad a teclas alternas». Fórmula que está en este párrafo de la dedicatoria a su
libro Tobogán de hambrientos: .Bienaventurados los Juan Lanas, los cabestros, los
que lloran como Magdalenas, los incomprendidos, los miserables, los tontos del
pueblo, los cagones, los presos: en el Evangelio de San Mateo se les consuela a
todos». Pascual Duarte, Pascualillo como le llamó su última víctima, el Conde de
Torremejía, en el trance de su asesinato, fue el primero de estos bienaventurados, y
sin duda seguirá siendo el más famoso de todos ellos.
Dedico esta edición a mis enemigos,
que tanto me han ayudado en mi carrera
Nota del transcriptor
Me parece que ha llegado la ocasión de dar a la imprenta las memorias de
Pascual Duarte. Haberlas dado antes hubiera sido quizás un poco precipitado; no
quise acelerarme en su preparación, porque todas las cosas quieren su tiempo,
incluso la corrección de la errada ortografía de un manuscrito, y porque a nada
bueno ha de concluir una labor trazada, como quien dice, a uña de caballo.
Haberlas dado después, no hubiera tenido, para mí, ninguna justificación; las cosas
deben ser mostradas una vez acabadas.
Encontradas, las páginas que a continuación transcribo, por mí y a mediados del
año 39, en una farmacia de Almendralejo -donde Dios sabe qué ignoradas manos
las depositaron- me he ido entreteniendo, desde entonces acá, en irlas traduciendo
y ordenando, ya que el manuscrito -en parte debido a la mala letra y en parte
también a que las cuartillas me las encontré sin numerar y no muy ordenadas-, era
punto menos que ilegible.
Quiero dejar bien patente desde el primer momento, que en la obra que hoy
presento al curioso lector no me pertenece sino la transcripción; no he corregido ni
añadido ni una tilde, porque he querido respetar el relato hasta en su estilo. He
preferido, en algunos pasajes demasiado crudos de la obra, usar de la tijera y
cortar por lo sano; el procedimiento priva, evidentemente, al lector de conocer
algunos pequeños detalles -que nada pierde con ignorar-; pero presenta, en cambio,
la ventaja de evitar el que recaiga la vista en intimidades incluso repugnantes,
sobre las que -repito- me pareció más conveniente la poda que el pulido.
El personaje, a mi modo de ver, y quizá por lo único que lo saco a la luz, es un
modelo de conductas; un modelo no para imitarlo, sino para huirlo; un modelo ante
el cual toda actitud de duda sobra; un modelo ante el que no cabe sino decir:
-¿Ves lo que hace? Pues hace lo contrario de lo que debiera.
Pero dejemos que hable Pascual Duarte, que es quien tiene cosas interesantes que
contarnos.
Carta anunciando el envío del original
Señor don Joaquín Barrera López.
Mérida.
Muy señor mío:
Usted me dispensará de que le envíe este largo relato en compañía de esta carta,
también larga para lo que es, pero como resulta que de los amigos de don Jesús
González de la Riva (que Dios haya perdonado, como a buen seguro él me perdonó a
mí) es usted el único del que guardo memoria de las señas, a usted quiero dirigirlo por
librarme de su compañía, que me quema sólo de pensar que haya podido escribirlo, y
para evitar el que lo tire en un momento de tristeza, de los que Dios quiere darme
muchos por estas fechas, y prive de esa manera a algunos de aprender lo que yo no
he sabido hasta que ha sido ya demasiado tarde.
Voy a explicarme un poco. Como desgraciadamente no se me oculta que mi
recuerdo más ha de tener de maldito que de cosa alguna, y como quiero descargar, en
lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia, es
por lo que me he inclinado a relatar algo de lo que me acuerdo de mi vida. Nunca fue
la memoria mi punto fuerte, y sé que es muy probable que me haya olvidado de
muchas cosas incluso interesantes, pero a pesar de ello me he metido a contar aquella
parte que no quiso borrárseme de la cabeza y que la mano no se resistió a trazar sobre
el papel, porque otra parte hubo que al intentar contarla sentía tan grandes arcadas en
el alma que preferí callármela y ahora olvidarla. Al empezar a escribir esta especie de
memorias me daba buena cuenta de que algo habría en mi vida -mi muerte, que Dios
quiera abreviar- que en modo alguno podría yo contar; mucho me dio que cavilar este
asuntillo y, por la poca vida que me queda, podría jurarle que en más de una ocasión
pensé desfallecer cuando la inteligencia no me esclarecía dónde debía poner punto
final. Pensé que lo mejor sería empezar y dejar el desenlace para cuando Dios quisiera
dejarme de la mano, y así lo hice; hoy, que parece que ya estoy aburrido de todos los
cientos de hojas que llené con mi palabrería, suspendo definitivamente el seguir
escribiendo para dejar a su imaginación la reconstrucción de lo que me quede todavía
de vida, reconstrucción que no ha de serle difícil, porque, a más de ser poco
seguramente, entre estas cuatro paredes no creo que grandes nuevas cosas me hayan
de suceder.
Me atosigaba, al empezar a redactar lo que le envío, la idea de que por aquellas
fechas ya alguien sabía si había de llegar al fin de mi relato, o dónde habría de cortar
si el tiempo que he gastado hubiera ido mal medido y esa seguridad de que mis actos
habían de ser, a la fuerza, trazados sobre surcos ya previstos, era algo que me sacaba
de quicio. Hoy, más cerca ya de la otra vida, estoy más resignado. Que Dios se haya
dignado darme su perdón.
Noto cierto descanso después de haber relatado todo lo que pasé, y hay momentos
en que hasta la conciencia quiere remorderme menos.
Confío en que usted sabrá entender lo que mejor no le digo, porque mejor no
sabría. Pesaroso estoy ahora de haber equivocado mi camino, pero ya ni pido perdón
en esta vida. ¿Para qué? Tal vez sea mejor que hagan conmigo lo que está dispuesto,
porque es más que probable que si no lo hicieran volviera a las andadas. No quiero
pedir el indulto, porque es demasiado lo malo que la vida me enseñó y mucha mi
flaqueza para resistir al instinto. Hágase lo que está escrito en el libro de los Cielos.
Reciba, señor don Joaquín, con este paquete de papel escrito, mi disculpa por
haberme dirigido a usted, y acoja este ruego de perdón que le envía, como si fuera el
mismo don Jesús, su humilde servidor.
Pascual Duarte
Cárcel de Badajoz, 15 de febrero de 1937.
La familia de Pascual Duarte
Camilo José Cela (1916), uno de los escritores españoles
fundamentales del siglo XX, es autor de una extensa obra literaria,
que va del cuento, la poesía y los libros de viajes al ensayo, las
memorias, los artículos periodísticos, el cuento y la novela. Miembro
de la Real Academia Española de la Lengua, recibió en 1989 el
Premio Nobel de Literatura. Entre sus novelas destacan La familia
de Pascual Duarte, La colmena (publicada por El Mundo en la
colección Millenium I), Mazurca para dos muertos y Viaje a La Alcarria.
La familia de Pascual Duarte, publicada en 1942 e inscrita en el
llamado «tremendismo» literario, es la primera novela de Cela y la que inicia su
reconocimiento por parte de la crítica y el público. El novelista ofrece en estas
páginas la transcripción de las memorias de Pascual Duarte, un asesino que
espera la ejecución en la cárcel de Badajoz, avisando de que es « un modelo de
conductas», pero « un modelo para huirlo».
El famoso comienzo de estas memorias -«Yo, señor, no soy malo, aunque no
me faltarían motivos para serlo»- señala ya la congoja de un hombre que puede
ser tomado como una hiena o como un manso cordero, «acorralado y asustado
por la vida». Sucesivas desgracias van rompiendo el equilibrio de Pascual: la
muerte del padre por rabia, la del hermano tonto al ahogarse en una tinaja de
aceite, la del segundo hijo por un «mal aire traidor». Entonces, una extraña sed de
sangre le impulsa en los momentos más desafortunados a matar a quien le hace daño, ya sea animal o
persona. Una y otra vez parece que el destino le fuerza a actuar bárbaramente, olvidando con su terrible
fatalismo que había nacido para «rosa en un estercolero».
Esperando la muerte, junto con el frío ejercicio de la memoria que registra crímenes, injurias y huidas, le
invade a Pascual Duarte un rudo arrepentimiento, más intuitivo que racional, que no deja de ser sincero a
pesar de su ambigüedad. Terrible en su tremendismo, exacta en desvelar un alma desgraciada, la novela se
abre paso entre la sombría dureza de la vida, lacónica, impactante.
Prólogo
El famoso manuscrito autógrafo de La familia de Pascual Duarte fije fechado por
su autor el siete de enero de 1942, y en otro texto aparecido en la revista Bibliofilia
en marzo de 1951, «Andanzas europeas y americanas de Pascual Duarte y su
familia», Camilo José Cela nos proporciona un nuevo dato de primera mano:
«Pascual Duarte nació, para mí que soy su padre, el 28 de diciembre de 1942, día
de los Santos Inocentes, en un garaje que hay en la calle de Alenza, número 20, ya
casi al final y que se llama Continental-Auto. Esto de Continental-Auto es una línea
de autobuses que hace el servicio de Madrid a Burgos y de Burgos a Madrid,
llevando y trayendo viajeros, equipajes y paquetes». En la ciudad castellana
imprimía, efectivamente, la Editorial Aldecoa, la única que se animó a la empresa
después de varios intentos fallidos por parte del joven novelista ante otros editores,
los cuales perdieron así la ocasión de publicar la novela inaugural de la literatura
española posterior a la guerra civil.
Celebraremos pronto, pues, los primeros sesenta años de vida en la estampa de
esta novela que adquirió desde el mismo instante de su edición príncipe el rango de
hito histórico-literario alcanzable por contados textos narrativos, poéticos o teatrales.
Ciertamente, al margen de sus valores intrínsecos, de prosa y estructura, que son
muchos, se trata de una obra excepcional por lo que significa en la trayectoria de su
autor y en la literatura española escindida por la profunda trinchera de la guerra
civil y los exilios exteriores o interiores, los agostamientos, las sobrevaloraciones
oportunistas y los desconciertos posteriores.
Para Camilo José Cela representó entonces el paso de la poesía a la narrativa, y
su primer libro editado. El escritor, nacido en Iria-Flavia en 1916, había comenzado
a velar sus armas literarias en el Madrid de la inmediata preguerra como poeta
atento a las incitaciones surrealistas, que con tanta garra y originalidad había
vertido en Pisando la dudosa luz del día, un poemario inédito hasta 1945.
Cela se estrena, pues, cambiando de género, y con La familia de Pascual Duarte
obtiene el éxito de quien llega y besa el santo, avalado por la opinión de tan ilustre
patriarca de la novelística española como era Pío Baroja, quien, por cierto, no había
accedido a apadrinar la obra, desconcertado por su poética y revulsiva violencia:
«No, mire, si usted quiere que lo lleven a la cárcel vaya solo, que para eso es joven.
Yo no le prologo el libro».
En cuanto al papel de La familia de Pascual Duarte en el curso de la narrativa
española contemporánea, la opinión de los historiadores de la literatura es
coincidente. Marca la superación efectiva del hiato originado por la guerra, de cuyas
causas y consecuencias inmediatas -el enrarecido clima de convivencia incivil- se
convierte, por cierto, en pertinente metáfora, pero aporta también el enraizamiento
del débil tronco del realismo español posterior a Baraja -uno de los maestros
escogidos por Cela, junto a Quevedo y Valle-Inclán- en el inagotable hontanar de la
picaresca del siglo de oro, época literaria en cuyo conocimiento el autor había
profundizado durante su etapa formativa.
La familia de Pascual Duarte inaugura de hecho una vigorosa forma de realismo
existencial, más vitalista que filosófico, estéticamente matizado por un
expresionismo muy hispánico, que, además de ofrecer un cabal contrapunto a
L’Etranger de Albert Camus, impresa en el mismo año 1942, encuentra enseguida
eco y apoyo en otras de nuestras plumas más jóvenes.
Pero no menos admirable es que La familia de Pascual Duarte se resistiese a
verse convertida en mero monumento inerte, que ostenta desdeñoso su esencia
intemporal fosilizada (por así decirlo), y siga viva no solo para los lectores
españoles, que acaban de elegirla entre las diez mejores escritas en castellano
durante el siglo XX, sino para los de muchas otras lenguas. Cuando en 1968
Fernando Huarte Morton elaboró una primera bibliografía de sus ediciones y
traducciones fueron cincuenta y siete las referencias registradas. Veinticuatro años
después, su «recuento del cincuentenario (1942-1992)» aportaba ya doscientas
papeletas, de entre las cuales ochenta y cinco pertenecían a versiones a lenguas
muy diversas, entre ellas el chino, el hindi, el romanó, el serbocroata, el turco, el
hebreo, el japonés, el euskera, el esperanto, el gallego, el lituano o el latín, que
hacen de ella la novela española más traducida, junto a El Quijote. Se confirma así,
con la terquedad de los datos bibliográficos, una evidencia: que la novela de aquel
joven poeta prácticamente inédito que era Camilo José Cela en 1942 ya ha sentado
sus reales en ese territorio privilegiado de la literatura, en el único ámbito que, como
quería el Premio Nobel T. S. Eliot, vence las limitaciones humanas del espacio y el
tiempo.
La familia de Pascual Duarte significó, pues, el do de pecho precoz de un escritor
que probablemente había cambiado el rumbo de su creación a consecuencia de la
guerra civil, y que desde entonces situaría en el meollo de toda su literatura el
desgarrado carpetovetonismo de su obra primera. En el fondo se trata de una
búsqueda de la autenticidad. Cela, que alguna vez ha prometido desarrollar la tesis
de que un hombre sano no tiene ideas, para hallar lo esencial de las personas y
ponerlo en el centro de su literatura, prescinde de todos los perifollos y disfraces
culturales o sociales que pueden ocultarlo, y al término de su poda se encuentra con
lo escatológico, lo ruin, lo elemental, pero también con el sorprendente e inagotable
filón de los valores descarnadamente humanos.
En el origen de esta actitud, que en su pluma adquiere desde La familia de Pascual
Duarte matices estéticos singulares e irrepetibles, está el perspectivismo de Ortega,
que el mozo Camilo José, tísico convaleciente, leyó desde el alfa hasta el omega. El
filósofo había escrito en las páginas preliminares de El Espectador algo que nuestro
Nobel siempre ha tenido en cuenta: «Situado en el Escorial, claro que toma para mí
el mundo un semblante carpetovetónico». Mas Cela no es un pensador, sino antes
que otra cosa, y desde su primera juventud, todo un artista de la palabra. Así, aquel
desvelamiento de la esencia humana coincide, por su afán de ignorar lo superfluo,
con la búsqueda de la pureza del instrumento verbal que él siempre intenta, e
invariablemente consigue desde, precisamente, La familia de Pascual Duarte, la
historia de un criminal inocente contada por él mismo con las palabras justas, las
más verosímiles y convincentes, las más emocionadoras también. Por eso se ha
dicho de Cela que es un lírico disfrazado de humorista. Para el poeta los temas
posibles son pocos, continuamente reiterados. Y cuando a Cela se le preguntó sobre
la fórmula del humorista respondió así: «Escepticismo, siempre. Y crueldad y
caridad a teclas alternas». Fórmula que está en este párrafo de la dedicatoria a su
libro Tobogán de hambrientos: .Bienaventurados los Juan Lanas, los cabestros, los
que lloran como Magdalenas, los incomprendidos, los miserables, los tontos del
pueblo, los cagones, los presos: en el Evangelio de San Mateo se les consuela a
todos». Pascual Duarte, Pascualillo como le llamó su última víctima, el Conde de
Torremejía, en el trance de su asesinato, fue el primero de estos bienaventurados, y
sin duda seguirá siendo el más famoso de todos ellos.
Dedico esta edición a mis enemigos,
que tanto me han ayudado en mi carrera
Nota del transcriptor
Me parece que ha llegado la ocasión de dar a la imprenta las memorias de
Pascual Duarte. Haberlas dado antes hubiera sido quizás un poco precipitado; no
quise acelerarme en su preparación, porque todas las cosas quieren su tiempo,
incluso la corrección de la errada ortografía de un manuscrito, y porque a nada
bueno ha de concluir una labor trazada, como quien dice, a uña de caballo.
Haberlas dado después, no hubiera tenido, para mí, ninguna justificación; las cosas
deben ser mostradas una vez acabadas.
Encontradas, las páginas que a continuación transcribo, por mí y a mediados del
año 39, en una farmacia de Almendralejo -donde Dios sabe qué ignoradas manos
las depositaron- me he ido entreteniendo, desde entonces acá, en irlas traduciendo
y ordenando, ya que el manuscrito -en parte debido a la mala letra y en parte
también a que las cuartillas me las encontré sin numerar y no muy ordenadas-, era
punto menos que ilegible.
Quiero dejar bien patente desde el primer momento, que en la obra que hoy
presento al curioso lector no me pertenece sino la transcripción; no he corregido ni
añadido ni una tilde, porque he querido respetar el relato hasta en su estilo. He
preferido, en algunos pasajes demasiado crudos de la obra, usar de la tijera y
cortar por lo sano; el procedimiento priva, evidentemente, al lector de conocer
algunos pequeños detalles -que nada pierde con ignorar-; pero presenta, en cambio,
la ventaja de evitar el que recaiga la vista en intimidades incluso repugnantes,
sobre las que -repito- me pareció más conveniente la poda que el pulido.
El personaje, a mi modo de ver, y quizá por lo único que lo saco a la luz, es un
modelo de conductas; un modelo no para imitarlo, sino para huirlo; un modelo ante
el cual toda actitud de duda sobra; un modelo ante el que no cabe sino decir:
-¿Ves lo que hace? Pues hace lo contrario de lo que debiera.
Pero dejemos que hable Pascual Duarte, que es quien tiene cosas interesantes que
contarnos.
Carta anunciando el envío del original
Señor don Joaquín Barrera López.
Mérida.
Muy señor mío:
Usted me dispensará de que le envíe este largo relato en compañía de esta carta,
también larga para lo que es, pero como resulta que de los amigos de don Jesús
González de la Riva (que Dios haya perdonado, como a buen seguro él me perdonó a
mí) es usted el único del que guardo memoria de las señas, a usted quiero dirigirlo por
librarme de su compañía, que me quema sólo de pensar que haya podido escribirlo, y
para evitar el que lo tire en un momento de tristeza, de los que Dios quiere darme
muchos por estas fechas, y prive de esa manera a algunos de aprender lo que yo no
he sabido hasta que ha sido ya demasiado tarde.
Voy a explicarme un poco. Como desgraciadamente no se me oculta que mi
recuerdo más ha de tener de maldito que de cosa alguna, y como quiero descargar, en
lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia, es
por lo que me he inclinado a relatar algo de lo que me acuerdo de mi vida. Nunca fue
la memoria mi punto fuerte, y sé que es muy probable que me haya olvidado de
muchas cosas incluso interesantes, pero a pesar de ello me he metido a contar aquella
parte que no quiso borrárseme de la cabeza y que la mano no se resistió a trazar sobre
el papel, porque otra parte hubo que al intentar contarla sentía tan grandes arcadas en
el alma que preferí callármela y ahora olvidarla. Al empezar a escribir esta especie de
memorias me daba buena cuenta de que algo habría en mi vida -mi muerte, que Dios
quiera abreviar- que en modo alguno podría yo contar; mucho me dio que cavilar este
asuntillo y, por la poca vida que me queda, podría jurarle que en más de una ocasión
pensé desfallecer cuando la inteligencia no me esclarecía dónde debía poner punto
final. Pensé que lo mejor sería empezar y dejar el desenlace para cuando Dios quisiera
dejarme de la mano, y así lo hice; hoy, que parece que ya estoy aburrido de todos los
cientos de hojas que llené con mi palabrería, suspendo definitivamente el seguir
escribiendo para dejar a su imaginación la reconstrucción de lo que me quede todavía
de vida, reconstrucción que no ha de serle difícil, porque, a más de ser poco
seguramente, entre estas cuatro paredes no creo que grandes nuevas cosas me hayan
de suceder.
Me atosigaba, al empezar a redactar lo que le envío, la idea de que por aquellas
fechas ya alguien sabía si había de llegar al fin de mi relato, o dónde habría de cortar
si el tiempo que he gastado hubiera ido mal medido y esa seguridad de que mis actos
habían de ser, a la fuerza, trazados sobre surcos ya previstos, era algo que me sacaba
de quicio. Hoy, más cerca ya de la otra vida, estoy más resignado. Que Dios se haya
dignado darme su perdón.
Noto cierto descanso después de haber relatado todo lo que pasé, y hay momentos
en que hasta la conciencia quiere remorderme menos.
Confío en que usted sabrá entender lo que mejor no le digo, porque mejor no
sabría. Pesaroso estoy ahora de haber equivocado mi camino, pero ya ni pido perdón
en esta vida. ¿Para qué? Tal vez sea mejor que hagan conmigo lo que está dispuesto,
porque es más que probable que si no lo hicieran volviera a las andadas. No quiero
pedir el indulto, porque es demasiado lo malo que la vida me enseñó y mucha mi
flaqueza para resistir al instinto. Hágase lo que está escrito en el libro de los Cielos.
Reciba, señor don Joaquín, con este paquete de papel escrito, mi disculpa por
haberme dirigido a usted, y acoja este ruego de perdón que le envía, como si fuera el
mismo don Jesús, su humilde servidor.
Pascual Duarte
Cárcel de Badajoz, 15 de febrero de 1937.
DOS PROPUESTAS DE PRUEBA PARA 6°AÑO
Alumnos: tal como se ha planteado para la realización de la segunda prueba parcial se exponen las dos modalidades. En el transcurso de la semana en clase cada alumno deberá optar por una de las modalidades e ir trabajando de acuerdo a ella junto con la docente.
TEMARIO
PRUEBA PARCIAL LITERATURA 6° CIENCIAS BIOLÓGICAS 1 Y 2 Y CIENCIAS
AGRARIAS.
Curso
2015.
Prof.
Giovanna Piceda
PROPUESTA
DE PRUEBA 1
Franz
Kafka: La metamorfosis.
Ubicación del autor en
el panorama de la novela del siglo XX. Concepto de nouvelle.
Estructura de la novela. Antecedentes literarios del tema de la
transformaión. La transformación del personaje y el concepto de
verosimitud.
Los temas de la novela:
incomunicación, soledad, fracaso, alienación propios del siglo XX a
través de la novela. Para la realización de este tema se deben
seleccionar diferentes fragmentos de la novela.
El personaje de Gregorio
a través del monólogo inicial.
Caraterización de los
personajes que rodean a Gregorio (apoderado, padres, hermana)
Elementos simbólicos:
marco, botas, puerta, bastón.
Caracterización de la
figura del padre en elo transcurso de la novela ( momento del
retroceso por parte deel padre hacia Gregorio, la transformación del
padre.
Relación
del personaj con fragmentos seleccionados de Carta
al padre. El
alumno debe selecionar con anterioridad los fragmentos para trabajar
relacionados a la figura del padre del autor. Caracterización de
Carta al padre
como
texto autobiográfico. Historia de la carta como documento privado
del autor.
Estudio
del cuento Bartleby, el escribiente.
Henry Melville
Ubicación del autor en
el realismo del siglo XIX: Concepto de realismo como movimiento pos
romántico.
Recursos narrativos
utilizados por el autor para brindar verosimilitud al relato.
Fragmento inicial del relato. Presentación por parte del narrador.
Estudio del personaje de
Bartleby comparado con el personaje de Gregorio Samsa. El tema
deberá ser aborado con ambos textos y selección de fragmentos.La
supuesta influencia de Melville sobre Kafka.
Teatro
del siglo XIX Henryk Ibsen Casa de muñecas
Ubicación del autor en
el panorama del teatro del siglo XX: Carateríicas del teatro de
Ibsen. Concepto de drama (según la definición dada por García
Berrio)
Estudio del personaje de
Nora en dos fragmentos de la obra:
Acto I: presentación de
Nora y Torvaldo. Diálogo con Cristina: confesión pública de Nora.
Acto III:diálogo final
entre Nora y Torvaldo.
Teatro
del siglo XX:Eugene O Neill.Antes del desayuno
Características del
teatro de Oneill. Aproximación a la obra estudiada. Recursos
teatrales.
Estudio del personaje de
Ms Rowland a través de su soliloquio en la obra. Los temas que
emergen del mismo: amor – odio, fracaso, incomunicación. Relación
con el personaje de Nora.
Lectura ejempliicativa de
la escena IV de La cantante calva de Eugene Ionesco.
El tema de la
incomunicación a través de la escena propuesta.
Temas recurrentes en las
obras estudiadas.
Concepto de teatro del
absurdo. Técnicas teatrales propias del teatro del absurdo.
Las vanguardias
europeas e hispanoramericanas.
Panorama informativo
sobre los principales movimientos de vanguardia europea (futurismo,
ultraísmo, surrealismo, dadaísmo, )Las vanguardias
hispanoamericanas.
Las vanguardias en Perú
a través de la figura de César Vallejo. Impacto de las vangardias
en los paises hispanomaericanos.
Introducción
a “Los heraldos negros” año
de publicación, título, sub título, poema inicial y secciones.
Análisis
del poema inicial Los heraldos negros
y del poema El pan nuestro.
La
transición al vanguardismo a través del libro Trilce.
Análisis del poema 28
La narrativa
latinoamericana del siglo XX
Panorama informativo
sobre la narrativa latinoamericana del siglo XX. El paso del
regionalismo a la nueva narrativa. El boom latinoamericano. Breve
aproximación a los concptos de realismo magico y lo real maravilloso
( lectura el prólogo a la novela El reino de este mundo de Alejo
Carpentier del ensayo del mismo autor del libro Tientos y
diferencias)
Juan
Rulfo. El llano en temas.
Aproximación a El
llano en llamas. Personajes y
temas
Analisis
de los cuentos: Diles que no me maten y No oyes ladrar los
perros.
La relación padre hijo
en ambos cuentos. El tema del desamor. La ausencia de personajes
femeninos en la obra del autor. Técnicas utilizadas por el autor.
El
silencio de Rulfo a partir de la fábula El zorro sabio
de Augusto Monterroso.
Lectura ilustrativa de
fragmento de la obra Bartleby y compañia del escritor español
Enrique Vilas Matas en el cual alude a los silencios de Rulfo. (p
16-19)
La propuesta puede
resultar ajustada de acuerdo a los temas que aún falta dictar el
curso pero sin variar autores y textos.
PROPUESTA
DE PRUEBA 2
En esta segunda modalidad
el alumno deberá realzar un trabajo de búsqueda y selección de un
autor latinoamericano que se detallan a continuación.
El alumno debe trabajar
conjuntamente con el docente presentando por escrito el autor
elegido, la obra seleccionada y luego entre ambos se realiza el
abordaje al tema a realizar. El trabajo es personal y debe escribirse
un compendio del mismo para ser expuesto clase en un tiempo no mayor
a 10 minutos.
El trabajo escrita deb
ser de abordaje personal y presentar fuentes bibliográficas
utilizadas.
Para esta modalidad se
presentan los autores comprendidos en la ultima unidad de narrativa
latinoamericana.
Autores seleccionados:
Juan Rulfo.
Jorge Luis Borges.
Gabriel García Márquez.
Julio Cortázar.
Juan Carlos Onetti.
Mario Beneetti.
Alejo Carpentier.
José Donoso
José Guimaraens Rosa.
Mario Vargas Llosa.
Roberto Arlt.
Adolfo Bioy Casares.
Ernesto Sábato.
Felisberto Hernández.
Mario Levrero.
Hugo Burel
Mario Delgado Aparaín.
Juan José Saer
Rodolfo Walsh
Rodolfo Fogwill.
Cesar Aira.
Alan Pauls.
En todos los casos se
trata de autores que incursionan en los género cuento y novela.
27 de septiembre de 2015
CONSIGNA DE TRABAJO PARA 4° SOBRE LAZARILLO DE TORMES
Alumnos de 4° año. tal como hemos hablado en clase, la tarea grupal sobre la novela "Lazarillo de Tormes de sus fortunas y adversidades" (anónimo) queda fijada para los siguientes días: (no se realizarán cambios)
4°6: jueves 1 de octubre
4°5: viernes 2 de octubre
4°7: viernes 2 de octubre
Cada grupo realizará una exposición con intervención de todos sus integrantes, la misma debe estar acompañada de una presentación de power point que contenga información que se desee jerarquizar, citar textuales importantes y algunas ilustraciones pertinentes, debe ilustrar la exposición únicamente. Se debe presentar por escrito cada trabajo grupal expuesto con el nombre de los integrantes.
A continuación se realiza un punteo de aquellos conceptos y aspectos analíticos que debe contener la exposición:
Ubicación de la novela en el siglo XVI español (fecha de publicación)
Concepto y características de la novela picaresca.
Concepto de pícaro.
Identificación de autor - narrador - personaje.
Identificación del personaje a quien se dirige la novela.(narratario)
¿Por qué motivo la novela es anónima?
Estructura en tratados de la novela (¿qué es un tratado?)
Narración en 1° persona propia de la novela picaresca)
Lectura del prólogo señalando el motivo por el cual el personaje escribe su vida
En cada tratado se debe analizar:
Reconocimiento del amo y explicación de su condición social (ciego, clérigo, escudero, buldero, capellán, alguacil, arcipreste)
Situación de Lázaro al comienzo de cada tratado y motivo por el cual se encuentra con el amo correspondiente.
Peripecias ocurridas a Lázaro con cada amo.
Final de cada tratado. Lázaro abandona o Lázaro es abandonado.
Lenguaje utilizado por Lázaro.Recursos literarios reconocidos. Formas de aludir al destinatario de su libro.
Es fundametal realizar la exposición trabajando con el texto y seleccionado citas textuales que el grupo considere pertinentes para analizar.
La exposición se realizará en el orden de los tratados que posee la novela.
El trabajo fijado con suma anterioiridad se toma como calificación de prueba escrita, Luego del mismo se realizará un deber de producción y elaboración escrita sobre el segundo eje temático relacionado al tema del tiempo y a todos los textos trabajados en el mismo.
Cualquier duda mi hora de apoyo además de las clases correspondientes es el martes 17:30 hrs a 19:00
Giovanna
7 de septiembre de 2015
Compartiendo algunos trabajo de alumnos.... Poducción de Santiago Cerruti. CB1
ROMANTICISMO
El Romanticismo es
un movimiento cultural originado en Alemania y en el Reino Unido a
finales del siglo XVIII y que se extiende y abarca durante casi siglo
y medio toda Europa. Surge como una reacción revolucionaria contra
el racionalismo de la Ilustración y el neoclasicismo, confiriendo
prioridad a los sentimientos. Sus bases teóricas están dadas por el
poeta francés Victor Hugo, en el prefacio de su obra Cromwell.
El artista romántico
se consideraba ajeno a aquella época cambiante y cruel, ajeno al
gusto burgués que comenzaba a imponerse en la sociedad, ajeno a un
mundo para él absurdo que estimulaba su soledad, su melancolía, su
pesimismo y su angustia metafísica.
Estos sentimientos
configuran en el escritor romántico una serie de características.
El romántico imponía derecho a su yo, a su personalidad, desde
donde ve todas las cosas. Al proyectarse fuera de sí mismo, el
romántico encuentra su escenario más adecuado en la naturaleza que,
a través de los siglos, sigue siendo igual a sí misma, en
contraposición de las ciudades. En las obras de escritores
románticos, es notable como la naturaleza deja de tener valor
objetivo para depender de sus estados de ánimos, es en esta época
donde mejor se puede hablar del “paralelismo psicocósmico”
(paralelismo entre el yo y el universo).
Teniendo en cuenta
los sentimientos que experimenta el romántico, es fácil deducir que
el romántico no ama el tiempo que le tocó vivir. La consecuencia
significa una evasión tanto temporal como espacial de la realidad;
evasión hacia lugares lejanos, apartados y exóticos o hacia épocas
pasadas, como la Edad Media, dejada de lado por el racionalismo
ilustracionista.
Es solo a través de
la generación romántica que el poeta está totalmente solo frente a
una sociedad que lo rechaza. Solo con el Romanticismo la soledad y
falta de recursos del escritor se hacen reales y no solamente
literarios. Porque desde el siglo XIX ya no existirán los artistas
cortesanos ni los protegidos por un grupo de poderosos o influyentes.
Ahora el artista se forma aparte y hasta en oposición al gusto de la
época.
Charles Baudelaire
fue un poeta y traductor francés. Nació en París en 1821 y murió
allí mismo en el 1867, a los 46 años de edad. La aparición tardía
dentro del Romanticismo de su libro “Las flores del mal” hace
imposible concebir a la figura del poeta dentro del Romanticismo
propiamente dicho. De acuerdo a su ubicación temporal, podríamos
clasificar a Baudelaire como poeta post-romántico; se ha dicho de él
que es el último de los poetas románticos y el primero de los
modernos.
Publicada
en 1857, la primera edición de “Las flores del mal” era muy
distinta de la que se conoce actualmente, algunos poemas fueron
agregados y otros censurados, lo que en consecuencia hizo que la
continuidad presente en la disposición original de los poemas no
resultase ser tan evidente en ediciones posteriores. Baudelaire, tras
la censura de algunos de sus poemas argumentó que su obra debía ser
juzgada en su totalidad, no siguiendo un orden cronológico, sino un
orden de finalidades, como el lo propuso en su primera edición.
Desea que reconozcan que su obra no consiste en un simple álbum,
sino que el libro tiene principio y fin.
La
obra tal como se conoce actualmente, presenta una dedicatoria al
poeta Theòphile Gauthier al principio, seguida de un poema
introductorio “Al lector”. “Epígrafe para un libro condenado”
es el poema que da cierre al libro, entre éste
y “Al lector” aparecen seis secciones: “Spleen e Ideal”;
“Cuadros parisinos”; “El vino”; “Las flores del mal”;
“Revolución” y “La muerte”. La segunda sección fue agregada
en la segunda edición del libro; no figuraba en la primera de 1857.
Baudelaire
defiende que en el Hombre actúa un doble impulso, uno ascendente
hacia el ideal, la pureza, y otro descendente, destructor, hacia el
mal. Dice que se siente dividido entre el deseo de elevarse y la
alegría de descender, el gusto por la destrucción. Se
ve simultáneamente atraído y rechazado por esos extremos, y
encontrándose atrapado en tal situación, se inmoviliza y
experimenta un horror estático, sentimiento que describe el término
“spleen” utilizado por el autor en “Las flores del mal”. El
spleen pues, es el tedio como vacío espiritual, hastío de vida,
pero que incluye el asco de sí mismo y se puede describir como una
inmóvil e impotente desesperación. Para huir de esa situación
insoportable, Baudelaire en su vida intenta hundirse en el placer, ya
sea mediante la embriaguez debida al vino o al hachís (producto del
cannabis), intenta extraviarse en estos llamados por él “Paraísos
artificiales”, que adormecen los sentidos y provocan un olvido. Sin
embargo descubre esto no alcanza porque el dolor es más profundo y
el placer resulta pasajero y, en consecuencia, el spleen atrapa
nuevamente.
La naturaleza no constituye tema de su escritura, es más, cuando en
alguna ocasión alude a ella no es objeto de veneración. En una
carta escrita al editor Fernand Desnoyers, que había pedido a
distintos autores poemas sobre la naturaleza, Baudelaire afirma: “Me
es imposible escribir versos en elogio de la naturaleza”, y
en su lugar, le entrega el poema “El Crepúsculo de la tarde” el
cual actualmente encontramos contenido en la sección “Cuadros
Parisinos”.
El
poeta
opta por trasladar su escenario de la naturaleza a la ciudad. Dice
Walter Benjamín, crítico literario alemán nacido en 1892:
“Baudelaire
va a hacer botánica al asfalto”. Este
traslado de escenario surge de la posición del Hombre en medio de la
nueva civilización, de su sentimiento cada vez más profundo de
soledad, de la creciente deshumanización de ese nuevo mundo con toda
la artificialidad, de sus ciudades, su alejamiento de la naturaleza,
trastocados por la luz artificial, la vida nocturna. Pero, al mismo
tiempo, la ciudad, ejerce una atracción misteriosa que fascina al
Hombre. Baudelaire explica que la “modernidad” es la facultad de
ver en la gran ciudad, no solo la decadencia del Hombre sino también
una belleza misteriosa que resulta atractiva. Para el poeta surge
entonces la posibilidad de convertir en obra de arte la causa de su
angustia. Por otra parte, y en contribución, la poesía tiene para
Baudelaire el privilegio de convertir lo feo, al expresarlo
artísticamente, en belleza.
En
su poema “El Crepúsculo de la tarde” Se presenta la figura del
poeta bajo el hábito de “flâneur”, el paseante aparentemente
ocioso que callejea por la ciudad, observa y luego escribe. Decidió
abandonar el lenguaje parnasianista elevado y usar términos
vulgares, lo que constituirá en el modernismo una de sus
características, puesto que sus escritos fueron dirigidos a un nuevo
público. El nuevo público, el público moderno, eran precisamente
las masas ciudadanas. El género de experiencias que ellas vivían,
por el simple hecho de ser habitantes de la ciudad (seres anónimos,
que se cruzan sin entablar relaciones), debía ser para ellos algo
común. El poeta urbano quería que su poesía fuese espejo para sus
protagonistas, convertidos, a la vez, en lectores de sus propias
vivencias.
La
multitud que está siempre presente en sus obras es siempre la de la
metrópolis superpoblada y ofrece el aspecto de algo indiferente. La
soledad del Hombre en medio de la multitud y el carácter amenazante
de ésta, fue tratado por Edgar Allan Poe en su cuento: “El hombre
de la multitud”. Tras la lectura de este cuento, queda en evidencia
como los principales argumentos de Baudelaire sobre el arte y las
nuevas formas de habitar la ciudad moderna encuentran en el relato de
Poe una significativa fuente de inspiración. Baudelaire muestra la
experiencia de inmersión en la multitud amenazante, pero a
diferencia del narrador en el relato de Poe, en él el poeta se ve
afectado por su aspecto amenazador. “Recógete,
alma mía, en tan grave momento, y cierra tus oídos a ese
desbordamiento”.
“Al
principio, mis observaciones tomaron un giro abstracto y general.
Miraba a los viandantes en masa y pensaba en ellos desde el punto de
vista de su relación colectiva. Pronto, sin embargo, pasé a los
detalles, examinando con minucioso interés las innumerables
variedades de figuras, vestimentas, apariencias, actitudes, rostros y
expresiones”(El hombre de la multitud). Baudelaire
también describe personajes, pero a diferencia de Poe, sus
personajes, según estudios de su biografía, en ocasiones responden
a hombres y mujeres reales, que él conoció y con los que compartió
sus noches de bohemia. En “El Crepúsculo de la tarde” se limita
a nombrarlos “Las
mesas públicas donde el juego hace primores, de rameras colmadas, se
ven y estafadores, y pronto van también a empezar los ladrones, su
trabajo nunca conoce vacaciones”.
Tras
muchas horas de observación, el narrador de “ El
hombre de la multitud” descubre a un anciano decrépito al que
decide primero vigilar atentamente y luego seguir. Algo en su actitud
le llama la atención. Cada vez que las calles empiezan a vaciarse de
gente, el anciano parece sentir una inquietud y angustia crecientes y
busca desesperado otro lugar en el que encontrar multitudes, o al
menos una cierta densidad de ciudadanos. Así llega a los barrios
bajos de Londres, y allí, rodeado de gentes que a otros asustarían,
el anciano recupera sus fuerzas. En medio de la multitud las
necesidades del Hombre persisten, pero las posibilidades de
establecer un contacto humano duradero disminuyen. Al aumentar los
estímulos se multiplican los encuentros casuales y por lo tanto la
imposibilidad de una profundización de estos se vuelve más
hiriente. La sensación de estar necesariamente en relación con los
otros, se debilita poco a poco por el funcionamiento sin roces del
mecanismo social.
Pablo
Neruda, poeta chileno nacido en 1904, también escribe bajo el hábito
de flâneur en su poema “Walking Around”, perteneciente al libro
“Residencia en la tierra”. A lo largo de todo el período de
composición de la obra, Pablo Neruda vive una situación de
dificultades económicas, descontento con su realidad y profunda
soledad; estas circunstancias se reflejan en su poema. Desde el
título se anticipa el sentido general del poema. La expresión
inglesa “walking around” tiene el significado de transitar sin
rumbo, vagar. De la misma manera, a lo largo del poema el yo lírico
transita en el mismo escenario que en ambos relatos anteriores, y a
través de ese transitar va a redescubrirse y reconocerse a sí
mismo.
Con
lo visto hasta ahora, no es difícil deducir que los lugares
preferidos del flâneur son sin duda “los pasajes”, rincones que
inspiraron a no pocos escritores quienes al igual que Baudelaire, Poe
y Neruda hicieron de ellos escenarios de sus historias: Julio
Cortázar, Walter Benjamín, Luis Aragón.... En los pasajes se
suceden lujosas tiendas, terrazas de cafés, oficinas de trabajo,
kioskos de revistas y libros, etc. Neruda nombra varios de estos
sitios en su poema: “Sucede
que entro en las sastrerías”; “El olor de las peluquerías”;
“a ciertas zapaterías con olor a vinagre”.
Ese lugar, a medio camino entre la calle y el interior, es el hábitat
ideal para el paseante, le suministra temas de observación y
experiencia emocional continua.
Consigna de trabajo 6°año. Kafka."La metamorfosis"
CONSIGNA DE TRABAJO
Fecha de entrega: primer jueves después de vacaciones.
Consigna de trabajo: Elaboración de un trabajo de análisis a partir del tema "El fracaso de los personajes" en Kafka y en Melville. El trabajo tiene como eje central el estudio del personaje de Gregorio Samsa a lo largo de toda la obra en cuanto a su relación con el trabajo y el fracaso. Se deberá trabajar el concepto de alienación.(buscar diferentes acepciones de la palabra)
Como textos ilustrativos se deberän manejar "Carta al padre" del mismo autor y el cuento "Bartleby, el escribiente"de Melville.
Guía de trabajo:
Del realismo a la novela contemporánea.
Caraterísticas del realismo del siglo XX
Características de la novela moderna.
"La metamorfosis" como novela caracteristica del siglo XX.
Género literario de la obra. Estructura.
Análisis del comienzo de la obra.
Papel del narrador.
"Carta al padre" el género autobiográfico. La forma de carta. Circunstancias en las que se produjo la escritura de la carta. Intenciones del autor.
La ficción y lo autobiográfico
Presentación del cuento "Barleby,el escribiente": fecha en que fue escrito, características realistas, la presentación del relato y el epílogo. Diferencias entre la figura de ambos narradores. Lo absurdo en ambas obras.
Desarrollo del tema trabajando con fragmentos seleccionados de los tres textos que deberán relacionarse entre sí. (entre dichos fragmentos deben incluirse la reflexion de Gregorio sobre su profesión, la llegada del apoderado y la comunicaci'on a través de la puerta, la aparición de Gregorio, retroceso ante el padre. Bombardeo del padre. Muerte del personaje. Se deben incluir otros fragmentos no estudiados en clase.
La tarea debe realizar en su totalidad.
Importante: los tres textos propuestos están en forma completa en el blog.
Distrbucion de grupos 4°6 par trabajo de Lazarillo.
DISTRIBUCIÓN DE EQUIPOS.
Equipo1. Tratado 5
Candela Bachini
Sofía Rodríguez.
Micaela Hernández.
Ariatna Rodríguez.
Equipo 2. Tratados 3 y 7 (se asignan dos tratados por ser un grupo numeroso)
Natalia Torres
Luz Vaccaro
Mariana Labores
Candela Samalbide
Solange Antenucci
Micaela Lucarelli
Belén Leira.
Equipo 3 Tratado 2
Florencia Durand
Agustina Lecuna
Micaela Banchero
Equipo 4. Tratado 1
Matías Soba
Joaquín Abrahim
Enrique González
Jessica Arriola
Equipo 5 Tratado 6
Enzo Braun
Nicolás Rodríguez.
Yuliana Mattos
Melissa Ochoa
Lorenzo Marticorena
En esta semana cada alumno debe estar leyendo la novela en forma individual para luego realizar la tarea en grupo, se debera exponer en forma oral, lo deben hacer todos los integrantes del equipo y acompañar la presentación con un power point con información que se dará en clase.
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