Bartleby el escribiente
Herman Melville
Herman Melville
BARTLEBY EL ESCRIBIENTE
SOY un hombre de cierta edad. En los últimos treinta años, mis actividades me han
puesto en íntimo contacto con un gremio interesante y hasta singular, del cual, entiendo,
nada se ha escrito hasta ahora: el de los amanuenses o copistas judiciales. He conocido a
muchos, profesional y particularmente, y podría referir diversas historias que harían
sonreír a los señores benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero a las biografías de
todos los amanuenses prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby, que era uno de
ellos, el más extraño que yo he visto o de quien tenga noticia. De otros copistas yo podría
escribir biografías completas; nada semejante puede hacerse con Bartleby. No hay
material suficiente para una plena y satisfactoria biografía de este hombre. Es una pérdida
irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de quienes nada es indagable,
salvo en las fuentes originales: en este caso, exiguas. De Bartleby no sé otra cosa que la
que vieron mis asombrados ojos, salvo un nebuloso rumor que figurará en el epílogo.
Antes de presentar al amanuense, tal como lo vi por primera vez, conviene que
registre algunos datos míos, de mis empleados, de mis asuntos, de mi oficina y de mi
ambiente general. Esa descripción es indispensable para una inteligencia adecuada del
protagonista de mi relato. Soy, en primer lugar, un hombre que desde la juventud ha
sentido profundamente que la vida más fácil es la mejor. Por eso, aunque pertenezco a
una profesión proverbialmente enérgica y a veces nerviosa hasta la turbulencia, jamás he
tolerado que esas inquietudes conturben mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambición
que nunca se dirigen a un jurado o solicitan de algún modo el aplauso público. En la
serena tranquilidad de un cómodo retiro realizo cómodos asuntos entre las hipotecas de
personas adineradas, títulos de renta y acciones. Cuantos me conocen, considéranme un
hombre eminentemente seguro. El finado Juan Jacobo Astor, personaje muy poco dado a
poéticos entusiasmos, no titubeaba en declarar que mi primera virtud era la prudencia; la
segunda, el método.
No lo digo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios profesionales no
eran desdeñados por el finado Juan Jacobo Astor; nombre que, reconozco, me gusta
repetir porque tiene un sonido orbicular y tintinea como el oro acuñado.
Espontáneamente agregaré que yo no era insensible a la buena opinión del finado Juan
Jacobo Astor.
Poco antes de la historia que narraré, mis actividades habían aumentado en forma
considerable. Había sido nombrado para el cargo, ahora suprimido en el Estado de Nueva
York, de agregado a la Suprema Corte. No era un empleo difícil, pero sí muy
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agradablemente remunerativo. Raras veces me enojo; raras veces me permito una
indignación peligrosa ante las injusticias y los abusos: pero ahora me permitiré ser
temerario, y declarar que considero la súbita y violenta supresión del cargo de agregado,
por la Nueva Constitución, como un acto prematuro, pues yo tenía descontado hacer de
sus gajes una renta vitalicia, y sólo percibí los de algunos años. Pero esto es al margen.
Mis oficinas ocupaban un piso alto en el número X de Wall Street. Por un lado daban
a la pared blanqueada de un espacioso tubo de aire, cubierto por una claraboya y que
abarcaba todos los pisos.
Este espectáculo era más bien manso, pues le faltaba lo que los paisajistas llaman
animación. Aunque así fuera, la vista del otro lado ofrecía, por lo menos, un contraste. En
esa dirección, las ventanas dominaban sin el menor obstáculo una alta pared de ladrillo,
ennegrecida por los años y por la sombra; las ocultas bellezas de esta pared no exigían un
telescopio, pues estaba a pocas varas de mis ventanas, para beneficio de espectadores
miopes. Mis oficinas ocupaban el segundo piso; a causa de la gran elevación de los
edificios vecinos, el espacio entre esta pared y la mía se parecía no poco a un enorme
tanque cuadrado.
En el período anterior al advenimiento de Bartleby, yo tenía dos escribientes bajo mis
órdenes, y un muchacho muy vivo para los mandados. El primero, Turkey; el segundo,
Nippers; el tercero, Ginger. Éstos son nombres que no es fácil encontrar en las Guías.
Eran en realidad sobrenombres, mutuamente conferidos por mis empleados, y que
expresaban sus respectivas personas o caracteres. Turkey era un inglés bajo, obeso, de mi
edad más o menos, esto es, no lejos de los sesenta. De mañana, podríamos decir, su rostro
era rosado, pero después de las doce -su hora de almuerzo- resplandecía como una
hornalla de carbones de Navidad, y seguía resplandeciendo (pero con un descenso
gradual) hasta las seis p.m.; después yo no veía más al propietario de ese rostro, quien,
coincidiendo en su cenit con el sol, parecía ponerse con él, para levantarse, culminar y
declinar al día siguiente, con la misma regularidad y la misma gloria.
En el decurso de mi vida he observado singulares coincidencias, de las cuales no es la
menor el hecho de que el preciso momento en que Turkey, con roja y radiante faz, emitía
sus más vívidos rayos, indicaba el principio del período durante el cual su capacidad de
trabajo quedaba seriamente afectada para el resto del día. No digo que se volviera
absolutamente haragán u hostil al trabajo. Por el contrario, se volvía demasiado enérgico.
Había entonces en él una exacerbada, frenética, temeraria y disparatada actividad. Se
descuidaba al mojar la pluma en el tintero. Todas las manchas que figuran en mis
documentos fueron ejecutadas por él después de las doce del día. En las tardes, no sólo
propendía a echar manchas: a veces iba más lejos, y se ponía barullento. En tales
ocasiones, su rostro ardía con más vívida heráldica, como si se arrojara carbón de piedra
en antracita. Hacía con la silla un ruido desagradable, desparramaba la arena; al cortar las
plumas, las rajaba impacientemente, y las tiraba al suelo con súbitos arranques de ira; se
paraba, se echaba sobre la mesa, desparramando sus papeles de la manera más
indecorosa; triste espectáculo en un hombre ya entrado en años. Sin embargo, como era
por muchas razones mi mejor empleado y siempre antes de las doce el ser más juicioso y
diligente, y capaz de despachar numerosas tareas de un modo incomparable, me
resignaba a pasar por alto sus excentricidades, aunque, ocasionalmente, me veía obligado
a reprenderlo. Sin embargo lo hacía con suavidad, pues aunque Turkey era de mañana el
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más cortés, más dócil y más reverencial de los hombres, estaba predispuesto por las
tardes, a la menor provocación, a ser áspero de lengua, es decir, insolente. Por eso,
valorando sus servicios matinales, como yo lo hacía, y resuelto a no perderlos -pero al
mismo tiempo, incómodo por sus provocadoras maneras después del mediodía- y como
hombre pacífico, poco deseoso de que mis amonestaciones provocaran respuestas
impropias, resolví, un sábado a mediodía (siempre estaba peor los sábados), sugerirle,
muy bondadosamente, que, tal vez, ahora que empezaba a envejecer, sería prudente
abreviar sus tareas; en una palabra, no necesitaba venir a la oficina más que de mañana;
después del almuerzo era mejor que se fuera a descansar a su casa hasta la hora del té.
Pero no, insistió en cumplir sus deberes vespertinos. Su rostro se puso intolerablemente
fogoso, y gesticulando con una larga regla, en el otro extremo de la habitación, me
aseguró enfáticamente que, si sus servicios eran útiles de mañana, ¿cuánto más
indispensables no serían de tarde?
-Con toda deferencia, señor -dijo Turkey entonces-, me considero su mano derecha.
De mañana, ordeno y despliego mis columnas, pero de tarde me pongo a la cabeza, y
bizarramente arremeto contra el enemigo, así -e hizo una violenta embestida con la regla.
-¿Y los borrones? -insinué yo.
-Es verdad, pero con todo respeto, señor, ¡contemple estos cabellos! Estoy
envejeciendo. Seguramente, señor, un borrón o dos en una tarde calurosa no pueden
reprocharse con severidad a mis canas. La vejez, aunque borronea una página, es
honorable. Con permiso, señor, los dos estamos envejeciendo.
Este llamado a mis sentimientos personales resultó irresistible. Comprendí que estaba
resuelto a no irse. Hice mi composición de lugar, resolviendo que por las tardes le
confiaría sólo documentos de menor importancia.
Nippers, el segundo de mi lista, era un muchacho de unos veinticinco años, cetrino,
melenudo, algo pirático. Siempre lo consideré una víctima de dos poderes malignos: la
ambición y la indigestión. Evidencia de la primera era cierta impaciencia en sus deberes
de mero copista y una injustificada usurpación de asuntos estrictamente profesionales,
tales como la redacción original de documentos legales. La indigestión se manifestaba en
rachas de sarcástico mal humor, con notorio rechinamiento de dientes, cuando cometía
errores de copia; innecesarias maldiciones, silbadas más que habladas, en lo mejor de sus
ocupaciones, y especialmente por un continuo disgusto con el nivel de la mesa en que
trabajaba. A pesar de su ingeniosa aptitud mecánica, nunca pudo Nippers arreglar esa
mesa a su gusto. Le ponía astillas debajo, cubos de distinta clase, pedazos de cartón y
llegó hasta ensayar un prolijo ajuste con tiras de papel secante doblado. Pero todo era en
vano. Si para comodidad de su espalda, levantaba la cubierta de su mesa en un ángulo
agudo hacia el mentón, y escribía como si un hombre usara el empinado techo de una
casa holandesa como escritorio, la sangre circulaba mal en sus brazos. Si bajaba la mesa
al nivel de su cintura, y se agachaba sobre ella para escribir, le dolían las espaldas. La
verdad es que Nippers no sabía lo que quería. O, si algo quería, era verse libre para
siempre de una mesa de copista. Entre las manifestaciones de su ambición enfermiza,
tenía la pasión de recibir a ciertos tipos de apariencia ambigua y trajes rotosos, a los que
llamaba sus clientes. Comprendí que no sólo le interesaba la política parroquial: a veces
hacía sus negocios en los juzgados, y no era desconocido en las antesalas de la cárcel.
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Tengo buenas razones para creer, sin embargo, que un individuo que lo visitaba en mis
oficinas, y a quien pomposamente insistía en llamar mi cliente, era sólo un acreedor, y la
escritura, una cuenta. Pero con todas sus fallas y todas las molestias que me causaba,
Nippers (como su compatriota Turkey) me era muy útil, escribía con rapidez y letra clara;
y cuando quería no le faltaban modales distinguidos. Además, siempre estaba vestido
como un caballero; y con esto daba tono a mi oficina. En lo que respecta a Turkey, me
daba mucho trabajo evitar el descrédito que reflejaba sobre mí. Sus trajes parecían
grasientos y olían a comida. En verano usaba pantalones grandes y bolsudos. Sus sacos
eran execrables; el sombrero no se podía tocar. Pero mientras sus sombreros me eran
indiferentes, ya que su natural cortesía y deferencia, como inglés subalterno, lo llevaban a
sacárselo apenas entraba en el cuarto, su saco ya era otra cosa. Hablé con él respecto a su
ropa, sin ningún resultado. La verdad era, supongo que un hombre con renta tan exigua
no podía ostentar al mismo tiempo una cara brillante y una ropa brillante.
Como observó Nippers una vez, Turkey gastaba casi todo su dinero en tinta roja. Un
día de invierno le regalé a Turkey un sobretodo mío de muy decorosa apariencia: un
sobretodo gris, acolchado, de gran abrigo, abotonado desde el cuello hasta las rodillas.
Pensé que Turkey apreciaría el regalo, y moderaría sus estrépitos e imprudencias. Pero
no; creo que el hecho de enfundarse en un sobretodo tan suave y tan acolchado, ejercía un
pernicioso efecto sobre él -según el principio de que un exceso de avena es perjudicial
para los caballos-. De igual manera que un caballo impaciente muestra la avena que ha
comido, así Turkey mostraba su sobretodo. Le daba insolencia. Era un hombre a quien
perjudicaba la prosperidad.
Aunque en lo referente a la continencia de Turkey yo tenía mis presunciones, en lo
referente a Nippers estaba persuadido de que, cualesquiera fueran sus faltas en otros
aspectos, era por lo menos un joven sobrio. Pero la propia naturaleza era su tabernero, y
desde su nacimiento le había suministrado un carácter tan irritable y tan alcohólico que
toda bebida subsiguiente le era superflua. Cuando pienso que en la calma de mi oficina
Nippers se ponía de pie, se inclinaba sobre la mesa, estiraba los brazos, levantaba todo el
escritorio y lo movía, y lo sacudía marcando el piso, como si la mesa fuera un perverso
ser voluntarioso dedicado a vejarlo y a frustrarlo, claramente comprendo que para
Nippers el aguardiente era superfluo. Era una suerte para mí que, debido a su causa
primordial -la mala digestión-, la irritabilidad y la consiguiente nerviosidad de Nippers
eran más notables de mañana, y que de tarde estaba relativamente tranquilo. Y como los
paroxismos de Turkey sólo se manifestaban después de mediodía, nunca debí sufrir a la
vez las excentricidades de los dos. Los ataques se relevaban como guardias. Cuando el de
Nippers estaba de turno, el de Turkey estaba franco, y viceversa. Dadas las circunstancias
era éste un buen arreglo.
Ginger Nut, el tercero en mi lista, era un muchacho de unos doce años. Su padre era
carrero, ambicioso de ver a su hijo, antes de morir, en los tribunales y no en el pescante.
Por eso lo colocó en mi oficina como estudiante de derecho, mandadero, barredor y
limpiador, a razón de un dólar por semana. Tenía un escritorio particular, pero no lo
usaba mucho. Pasé revista a su cajón una vez: contenía un conjunto de cáscaras de
muchas clases de nueces. Para este perspicaz estudiante, toda la noble ciencia del derecho
cabía en una cáscara de nuez. Entre sus muchas tareas, la que desempeñaba con mayor
presteza consistía en proveer de manzanas y de pasteles a Turkey y a Nippers.
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Ya que la copia de expedientes es tarea proverbialmente seca, mis dos amanuenses
solían humedecer sus gargantas con helados, de los que pueden adquirirse en los puestos
cerca del Correo y de la Aduana. También solían encargar a Ginger Nut ese bizcocho
especial -pequeño, chato, redondo y sazonado con especias- cuyo nombre se le daba. En
las mañanas frías, cuando había poco trabajo, Turkey los engullía a docenas como si
fueran obleas -lo cierto es que por un penique venden seis u ocho-, y el rasguido de la
pluma se combinaba con el ruido que hacía al triturar las abizcochadas partículas. Entre
las confusiones vespertinas y los fogosos atolondramientos de Turkey, recuerdo que una
vez humedeció con la lengua un bizcocho de jengibre y lo estampó como sello en un
título hipotecario. Estuve entonces en un tris de despedirlo, pero me desarmó con una
reverencia oriental, diciéndome:
-Con permiso, señor, creo que he estado generoso suministrándole un sello a mis
expensas.
Mis primitivas tareas de escribano de transferencias y buscador de títulos, y redactor
de documentos recónditos de toda clase aumentaron considerablemente con el
nombramiento de agregado a la Suprema Corte. Ahora había mucho trabajo, para el que
no bastaban mis escribientes: requerí un nuevo empleado.
En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la
puerta estaba abierta, pues era verano. Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra,
lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.
Después de algunas palabras sobre su idoneidad, lo tomé, feliz de contar entre mis
copistas a un hombre de tan morigerada apariencia, que podría influir de modo benéfico
en el arrebatado carácter de Turkey, y en el fogoso de Nippers.
Yo hubiera debido decir que una puerta vidriera dividía en dos partes mis escritorios,
una ocupada por mis amanuenses, la otra por mí. Según mi humor, las puertas estaban
abiertas o cerradas. Resolví colocar a Bartleby en un rincón junto a la portada, pero de mi
lado, para tener a mano a este hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante.
Coloqué su escritorio junto a una ventanita, en ese costado del cuarto que originariamente
daba a algunos patios traseros y muros de ladrillos, pero que ahora, debido a posteriores
construcciones, aunque daba alguna luz no tenía vista alguna. A tres pies de los vidrios
había una pared, y la luz bajaba de muy arriba, entre dos altos edificios, como desde una
pequeña abertura en una cúpula. Para que el arreglo fuera satisfactorio, conseguí un alto
biombo verde que enteramente aislara a Bartleby de mi vista, dejándolo sin embargo al
alcance de mi voz. Así, en cierto modo, se aunaban sociedad y retiro.
Al principio, Bartleby escribió extraordinariamente. Como si hubiera padecido un
ayuno de algo que copiar, parecía hartarse con mis documentos. No se detenía para la
digestión. Trabajaba día y noche, copiando, a la luz del día y a la luz de las velas. Yo,
encantado con su aplicación, me hubiera encantado aún más si él hubiera sido un
trabajador alegre. Pero escribía silenciosa, pálida, mecánicamente.
Una de las indispensables tareas del escribiente es verificar la fidelidad de la copia,
palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan
mutuamente en este examen, uno leyendo la copia, el otro siguiendo el original. Es un
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asunto cansador, insípido y letárgico. Comprendo que para temperamentos sanguíneos
resultaría intolerable. Por ejemplo, no me imagino al ardoroso Byron, sentado junto a
Bartleby, resignado a cotejar un expediente de quinientas páginas, escritas con letra
apretada.
Yo ayudaba en persona a confrontar algún documento breve, llamando a Turkey o a
Nippers con este propósito. Uno de mis fines al colocar a Bartleby tan a mano, detrás del
biombo, era aprovechar sus servicios en estas ocasiones triviales. Al tercer día de su
estada, y antes de que fuera necesario examinar lo escrito por él, la prisa por completar un
trabajito que tenía entre manos, me hizo llamar súbitamente a Bartleby. En el apuro y en
la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la
cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente
extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el
trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve
escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su
ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
-Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se
me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras.
Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y
cruzando el cuarto a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que
me ayude a confrontar esta página; tómela -y se la alcancé.
-Preferiría no hacerlo -dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos.
Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad,
enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier
manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero,
dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de
Cicerón.
Me quedé mirándolo un rato largo, mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi
escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví
olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro
cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.
Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos extensos, copias
cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí durante una semana en la cancillería de la
Corte. Era necesario examinarlos. El pleito era importante y una gran precisión era
indispensable. Teniendo todo listo llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut, que estaban en
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el otro cuarto, pensando poner en manos de mis cuatro amanuenses las cuatro copias
mientras yo leyera el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban sentados en fila,
cada uno con su documento en la mano, cuando le dije a Bartleby que se uniera al
interesante grupo.
-¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.
Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó en aparecer a la
entrada de su ermita.
-¿En qué puedo ser útil? -dijo apaciblemente.
-Las copias, las copias -dije con apuro-. Vamos a examinarlas. Tome -y le alargué la
cuarta copia.
-Preferiría no hacerlo -dijo, y dócilmente desapareció detrás de su biombo.
Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la cabeza de mi columna
de amanuenses sentados. Vuelto en mí, avancé hacia el biombo a indagar el motivo de
esa extraordinaria conducta.
-¿Por qué rehúsa?
-Preferiría no hacerlo.
Con cualquier otro hombre me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando
explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en
Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa conmovía y descncertaba. Me puse a razonar con él.
-Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues
un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están
obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
-Prefiero no hacerlo -replicó melodiosamente. Me pareció que, mientras me dirigía a
él, consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía por entero el significado;
que no podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo tiempo alguna
suprema consideración lo inducía a contestar de ese modo.
-¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud; solicitud hecha de acuerdo con
la costumbre y el sentido común?
Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto. Sí: su decisión
era irrevocable.
No es raro que el hombre a quien contradicen de una manera insólita e irrazonable
bruscamente descrea de su convicción más elemental. Empieza a vislumbrar vagamente
que, por extraordinario que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro lado; si
hay testigos imparciales, se vuelve a ellos para que de algún modo lo refuercen.
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-Turkey -dije-, ¿qué piensa de esto? ¿Tengo razón?
-Con todo respeto, señor -dijo Turkey en su tono más suave-, creo que la tiene.
-Nippers. ¿Qué piensa de esto?
-Yo lo echaría a puntapiés de la oficina.
El sagaz lector habrá percibido que siendo de mañana, la contestación de Turkey
estaba concebida en términos tranquilos y corteses y la de Nippers era malhumorada. O,
para repetir una frase anterior, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia y
el de Turkey estaba franco.
-Ginger Nut -dije, ávido de obtener en mi favor el sufragio más mínimo-, ¿qué
piensas de esto?
-Creo, señor, que está un poco chiflado -replicó Ginger Nut con una mueca burlona.
-Está oyendo lo que opinan -le dije, volviéndome al biombo-. Salga y cumpla su
deber.
No condescendió a contestar. Tuve un momento de molesta perplejidad. Pero las
tareas urgían. Y otra vez decidí postergar el estudio de este problema a futuros ocios. Con
un poco de incomodidad llegamos a examinar los papeles sin Bartleby, aunque, a cada
página, Turkey, deferentemente, daba su opinión de que este procedimiento no era
correcto; mientras Nippers, retorciéndose en su silla con una nerviosidad dispéptica,
trituraba entre sus dientes apretados intermitentes maldiciones silbadas contra el idiota
testarudo de detrás del biombo. En cuanto a él (Nippers), ésta era la primera y última vez
que haría sin remuneración el trabajo de otro.
Mientras tanto, Bartleby seguía en su ermita, ajeno a todo lo que no fuera su propia
tarea.
Pasaron algunos días, en los que el amanuense tuvo que hacer otro largo trabajo. Su
conducta extraordinaria me hizo vigilarle estrechamente. Observé que jamás iba a
almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Jamás, que yo supiera, había estado
ausente de la oficina. Era un centinela perpetuo en su rincón. Noté que a las once de la
mañana, Ginger Nut solía avanzar hasta la apertura del biombo, como atraído por una
señal silenciosa, invisible para mí. Luego salía de la oficina, haciendo sonar unas
monedas, y reaparecía con un puñado de bizcochos de jengibre, que entregaba en la
ermita, recibiendo dos de ellos como jornal.
Vive de bizcochos de jengibre, pensé; no toma nunca lo que se llama un almuerzo;
debe de ser un vegetariano; pero no, pues no toma ni legumbres, ni come más que
bizcochos de jengibre. Medité sobre los probables efectos de un exclusivo régimen de
bizcochos de jengibre. Se llaman así porque el jengibre es uno de sus principales
componentes, y su principal sabor. Ahora bien, ¿qué es el jengibre? Una cosa cálida y
picante. ¿Era Bartleby cálido y picante? Nada de eso; el jengibre, entonces, no ejercía
efecto alguno sobre Bartleby. Probablemente, él prefería que no lo ejerciera.
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Nada exaspera más a una persona seria que una resistencia pasiva. Si el individuo
resistido no es inhumano y el individuo resistente es inofensivo en su pasividad, el
primero, en sus mejores momentos, caritativamente procurará que su imaginación
interprete lo que su entendimiento no puede resolver.
Así me aconteció con Bartleby y sus manejos. ¡Pobre hombre!, pensé yo, no lo hace
por maldad; es evidente que no procede por insolencia; su aspecto es suficiente prueba de
lo involuntario de sus rarezas. Me es útil. Puedo llevarme bien con él. Si lo despido, caerá
con un patrón menos indulgente, será maltratado y tal vez llegará miserablemente a
morirse de hambre. Sí, puedo adquirir a muy bajo precio la deleitosa sensación de
amparar a Bartleby; puedo adaptarme a su extraña terquedad; ello me costará poquísimo
o nada y, mientras, atesoraré en el fondo de mi alma lo que finalmente será un dulce
bocado para mi conciencia. Pero no siempre consideré así las cosas. La pasividad de
Bartleby solía exasperarme. Me sentía aguijoneado extrañamente a chocar con él en un
nuevo encuentro, a despertar en él una colérica chispa correspondiente a la mía. Pero
hubiera sido lo mismo tratar de encender fuego golpeando con los nudillos de mi mano
en un pedazo de jabón Windsor.
Una tarde, el impulso maligno me dominó y tuvo lugar la siguiente escena:
-Bartleby -le dije-, cuando haya copiado todos esos documentos, los voy a revisar con
usted.
-Preferiría no hacerlo.
-¿Cómo? ¿Se propone persistir en ese capricho de mula?
Silencio.
Abrí la puerta vidriera y dirigiéndome a Turkey y a Nippers exclamé:
-Bartleby dice por segunda vez que no examinará sus documentos. ¿Qué piensa de
eso, Turkey?
Hay que recordar que era de tarde. Turkey resplandecía como una marmita de bronce;
tenía empapada la calva; tamborileaba con las manos sobre sus papeles borroneados.
-¿Qué pienso? -rugió Turkey-. ¡Pienso que voy meterme en el biombo y le voy a
poner un ojo negro!
Con estas palabras se puso de pie y estiró los brazos en una postura pugilística. Se
disponía a hacer efectiva su promesa, cuando lo detuve, arrepentido de haber despertado
la belicosidad de Turkey después de almorzar.
-Siéntese, Turkey -le dije-, y oiga lo que Nippers va a decir. ¿Qué piensa, Nippers?
¿No estaría plenamente justificado despedir de inmediato a Bartleby?
-Discúlpeme, esto tiene que decidirlo usted mismo. Creo que su conducta es insólita,
y ciertamente injusta hacia Turkey y hacia mí. Pero puede tratarse de un capricho
pasajero.
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-¡Ah! -exclamé-, es raro ese cambio de opinión. Usted habla de él, ahora, con
demasiada indulgencia.
-Es la cerveza -gritó Turkey-, esa indulgencia es efecto de la cerveza. Nippers y yo
almorzamos juntos. Ya ve qué indulgente estoy yo, señor. ¿Le pongo un ojo negro?
-Supongo que se refiere a Bartleby. No, hoy no, Turkey -repliqué-, por favor, baje
esos puños.
Cerré las puertas y volví a dirigirme a Bartleby. Tenía un nuevo incentivo para tentar
mi suerte. Estaba deseando que volviera a rebelarse. Recordé que Bartleby no
abandonaba nunca la oficina.
-Bartleby -le dije-. Ginger Nut ha salido; cruce a Correo, ¿quiere? -era a tres minutos
de distancia-, y vea si hay algo para mí.
-Preferiría no hacerlo.
-¿No quiere ir?
-Lo preferiría así.
Pude llegar a mi escritorio, y me sumí en profundas reflexiones. Volvió mi ciego
impulso. ¿Habría alguna cosa capaz de procurarme otra ignominiosa repulsa de este necio
tipo sin un cobre, mi dependiente asalariado?
-¡Bartleby!
Silencio.
-¡Bartleby! -más fuerte.
Silencio.
-¡Bartleby! -vociferé.
Como un verdadero fantasma, cediendo a las leyes de una invocación mágica,
apareció al tercer llamado.
-Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers que venga.
-Preferiría no hacerlo -dijo con respetuosa lentitud, y desapareció mansamente.
-Muy bien, Bartleby -dije con voz tranquila, aplomada y serenamente severa,
insinuando el inalterable propósito de alguna terrible y pronta represalia. En ese momento
proyectaba algo por el estilo. Pero pensándolo bien, y como se acercaba la hora de
almorzar, me pareció mejor ponerme el sombrero y caminar hasta casa, sufriendo con mi
perplejidad y mi preocupación.
¿Lo confesaré? Como resultado final quedó establecido en mi oficina que un pálido
joven llamado Bartleby tenía ahí un escritorio, que copiaba al precio corriente de cuatro
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céntimos la hoja (cien palabras), pero que estaba exento, permanentemente, de examinar
su trabajo, y que ese deber era transferido a Turkey y a Nippers, sin duda en gracia de su
mayor agudeza; ítem, el susodicho Bartleby no sería llamado a evacuar el más trivial
encargo; y si se le pedía que lo hiciera, se entendía que preferiría no hacerlo, en otras
palabras, que rehusaría de modo terminante.
Con el tiempo, me sentí considerablemente reconciliado con Bartleby. Su aplicación,
su falta de vicios, su laboriosidad incesante (salvo cuando se perdía en un sueño detrás
del biombo), su gran calma, su ecuánime conducta en todo momento, hacían de él una
valiosa adquisición. En primer lugar siempre estaba ahí, el primero por la mañana,
durante todo el día, y el último por la noche. Yo tenía singular confianza en su
honestidad. Sentía que mis documentos más importantes estaban perfectamente seguros
en sus manos. A veces, muy a pesar mío, no podía evitar el caer en espasmódicas cóleras
contra él. Pues era muy difícil no olvidar nunca esas raras peculiaridades, privilegios, y
excepciones inauditas, que formaban las tácitas condiciones bajo las cuales Bartleby
seguía en la oficina. A veces, en la ansiedad de despachar asuntos urgentes,
distraídamente pedía a Bartleby, en breve y rápido tono, poner el dedo, digamos, en el
nudo incipiente de un cordón colorado con el que estaba atando unos papeles. Detrás del
biombo resonaba la consabida respuesta: preferiría no hacerlo; y entonces ¿cómo era
posible que un ser humano dotado de las fallas comunes de nuestra naturaleza dejara de
contestar con amargura a una perversidad semejante, a semejante sinrazón? Sin embargo,
cada nueva repulsa de esta clase tendía a disminuir las probabilidades de que yo repitiera
la distracción.
Debo decir que, según la costumbre de muchos hombres de ley con oficinas en
edificios densamente habitados, la puerta tenía varias llaves. Una la guardaba una mujer
que vivía en la buhardilla, que hacía una limpieza a fondo una vez por semana y
diariamente barría y sacudía el departamento. Turkey tenía otra, la tercera yo solía
llevarla en mi bolsillo, y la cuarta no sé quién la tenía.
Ahora bien, un domingo de mañana se me ocurrió ir a la iglesia de la Trinidad a oír a
un famoso predicador, y como era un poco temprano pensé pasar un momento a mi
oficina. Felizmente llevaba mi llave pero, al meterla en la cerradura, encontré resistencia
por la parte interior. Llamé; consternado, vi girar una llave por dentro y, exhibiendo su
pálido rostro por la puerta entreabierta, entreví a Bartleby en mangas de camisa, y en un
raro y andrajoso deshabillé.
Se excusó, mansamente: dijo que estaba muy ocupado y que prefería no recibirme por
el momento. Añadió que sería mejor que yo fuera a dar dos o tres vueltas por la manzana,
y que entonces habría terminado sus tareas.
La inesperada aparición de Bartleby, ocupando mi oficina un domingo, con su
cadavérica indiferencia caballeresca, pero tan firme y tan seguro de sí, tuvo tan extraño
efecto, que de inmediato me retiré de mi puerta y .cumplí sus deseos. Pero no sin
variados pujos de inútil rebelión contra la mansa desfachatez de este inexplicable
amanuense. Su maravillosa mansedumbre no sólo me desarmaba, me acobardaba. Porque
considero que es una especie de cobarde el que tranquilamente permite a su dependiente
asalariado que le dé ordenes y que lo expulse de sus dominios. Además, yo estaba lleno
de dudas sobre lo que Bartleby podría estar haciendo en mi oficina, en mangas de camisa
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
y todo deshecho, un domingo de mañana. ¿Pasaría algo impropio? No, eso quedaba
descartado. No podía pensar ni por un momento que Bartleby fuera una persona inmoral.
Pero, ¿qué podía estar haciendo allí? ¿Copias? No, por excéntrico que fuera Bartleby, era
notoriamente decente. Era la última persona para sentarse en su escritorio en un estado
vecino a la desnudez. Además, era domingo, y había algo en Bartleby que prohibía
suponer que violaría la santidad de ese día con tareas profanas.
Con todo, mi espíritu no estaba tranquilo; y lleno de inquieta curiosidad, volví, por
fin, a mi puerta. Sin obstáculo introduje la llave, abrí y entré. Bartleby no se veía, miré
ansiosamente por todo, eché una ojeada detrás del biombo; pero era claro que se había
ido. Después de un prolijo examen, comprendí que por un tiempo indefinido Bartleby
debía haber comido y dormido y haberse vestido en mi oficina, y eso sin vajilla, cama o
espejo. El tapizado asiento de un viejo sofá desvencijado mostraba en un rincón la huella
visible de una flaca forma reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; en
el hogar vacío una caja de pasta y un cepillo; en una silla una palangana de lata, jabón y
una toalla rotosa; en un diario, unas migas de bizcocho de jengibre y un bocado de queso.
Sí, pensé, es bastante claro que Bartleby ha estado viviendo aquí.
Entonces, me cruzó el pensamiento: ¡Qué miserables orfandades, miserias, soledades,
quedan reveladas aquí! Su pobreza es grande; pero, su soledad ¡qué terrible!
Los domingos, Wall Street es un desierto como la Arabia Pétrea; y cada noche de
cada día es una desolación. Este edificio, también, que en los días de semana bulle de
animación y de vida, por la noche retumba de puro vacío, y el domingo está desolado. ¡Y
es aquí donde Bartleby hace su hogar, único espectador de una soledad que ha visto
poblada, una especie de inocente y transformado Mario, meditando entre las ruinas de
Cartago!
Por primera vez en mi vida una impresión de abrumadora y punzante melancolía se
apoderó de mí. Antes, nunca había experimentado más que ligeras tristezas, no
desagradables. Ahora el lazo de una común humanidad me arrastraba al abatimiento.
¡Una melancolía fraternal! Los dos, yo y Bartleby, éramos hijos de Adán. Recordé las
sedas brillantes y los rostros dichosos que había visto ese día, bogando como cisnes por el
Mississippi de Broadway y los comparé al pálido copista, reflexionando: Ah, la felicidad
busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la
soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe. Estas imaginaciones -quimeras,
indudablemente, de un cerebro tonto y enfermo- me llevaron a pensamientos más directos
sobre las rarezas de Bartleby. Presentimientos de extrañas novedades me visitaron. Creí
ver la pálida forma del amanuense, entre desconocidos, indiferentes, extendida en su
estremecida mortaja.
De pronto, me atrajo el escritorio cerrado de Bartleby, con su llave visible en la
cerradura.
No me llevaba, pensé, ninguna intención aviesa, ni el apetito de una desalmada
curiosidad, además, el escritorio es mío y también su contenido; bien puedo animarme a
revisarlo. Todo estaba metódicamente arreglado, los papeles en orden. Los casilleros eran
profundos; removiendo los legajos archivados, examiné el fondo. De pronto sentí algo y
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
lo saqué. Era un viejo pañuelo de algodón, pesado y anudado. Lo abrí y encontré que era
una caja de ahorros.
Entonces recordé todos los tranquilos misterios que había notado en el hombre.
Recordé que sólo hablaba para contestar; que aunque a intervalos tenía tiempo de sobra,
nunca lo había visto leer -no, ni siquiera un diario-; que por largo rato se quedaba
mirando, por su pálida ventana detrás del biombo, al ciego muro de ladrillos; yo estaba
seguro que nunca visitaba una fonda o un restaurante; mientras su pálido rostro indicaba
que nunca bebía cerveza como Turkey, ni siquiera té o café como los otros hombres, que
nunca salía a ninguna parte; que nunca iba a dar un paseo, salvo tal vez ahora; que había
rehusado decir quién era, o de dónde venía, o si tenía algún pariente en el mundo; que,
aunque tan pálido y tan delgado, nunca se quejaba de mala salud. Y más aún, yo recordé
cierto aire de inconsciente, de descolorida -¿cómo diré?- de descolorida altivez, digamos,
o austera reserva, que me había infundido una mansa condescendencia con sus rarezas,
cuando se trataba de pedirle el más ligero favor, aunque su larga inmovilidad me indicara
que estaba detrás de su biombo, entregado a uno de sus sueños frente al muro.
Meditando en esas cosas, y ligándolas al reciente descubrimiento de que había
convertido mi oficina en su residencia, y sin olvidar sus mórbidas cavilaciones,
meditando en estas cosas, repito, un sentimiento de prudencia nació en mi espíritu. Mis
primeras reacciones habían sido de pura melancolía y lástima sincera, pero a medida que
la desolación de Bartleby se agrandaba en mi imaginación, esa melancolía se convirtió en
miedo, esa lástima en repulsión.
Tan cierto es, y a la vez tan terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o el
espectáculo de la pena atrae nuestros mejores sentimientos, pero algunos casos especiales
no van más allá. Se equivocan quienes afirman que esto se debe al natural egoísmo del
corazón humano. Más bien proviene de cierta desesperanza de remediar un mal orgánico
y excesivo. Y cuando se percibe que esa piedad no lleva aun socorro efectivo, el sentido
común ordena al alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana me convenció que el
amanuense era la víctima de un mal innato e incurable. Yo podía dar una limosna a su
cuerpo; pero su cuerpo no le dolía; tenía el alma enferma, y yo no podía llegar a su alma.
No cumplí, esa mañana, mi propósito de ir a la Trinidad. Las cosas que había visto
me incapacitaban, por el momento, para ir a la iglesia. Al dirigirme a mi casa, iba
pensando en lo que haría con Bartleby. Al fin me resolví: lo interrogaría con calma, a la
mañana siguiente, acerca de su vida, etc., y si rehusaba contestarme francamente y sin
reticencias (y suponía que él preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares,
además de lo que le debía, diciéndole que ya no necesitaba sus servicios; pero que, en
cualquier otra forma en que necesitara mi ayuda, se la prestaría gustoso, especialmente le
pagaría los gastos para trasladarse al lugar de su nacimiento, dondequiera que fuera.
Además, si al llegar a su destino necesitaba ayuda, una carta haciéndomelo saber no
quedaría sin respuesta.
La mañana siguiente llegó.
-Bartleby -dije, llamándolo comedidamente.
Silencio.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
-Bartleby -dije en tono aún más suave-, venga, no le voy a pedir que haga nada que
usted preferiría no hacer. Sólo quiero conversar con usted.
Con esto, se me acercó silenciosamente.
-¿Quiere decirme, Bartleby, dónde ha nacido?
-Preferiría no hacerlo.
-¿Quiere contarme algo de usted?
-Preferiría no hacerlo.,
-¿Pero qué objeción razonable puede tener para no hablar conmigo? Yo quisiera ser
un amigo.
Mientras yo hablaba, no me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de Cicerón, que
estaba justo detrás de mí, a unos quince centímetros sobre mi cabeza.
-¿Cuál es su respuesta, Bartleby? -le pregunté, después de esperar un buen rato,
durante el cual su actitud era estática, notándose apenas un levísimo temblor en sus labios
descoloridos.
-Por ahora prefiero no contestar -dijo, y se retiró a su ermita.
Tal vez fui débil, lo confieso, pero su actitud en esta ocasión me irritó. No sólo
parecía acechar en ella cierto desdén tranquilo; su terquedad resultaba desagradecida si se
considera el indiscutible buen trato y la indulgencia que había recibido de mi parte.
De nuevo me quedé pensando qué haría. Aunque me irritaba su proceder, aunque al
entrar en la oficina yo estaba resuelto a despedirlo, un sentimiento supersticioso oleó en
mi corazón y me prohibió cumplir mi propósito, y me dijo que yo sería un canalla si me
atrevía a murmurar una palabra dura contra el más triste de los hombres. Al fin,
colocando familiarmente mi silla detrás de su biombo, me senté y le dije:
-Dejemos de lado su historia, Bartleby; pero permítame suplicarle amistosamente que
observe en lo posible las costumbres de esta oficina. Prométame que mañana o pasado
ayudará a examinar documentos; prométame que dentro de un par de días se volverá un
poco razonable. ¿Verdad, Bartleby?
-Por ahora prefiero no ser un poco razonable -fue su mansa y cadavérica respuesta.
En ese momento se abrió la puerta vidriera y Nippers se acercó. Parecía víctima, contra la
costumbre, de una mala noche, producida por una indigestión más severa que las de
costumbre. Oyó las últimas palabras de Bartleby.
-¿Prefiere no ser razonable? -gritó Nippers-. Yo le daría preferencias, si fuera usted,
señor. ¿Qué es, señor, lo que ahora prefiere no hacer? -Bartleby no movió ni un dedo.
-Señor Nippers -le dije-, prefiero que, por el momento, usted se retire.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar la palabra preferir.
Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi
estado mental. ¿Qué otra y quizás más honda aberración podría traerme? Esto había
influido en mi determinación de emplear medidas sumarias.
Mientras Nippers, agrio y malhumorado, desaparecía, Turkey apareció, obsequioso y
deferente.
-Con todo respeto, señor -dijo-, ayer estuve meditando sobre Bartleby, y pienso que si
él prefiriera tomar a diario un cuarto de buena cerveza, le haría mucho bien, y lo
habilitaría a prestar ayuda en el examen de documentos.
-Parece que usted también ha adoptado la palabra -dije, ligeramente excitado.
-Con todo respeto. ¿Qué palabra, señor? -preguntó Turkey, apretándose
respetuosamente en el estrecho espacio detrás del biombo y obligándome al hacerlo a
empujar al amanuense-. ¿Qué palabra, señor?
-Preferiría quedarme aquí solo -dijo Bartleby, como si lo ofendiera el verse
atropellado en su retiro.
-Ésa es la palabra, Turkey, ésa es.
-¡Ah!, ¿preferir?, ah, sí, curiosa palabra. Yo nunca la uso. Pero, señor, como iba
diciendo, si prefiriera...
-Turkey -interrumpí-, retírese por favor.
-Ciertamente, señor, si usted lo prefiere.
Al abrir la puerta vidriera para retirarse, Nippers desde su escritorio me echó una
mirada y me preguntó si yo prefería papel blanco o papel azul para copiar cierto
documento. No acentuó maliciosamente la palabra preferir. Se veía que había sido dicha
involuntariamente. Reflexioné que era mi deber deshacerme de un demente, que ya, en
cierto modo, había influido en mi lengua y quizás en mi cabeza y en las de mis
dependientes. Pero juzgué prudente no hacerlo de inmediato.
Al día siguiente noté que Bartleby no hacía más que mirar por la ventana, en su sueño
frente a la pared. Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no
escribir más.
-¿Por qué no? ¿Qué se propone? -exclamé-, ¿no escribir más?
-Nunca más.
-¿Y por qué razón?
-¿No la ve usted mismo? -replicó con indiferencia.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
Lo miré fijamente y me pareció que sus ojos estaban apagados y vidriosos. En
seguida se me ocurrió que su ejemplar diligencia junto a esa pálida ventana, durante las
primeras semanas, había dañado su vista.
Me sentí conmovido y pronuncié algunas palabras de simpatía. Sugerí que, por
supuesto, era prudente de su parte el abstenerse de escribir por un tiempo; y lo animé a
tomar esta oportunidad para hacer ejercicios al aire libre. Pero no lo hizo. Días después,
estando ausentes mis otros empleados, y teniendo mucha prisa por despachar ciertas
cartas, pense que no teniendo nada que hacer, Bartleby sería menos inflexible que de
costumbre y querría llevármelas al correo. Se negó rotundamente y aunque me resultaba
molesto, tuve que llevarlas yo mismo. Pasaba el tiempo. Ignoro si los ojos de Bartleby se
mejoraron o no. Me parece que sí, según todas las apariencias. Pero cuando se lo
pregunté no me concedió una respuesta. De todos modos, no quería seguir copiando. Al
fin, acosado por mis preguntas, me informó que había resuelto abandonar las copias.
-¡Cómo! -exclamé-. ¿Si sus ojos se curaran, si viera mejor que antes, copiaría
entonces?
-He renunciado a copiar -contestó y se hizo a un lado.
Se quedó como siempre, enclavado en mi oficina. ¡Qué! -si eso fuera posible- se
reafirmó más aún que antes. ¿Qué hacer? Si no hacía nada en la oficina: ¿porqué se iba a
quedar? De hecho, era una carga, no sólo inútil, sino gravosa. Sin embargo, le tenía
lástima. No digo sino la pura verdad cuando afirmo que me causaba inquietud. Si hubiese
nombrado a algún pariente o amigo, yo le hubiera escrito, instándolo a llevar al pobre
hombre a un retiro adecuado. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo. Algo
como un despojo en mitad del océano Atlántico. A la larga, necesidades relacionadas con
mis asuntos prevalecieron sobre toda consideración. Lo más bondadosamente posible, le
dije a Bartleby que en seis días debía dejar la oficina. Le aconsejé tomar medidas en ese
intervalo, para procurar una nueva morada. Le ofrecí ayudarlo en este empeño, si él
personalmente daba el primer paso para la mudanza.
-Y cuando usted se vaya del todo, Bartleby -añadí-, velaré para que no salga
completamente desamparado. Recuerde, dentro de seis días.
Al expirar el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.
Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le
dije:
-El momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por usted; aquí tiene
dinero, debe irse.
-Preferiría no hacerlo -replicó, siempre dándome la espalda.
-Pero usted debe irse.
Silencio.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
Yo tenía una ilimitada confianza en su honradez. Con frecuencia me había devuelto
peniques y chelines que yo había dejado caer en el suelo, porque soy muy descuidado con
esas pequeñeces. Las providencias que adopté no se considerarán, pues, extraordinarias.
-Bartleby -le dije-, le debo doce dólares, aquí tiene treinta y dos; esos veinte son
suyos, ¿quiere tomarlos? -y le alcancé los billetes.
Pero ni se movió.
-Los dejaré aquí, entonces -y los puse sobre la mesa bajo un pisapapeles. Tomando mi
sombrero y mi bastón me dirigí a la puerta, y volviéndome tranquilamente añadí-:
Cuando haya sacado sus cosas de la oficina, Bartleby, usted por supuesto cerrará con
llave la puerta, ya que todos se han ido, y por favor deje la llave bajo el felpudo, para que
yo la encuentre mañana. No nos veremos más. Adiós. Si más adelante, en su nuevo
domicilio, puedo serle útil, no deje de escribirme. Adiós Bartleby y que le vaya bien.
No contestó ni una palabra, como la última columna de un templo en ruinas, quedó
mudo y solitario en medio del cuarto desierto.
Mientras me encaminaba a mi casa, pensativo, mi vanidad se sobrepuso a mi lástima.
No podía menos de jactarme del modo magistral con que había llevado mi liberación de
Bartleby. Magistral, lo llamaba, y así debía opinar cualquier pensador desapasionado. La
belleza de mi procedimiento consistía en su perfecta serenidad. Nada de vulgares
intimidaciones, ni de bravatas, ni de coléricas amenazas, ni de paseos arriba y abajo por
el departamento, con espasmódicas órdenes vehementes a Bartleby de desaparecer con
sus miserables bártulos.
Nada de eso. Sin mandatos gritones a Bartleby -como hubiera hecho un genio
inferior- yo había postulado que se iba, y sobre esa promesa había construido todo mi
discurso. Cuanto más pensaba en mi actitud, más me complacía en ella. Con todo, al
despertarme la mañana siguiente, tuve mis dudas -mis humos de vanidad se habían
desvanecido-. Una de las horas más lúcidas y serenas en la vida del hombre es la del
despertar. Mi procedimiento seguía pareciéndome tan sagaz como antes, pero sólo en
teoría. Cómo resultaría en la práctica estaba por verse. Era una bella idea, dar por sentada
la partida de Bartleby; pero después de todo, esta presunción era sólo mía, y no de
Bartleby. Lo importante era, no que yo hubiera establecido que debía irse, sino que él
prefiriera hacerlo. Era hombre de preferencias, no de presunciones.
Después del almuerzo, me fui al centro, discutiendo las probabilidades pro y contra.
A ratos pensaba que sería un fracaso y que encontraría a Bartleby en mi oficina como de
costumbre; y en seguida tenía la seguridad de encontrar su silla vacía. Y así seguí
titubeando. En la esquina de Broadway y la calle del Canal, vi a un grupo de gente muy
excitada, conversando seriamente.
-Apuesto a que... -oí decir al pasar.
-¿A que no se va?, ¡ya está! -dije-; ponga su dinero.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
Instintivamente metí la mano en el bolsillo, para vaciar el mío, cuando me acordé que
era día de elecciones. Las palabras que había oído no tenían nada que ver con Bartleby,
sino con el éxito o fracaso de algún candidato para intendente. En mi obsesión, yo había
imaginado que todo Broadway compartía mi excitación y discutía el mismo problema.
Seguí, agradecido al bullicio de la calle, que protegía mi distracción. Como era mi
propósito, llegué más temprano que de costumbre a la puerta de mi oficina. Me paré a
escuchar. No había ruido. Debía de haberse ido. Probé el llamador. La puerta estaba
cerrada con llave. Mi procedimiento había obrado como magia; el hombre había
desaparecido. Sin embargo, cierta melancolía se mezclaba a esta idea: el éxito brillante
casi me pesaba. Estaba buscando bajo el felpudo la llave que Bartleby debía haberme
dejado cuando, por casualidad, pegué en la puerta con la rodilla, produciendo un ruido
como de llamada, y en respuesta llegó hasta mí una voz que decía desde adentro:
-Todavía no; estoy ocupado.
Era Bartleby.
Quedé fulminado. Por un momento quedé como aquel hombre que, con su pipa en la
boca, fue muerto por un rayo, hace ya tiempo, en una tarde serena de Virginia; fue
muerto asomado a la ventana y quedó recostado en ella en la tarde soñadora, hasta que
alguien lo tocó y cayó.
-¡No se ha ido! -murmuré por fin. Pero una vez más, obedeciendo al ascendiente que
el inescrutable amanuense tenía sobre mí, y del cual me era imposible escapar, bajé
lentamente a la calle; al dar la vuelta a la manzana, consideré qué podía hacer en esta
inaudita perplejidad. Imposible expulsarlo a empujones; inútil sacarlo a fuerza de
insultos; llamar a la policía era una idea desagradable; y sin embargo, permitirle gozar de
su cadavérico triunfo sobre mí, eso también era inadmisible. ¿Qué hacer? o, si no había
nada que hacer, ¿qué dar por sentado? Yo había dado por sentado que Bartleby se iría;
ahora podía yo retrospectivamente asumir que se había ido. En la legítima realización de
esta premisa, podía entrar muy apurado en mi oficina y, fingiendo no ver a Bartleby,
llevarlo por delante como si fuera el aire. Tal procedimiento tendría en grado singular
todas las apariencias de una indirecta. Era bastante difícil que Bartleby pudiera resistir a
esa aplicación de la doctrina de las suposiciones. Pero repensándolo bien, el éxito de este
plan me pareció dudoso. Resolví discutir de nuevo el asunto.
-Bartleby -le dije, con severa y tranquila expresión, entrando a la oficina- estoy
disgustado muy seriamente. Estoy apenado, Bartleby. No esperaba esto de usted. Yo me
lo había imaginado de caballeresco carácter, yo había pensado que en cualquier dilema
bastaría la más ligera insinuación, en una palabra, suposición. Pero parece que estoy
engañado. ¡Cómo! -agregué, naturalmente asombrado-, ¿ni siquiera ha tocado ese dinero?
-Estaba en el preciso lugar donde yo lo había dejado la víspera.
No contestó.
-¿Quiere usted dejarnos, sí o no? -pregunté en un arranque, avanzando hasta
acercarme a él.
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Bartleby el escribiente
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-Preferiría no dejarlos -replicó suavemente, acentuando el no.
-¿Y qué derecho tiene para quedarse? ¿Paga alquiler? ¿Paga mis impuestos? ¿Es suya
la oficina?
No contestó.
-¿Está dispuesto a escribir, ahora? ¿Se ha mejorado de la vista? ¿Podría escribir algo
para mí esta mañana, o ayudarme a examinar unas líneas, o ir al Correo? ¿En una palabra,
quiere hacer algo que justifique su negativa de irse?
Silenciosamente se retiró a su ermita.
Yo estaba en tal estado de resentimiento nervioso que me pareció prudente
abstenerme de otros reproches. Bartleby y yo estábamos solos. Recordé la tragedia del
infortunado Adanis y del aún más infortunado Colt en la solitaria oficina de éste; y cómo
el pobre Colt, exasperado por Adams, y dejándose llevar imprudentemente por la ira, fue
precipitado al acto fatal, acto que ningún hombre puede deplorar más que el actor. A
menudo he pensado que si este altercado hubiera tenido lugar en la calle o en una casa
particular, otro hubiera sido su desenlace. La circunstancia de estar solos en una oficina
desierta, en lo alto de un edificio enteramente desprovisto de domésticas asociaciones
humanas -una oficina sin alfombras, de apariencia, sin duda alguna, polvorienta y
desolada-, debe de haber contribuido a acrecentar la desesperación del desventurado Colt.
Pero cuando el resentimiento del viejo Adams se apoderó de mí y me tentó en lo
concerniente a Bartleby, luché con él y lo vencí. ¿Cómo? Recordando sencillamente el
divino precepto: Un nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros. Sí, esto fue
lo que me salvó. Aparte de más altas consideraciones, la caridad obra como un principio
sabio y prudente, como una poderosa salvaguardia para su poseedor. Los hombres han
asesinado por celos, y por rabia, y por odio, y por egoísmo, y por orgullo espiritual; pero
no hay hombre, que yo sepa, que haya cometido un asesinato por caridad. La prudencia,
entonces, si no puede aducirse motivo mejor, basta para impulsar a todos los seres hacia
la filantropía y la caridad. En todo caso, en esta ocasión me esforcé en ahogar mi
irritación con el amanuense, interpretando benévolamente su conducta. ¡Pobre hombre,
pobre hombre!, pensé, no sabe lo que hace; y además, ha pasado días muy duros y
merece indulgencia.
Procuré también ocuparme en algo: y al mismo tiempo consolar mi desaliento. Traté
de imaginar que en el curso de la mañana, en un momento que le viniera bien, Bartleby,
por su propia y libre voluntad, saldría de su ermita, decidido a encaminarse a la puerta.
Pero no, llegaron las doce y media, la cara de Turkey se encendió, volcó el tintero y
empezó su turbulencia; Nippers declinó la calma y la cortesía; Ginger Nut mascó su
manzana del mediodía; y Bartleby siguió de pie en la ventana en uno de sus profundos
sueños frente al muro. ¿Me creerán? ¿Me atreveré a confesarlo? Esa tarde abandoné la
oficina, sin decirle ni una palabra más.
Pasaron varios días durante los cuales, en momentos de ocio, revisé Edwards on the
Will y Priestley on Necesity. Estos libros, dadas las circunstancias, me produjeron un
sentimiento saludable. Gradualmente llegué a persuadirme de que mis disgustos acerca
del amanuense, estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me estaba destinado por
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Bartleby el escribiente
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algún misterioso propósito de la Divina Providencia, que un simple mortal como yo no
podía penetrar. Sí, Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo, pensé; no te perseguiré más;
eres inofensivo y silencioso como una de esas viejas sillas; en una palabra, nunca me he
sentido en mayor intimidad que sabiendo que estabas ahí. Al fin lo veo, lo siento; penetro
el propósito predestinado de mi vida. Estoy satisfecho. Otros tendrán papeles más
elevados, mi misión en este mundo, Bartleby, es proveerte de una oficina por el período
que quieras. Creo que este sabio orden de ideas hubiera continuado, de no mediar
observaciones gratuitas y maliciosas que me infligieron profesionales amigos, al visitar
las oficinas. Como acontece a menudo, el constante roce con mentes mezquinas acaba
con las buenas resoluciones de los más generosos. Pensándolo bien, no me asombra que a
las personas que entraban a mi oficina les impresionara el peculiar aspecto del
inexplicable Bartleby y se vieran tentadas de formular alguna siniestra observación. A
veces un procurador visitaba la oficina, y encontrando solo al amanuense, trataba de
obtener de él algún dato preciso sobre mi paradero; sin prestarle atención, Bartleby seguía
inconmovible en medio del cuarto. El procurador, después de contemplarlo un rato, se
despedía, tan ignorante como había venido.
También, cuando alguna audiencia tenía lugar, y el cuarto estaba lleno de abogados y
testigos, y se sucedían los asuntos, algún letrado muy ocupado, viendo a Bartleby
enteramente ocioso le pedía fuera a buscar en su oficina (la del letrado) algún documento.
Bartleby, en el acto, rehusaba tranquilamente y se quedaba tan ocioso corno antes.
Entonces el abogado se quedaba mirándolo asombrado, le clavaba los ojos y luego me
miraba a mí. Y yo ¿qué podía decir? Por fin, me di cuenta de que en todo el círculo de
mis relaciones corría un murmullo de asombro acerca del extraño ser que cobijaba en mi
oficina. Esto me molestaba ya muchísimo. Se me ocurrió que podía ser longevo y que
seguiría ocupando mi departamento, y desconociendo mi autoridad y asombrando a mis
visitantes; y haciendo escandalosa mi reputación profesional; y arrojando una sombra
general sobre el establecimiento y manteniéndose con sus ahorros (porque
indudablemente no gastaba sino medio real por día), y que tal vez llegara a sobrevivirme
y a quedarse en mi oficina reclamando derechos de posesión, fundados en la ocupación
perpetua. A medida que esas oscuras anticipaciones me abrumaban, y que mis amigos
menudeaban sus implacables observaciones sobre esa aparición en mi oficina, un gran
cambio se operó en mí. Resolví hacer un esfuerzo enérgico y librarme para siempre de
esta pesadilla intolerable
Antes de urdir un complicado proyecto, sugerí, simplemente, a Bartleby la
conveniencia de su partida. En un tono serio y tranquilo, entregué la idea a su cuidadosa y
madura consideración. Al cabo de tres días de meditación, me comunicó que sostenía su
criterio original; en una palabra, que prefería permanecer conmigo.
¿Qué hacer?, dije para mí, abotonando mi abrigo hasta el último botón. ¿Qué hacer?
¿Qué debo hacer ¿Qué dice mi conciencia que debería hacer con este hombre, o más
bien, con este fantasma? Tengo que librarme de él; se irá, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese
pobre, pálido, pasivo mortal, arrojarás a esa criatura indefensa? ¿Te deshonrarás con
semejante crueldad? No, no quiero, no puedo hacerlo. Más bien lo dejaría vivir y morir
aquí y luego emparedaría sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces? Con todos tus
ruegos, no se mueve. Deja los sobornos bajo tu propio pisapapeles, es bien claro que
prefiere quedarse contigo.
20
Bartleby el escribiente
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Entonces hay que hacer algo severo, algo fuera de lo común. ¿Cómo, lo harás arrestar
por un gendarme y entregarás su inocente palidez a la cárcel? ¿Qué motivos podrías
aducir? ¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo! ¿él, un vagabundo, un ser errante, él, que
rehúsa moverse? Entonces, ¿porque no quiere ser un vagabundo, vas a clasificarlo como
tal? Esto es un absurdo. ¿Carece de medios visibles de vida?, bueno, ahí lo tengo. Otra
equivocación, indudablemente vive y ésta es la única prueba incontestable de que tiene
medios de vida. No hay nada que hacer entonces. Ya que él no quiere dejarme, yo tendré
que dejarlo. Mudaré mi oficina; me mudaré a otra parte, y le notificaré que si lo
encuentro en mi nuevo domicilio procederé contra él como contra un vulgar intruso.
Al día siguiente le dije:
-Estas oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad, el aire es malsano. En una
palabra: tengo el proyecto de mudarme la semana próxima, y ya no requeriré sus
servicios. Se lo comunico ahora, para que pueda buscar otro empleo.
No contestó y no se dijo nada más.
En el día señalado contraté carros y hombres, me dirigí a mis oficinas y, teniendo
pocos muebles, todo fue llevado en pocas horas. Durante la mudanza el amanuense quedó
atrás del biombo, que ordené fuera lo último en sacarse. Lo retiraron, lo doblaron como
un enorme pliego; Bartleby quedó inmóvil en el cuarto desnudo. Me detuve en la entrada,
observándolo un momento, mientras algo dentro de mí me reconvenía.
Volví a entrar, con la mano en el bolsillo y mi corazón en la boca.
-Adiós Bartleby, me voy, adiós y que Dios lo bendiga de algún modo, y tome esto.
-Deslicé algo en su mano. Pero él lo dejó caer al suelo y entonces, raro es decirlo, me
arranqué dolorosamente de quien tanto había deseado librarme.
Establecido en mis oficinas, por uno o dos días mantuve la puerta con llave,
sobresaltándome cada pisada en los corredores. Cuando volvía, después de cualquier
salida, me detenía en el umbral un instante, y escuchaba atentamente al introducir la
llave. Pero mis temores eran vanos. Bartleby nunca volvió.
Pensé que todo iba bien, cuando un señor muy preocupado me visitó, averiguando si
yo era el último inquilino de las oficinas en el no X en Wall Street.
Lleno de aprensiones, contesté que sí.
-Entonces, señor -dijo el desconocido, que resultó ser un abogado-, usted es
responsable por el hombre que ha dejado allí. Se niega a hacer copias; se niega a hacer
todo; dice que prefiere no hacerlo; y se niega a abandonar el establecimiento.
-Lo siento mucho, señor -le dije con aparente tranquilidad, pero con un temblor
interior-, pero el hombre al que usted alude no es nada mío, no es un pariente o un
meritorio, para que usted quiera hacerme responsable.
-En nombre de Dios, ¿quién es?
21
Bartleby el escribiente
Herman Melville
-Con toda sinceridad no puedo informarlo. Yo no sé nada de él. Anteriormente lo
tomé como copista; pero hace bastante tiempo que no trabaja para mí.
-Entonces, lo arreglaré. Buenos días, señor.
Pasaron varios días, y no supe nada más; y aunque a menudo sentía un caritativo
impulso de visitar el lugar y ver al pobre Bartleby, un cierto escrúpulo, de no sé qué, me
detenía.
Ya he concluido con él, pensaba al fin, cuando pasó otra semana sin más noticias.
Pero al llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré varias personas esperando en mi
puerta, en un estado de gran excitación.
-Éste es el hombre, ahí viene -gritó el que estaba delante, y que no era otro que el
abogado que me había visitado.
-Usted tiene que sacarlo, señor, en el acto -gritó un hombre corpulento adelantándose
y en el que reconocí al propietario del no X de Wall Street-. Estos caballeros, mis
inquilinos, no pueden soportarlo más; Mr. B. -señalando al abogado- lo ha echado de su
oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de día en los pasamanos
de la escalera y durmiendo a la entrada, de noche. Todos están inquietos; los clientes
abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo,
inmediatamente.
Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido encerrarme con llave en mi
nuevo domicilio. En vano protesté que nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era
la última persona relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia.
Temeroso de que me denunciaran en los diarios (corno alguien insinuó oscuramente)
consideré el asunto y dije que si el abogado me concedía una entrevista privada con el
amanuense en su propia oficina (la del abogado), haría lo posible para librarlos del
estorbo.
Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la
baranda en el descanso.
-¿Qué está haciendo ahí, Bartleby? -le dije.
-Sentado en la baranda -respondió humildemente.
Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.
-Bartleby -dije- ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su
persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?
Silencio.
-Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase
de trabajo quisiera hacer? ¿Le gustaría volver a emplearse como copista?
22
Bartleby el escribiente
Herman Melville
-No, preferiría no hacer ningún cambio.
-¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?
-Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor; pero no soy exigente.
-¡Demasiado encierro -grité-, pero si usted está encerrado todo el día!
-Preferiría no ser vendedor -respondió como para cerrar la discusión.
-¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.
-No me gustaría, pero, como he dicho antes, no soy exigente.
Su locuacidad me animó. Volví a la carga.
-Bueno, ¿entonces quisiera viajar por el país como cobrador de comerciantes? Sería
bueno para su salud.
-No, preferiría hacer otra cosa.
-¿No iría usted a Europa, para acompañar a algún joven y distraerlo con su
conversación? ¿No le agradaría?
-De ninguna manera. No me parece que haya en eso nada preciso. Me gusta estar fijo
en un sitio. Pero no soy exigente.
-Entonces, quédese fijo -grité, perdiendo la paciencia. Por primera vez, en mi
desesperante relación con él, me puse furioso-. ¡Si usted no se va de aquí antes del
anochecer, me veré obligado (en verdad, estoy obligado) a irme yo mismo! -dije un poco
absurdamente, sin saber con qué amenaza atemorizarlo para trocar en obediencia su
inmovilidad. Desesperando de cualquier esfuerzo ulterior, precipitadamente me iba,
cuando se me ocurrió un último pensamiento, uno ya vislumbrado por mí.
-Bartleby -dije, en el tono más bondadoso que pude adoptar, dadas las
circunstancias-, ¿usted no iría a casa conmigo? No a mi oficina, sino a mi casa, ¿a
quedarse a hasta encontrar un arreglo conveniente? Vámonos ahora mismo.
-No, por el momento preferiría no hacer ningún cambio.
No contesté; pero eludiendo a todos por lo súbito y rápido de mi fuga, huí del
edificio, corrí por Wall Street hacia Broadway y saltando en el primer ómnibus me vi
libre de toda persecución. Apenas vuelto a mi tranquilidad, comprendí que yo había
hecho todo lo humanamente posible, tanto respecto a los pedidos del propietario y mis
inquilinos, como respecto a mis deseos y mi sentido del deber, para beneficiar a Bartleby,
y protegerlo de una ruda persecución. Procuré estar tranquilo y libre de cuidados; mi
conciencia justificaba mi intento, aunque, a decir verdad, no logré el éxito que esperaba.
Tal era mi temor de ser acosado por el colérico propietario y sus exasperados inquilinos,
que, entregando por unos días mis asuntos a Nippers, me dirigí a la parte alta de la
ciudad, a través de los suburbios, en mi coche; crucé a Jersey City y a Hoboken, e hice
23
Bartleby el escribiente
Herman Melville
fugitivas visitas a Manhattanville y Astoria. De hecho, casi estuve domiciliado en mi
coche durante este tiempo. Cuando regresé a la oficina, encontré sobre mi escritorio una
nota del propietario. La abrí con temblorosas manos. Me informaba que su autor había
llamado a la policía, y que Bartleby había sido conducido a la cárcel como vagabundo.
Además, como yo lo conocía más que nadie, me pedía que concurriera y que hiciera una
declaración conveniente de los hechos. Estas nuevas tuvieron sobre mí un efecto
contradictorio. Primero, me indignaron, luego casi merecieron mi aprobación. El carácter
enérgico y expeditivo del propietario le había hecho adoptar un temperamento que yo no
hubiera elegido; y sin embargo, como último recurso, dadas las circunstancias especiales,
parecía el único camino.
Supe después que, cuando le dijeron al amanuense que sería conducido a la cárcel,
éste no ofreció la menor resistencia. Con su pálido modo inalterable, silenciosamente,
asintió. Algunos curiosos o apiadados espectadores se unieron al grupo; encabezada por
uno de los gendarmes, del brazo de Bartleby, la silenciosa procesión siguió su camino
entre todo el ruido, y el calor, y la felicidad de las aturdidas calles al mediodía.
El mismo día que recibí la nota, fui a la cárcel. Buscando al empleado, declaré el
propósito de mi visita, fui informado de que el individuo que yo buscaba estaba, en
efecto, ahí dentro. Aseguré al funcionario que Bartleby era de una cabal honradez y que
merecía nuestra lástima, por inexplicablemente excéntrico que fuera. Le referí todo lo que
sabía, y le sugerí que lo dejaran en un benigno encierro hasta que algo menos duro
pudiera hacerse -aunque no sé muy bien en qué pensaba-. De todos modos, si nada se
decidía, el asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.
Como no había contra él ningún cargo serio y era inofensivo y tranquilo, le permitían
andar en libertad por la prisión y particularmente por los patios cercados de césped. Ahí
lo encontré, solitario en el más quieto de los patios, con el rostro vuelto a un alto muro,
mientras, alrededor, me pareció ver los ojos de asesinos y de ladrones, atisbando por las
estrechas rendijas de las ventanas.
-¡Bartleby!
-Lo conozco -dijo sin darse la vuelta- y no tengo nada que decirle.
-Yo no soy el que le trajo aquí, Bartleby -dije profundamente dolido por su sospecha-.
Para usted, este lugar no debe ser tan vil. Nada reprochable lo ha traído aquí. Vea, no es
un lugar triste, como podía suponerse. Mire, ahí está el cielo, y aquí el césped.
-Sé dónde estoy -replicó, pero no quiso decir nada más, y entonces lo dejé.
Al entrar de nuevo en el corredor, un hombre ancho y carnoso, de delantal, se me
acercó, y señalando con el pulgar sobre el hombro, dijo:
-¿Ése es su amigo?
-Sí.
- ¿Quiere morirse de hambre? En tal caso que observe el régimen de la prisión y se
saldrá con su gusto.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
-¿Quién es usted? -le pregunté, no acertando a explicarme una charla tan poco oficial
en ese lugar.
-Soy el despensero. Los caballeros que tienen amigos aquí me pagan para que los
provea de buenos platos.
-¿Es cierto? -le pregunté al guardián. Me contestó que sí.
-Bien, entonces -dije, deslizando unas monedas de plata en la mano del despensero-,
quiero que mi amigo esté particularmente atendido. Déle la mejor comida que encuentre.
Y sea con él lo más atento posible.
-Presénteme, ¿quiere? -dijo el despensero, con una expresión que parecía indicar la
impaciencia de ensayar inmediatamente su urbanidad.
Pensando que podía redundar en beneficio del amanuense, accedí, y preguntándole su
nombre, me fui a buscar a Bartleby.
-Bartleby, éste es un amigo, usted lo encontrará muy útil.
-Servidor, señor -dijo el despensero, haciendo un lento saludo, detrás del delantal-.
Espero que esto le resulte agradable, señor; lindo césped, departamentos frescos, espero
que pase un tiempo con nosotros, trataremos de hacérselo agradable. ¿Qué quiere cenar
hoy?
-Prefiero no cenar hoy -dijo Bartleby, dándose la vuelta-. Me haría mal; no estoy
acostumbrado a cenar. -Con estas palabras se movió hacia el otro lado del cercado, y se
quedó mirando la pared.
-¿Cómo es esto? -dijo el hombre, dirigiéndose a mí con una mirada de asombro-. Es
medio raro, ¿verdad?
-Creo que está un poco desequilibrado -dije con tristeza.
-¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Bueno, palabra de honor que pensé que su
amigo era un caballero falsificador; los falsificadores siempre son pálidos distinguidos.
No puedo menos que compadecerlos; m es imposible, señor. ¿No conoció a Monroe
Edwards? -agregó patéticamente y se detuvo. Luego, apoyando compasivamente la mano
en mi hombro, suspiró-: murió tuberculoso en Sing-Sing. Entonces, ¿usted no conocía a
Monroe?
-No, nunca he tenido relaciones sociales con ningún falsificador. Pero no puedo
demorarme. Cuide a mi amigo. Le prometo que no le pesará. Ya nos veremos.
Pocos días después, conseguí otro permiso para visitar la cárcel y anduve por los
corredores en busca de Bartleby, pero sin dar con él.
-Lo he visto salir de su celda no hace mucho -dijo un guardián-. Habrá salido a pasear
al patio. Tomó esa dirección.
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Bartleby el escribiente
Herman Melville
-¿Está buscando al hombre callado? -dijo otro guardián, cruzándose conmigo-. Ahí
está, durmiendo en el patio. No hace veinte minutos que lo vi acostado.
El patio estaba completamente tranquilo. A los presos comunes les estaba vedado el
acceso. Los muros que lo rodeaban, de asombroso espesor, excluían todo ruido. El
carácter egipcio de la arquitectura me abrumó con su tristeza. Pero a mis pies crecía un
suave césped cautivo. Era como si en el corazón de las eternas pirámides, por una extraña
magia, hubiese brotado de las grietas una semilla arrojada por los pájaros.
Extrañamente acurrucado al pie del muro, con las rodillas levantadas de lado, con la
cabeza tocando las frías piedras, vi al consumido Bartleby. Pero no se movió. Me detuve,
luego me acerqué; me incliné, y vi que sus vagos ojos estaban abiertos; por lo demás,
parecía profundamente dormido. Algo me impulsó a tocarlo. Al sentir su mano, un
escalofrío me corrió por el brazo y por la médula hasta los pies.
La redonda cara del despensero me interrogó.
-Su comida está pronta. ¿No querrá comer hoy tampoco? ¿O vive sin comer?
-Vive sin comer -dije yo y le cerré los ojos.
-¿Eh?, está dormido, ¿verdad?
-Con reyes y consejeros -dije yo.
CREO que no hay necesidad de proseguir esta historia. La imaginación puede suplir
fácilmente el pobre relato del entierro de Bartleby. Pero antes de despedirme del lector,
quiero advertirle que si esta narración ha logrado interesarle lo bastante para despertar su
curiosidad sobre quién era Bartleby, y qué vida llevaba antes de que el narrador trabara
conocimiento con él, sólo puedo decirle que comparto esa curiosidad, pero que no puedo
satisfacerla. No sé si debo divulgar un pequeño rumor que llegó a mis oídos, meses
después del fallecimiento del amanuense. No puedo afirmar su fundamento; ni puedo
decir qué verdad tenía. Pero, como este vago rumor no ha carecido de interés para mí,
aunque es triste, puede también interesar a otros.
El rumor es éste: Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas
Muertas de Washington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la
administración. Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me
embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por
naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede
aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y
clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el
pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo -el dedo que iba destinado tal
vez ya se corrompe en la tumba-; un billete de banco remitido en urgente caridad a quien
ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados;
esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron
26
Bartleby el escribiente
Herman Melville
sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran
hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!
27
4 de septiembre de 2016
31 de agosto de 2016
5° Cientifico. CUESTIONARIO DANTE. DIVINA COMEDIA
-->
UNIDAD
3. DANTE ALIGHIERI. DIVINA COMEDIA.
Prof.
Giovanna Piceda.
Año
2016.
CUESTIONARIO
SOBRE DANTE ALIGHIERI Y DIVINA COMEDIA.
- Realiza una biografía del autor ubicandolo en su época,citando obras de su autoría señalando rasgos biográficos pertinentes para la obra.
- Delimita Edad Media estudiando las principales características de la Temprana, Alta y Baja Edad Media.
- Define Edad Media y Renacimiento, ubícalos cronológicamente y señala qué aspectos de ambas épocas se reconocen en la obra.
- Ubica a Dante Alighieri en el contexto social- cultural y política de su época. ¿En qué circunstancias se encontraba Florencia en época del autor?
- Describe la arquitectura del Infierno. Puedes ejemplificar con ilustraciones o esquemas
- Describe la arquitectura del Purgatorio. Puedes ejemplificar con ilustraciones o esquemas
- Describe la arquitectura del Paraíso. Puedes ejemplificar con ilustraciones o esquemas
- Señala y describe la estructura de la obra externa de la obra.
- ¿Cómo está escrita La Divina Comedia? Señala la lengua en la que está escrita y la forma métrica utilizada por el autor.
- Explica el sistema astronómico ptolomeico en el cual se basó Dante para escribir su obra.
- Define el Dolce Stil Novo. Ejemplifica con un texto representativo. ¿Se cita al mismo en algún fragmento de la obra?
- Explica el titulo de la obra. ¿Con qué sentido Dante la calificó “Comedia”? ¿A qué género literario pertenece?
- Señala las diferentes lecturas que la obra admite según palabras del propio autor.
- ¿Qué personajes incluye Dante en su obra? Realiza una clasificación con ejemplo en un canto seleccionado.
- ¿Quién es Virgilio y qué papel cumple en la obra y en viaje que emprende Dante?
- ¿Quién es Carón ? ¿Dónde se inspira Dante para incluir este personaje en la obra? ¿Qué papel cumple en el infierno? Señale con ejemplos.
- Define el concepto de “alegoría” explicando en qué sentido la obra puede ser considerada una alegoria. Ejempllifica con el texto.
- ¿Quién es Beatriz? Distingue Beatriz persona- Beatriz personaje de la obra. ¿En qué lugar de obra aparece y con qué función?
- Lee el Salmo I de la Biblia (contenido en el Antiguo Testamento) y relaciónalo con el comienzo de la obra “A la mitad del camino de mi vida me encontré en una selva oscura por apartarme del camino recto?
21 de agosto de 2016
5° Cientifico. "El jorobado" Conan Doyle. (Texto ilustrativo)
Alumnos: para ejemplificar la historia del rey David contenida en el libro de David he encontrado un texto actual que recrea la historia de David, Urías, Betsabé, escrito por el escritor Sir Arthur Conan Doyle perteneciente a "Las memorias de Sherlock Holmes" titulado (en forma traducido) como "El jorobado".
Lo propongo a continuación.Sir Arthur Conan Doyle
EL JOROBADO.
«Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y retiraos de detrás de él para que sea herido y muera.»
2 Samuel 11, 15
Una noche de verano, pocos meses después de casarme, estaba sentado ante mi chimenea,
fumando una última pipa y dando cabezadas sobre una novela, pues mi jornada de trabajo había sido
agotadora. Mi esposa había subido ya, y el ruido al cerrarse con llave la puerta de entrada, un rato
antes, me indicó que también los sirvientes se habían retirado. Había abandonado mi asiento y
estaba vaciando la ceniza de mi pipa, cuando oí de pronto un campanillazo.
Miré el reloj. Eran las doce menos cuarto. A una hora tan tardía no podía tratarse de un visitante.
Un paciente, desde luego, y posiblemente toda la noche en vela. Torciendo el gesto, me dirigí al recibidor y abrí la puerta. Con gran asombro por mi parte, era Sherlock Holmes quien se encontraba
en la entrada.
–Vaya, Watson –dijo–, ya esperaba yo llegar a tiempo para encontrarle todavía levantado.
–Adelante, por favor, mi querido amigo.
–¡Parece sorprendido y no me extraña! ¡Y aliviado también, diría yo! ¡Hum! ¿O sea que todavía
fuma aquella mezcla Arcadia de sus tiempos de soltero? Esta ceniza esponjosa en su chaqueta es inconfundible. Es fácil observar que estaba usted acostumbrado a vestir uniforme, Watson; nunca se
le podrá tomar por un paisano de pura raza mientras conserve el hábito de guardar el pañuelo en su manga. ¿Puede darme alojamiento por esta noche?
–Con mucho gusto.
–Me dijo que tenía una habitación individual para soltero, y veo que en este momento no hay ningún visitante varón. Así lo proclaman los ganchos para
sombreros en su perchero.
–Me complacerá mucho que se quede.
–Gracias. Llenaré, pues, un colgador vacante. Lamento ver
que ha tenido un operario británico en casa. Los envía el demonio.
¿No sería un problema de desagües, espero?
–No, el gas.
–¡Ah! Ha dejado dos marcas de clavos de su bota en su
linóleo, precisamente allí donde da la luz. No, gracias, he cenado
algo en Waterloo, pero gustosamente fumaré una pipa con usted.
Le ofrecí mi bolsa de tabaco y él se sentó frente a mí; durante
un rato fumé en silencio. Yo sabía perfectamente que sólo un
asunto de importancia podía haberle traído a mi casa a semejante
hora, de modo que esperé con paciencia que decidiera abordarlo.
–Veo que en estos momentos está muy ocupado
profesionalmente –comentó, dirigiéndome una mirada penetrante.
–Sí, he tenido un día atareado –contesté–. Tal vez a usted le parezca una necedad –añadí–,
pero de hecho no sé cómo lo ha podido deducir.
Holmes se rió para sus adentros.
–Tengo la ventaja de conocer sus costumbres, mi querido Watson –dijo–. Cuando su ronda es breve va usted a pie, y cuando es larga toma un coche de alquiler. Ya que percibo que sus botas,
aunque usadas, nada tienen de sucias, no me cabe duda de que últimamente su trabajo ha justificado tomar el coche.
–¡Excelente! –exclame.
–Elemental –dijo él–. Es uno de aquellos casos en los que quien razona puede producir un efecto que le parece notable a su interlocutor, porque a éste se le ha escapado el pequeño detalle que es la base de la deducción. Lo mismo cabe decir, mi buen amigo, sobre el efecto de algunos de esos pequeños relatos suyos, que es totalmente el de un espejismo, puesto que depende del hecho
de que usted retiene entre sus manos ciertos factores del problema que nunca le son impartidos al lector. Ahora bien, en este momento me encuentro en la misma situación de estos lectores, pues
tengo en esta mano varios cabos de uno de los casos más extraños que nunca hayan llenado de
perplejidad el cerebro de un hombre, y sin embargo me faltan uno o dos que son necesarios paracompletar mi teoría. ¡Pero los tendré, Watson, los tendré!
Sus ojos centellearon y un leve rubor se extendió por sus flacas mejillas. Por un instante, se alzó
el velo ante su naturaleza viva y entusiasta, pero sólo por un instante. Cuando le miré de nuevo, su cara había adoptado otra vez aquella impasibilidad de indio piel roja que había movido a tantos a
mirarle como una maquina y no como un hombre.
–El problema presenta rasgos interesantes –dijo–; puedo decir que incluso características excepcionales muy interesantes. Ya he examinado el asunto y he llegado, según creo, cerca de la solución. Si pudiera usted acompañarme en esta última etapa, me prestarla un servicio más que
considerable.
–Me encantaría.
–¿Podría ir mañana a Aldershot?
–No dudo de que Jackson me sustituirá en mi consulta.
–Muy bien. Deseo salir de Waterloo en el tren de las once diez.
–Lo cual me da tiempo de sobra.
–Pues entonces, si no tiene demasiado sueño, le haré un esbozo de lo que ha ocurrido y de lo
que queda por hacen.
–Tenía sueño antes de llegar usted. Ahora estoy perfectamente despejado.
–Resumiré la historia tanto como sea posible sin omitir nada que pueda ser vital para el caso. Es
concebible que usted haya leído incluso alguna referencia al mismo. Es el supuesto asesinato del
coronel Barclay, de los Royal Mallows, en Aldershot, lo que estoy investigando.
–No he oído nada al respecto.
–Es que todavía no ha despertado una gran atención, excepto localmente. Son hechos que sólo
cuentan con un par de días. Brevemente, son los siguientes:
»Como usted sabe, el Royal Mallows es uno de los regimientos irlandeses más famosos en el
ejército británico. Hizo proezas tanto en Crimea como durante el motín de los cipayos y, desde
entonces, se ha distinguido en todas las ocasiones posibles. Hasta el lunes por la noche lo mandaba
James Barclay, un valiente veterano que comenzó como soldado raso y fue ascendido a suboficial
por su bravura en tiempos del motín. Llegaría a mandar el mismo regimiento en el que en otro tiempo él había llevado un mosquete.
»El coronel Barclay se casó en la época en que era sargento, y su esposa, cuyo nombre de soltera era Nancy Devoy, era hija de un antiguo sargento del mismo regimiento. Hubo por tanto, como puede imaginar, alguna leve fricción social cuando la joven pareja, pues jóvenes eran aún, se encontró en su nuevo ambiente. No obstante, parece ser que se adaptaron con rapidez y, según
tengo entendido, la señora Barclay siempre fue tan popular entre las damas del regimiento como lo
era su marido entre sus colegas oficiales. Añadiré que era una mujer de gran belleza y que incluso
ahora, cuando lleva más de treinta años casada, todavía presenta una espléndida apariencia.
»Todo indica que la vida familiar del coronel Barclay fue tan feliz como regular. El mayor Murphy, al que debo la mayor parte de mis datos, me asegura que nunca oyó que existiera la menor diferencia entre la pareja. En conjunto, él piensa que la devoción de Barclay a su esposa era mayor que la que
su esposa sintiera por él. Barclay se sentía muy intranquilo si se apartaba del lado de ella por un día.
Ella, en cambio, aunque afectuosa y fiel, no revelaba un cariño tan avasallador. Pero los dos eran
considerados en el regimiento como el mejor modelo de una pareja de mediana edad. No había absolutamente nada en sus relaciones mutuas que anunciara a la gente la tragedia que iba a producirse más tarde.
»Al parecer, el coronel Barclay presentaba algunos rasgos singulares en su carácter. En su talante usual, era un viejo soldado animoso y jovial, pero había ocasiones en que daba la impresión de ser capaz de mostrarse considerablemente violento y vindicativo. Sin embargo, por lo que parece,
este aspecto de su naturaleza jamás se había vuelto contra su esposa. Otro hecho que había llamado
la atención del mayor Murphy, así como de tres de los otros cinco oficiales con los que hablé, era el
singular tipo de depresión que a veces le acometía. Tal como lo expresó el mayor, a menudo la sonrisa se borraba de sus labios, como si lo hiciera una mano invisible, cuando se estaba sumando a las bromas y el regocijo en la mesa de los oficiales. Durante varios días, cuando este humor se
apoderaba de él, permanecía sumido en el más profundo abatimiento. Esto y un cierto toque de
superstición eran los únicos rasgos inusuales que, en su manera de ser, habían observado sus hermanos de armas. Esta última peculiaridad asumía la forma de una repugnancia respecto a quedarse solo, especialmente después de oscurecido, y este detalle pueril en una personalidad tan conspicuamente varonil habla suscitado comentarios y conjeturas.
»El primer batallón de los Royal Mallows, el antiguo 117, lleva varios años estacionado en
Aldershot. Los oficiales casados viven fuera de los cuarteles y, durante todo este tiempo, el coronel
había ocupado una villa llamada Lachine, a cosa de media milla del Campamento Norte. La casa se
alza en terreno propio, pero su ala oeste no se halla a más de treinta yardas de la carretera principal.
Un lacayo y dos camareras constituyen la servidumbre. Ellos, junto con sus señores, eran los únicos ocupantes de Lachine, ya que los Barclay no tenían hijos, y no era usual en ellos tener visitantes
instalados. Pasemos ahora a lo sucedido en Lachine entre las nueve y las diez del pasado lunes.
» Al parecer, la señora Barclay pertenecía a la iglesia católica romana y se había interesado
vivamente por la creación del Gremio de San Jorge, formado en conexión con la capilla de Watt
Street, con la finalidad de suministrar ropas usadas a los pobres. Aquella noche, a las ocho, había tenido lugar una reunión del Gremio, y la señora Barclay había cenado apresuradamente a fin de llegar puntual a la misma. Al salir de su casa, el cochero la oyó dirigir una observación de tipo
corriente a su marido, y asegurarle que no tardaría en volver. Llamó después a la señorita Mornison, una joven que vive en la villa contigua, y fueron las dos juntas a la reunión. Ésta duró cuarenta minutos y, a las nueve y cuarto, la señora Barclay regresó a su casa, después de dejar a la señorita
Mornison ante la puerta de la suya, al pasar.
»Hay en Lachine una habitación que se utiliza como sala de estar por la mañana. Da a la carretera, y una gran puerta cristalera de hojas plegables se abre desde ella sobre el césped. Este se extiende a lo largo de unas treinta yardas, y sólo lo separa de la carretera un muro bajo rematado por
una barandilla de hierro. En esta habitación entró la señora Barclay al regresar. Las cortinas no
estaban corridas, ya que rara vez se utilizaba aquella sala por la noche, pero la propia señora Barclay
encendió la lámpara y después tocó la campanilla, para pedir a Jane Stewart, la primera camarera, que le sirviera una taza de té, cosa que era más bien contraria a sus hábitos usuales. El coronelhabía estado sentado en el comedor, pero al oír que su esposa ya había regresado, se reunió con ella en la sala mencionada. El cochero le vio atravesar el vestíbulo y entrar en ella. Nunca más se le
volvería a ver con vida.
»El té que ella había pedido le fue subido al cabo de diez minutos, pero la sirvienta, al acercarse
a la puerta, oyó, sorprendida, las voces de su señor y su señora
entregados a un furioso altercado. Llamó, sin recibir respuesta
alguna, e incluso hizo girar el pomo de la puerta, pero resultó que
ésta estaba cerrada pon el interior. Como es natural, bajó
corriendo para advertir a la cocinera, y las dos mujeres,
acompañadas por el lacayo, subieron al vestíbulo y escucharon la
disputa que proseguía con la misma violencia. Todos coinciden
en que sólo se oían dos voces, la de Barclay y la de su mujer. Las
frases emitidas por Barclay eran breves y expresadas con voz
queda, de modo que ninguna de ellas les resultaba audible a los
que escuchaban tras la puerta. Las de la señora, en cambio, eran
más cortantes y, cuando alzaba la voz, se oían perfectamente.
«Eres un cobarde!», le repetía una y otra vez. «¿Qué podemos
hacer ahora? ¿Qué podemos hacer ahora? ¡Devuélveme la vida!
¡No quiero volver a respirar nunca más el mismo aire que tú!
¡Cobarde! ¡Cobarde!» Esto eran fragmentos de la conversación
de ella, que terminaron con un grito repentino y espantoso
proferido por la voz del hombre, junto con el ruido de una caída y
un penetrante chillido de la mujer. Convencido de que habla
ocurrido alguna tragedia, el cochero se abalanzó hacia la puerta y
trató de forzarla, mientras del interior brotaba un grito tras otro. No le fue posible, sin embargo, abrirla,
y las sirvientas estaban demasiado acongojadas por el miedo para poder prestarle alguna ayuda.
Pero entonces se le ocurrió súbitamente una idea y cruzó corriendo la puerta del vestíbulo y salió a la
extensión de césped, sobre la que se abría la gran puerta cristalera de hojas plegables. Un lado de
éstas estaba abierto, cosa según creo usual en verano, y sin dificultad pudo entrar en la habitación.
Su señora había dejado de gritar y estaba echada, sin conocimiento, en un sofá, en tanto que, con los
pies sobre el costado de una butaca y la cabeza en el suelo, cerca del ángulo del guardafuegos,
yacía el infortunado militar, muerto y en medio de un charco de su propia sangre.
»Naturalmente, el primer pensamiento del cochero, al descubrir que nada podía hacer por su
amo, fue el de abrir la puerta, pero entonces se presentó una dificultad tan singular como inesperada.
La llave no se encontraba en la parte interior de la puerta, y no fue posible encontrarla en parte
alguna de la habitación. Por consiguiente, volvió a salir por la ventana y regresó tras haber
conseguido la ayuda de un policía y de un medico. La señora, contra la cual se alzaron lógicamente
las más intensas sospechas, fue trasladada a su dormitorio todavía en un estado de insensibilidad. El
cadáver del coronel fue colocado entonces sobre el sofá y se procedió a un examen cuidadoso del
escenario de la tragedia.
»Se comprobó que la herida infligida al infortunado veterano era un corte desigual, de unos
cuatro dedos de longitud, en la parte posterior de la cabeza, que indudablemente había sido causado
por un golpe violento asestado con un instrumento contundente. Tampoco fue difícil deducir cuál pudo
haber sido esta arma. En el suelo y cerca del cadáver había una curiosa maza de madera dura
tallada, con un mango de hueso. El coronel poseía una variada colección de armas traídas de los
diferentes países en los que habla luchado, y la policía conjetura que esta maza figuraba entre sus
trofeos. Los sirvientes niegan haberla visto antes, pero entre las numerosas curiosidades que hay en
la casa es posible que les hubiera pasado por alto. Nada más de importancia descubrió la policía en
la habitación, salvo el hecho inexplicable de que ni en la persona de la señora Barclay ni sobre la
víctima ni en parte alguna de la habitación se encontró la llave perdida. Finalmente, la puerta tuvo que
abrirla un cerrajero de Aldershot.
»Así estaban las cosas, Watson, cuando el lunes por la mañana me trasladé a Aldershot, a
petición del mayor Murphy, para respaldar los esfuerzos de la policía. Pienso que reconocerá que el
problema ofrecía ya su interés, pero mis observaciones pronto me hicieron comprender que era en
realidad mucho más extraordinario que todo cuanto pudiera aparentar a primera vista.
»Antes de examinar la habitación, interrogué a los sirvientes, pero sólo conseguí obtener los
hechos que ya he explicado. Otro detalle interesante fue el que recordó la camarera Jane Stewart.
Como ya le he dicho, al oír los ecos de la disputa bajó y regresó con los otros criados. Dice que en la
primera ocasión, cuando ella estaba sola, las voces de su señor y de su señora eran tan bajas que
apenas pudo oír nada, y juzgó por sus tonos, más bien que por sus palabras, que había una seria
desavenencia entre ellos. Sin embargo, al insistir yo en mis preguntas, recordó haber oído el nombre
«David», pronunciado dos veces por la dama. Este punto tiene la mayor importancia para orientarnos
respecto al motivo de la súbita pelea. Recordará que el nombre del coronel era James.
»Había algo en el caso que causó profunda impresión tanto a los sirvientes como a la policía.
Hablo de la deformación en la cara del coronel. Según su relato, había quedado grabada en ella la
expresión de miedo y horror más tremenda que pueda asumir una faz humana. Esto, claro está,
encajaba perfectamente con la teoría de la policía, en el caso de que el coronel hubiera podido ver a
su esposa en el momento de efectuar ésta un ataque mortífero contra él. Y contra esto no
representaba una objeción fatal el hecho de tener la herida en la parte posterior de la cabeza, ya que
pudo haberse vuelto para evitar el golpe. No era posible obtener información alguna de la señora, ya
que ésta se mostraba temporalmente desequilibrada a consecuencia de un agudo ataque de fiebre
cerebral.
»Supe por la policía que la señorita Mornison, que, como recordará, salió aquella noche con la
señora Barclay, negaba tener la menor idea acerca de lo que había causado el malhumor de su
compañera al volver.
»Una vez reunidos estos hechos, Watson, fumé varias pipas mientras meditaba sobre ellos,
tratando de separar los que eran cruciales de otros que eran meramente incidentales. No cabía la
menor duda de que el punto más distintivo y sugestivo en el caso era la desaparición de la llave de la
puerta. Un registro a fondo no había permitido encontrarla en la habitación y, por consiguiente, hablan
de habérsela llevado. Pero ni el coronel ni la esposa del coronel pudieron apoderarse de ella. Esto
quedaba bien claro. Por consiguiente, tenía que haber entrado en la habitación una tercera persona.
Y esta tercera persona sólo pudo haber entrado por la ventana. Me pareció que un examen
cuidadoso de la habitación y del césped podía revelar alguna traza del misterioso individuo. Usted ya
conoce mis métodos, Watson, y no hubo ni uno solo de ellos que yo dejara de aplicar en mi
6
El jorobado
búsqueda. Y ésta concluyó al encontrar yo trazas, pero muy diferentes de las que había esperado.
Había habido un hombre en la sala, y este hombre había cruzado el césped, procedente de la
carretera. Me fue posible obtener cinco impresiones muy claras de las huellas de sus pies: una en la
misma carretera, en el punto donde había escalado el muro bajo, dos en el césped y otras dos, muy
débiles, en las tablas enceradas cercanas a la ventana por la que entró. Al parecer, había corrido por
el césped, pues las huellas del dedo gordo eran mucho más profundas que las de los talones. Pero
no fue el hombre el que me sorprendió, sino su acompañante.
–¿Su acompañante?
Holmes extrajo de su bolsillo una hoja grande de papel plegada y la desdobló cuidadosamente
sobre su rodilla.
–¿Qué me dice de esto? –preguntó.
El papel estaba cubierto por dibujos de huellas de patas de un animal pequeño. Tenía cinco
almohadillas bien marcadas y una indicación de uñas largas, y toda la huella mostraba más o menos
el tamaño de una cucharilla de postre.
–Es un perro –dije.
–¿Ha oído hablar alguna vez de un perro que trepe por una cortina? Encontré señales bien
claras de que esta criatura lo había hecho.
–¿Un mono, pues?
–Pero ésta no es la huella de un mono.
–¿De qué puede ser, pues?
–Ni perro, ni gato, ni mono, ni criatura alguna con la que nosotros estemos familiarizados. He
tratado de reconstruirla a partir de las mediciones. He aquí cuatro huellas en las que el animal ha
estado inmóvil y de pie. Como puede ver, no hay menos de quince pulgadas entre la pata delantera y
la trasera. Añada a esto la longitud del cuello y de la cabeza, y tendrá una bestezuela de no mucho
menos de dos pies de longitud... probablemente más, si existe una cola. Pero observe ahora esta otra
medición. El animal se ha estado moviendo y tenemos la longitud de su paso. En cada caso es tan
sólo de unas tres pulgadas. Como ve, existe una indicación de un cuerpo largo con unas patas muy
cortas unidas a él. No ha tenido la consideración de dejar una muestra de su pelo tras de sí, pero su
forma general ha de ser la que he indicado, puede trepar por una cortina y es carnívoro.
–¿Cómo lo deduce?
–Porque trepó por la cortina. En la ventana colgaba una jaula con un canario; parece ser que su
objetivo era apoderarse del pájaro.
–¿Qué era, entonces, este animal?
–Ah, si pudiera darle un nombre habría avanzado un buen trecho hacia la solución del caso. Bien
mirado, se trata probablemente de alguna criatura de la tribu de las comadrejas o los armiños y, sin
embargo, es más grande que todos los ejemplares de estas especies que yo haya visto jamás.
–Pero ¿qué tuvo que ver con el crimen?
–Esto también queda oscuro. Pero, como observará, sabemos que hubo un hombre en el
camino, presenciando la disputa entre los Barclay, puesto que había luz en la habitación y las cortinas
no estaban corridas. Sabemos también que corrió a través del césped, entró en la habitación
acompañado por un animal extraño, y que, o bien golpeó al coronel, o éste se desplomó a causa del
tremendo susto que le causó su visión y se partió la cabeza en la esquina del guardafuegos.
Finalmente, tenemos el curioso hecho de que el intruso se llevó la llave al marcharse.
–Parece como si sus descubrimientos hubieran dejado el asunto más oscuro de lo que ya estaba
-observe.
–Así es. Indudablemente, han demostrado que el caso es mucho más profundo de lo que se
conjeturó al principio. Medité detenidamente la cuestión y llegué a la conclusión de que debo enfocar
el caso desde otro aspecto. Pero de hecho, Watson, le estoy manteniendo levantado y puedo contarle
perfectamente todo esto en nuestro viaje de mañana a Aldershot.
–Gracias, pero ha llegado demasiado lejos para detenerse ahora.
–Yo tenía la certeza de que, cuando la señora Barclay salió de su casa a las siete y media,
estaba en buena relación con su marido. Como creo haber dicho ya, nunca mostraba de forma
ostentosa su afecto, pero el cochero la oyó departir amistosamente con el coronel. Ahora bien, la
misma certeza tuve de que, al regresar, se retiró inmediatamente a la habitación en que menos
probabilidades tenía de ver a su esposo, y allí pidió té, como era propio de una mujer presa de
agitación. Y finalmente, al presentarse él, prorrumpió en violentas recriminaciones.
»Por consiguiente, algo había ocurrido entre las siete y media y las nueve, algo que alteró por
completo los sentimientos de ella respecto a él. Pero la señorita Mornison no se había separado de
ella durante esta hora y media, y era absolutamente seguro por tanto, a pesar de su negativa, que
algo tenía que saber ella respecto al asunto.
»Mi primera conjetura fue la posibilidad de que entre esta joven y el veterano militar existiera
alguna relación que éste hubiera confesado ahora a su esposa. Esto explicaría la indignación de ésta
a su regreso y también la negativa de la joven en lo tocante a que hubiera ocurrido algo. Tampoco era
del todo incompatible con la mayoría de palabras que pudieron oírse.
Pero existía la referencia a un tal David y también el contrapeso del bien sabido afecto del
coronel por su mujer, ello sin hablar de la trágica intrusión de este otro hombre que, desde luego, bien
podía estar totalmente desvinculada de todo lo ocurrido antes. No resultaba nada fácil seguirlo todo
paso a paso, pero en conjunto yo me sentía inclinado a descartar la idea de que hubiera habido algo
entre el coronel y la señorita Mornison, pero cada vez estaba más convencido de que esta joven tenía
la clave de lo que provocó el odio de la señora Barclay contra su marido. Por consiguiente, tomé la
lógica medida de visitar a la señorita Mornison, explicarle que tenía la absoluta certeza de que ella
retenía datos que obraban en su poder y asegurarle que su amiga la señora Barclay podía verse en el
banquillo, con peligro de una sentencia capital, a no ser que se aclarase la cuestión.
»‘La señorita Mornison es una jovencita pequeña, con ojos tímidos y rubios cabellos, pero a la
que no le faltan, ni mucho menos, astucia y sentido común. Después de hablar yo, reflexionó durante
algún tiempo y acto seguido, volviéndose resueltamente hacia mí, comenzó una notable declaración,
que procedo a condensarle.
»–Prometí a mi amiga no decir nada al respecto, y una promesa es una promesa –dijo–. Pero si
de veras puedo ayudarla cuando se encuentra bajo una acusación tan grave, y cuando su boca,
pobrecita, se ve cerrada por la enfermedad, creo que estoy liberada de mi promesa. Yo le diré
exactamente lo que ocurrió el lunes por la tarde.
»Regresábamos a la misión de Watt Street a eso de las ocho y cuarto. En nuestro camino
teníamos que pasar por Hudson Street, que es una calle muy
tranquila. Sólo hay un farol en ella, en la acera izquierda, y al
acercarnos a él, vi venir hacia nosotros un hombre con la
espalda muy encorvada y con algo semejante a una caja colgada
de un hombro. Parecía deforme, pues caminaba con la cabeza
gacha y las rodillas dobladas. Al cruzarnos con él, levantó la cara
para mirarnos bajo el círculo de luz que proyectaba el farol; al
hacerlo se detuvo y gritó con una voz terrible: «¡Dios mío, pero si
es Nancy!» La señora Barclay se volvió con una palidez total y se
hubiera caído de no haberla sostenido aquel ser de tan horrendo
aspecto. Me disponía a llamar a un guardia, cuando ella, con
gran sorpresa por mi parte, dirigió educadamente la palabra al
hombre.
»–Durante estos treinta años te he creído muerto, Henry –le
dijo con voz temblorosa.
»–Y yo –contestó él.
»Fue terrible oír el tono con el que pronunció estas
palabras. Tenía un rostro muy moreno y tremebundo, y un brillo en los ojos que todavía vuelvo a ver
en sueños. Cabellos y patillas estaban entreverados de gris, y tenía toda la cara arrugada y llena de
surcos, como una manzana marchita.
»–Sigue un rato tu camino, querida –me dijo la señora Barclay–. Quiero hablar un momento con
este hombre. No hay nada que temer.
»Trataba de hablar con naturalidad, pero estaba todavía mortalmente pálida y el temblor de sus
labios apenas le permitía articular las palabras.
»Hice lo que ella me pedía y los dos hablaron durante varios minutos. Después ella bajó por la
calle con los ojos llameantes. Vi que el pobre inválido, de pie junto al farol, alzaba los puños cerrados
en el aire, como si la rabia le hubiera enloquecido. Ella no dijo ni palabra hasta que llegamos a mi
puerta, pero entonces me estrechó la mano y me rogó que no contara a nadie lo ocurrido.
»–Es un antiguo amigo mío que ha reaparecido -me dijo.
»Cuando le prometí que por mí no se sabría ni una palabra, me besó y ya no he vuelto a verla
desde entonces. Le acabo de contar toda la verdad, y si me la callé ante la policía fue porque no
comprendí entonces el peligro en que se encontraba mi querida amiga. Ahora sé que sólo puede
redundar en su favor el que se sepa todo.
»Tal fue su declaración, Watson, y para mí, como podrá imaginar, fue como una luz en una
noche oscura. Todo lo que antes habla estado desconectado empezó en seguida a asumir su
verdadero lugar, y tuve una primera y vaga idea de toda la secuencia de acontecimientos. Mi próximo
paso consistía, evidentemente, en hallar al hombre que había causado una impresión tan notable en
la señora Barclay. Si todavía se encontraba en Aldershot, la cuestión no sería tan difícil. No hay un
número muy elevado de civiles y un hombre deformado forzosamente había de llamar la atención.
Pasé un día buscando y, al atardecer, aquel mismo atardecer, Watson, ya había dado con él.
»El hombre se llama Henry Wood y vive en una habitación de la misma calle en la que le
encontraron las dos mujeres. Lleva sólo cinco días en la población. Simulando ser un agente del
registro, tuve una interesante conversación con su patrona. El hombre ejerce el oficio de actor y
prestidigitador. Una vez caída la noche, va de una cantina a otra y ofrece en ellas su pequeño
espectáculo. Lleva consigo, en aquella caja, un animalillo que a la patrona parece causarle una
considerable inquietud, ya que nunca ha visto un animal semejante. Él lo utiliza en algunos de sus
trucos, según cuenta ella. Esto fue lo que pudo explicarme la mujer, así como también que era muy
extraño que el hombre viviera teniendo en cuenta lo muy retorcido que estaba, que hablaba a veces
en una lengua extraña y que en las dos últimas noches le había oído gemir y llorar en su habitación.
Era buen pagador, pero en lo que le entregó le dio lo que parecía ser un florín falso. Me lo enseñó,
Watson, y era una rupia india.
»Y ahora, mi querido amigo, ya ve usted exactamente dónde nos encontramos y por qué quiero
tenerle a mi lado. Está perfectamente claro que, cuando las damas se alejaron de ese hombre, él las
siguió a distancia, que presenció a través de la ventana la disputa entre marido y mujer, que irrumpió
en la habitación y que el animalillo que llevaba en la caja quedó en libertad. Todo esto ofrece la
mayor certeza. Pero él es la única persona de este mundo que puede decirnos exactamente lo que
sucedió en aquella habitación.
–¿Y tiene la intención de preguntárselo a él?
–Desde luego... pero en presencia de un testigo.
–¿Y yo soy el testigo?
–Si tiene esa bondad. Si él puede explicar lo sucedido, pues muy bien. Y si se niega, no
tendremos más alternativa que la de pedir un mandamiento.
–¿Y cómo sabe que él estará allí cuando nosotros lleguemos?
–Tenga la seguridad de que he tomado algunas precauciones. He puesto a vigilarle a uno de mis
chicos de Baker Street, que se agarraría a él como una lapa fuera adonde fuera. Mañana lo
encontraremos en Hudson Street, Watson, y entretanto yo sí que sería un criminal si le mantuviera
alejado de la cama por más tiempo.
Era mediodía cuando nos encontramos en la escena de la tragedia y, bajo la orientación de mi
compañero, nos dirigimos sin pérdida de tiempo a Hudson Street. A pesar de su capacidad para
contener sus emociones, pude ver fácilmente que Holmes se encontraba en un estado de excitación
contenida, mientras a mi me cosquilleaba aquella sensación placentera, mitad deportiva mitad
intelectual, que experimentaba invariablemente cuando me unía a él en sus investigaciones.
–Esta es la calle –dijo al enfilar un corto pasaje flanqueado por sencillas casas de dos plantas y
obra vista–. Ah, ahí está Simpson, que viene a dar el parte.
–Está en casa, señor Holmes –exclamó un rapaz con aspecto de pillete, corriendo hacia
nosotros.
–¡Muy bien, Simpson! –aprobó Holmes, dándole una palmadita en la cabeza–. Adelante, Watson,
ésta es la casa.
Hizo pasar su tarjeta, junto con el mensaje de que habíamos acudido por un asunto importante.
Unos momentos después nos encontramos cara a cara con el hombre que deseábamos ver. A pesar
del tiempo caluroso, estaba agazapado frente a un
fuego; la pequeña habitación parecía un horno. El
hombre estaba sentado, todo él retorcido y
acurrucado en una silla, de un modo que
proporcionaba una indescriptible impresión de
deformidad, pero el rostro que volvió hacia nosotros,
aunque arrugado y atezado, debió de haber sido en
otro tiempo notable por su belleza. Nos miró
suspicazmente con ojos de un amarillo bilioso y, sin
hablar, ni levantarse, nos indicó un par de sillas.
–¿El señor Henry Wood, últimamente residente
en la India, verdad? – preguntó Holmes afablemente-.
He venido por ese asuntillo de la muerte del coronel
Barclay.
–¿Y qué puedo saber yo al respecto?
–Esto es lo que he venido a averiguar. ¿Supongo que sabe usted que, si no se aclara el caso, la
señora Barclay, que es una antigua amiga suya, será juzgada, según todas las probabilidades, por
asesinato?
El hombre experimentó un violento sobresalto.
–Yo no sé quién es usted –exclamó–, ni cómo ha llegado a saber lo que sabe, pero juraría que
es verdad lo que me está diciendo?
–Sólo esperan que ella recupere el sentido para proceder a su arresto.
–¡Dios mío! ¿Y ustedes también son de la policía?
-No.
–¿Cuál es, pues, su misión?
–Es misión de todo hombre procurar que se haga justicia.
–Puede aceptar mi palabra de que ella es inocente.
–¿Entonces usted es culpable?
–No, no lo soy.
–¿Quién mató, pues, al coronel James Barclay?
–Fue la Providencia justiciera quien le mató. Pero le aseguro que, si yo le hubiera hecho saltar la
tapa de los sesos, como ansiaba hacer, no habría recibido de mis manos más que lo debido. Si su
conciencia culpable no lo hubiera fulminado, es más que probable que yo me hubiera manchado con
su sangre. Usted desea que yo cuente lo ocurrido. Pues bien, no veo por que no debiera hacerlo,
pues nada hay en ello que deba avergonzarme.
»Las cosas ocurrieron así, señor. Usted me ve ahora con mi espalda como la de un camello y
mis costillas deformadas, pero hubo un tiempo en que el cabo Henry Wood era el hombre más
apuesto del 117 de Infantería. Nos encontrábamos entonces en la India, acantonados en un lugar al
que llamaremos Bhurtee. Barclay, el que murió el otro día, era sargento en la misma compañía, y la
beldad del regimiento, y además la mejor chica que haya existido jamás, era Nancy Devoy, hija del
sargento abanderado. Había dos hombres que la amaban y uno al que amaba ella. Ustedes sonreirán
al mirar a este pobre ser acurrucado ante el fuego y oírme decir que me amaba por lo bien plantado
que era yo.
10
El jorobado
»Pero aunque yo fuese dueño de su corazón, su padre estaba empeñado en que se casara con
Barclay. Yo era un muchacho algo atolondrado y tarambana, y él había recibido una educación y ya
estaba destinado a llevar un día espada. Pero la chica se mantuvo fiel a mí y parecía como si yo fuera
a conseguirla, cuando se produjo la rebelión de los cipayos y se desencadenó el infierno en todo el
país.
»Nuestro regimiento quedó bloqueado en Bhurtee con media batería de artillería, una compañía
de sikhs y numerosos civiles, entre ellos mujeres. Nos rodeaban diez mil rebeldes, mostrándose tan
ávidos como una jauría de terrier alrededor de una jaula de ratas. Hacia la segunda semana del
asedio, se nos terminó el agua y surgió la cuestión de si podíamos establecer comunicación con la
columna del general Neill, que estaba avanzando por la región. Era nuestra única posibilidad, ya que
no podíamos esperar abrirnos paso peleando, con todas aquellas mujeres y niños, por lo que me
ofrecí voluntario para ir al encuentro del general Neill y explicarle el peligro que corríamos. Mi
ofrecimiento fue aceptado y hablé de él con el sargento Barclay, del que se decía que conocía el
terreno mejor que nadie, y trazó una ruta que me permitiría atravesar las líneas rebeldes. A las diez
de aquella misma noche, comencé mi expedición. Había un millar de vidas que salvar, pero sólo en
una pensaba yo cuando por la noche salté desde el parapeto.
»Mi camino discurría a lo largo de un terreno seco
que, según esperábamos, había de ocultarme ante los
centinelas enemigos, pero al doblar un ángulo del mismo
me encontré frente a seis de ellos que me estaban
esperando agazapados en la oscuridad. En un instante,
un golpe me atontó y fui atado de pies y manos. Pero el
verdadero golpe lo recibí en el corazón y no en la cabeza,
pues cuando volví en mí y escuché lo que pude entender
de su conversación, oí lo suficiente para enterarme de
que mi camarada, el mismo hombre que había trazado el
camino que yo había de seguir, me había traicionado y,
por medio de un sirviente nativo, me había entregado al
enemigo.
»Bien, no es necesario que divague sobre esta parte
de la historia. Ya sabe ahora de que era capaz James
Barclay. Bhurtee fue liberada por Neill el día siguiente,
pero los rebeldes se me llevaron con ellos en su retirada.
Pasaron largos años antes de que yo volviera a ver un rostro blanco. Fui torturado y traté de huir,
pero fui capturado y torturado de nuevo. Pueden ustedes ver en qué estado quedé. Algunos de los
rebeldes, que huyeron a Nepal, se me llevaron consigo, y después me encontré más allá de
Darjeeling. Los montañeses de esta región mataron a los rebeldes que me mantenían prisionero y,
por un tiempo, me convertí en su esclavo hasta que me escapé, pero en vez de ir hacia el sur tuve
que ir al norte, hasta encontrarme con los afganos. Allí vagabundeé varios años, y al final regresé al
Punjab, donde viví casi siempre entre nativos y me gané la vida con los trucos de prestidigitación que
había aprendido. ¿De qué iba a servirme a mí, un pobre inválido, volver a Inglaterra, o darme a
conocer entre mis antiguos camaradas de armas? Ni siquiera mi deseo de venganza podía
impulsarme a hacerlo. Prefería que Nancy y mis compañeros pensaran que Henry Wood había
muerto con la espalda enhiesta, en vez de que me vieran vivo y moviéndome con ayuda de un
bastón, como un chimpancé. Ellos no dudaban de que yo hubiera muerto, y me cuidé de que nunca
supieran otra cosa. Oí que Barclay se había casado con Nancy y que ascendía rápidamente en el
regimiento, pero ni siquiera esto me movió a hablar.
»Pero cuando uno envejece, le asalta la nostalgia de su patria. Durante años yo había soñado
con los verdes y espléndidos prados y setos de Inglaterra. Finalmente, decidí verlos antes de morir;
ahorré lo suficiente para el viaje y me vine entonces aquí, un lugar de soldados, pues yo conozco sus
aficiones y sé cómo divertirlos con ello gano lo bastante para sustentarme.
–Su narración no puede ser más interesante –dijo Holmes–. Ya he oído hablar de su encuentro
con la señora Barclay y su mutua identificación. Según tengo entendido, entonces usted la siguió
hasta su casa y vio a través de la ventana un altercado entre ella y su esposo, durante el cual ella le
echó en cara su conducta con usted. Sus sentimientos le dominaron, atravesó corriendo el césped e
irrumpió allí donde estaban los dos.
11
El jorobado
–Así fue, señor. Y al verme a mí, él asumió una expresión como nunca se la he visto a ningún
hombre y se cayó, dándose un golpe en la cabeza contra el guardafuegos. Pero ya estaba muerto
antes de caerse. Leí la muerte en su cara tan claramente como ahora puedo leer ese texto a la luz del
fuego. La mera visión de mi persona fue como una bala que atravesara su corazón culpable.
–¿Y entonces?
–Nancy se desmayó y yo le arranqué de la mano la llave de la puerta, con la intención de abrirla
y pedir auxilio. Pero mientras lo hacia, me pareció mejor dejarlo y huir, ya que las cosas podían
ponerse negras para mí. Por otra parte, si me detenían mi secreto quedaría al descubierto. En mis
prisas, metí la llave en mi bolsillo y dejé caer mi bastón mientras daba caza a Teddy, que se había
subido a la cortina. Una vez lo tuve en su caja, de la que había escapado, me alejé de allí con toda la
rapidez posible.
–¿Quién es Teddy?
El hombre se inclinó y alzó la parte frontal de una especie de conejera que había en un rincón. Al
instante salió de ella un bellísimo animal de color castaño rojizo, esbelto y sinuoso, con patas de
armiño, un hocico largo y delgado, y el par de ojos más hermosos que nunca hubiera visto yo en la
cabeza de un animal.
–¿Es una mangosta! –grité.
–Algunos lo llaman así y otros lo llaman icneumón
–dijo el hombre–. Cazador de serpientes es el nombre que le doy yo, y es sorprendentemente
rápido con las cobras. Aquí tengo una sin colmillos, y Teddy la captura cada noche para divertir a los
clientes de la cantina. ¿Alguna cosa más, caballero?
–Tal vez tengamos que verle de nuevo si la señora Barclay llegara a encontrarse en un grave
aprieto.
–En este caso, desde luego, yo me presentaría.
–Pero si no es así, no hay necesidad de suscitar este escándalo contra un hombre que ya está
muerto, por vergonzoso que haya sido su comportamiento. Tiene usted, al menos, la satisfacción de
saber que, durante treinta años de su vida, su conciencia siempre le reprochó su malvada conducta
severamente. Ah, allí va el mayor Murphy, por el otro lado de la calle. Adiós, Wood. Quiero saber si
ha ocurrido algo nuevo desde ayer.
Tuvimos tiempo para alcanzar al mayor antes de que llegase a la esquina.
–Ah, Holmes –dijo–, supongo que se habrá enterado de que todo este jaleo ha terminado en
nada.
-¿Qué ha sido, pues?
–Acaba de terminar la diligencia judicial. Las pruebas
médicas han demostrado concluyentemente que la muerte fue
debida a una apoplejía. Ya ve que, después de todo, fue un caso
bien sencillo.
–Ya lo creo, notablemente superficial –repuso Holmes,
sonriendo–. Vamos, Watson, no creo que en Aldershot se nos
necesite ya.
–Hay una cosa –dije mientras nos encaminábamos a la
estación–. Si el marido se llamaba James y el otro Henry, ¿a qué
venía hablar de un tal David?
–Esta sola palabra, mi estimado Watson, hubiera tenido que
contarme toda la historia de haber sido yo el razonador ideal que
a usted tanto le agrada describir. Era, evidentemente, un término
usado como reproche.
–¿Como reproche?
–Sí. Ya sabe usted que, de vez en cuando, David se extralimitaba un poco; en una ocasión lo
hizo en el mismo sentido que el sargento Barclay. Usted recordará el asuntillo de Urías y Betsabé.Mucho me temo que mis conocimientos bíblicos estén un poco oxidados, pero encontrará esta en el primer o segundo libro de Samuel.
3 de agosto de 2016
PROXIMOS TEXTOS PARA FUTUROS TEMAS. PARA TODOS MIS GRUPOS
Alumnos: En estos dias que no nos veremos, aprovecho mi quietud para adelantar los próximos textos a trabajar en cada grupo para ir ganando tiempo y que ustedes con tiempo los vayan imprimiendo. Primero tienen que fijarse en el programa correspondiente a cada grupo porque los sexto años tienen todos diferentes textos, se trata del mismo programa pero con elección de autores diferentes. Aprovechemos al máximo estos vehículos de comunicación como forma de acceder a los textos
Giovanna
Giovanna
1 de agosto de 2016
VISITA DE MARIO DELGADO APARAIN
El pasado viernes 29 de julio la sala de Literatura del Liceo N° 2 de Carmelo recibió la visita del escritor Mario Delgado Aparaín en un trabajo en equipo que llevó mucho tiempo y dedicación concretar. Para la institución, docentes y alumnos fue un verdadero honor. En la mañana trabajó con los 4° año haciendo referencia a textos trabajados ya por los alumnos en un trabajo de sensibilización tales como Terribles ojos verdes, La balada de Johnny Sosa y su última novela Tango del viejo marinero. Los alumnos se sintieron interesados, curiosos, respetuosos, realizando preguntas que realmente demostraban gran inquietud por el autor.
De mi parte felicito a mi grupo, 4°7 que se comportó de una manera preciosa quedándose incluso después del turno para realizarle preguntas, pedir autógrafos o sacarse fotos, me dejaron gratamente sorprendida.
En la tarde disertó para los grupos de 5 y 6 y público en general con un estilo ameno, cordial, informal recorriendo diferentes temas que excedían lo meramente literario.
Un día de esos que se salen del aula y que dejan huellas en nosotros como docentes y estudiantes.
Vuelvo a felicitar a mis grupos por su excelente actitud en la jornada.
Pronto subiremos una foto que nos quede de recuerdo en este blog de este día tan especial para toda la comunidad liceal.
Gracias
Giovanna
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