8 de junio de 2021

"La peste" de Albert Camus leída en nuestros días. Sofía Iraeta. 6° Social Económico. Liceo 2 Carmelo.

                                                              MÓDULO INTRODUCTORIO. 

                                                       

                                         “LA PESTE” LEÍDA HOY EN DÍA  Albert Camus(1947)

                                                                                                               Sofía Iraeta. 6 SE

      Las epidemias siempre han acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales; como ocurrió con la peste de Justiniano, la peste negra, la viruela, la gripe española o la cólera, entre otras llega a nuestros días el coronavirus, imponiendo en las personas el típico miedo, como se generó con otras enfermedades anteriores. Tal vez el contexto de las sociedades mismas enfrentándose a un peligro que puede ser mortal, sea propicio para narrar en un relato, y como han hecho muchos escritores a lo largo de los años, Albert Camus ,novelista, periodista y filósofo francés revivió en 1947, el terrible suceso de la peste bubónica en una de las obras más importantes de la literatura francesa; La Peste. En tanto en la ciudad de Orán en Argelia los ciudadanos  llevan una vida enfocada en el trabajo, sin atención de aspectos como el amor y la familia, la peste da sus primeros pasos instalándose sigilosa, entre el escepticismo de algunos y el miedo de otros. Las personas deberán a partir de aquel momento enfrentar una nueva etapa de sus vidas, ahora acompañada por el riesgo mortal de la peste bubónica. La situación por la que se transcurre hoy en día, provocó que se volviese a revivir la trágica historia que el escritor narró (como una crónica), y que en cierto sentido produce un acercamiento hacia la situación de cada uno de nosotros, con relación al héroe mortal, sencillo y cotidiano del doctor Rieux. 

      Antes de comenzar un análisis y reflexión de la obra en su totalidad, se debe citar un fragmento que funcionará como guía y base para la realización del trabajo. “Desde este punto de vista, todos llegaron a vivir la ley de la peste, más eficaz cuanto más mediocre. Ni uno entre nosotros tenía grandes sentimientos. Pero todos experimentaban sentimientos monótonos. Ya es hora de que esto termine", decían, porque en tiempo de peste es normal buscar el fin del sufrimiento colectivo y porque, de hecho, deseaban que terminase. Pero todo se decía sin el ardor ni la actitud de los primeros tiempos, se decía sólo con las pocas razones que nos quedaban todavía claras y que eran muy pobres. Al grande y furioso impulso de las primeras semanas había sucedido un decaimiento que hubiera sido erróneo tomar por resignación, pero que no dejaba de ser una especie de consentimiento provisional. Nuestros conciudadanos se habían puesto al compás de la peste, se habían adaptado, como se dice, porque no había medio de hacer otra cosa. Todavía tenían la actitud que se tiene ante la desgracia o el sufrimiento, pero ya no eran para ellos punzantes. El doctor Rieux consideraba que, justamente, esto era un desastre, porque el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma. Antes, los separados no eran tan infelices porque en su sufrimiento había un fuego que ahora ya se había extinguido. el presente, se les veía en las esquinas, en los cafés o en casa de los amigos, plácidos y distraídos, con miradas tan llenas de tedio que, por culpa de ellos, toda la ciudad parecía una sala de espera. Los que tenían un oficio cumplían con él en el estilo mismo de la peste: meticulosamente y sin brillo. Todo el mundo era modesto. Por primera vez los separados hablaban del ausente sin escrúpulos, no tenían inconvenientes en emplear el lenguaje de todos, en considerar su separación enfocándola como a las estadísticas de la epidemia. Hasta allí habían hurtado furiosamente su sufrimiento a la desgracia colectiva, pero ahora aceptaban la confusión. Sin memoria y sin esperanza, vivían instalados en el presente. "A decir verdad, todo se volvía presente. La peste había quitado a todos la posibilidad de amor e incluso de amistad. Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes”. 

     La obra comienza cada uno de sus capítulos con una descripción acerca del contexto en la ciudad, ya sea situación social, con pequeñas dosis de referencias económicas o políticas; o bien, con la mención de la situación climática. Por otro lado, el escritor (o visto desde en interior del texto, el narrador en primera persona), se centra mucho en los sentimientos y actuación de las personas, tanto antes de la llegada de la peste, o bien cuando florece la epidemia de la peste negra. Y debe destacarse que estas descripciones, tan bien construidas tanto cuando se mencionan en un grupo, como a los personajes secundarios y al propio protagonista, son verdaderamente realistas y satisfacen la actitud de cada personaje, otorgándoles personalidades únicas, que atraen al lector. Además, los hechos que transcurren en el día a día de dichos personajes, son entendibles y al ser simples y cotidianos, producen un acercamiento que desemboca en la empatía de quien lo lee. Aunque no se puede comparar la actitud social de la ciudad en la que habitamos, con la de Orán, ya que difieren en el sentido de la ambición y esfuerzo que a cada ciudadano impregna, si se puede apreciar un parecido preciso en la actitud que las personas toman al conocer la llegada de la peste. 

     He aquí la razón por la que este fragmento del tercer capítulo fue escogido. Tal vez la particularidad más grande de esta obra, y sea, por otra parte, la razón por la que vuelve a ser revendida en estos momentos, es el gran parecido que se extiende al enfocarse en la reacción de los ciudadanos ante una enfermedad mortal. La actitud de los pobladores; indiferente y hasta egoístas, es un increíble acierto a la realidad. La monotonía del relato acompaña la propia de los ciudadanos de Orán. Al principio, se narra cómo un miedo terrible los atañe(miedo que no dejan entrever), más precisamente a los familiares de los enfermos y hasta a los enfermos mismos, y provoca que sus sentimientos sean muy fuertes y vívidos. Pero a lo largo del relato, y más preciso en el fragmento citado, dichos sentimientos se apagan y provocan un vacío rutinario y cansador. Esta situación se puede apreciar a grandes rasgos con la llegada del virus a nuestra ciudad, la cuál en su mayoría ha optado por resignarse a fuerza de costumbre. Como bien el narrador explica, los deseos se vuelven vagos y lejanos. Ya no existe esa creencia ilusa de que la peste se retirará y todo volverá a la normalidad, y en cambio, todo lo llena un ambiente de pesadez; ahora se ve a la enfermedad tal y cuál es, no en base a los ojos del espíritu humano cargado de esperanza, sino por medio del cansancio. La costumbre acentúa la realidad, fuerte y provocadora, pero que ya no genera ninguna reacción en los ciudadanos. La muerte es vista como un hecho natural, acentuando su carácter repetitivo en la vida diaria , y esto provoca una infelicidad para la que no hay manera de apaciguarla. Como bien dice el narrador “...el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”. Una frase que resume aquella nueva etapa del ser humano. Ahora la muerte no se presiente como antes. No es un hecho irreal, sino demasiado común para una ciudad. Como se la ve todos los días, ese hueco egoísta que alimentaba el ser humano con la pérdida de un ser querido era ahora llenado con la desgracia colectiva “Pues el amor exige un poco de porvenir y para nosotros no había ya más que instantes.” Así, sentimientos como el cariño y el amor al prójimo eran dejados de lado por completo, a falta de planes futuros. Si bien en el libro este escenario catastrófico provocó la escasez de pasiones en las personas, no se puede identificar en su totalidad con nuestra ciudad, ya que por razones diversas, tal como la lucha continua de la medicina para evitar muertes, se pudo detener el impacto mortal de la pandemia. Las muertes no fueron tantas en nuestra ciudad(comparada con Orán), pero sí las suficientes para hacernos reflexionar acerca del valor de la vida misma y la de los demás. El anterior sentimiento, es muy similar al que experimenta el doctor Rieux al ver morir a tantos niños y adultos agonizando; al ver lo peor, está preparado para casi lo que sea que deba enfrentarse, pero aún así, no significa que no le importase la vida de sus compañeros que fueron fieles en su lucha contra la enfermedad, como es el caso del padre Paneloux y de Torreu. Los valientes que murieron por la causa justa de ayudar a los demás son recordados siempre, aunque al final del libro, el único que parece conservar por siempre ese mismo recuerdo de sus amigos es el doctor Rieux.

 Es realmente increíble cómo Camus supo comprender las actitudes personales y sociales de los habitantes de una ciudad donde se encuentran atrapados, mientras una enfermedad circula libremente. La magnificencia del relato, la naturalidad y comprensión, la forma de expresar los sentimientos y los cambios que se producen de ellos en cada persona son determinantes en la transmisión de sentimientos al lector. Albert Camus supo cómo mantener pendiente a su lector, no solo por la acción que incumbe al doctor Rieux y a los demás personajes, sino también por la empatía que produce el relato en cada uno. Principalmente hoy en día, es muy complicado no sentirse identificado con la evolución de la actitud de los personajes, y a mi parecer, es lo que permite a la obra cobrar valor  en la memoria de quiénes la leen, y reflexionar acerca de, en su mayoría, las actitudes humanas ante una situación de riesgo mortal.

2 de mayo de 2021

ESCRIBIR EN Y SOBRE TIEMPOS DE PESTE.Trabajo de alumna Nataly Alza. 4°2 Liceo 2 Carmelo.

 

                                                              ESCRIBIR EN Y  SOBRE TIEMPO DE CRISIS

   Como adolescente, considero que todos nos hemos sentido un poco aburridos en este tiempo de aislamiento en nuestras casas, ya que actividades que podemos hacer no abundan. El celular es el mayor pasatiempo pero tampoco entretiene mucho, ya que después de un tiempo de revisar las mismas tres aplicaciones se vuelve una tediosa rutina. Respecto el estudio, fue algo agotador, no importa a quién le preguntes todos te responderán de la misma forma, fue una sobrecarga de actividades y trabajos, que fue totalmente innecesario ya que no muchos temas trabajados fueron entendidos al cien por ciento.

   Aunque no todo fue malo en este tiempo también hubo muchas cosas de aspecto positivo que se pueden rescatar como por ejemplo hay personas que hicieron ejercicio, otras mejoraron su alimentación, algunas se acercaron al parte artística como escribir, leer, dibujar, otras mejoraron y/o retomaron viejos hábitos, entre otras.

   En mi caso fue la última, yo retomé el hábito de la lectura. En el 2019 e inicio 2020 tuve un bloqueo de lector que gracias a la pandemia puede dejar atrás. Las crisis ayudan mucho a la literatura y principalmente a la parte de la escritura y lectura, por parte de la escritura, muchos escritores han podido centrarse en esto y otros han empezado en el mundo de la escritura y por parte de la lectura se adecua a cada persona, desde mi vivencia leí muchos más libros a partir de esta cuarentena. Leí 20 libros aproximadamente y me compré una saga de libros en físico para continuar con mi lectura, la mayoría de los libros fueron leídos de forma digital.

   Ahora hablaré sobre dos libros que fueron sus temáticas tratan sobre pandemias, “Mugre rosa “de Fernanda Trías que tarta sobre una pandemia y “Cuentos de peste” que fue escrito en la pandemia del año pasado.





   Mugre Rosa fue una novela escrita por Fernanda Trías en el año 2019. Fernanda Trías nació en Uruguay y en el 2015 se mudó a Colombia por temas laborales.

   Además de ser escritora también es docente. Tiene más libros publicados además de “Mugre rosa” el más reciente antes de este fue” La azotea en 2011”

   La novela trata sobre un Montevideo que es afrontado por una extraña mutación de la naturaleza que se contagia a través del aire, este Montevideo está sumergido en una constante niebla de color grisáceo que solo desaparece cuando las grandes nubes rojas azotan, estas nubes son completamente tóxicas y por ello las personas son obligadas a encerrarse en sus casas.

   Esta historia tiene dos personajes principales, Mauro que es un niño monstruoso que padece del síntoma de Prader Willi, los padres de este niño no le prestan atención y por esto lo dejan al cuidado de nuestra narradora, una mujer que atraviesa la mediana edad completamente sola ya que está divorciada y tiene una relación complicada con su familia .

   Los temas que trabaja esta novela son un Montevideo con una catástrofe climática y este niño que afronta esta enfermedad.

   Esta novela está constantemente dejando la distopía* de lado ya que lo comenzó como una novela de ficción termino convirtiéndose en la realidad ya que con la pandemia actual muchos hechos de la novela son los que atravesamos diariamente como el uso del tapaboca, la mutación de la naturaleza que se propaga por el aire, la saturación de clínicas y hospitales por este virus, el hecho de tener que estar nuestras casas para evitar el contagio, entre muchos otros.

      Otro dato de este libro es que en el título del mismo ya hay un choque de contextos ya que al pensar en la palabra “mugre” se nos viene a la cabeza algo sucio, desarreglado, en general cosas negativas, pero por otro lado la palabra “rosa” es todo lo contrario nos imaginamos cosas positivas y lindas dentro de todo.

   La mugre rosa son los desechos cárnicos de los animales, estos son pasados por una máquina de desinfección y molidos para hacer frankfurters, hamburguesas y ente otras cosas.

   A continuación voy a analizar un fragmento del libro.

“Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano.

  Una sobra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar una vuelta sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad.

¿En qué día estoy pensando estoy pensando? Todavía me parecer oír el ruido del neón-su vibración eléctrica- y el falso circuito de otra letra a punto de apagarse. Los ocupantes del hotel lo dejaban prendido por desidia, tampoco por nostalgia, sino para recordar que estaban vivos.

Aún podían hacer algo caprichoso, meramente estético, aún podían modificar el paisaje.”

   El paisaje inicial de esta novela es una cuidad cubierta de niebla, donde una sombra cruzaba la plaza esto pude interpretarse como la soledad y que al pasar dejaba la marca alargadas de sus dedos. Todo se pudría lentamente y no solo la madera y metales, también las personas que vivían allí.

   Un viejo hotel dejaba encendido el cartel neón luminoso de afuera para recordar que seguían vivos y que todavía podían aunque sea mínimo cambiar el paisaje.

   *Distopía: Como tal, designa un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o el cine, que se considera indeseable

   Esta novela se dice que es premonitora ya que hay un fragmento en esta novela que el personaje narrador está dentro de este mundo en pandemia. (Pág. 35)

   En este fragmento explica  la narradora  que va a la clínica a visitar a Max y debe esperar 15 minutos de fila de los 30 que el gobierno otorga a las personas para visitar conocidos y/o familia en estas clínicas, al llegar al mostrador queda paralizada por el miedo que siente y este adquiere la forma concreta de una “roca”. La enfermera le dice que Max ya no figura entre sus pacientes.

   Cuenta que lo vio 280 minutos en lo que va del año a Max sin contar los dos meses de cuarentena en sala de intubación. Por último nos dice que la media hora de vista es algo que alivia todos y que fue el único acto misericordioso del nuevo gobierno.

   Para terminar con Mugre Rosa voy a analizar un último fragmento del libro que fue seleccionado por mí. (Pág.211)

“Salí por la tarde, cuando la niebla había alcanzado su punto más espeso. Caminé lento las dos primeras cuadras, buscando señales, adaptándome a la opacidad que olía a basura fermentada. La desolación ya no era algo que pudiera definirse por la ausencia de personas. También los sonidos habían caído en una caja acolchada y tuve la impresión de que ni yo misma sería capaz de generar uno.”

   Como podemos ver en este fragmento la ciudad estaba cubierta por niebla, esta generaba un efecto de opacidad y olía basura fermentada.

   Las calles siempre estaban desoladas y carecían de sonidos, la narradora a esto lo explica como “los sonidos habían caído en una caja acolchonada”.

   La narradora nos comenta que al caminar por la calles tenía la impresión de que no podría cambiar la desolación de esas calles ni si quiera haciendo un sonido.

   Ahora vamos al siguiente libro seleccionado, “Cuentos de peste” este libro fue escrito en tiempo de pandemia y este trata sobre diversas historias escritas por distintos escritores uruguayos en la pandemia.







   De este libro yo seleccioné la historia “Regreso a casa “de Jorge Chagas.

   Jorge Changas es un Licenciado en ciencia política, escritor, historiador y periodista. A trabajado en medios como “El observador, Alternativa y Tres”. Es mimbro del taller de literatura Ruben D´Alba desde 1977.

   Regreso a casa habla sobre como vivó un hombre durante la pandemia en donde la soledad abunda ya que no se podía salir a la calle y probablemente no contaba con medios de comunicación debido a su edad.

   Esta historia se desarrolla en un tiempo otoñal, específicamente dos semanas después de que se declaró la cuarentena.

   Nuestro personaje principal es Ismael Rojas que por los recuerdos nombrados se supone que es un hombre mayor de edad, que siempre vivó en la misma casa.

   Luego de leer varias veces la historia  pude interpretar:

         Dentro  de la soledad que él estaba viviendo en esta pandemia trajo consigo los recuerdos, las sensaciones, los olores y los sentimientos de su niñez y vida pasada, que fue mucho mejor a la que está viviendo hoy  en día.

         El personaje estaba tan agobiado por la soledad que está viviendo en esta pandemia y los extensos cuidados para cuidarse de este virus lo llevaron a enfermar y a causa de esto murió, pero antes el trajo toda su vida a través de imágenes y sonidos como la máquina de coser SINGER de su abuela , unas botellas de nata, la cancha de Rayo veloz, sus amigos (Churrinche, Sapo, Moroco, Tarta, Canario, Goyo), el tranvía,  Alicia(que por lo que dice la historia fue tal vez  un interés amoroso en el pasado), el boliche del Gallego Celestino, el almacén de Tano Di Pólito.

                                                                                               Nataly Alza. 4°2

 

 

 

 

 

28 de abril de 2021

LITERATURA Y PESTE: De la Antigüedad a la actualidad. Alumna Manuela Dumestre Pereyra. 5°H2

                                 LAS PESTES: ENTRE LA ANTIGÜEDAD Y LA ACTUALIDAD
                                                                 Una visión literaria sobre las mismas
A lo largo de nuestra existencia, hemos atravesado un serie  de pestes y epidemias que se han llevado con ellas muchas vidas, pero han dejado obras literarias que si bien son en su mayoría ficticias, son fascinantes e interesantes, tal vez, porque en la actualidad nos encontramos transitando una epidemia y podemos encontrar similitudes con lo que las novelas describen, pero de eso hablaremos más adelante.
    A través de esta presentación iremos haciendo un recorrido a lo largo de algunas pestes que azotaron a la humanidad desde la antigüedad hasta hoy en día y a su vez, compartiendo algunas obras que se basan en las mismas.
   Ahora nos subiremos a una máquina del tiempo para dirigirnos hacia la
antigüedad y comenzar este recorrido...
en 3, 2, 1
    Primer destino: Esmirna, Turquía en el siglo VIII a.C
   Nuestra primer parada es en Esmirna, una ciudad de Turquía en la costa del Egeo. Conocida en la antigüedad como Smyrna. Y estamos aquí para presentar a un poeta griego que nació y vivió en el siglo VIII a.C. Su nombre era Homero y es autor de dos de las principales obras de la antigüedad, los poemas épicos: La Ilíada y La Odisea. Homero, era ya en la Antigüedad un desconocido como persona con un pasado remoto, que influyó en muchos griegos y romanos por su fama . 
La Ilíada
   La Ilíada es un poema épico en veinticuatro cantos, que tiene como inicio una peste que azota el campamento aqueo en el último año de la guerra de Troya que había comenzado nueve años antes: la cólera de Aquiles, el más valiente soldado griego, contra Agamenón, su comandante, quien le ha robado su esclava Briseida. Aquiles se retira del combate, debilitándose así considerablemente el ejército griego. Sólo una segunda y más terrible ira, causada por la muerte de su íntimo amigo Patroclo, hará volver a Aquiles al combate.
   Ahora sigamos con nuestro recorrido...
   Segundo destino: Colonus, Atenas, Grecia en el siglo V a.C
Siglo V en Atenas, también conocido como la "Edad de Oro" o como " El siglo de Pericles" el cual fue un importante político que durante los siglos 495 a. C.- 429 a.C dirigió la ciudad de Atenas.
Pericles, además de impulsar la construcción de obras públicas, mejoró la calidad de vida de los atenienses e impulsó manifestaciones artísticas y culturales. El saber y la cultura, la estética y literatura, la política y la filosofía renacían de esta polis de gran belleza.
   Todo parecía marchar bien hasta que se despertó una peste que dejó por lo menos 100.000 atenienses muertos... y la conocemos como la peste de Atenas.
    La peste de Atenas:
   Mientras Atenas se encontraba en guerra con Esparta por el control de toda Grecia, llegó una nave de Egipto que trajo consigo una mortal enfermedad que arrasó con un cuarto a un tercio de la población. La peste se multiplicaba alarmantemente por toda la ciudad sin importar la edad.
La sed insaciable, el vómito, las irritaciones, úlceras, fiebre y pérdida casi total de la fuerza, es solo una parte de lo que debían sufrir.
   Se ha identificado esta peste como un brote de Peste Bubónica, pero ciertos investigadores actuales han concluido que también podría deberse a una epidemia de viruela o incluso de tifus de acuerdo a los síntomas.
   Las funerarias estaban saturadas, por ende se podía encontrar incluso muertos en las calles.
   Se dice también, que el mismo Pericles falleció a causa de esta enfermedad.
   Se puede decir que esta crisis tuvo fin cuatro años después de su inicio
   Sófocles (496 a.C- 406 a.C)
   Sófocles fue un importante y reconocido poeta y literario de origen griego que basó sus trabajos en la tragedia griega. Es autor de aproximadamente 123 diferentes tragedias representadas en los festivales de Atenas de las cuales solo se conservan 7 íntegras: Edipo rey, Antígona, Áyax, Las Traquinias, Electra, Filoctetes y Edipo en Colono. Hablemos un poco más de Edipo Rey ya que esta obra será abordada próximamente en clase.
   Edipo, fue un Rey de Tebas, conocido por asesinar a su padre (Layo) y desposar a su madre (Yocasta), sin saber que era hijo de estos.
   Antes de que naciera, sus padres fueron al oráculo y este les dijo que el niño traería desgracia al reino, por lo que deciden abandonarlo con un pastor. Cuando Edipo crece y se entera que era hijo adoptivo, decide salir en búsqueda de sus padres biológicos aún sin saber nada de ellos. Es aquí donde se cruza con una esfinge y mata a su progenitor en una batalla sin saberlo. Tiempo después de contraer matrimonio con su madre (sin saberlo) y de tener hijos, Yocasta se entera que Edipo es su hijo y decide acabar con su vida, mientras que Edipo se saca los ojos para no ver la desgracia que ha causado y pide su destierro de Tebas.
   Anteriormente a Edipo, el mal que afecta a la ciudad es una esfinge, mientras que con el reinado de Edipo el problema es una peste que esta acabando con la población de Tebas.
    Nuestra próxima parada: Florencia, Italia en el año 1348 d.C
    La peste negra de mediados del siglo XIV se extendió rápidamente por toda Europa en pocos años. El índice de mortalidad pudo alcanzar el 60 por ciento en el conjunto de Europa como consecuencia directa de la infección, y de forma indirecta por la desorganización social provocada por la enfermedad, desde las muertes por hambre hasta el fallecimiento de niños y ancianos por abandono o falta de cuidados.
   A pesar que toda Europa se encontraba transitando una de las peores epidemias que azotó el continente europeo, el autor italiano Giovanni Boccaccio (1313-1345 d.C) escribió una reconocida obra llamada "ElDecamerón" o " Príncipe Galeoto "entre los años 1351 y 1353. La novela se basa en una peste (la peste negra) que estalla en Florencia, Italia en 1348, obligando así a que 3 hombres y 7 mujeres jóvenes exiliaran a una mansión campestre, en la cual cada uno de los protagonistas contará historias durante su estadía en la mansión para alivianar el tiempo en ella hasta que la peste se haya calmado.          Entre ellos cuentan alrededor de 100 historias en un lapso de 10 días.
Las historias abarcan temas como: amor, drama, tragedia, erotismo, bromas, entre otros.
Durante la primera jornada, el autor hace referencia a la peste que se encuentra viviendo Florencia, y la considera un castigo de Dios por las acciones de lo que él llama "mortales", haciendo referencia a los mismos humanos.
"(...) Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. (...)". "El Decamerón" Giovanni Bo
   Avanzamos en el tiempo hasta llegar al año 1947, en Argelia
  Antes de este año, cabe aclarar que se escribieron algunas novelas que surgieron o se basaron en pestes; como por ejemplo: "Crónicas del año de la peste" -Daniel Defoe , "El último hombre"- Mary Shelley, entre otros.  No se abarcarán durante el curso, vale la pena mencionarlas.
Albert Camus, nacido en el año 1913 fue un novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés nacido en Argelia. Autor de obras como: El extranjero, La Caída, El hombre Rebelde, El mito de Sísifo, El primer Hombre, La peste, entre otras.
La Peste
   Publicada en 1947, la cual narra la historia de unos doctores que descubren la solidaridad tras prestar servicio en una labor humanitaria en Argelia. De acuerdo a los analistas, la obra se basa en la epidemia de cólera que sufrió la ciudad de Orán durante mediados del siglo XIX.
"Las plagas son una cosa común pero se cree difícilmente en ellas hasta que caen sobre nuestras cabezas. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras, y pese a ello, las pestes y las guerras siguen pillando a todo el mundo por sorpresa" Albert Camus - "La Peste"
Anteúltima parada: Montevideo, año 2019
   Y nos encontramos aquí, con la última novela que vamos a presentar en este recorrido. Esta recibe el nombre de Mugre Rosa, fue escrita por la autora uruguaya Fernanda Trías en 2019 y publicada en mayo del 2020.
   La historia se desarrolla en Montevideo (Uruguay) que aunque no se nombre específicamente el lugar en ningún momento, se da a entender por la descripción que la autora hace del mismo.. Como ya se mencionó, es Montevideo, pero en este caso, un Montevideo apocalíptico, en donde no se puede casi salir a causa de una peste misteriosa, un viento peligroso, con algas tóxicas . Esta historia tiene como protagonista a una mujer a quien le pagan por cuidar a un niño con un síndrome en donde nunca quiere dejar de comer, es decir, nunca se siente satisfecho y es un problema porque el niño come lo que sea con tal de comer .
   A su vez se tratan otros temas como por ejemplo, cómo es la relación afectiva de la
protagonista con su ex-marido enfermo y con su madre, con quien tiene muchas diferencias. Cómo la gente ha reaccionado ante esta peste y qué ocurre con quienes se infectan.
    En lo personal, de lo que voy hasta el momento abordando de la novela, hay muchas situaciones que me llaman la atención y me impactan. Por ejemplo, el segmento en donde la protagonista habla sobre la enfermedad de Mauro (el niño) y dice: (...) "Hasta los tres años Mauro había sido el orgullo de la madre, un niño redondo y feliz, de lento aprendizaje sí, pero de esos niños que no le hacen asco a nada: comía brócoli, y aceitunas y polenta. Pero algo había pasado un día. Ella volvió a la cocina y lo encontró comiéndose un pollo congelado, recién sacado del frízer." (...).
   Incluso se menciona en algunas partes, las cosas que no son alimento que Mauro ingiere sin problema como por ejemplo algodón, basura, trozos de paredes y  otras cosas que no podemos llegar a imaginar.
   El síndrome de Mauro se llama, Prader-Willi y lamentablemente es real y afecta a una gran cantidad de personas
   Ahora bien, si viajamos un poco más en el tiempo llegamos a la actualidad, año 2021, nuestra última parada, en donde la humanidad se encuentra atravesando una pandemia actual conocida como COVID-19, la cual hace más de un año que estamos combatiendo.
   Muchos de los términos utilizados en la novela anteriormente mencionada "Mugre Rosa" son en la actualidad usados con frecuencia, como barbijo ,tapabocas, cuarentena, enemigo invisible.. A su vez, al ser escrita tiempo antes de que explotara el coronavirus en el mundo y al tratar temas similares a los actuales como la saturación del hospitales, etc. es que podemos considerarla como una novela premonitoria en cierto modo e incluso la autora cuando volvió a leer la novela para enviarla a la editorial (mayo 2020), se sorprendió de las similitudes a pesar que no era su intensión . Hay un fragmento en la novela que dice: "La recepcionista tenía un cartelito colgado en el bolsillo de su chaqueta. En la foto sonreía , pero delante de mi, la boca y la nariz permanecían escondidas detrás de un barbijo azul". Tal y como es nuestra actualidad, en donde es fundamental usar ese trozo de tela quirúrgica, ya sea para hacer las compras o ir a estudiar, etc. y así ser incluido en la sociedad y claramente protegido de esta enfermedad.
¡Muchas gracias por haber abordado este recorrido con la alumna Manuela Dumestre de 5H2!


27 de abril de 2021

LA LITERATURA EN TIEMPOS DE PESTE. Alumna: Andrea Rossi. 6°H2 Liceo 2 Carmelo Miguel Banchero Noaín.

                                              LA LITERATURA EN TIEMPOS DE PESTE

En la actualidad el mundo se encuentra atravesando una época de crisis a causa del COVID-19 una pandemia muy difícil de enfrentar y controlar, todos los países del mundo se están viendo afectados por la misma, no de igual manera o intensidad debido a que en algunos de ellos pueda suceder que no presenten una gran cantidad de casos contagiados, pero de igual manera se verán afectados en otros aspectos, teniendo en cuenta que en estos tiempos todos nos encontramos interconectados y lo que suceda en algún país de una manera u otra va a repercutir en otros. Más allá de lo dicho anteriormente nos encontramos en una época de crisis muy importante en la que todo y todos nos estamos viendo afectados sin importar quienes somos, nuestra clase social, raza o situación económica ya que eso en estos momentos no es algo que te pueda salvar por así decirlo. No solo nos vemos afectados por el simple hecho de contagiarse o no, sino que esta situación nos hizo cambiar en muchos aspectos de un momento a otro inesperadamente, perdimos la relación personal con los demás que es de mucha importancia en la vida del ser humano, las personas tuvieron que dejar de trabajar lo que provocó que muchas de ellas no tuvieran ni para comer teniendo que enfrentarse a ello de alguna manera, algunas industrias debieron cerrar a causa de la falta de consumo a sus productos, estas son otras situaciones en la que también nos vimos afectados. Nuestra “normalidad” cambió teniendo que dejar de hacer cosas que para nosotros eran muy común y necesarias como la idea de concurrir a un teatro a presenciar obras, por ejemplo.

     En este tiempo de pandemia es donde vemos muy involucrada a la ciencia, la tecnología y las nuevas innovaciones a quienes se les da una gran importancia debido a que son de ayuda en la investigación y conocimiento sobre el virus que nos rodea, ayudando de esta manera a la creación de medidas para poder protegernos. No solo las ciencias experimentales ayudan en esta situación, sino que las artes también lo hacen, pero en diferentes maneras, la literatura, por ejemplo, sirve más de ayuda personal porque muchas personas que se encuentran en aislamiento buscan distracciones para poder despejar un rato la mente de la realidad, por lo que hay quienes deciden hacerlo por medio de la escritura o la lectura. Los escritores se encargan de observar y redactar todo lo que pueda llevar a notar, transmitiendo de forma escrita una mirada externa de la situación que se vive en la que se pueden ver los cambios que comienzan a ocurrir en la sociedad, las diferentes reacciones de las personas y se enfrentan al problema. Dentro de ellos podemos destacar a Albert Camus (1913-1960) fue un profesor de filosofía nacido en Argelia, se considera que para él el hecho de escribir novelas no es algo que lo defina y que sea realizado simplemente con el habitual ánimo de narrar, sino que lo hace con la intención de poder expresarse provocando que quienes lo lean puedan enterarse de su sentir ante la situación de la que se habla, como sucede en una de sus novelas llamada “La Peste” en la que se trata la situación que les tocó atravesar a los habitantes de una ciudad ubicada en la costa argelina, ante la aparición de una peste desconocida para todos que provocó muchos cambios de manera inesperada donde tuvieron que despertar una humanidad con los demás que antes no tenían. El primer fragmento “Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194... en Oran. Para la generalidad resultaron enteramente fuera de lugar y un poco aparte de lo cotidiano. A primera vista Oran es, en efecto, una ciudad como cualquier otra, una prefectura francesa en la costa argelina y nada más.

     La ciudad, en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abrasa las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. Los días buenos sólo llegan en el invierno.

     El modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere. En nuestra ciudad, por efecto del clima, todo ello se hace igual, con el mismo aire frenético y ausente. Es decir, que se aburre uno y se dedica a adquirir hábitos. Nuestros conciudadanos trabajan mucho, pero siempre para enriquecerse. Se interesan sobre todo por el comercio, y se ocupan principalmente, según propia expresión, de hacer negocios. Naturalmente, también les gustan las expansiones simples: las mujeres, el cine y los baños de mar. Pero, muy sensatamente, reservan los placeres para el sábado después de mediodía y el domingo, procurando los otros días de la semana hacer mucho dinero. Por las tardes, cuando dejan sus despachos, se reúnen a una hora fija en los cafés, se pasean por un determinado bulevar o se asoman al balcón. Los deseos de la gente joven son violentos y breves, mientras que los vicios de los mayores no exceden de las francachelas, los banquetes de camaradería y los círculos donde se juega fuerte al azar de las cartas.

     Se dirá, sin duda, que nada de esto es particular de nuestra ciudad y que, en suma, todos nuestros contemporáneos son así. Sin duda, nada es más natural hoy día que ver a las gentes trabajar de la mañana a la noche y en seguida elegir, entre el café, el juego y la charla, el modo de perder el tiempo que les queda por vivir. Pero hay ciudades y países donde las gentes tienen, de cuando en cuando, la sospecha de que existe otra cosa. En general, esto no hace cambiar sus vidas, pero al menos han tenido la sospecha y eso es su ganancia. Oran, por el contrario, es en apariencia una ciudad sin ninguna sospecha, es decir, una ciudad enteramente moderna. Por lo tanto, no es necesario especificar la manera de amar que se estila. Los hombres y mujeres o bien se devoran rápidamente en eso que se llama el acto del amor, o bien se crean el compromiso de una larga costumbre a dúo. Entre estos dos extremos no hay término medio. Eso tampoco es original. En Oran, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta.” Comienza con una frase muy importante “Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194... en Oran” debido a que cumple el rol de ser la disparadora de toda la novela a continuación, al decir “curiosos acontecimientos” se está queriendo referir a la peste, dice curioso con la intención de dar a entender que era algo muy desconocido para todos. El narrador intenta desde el principio comenzar a contar la situación con objetividad por lo que se refiere a la novela como una crónica queriendo hacer que parezca más real. Al continuar la lectura nos vamos dando cuenta de cómo se comienza a describir la ciudad de Oran en muchos aspectos, tomando en cuenta que según Camus para conocer una ciudad hay que conocer cómo se trabaja, ama y muere en ella, por eso es que describe la manera en la que viven, cuenta que allí se trabaja todos los días de la semana dejando los placeres sólo para los fines de semana, sus intereses solo se enfocan en enriquecerse, trabajar y obtener dinero por lo que viven de manera rápida, momentánea, sin detenerse en momentos de la vida para disfrutarlos como comúnmente se hace, sino que para ellos es perder el tiempo. Los jóvenes aman rápido y sin darse cuenta, los más viejos dejan su tiempo libre para juegos, pero no es que disfruten de hacerlo, sino que lo consideran como una manera de no perder el tiempo ya que creen que todo lo que se hace luego del trabajo es para no perder el tiempo porque su único tiempo no perdido es cuando trabajan ya que allí están sus intereses.

     No solo en la antigüedad podemos apreciar a escritores tratando temas sobre pestes y pandemias en los que intentan expresar el sentir sobre la situación, sino que podemos encontrarnos con Fernanda Trías una escritora uruguaya radicada en Bogotá quién es la autora de la novela llamada Mugre Rosa publicada en 2019, en ella se cuenta la situación que tiene que atravesar una mujer que se encuentra viviendo en una ciudad totalmente gris en la que se presenta una peste desconocida de la que nadie sabe nada, ella mantiene un vínculo especial con un niño con la enfermedad de Prader-Will de quién se debe hacer cargo, ambos deben encerrarse a causa de que el aire afuera está contaminado y ven como hay gente que no lo hace sin importar el peligro. Todo comienza a empeorar, se pierden los vínculos afectivos, se siente la soledad, la gente comienza a pasar mal hasta llegar a un punto en el que lo único que se tiene para comer es una pasta rosa. Se podría considerar como una novela premonitoria debido a que podría tomarse como un adelanto a la pandemia que comenzó en nuestro país meses más tarde, muchos aspectos que allí se relatan coinciden totalmente con nuestra manera de vivir en la actualidad. Comienza la novela describiendo el paisaje durante todo su fragmento inicial “Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar vueltas sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad. ¿En qué día estoy pensando?

     Todavía me parece oír el ruido del neón —-su vibración eléctrica—- y el falso circuito de otra letra a punto de apagarse. Los ocupantes del hotel lo dejaban prendido no por desidia, tampoco por nostalgia, sino para recordar que estaban vivos. Aún podían hacer caprichoso, meramente estético, aún podían modificar el paisaje.”

     En el primer fragmento del capítulo II “Los pocos taxis que circulaban por la rambla avanzaban lento, con las ventanillas cerradas. Iban a la pesca de alguna urgencia, algún desgraciado que colapsara en plena calle y al que deberían dejar en la puerta del Clínicas. Valía la pena el riesgo. Salud Pública pagaba el viaje y la tarifa de insalubre. Le hice señas a uno que me tocó bocina antes de seguir de largo. Me saqué la mochila de la espalda y la apoyé en el suelo. Iba llena de libros. La epidemia nos había devuelto lo que años atrás parecía irreversible: un país de lectores, sepultado lejos del mar, los ricos en sus estancias o casonas sobre las colinas, los pobres desbordando las ciudades del interior, aquellas mismas de las que antes nos burlábamos por vacías, escasas, obtusas. Dos taxis más siguieron de largo antes de tener suerte.

     Ni bien el taxista me saludó, reconocí su tipo. Era de los que se creían dueños de una verdad profunda, la verdad de la calle.

— Con esa mochila vas llamando la atención —dijo.

— No van a encontrar gran cosa.

     Acomodé la mochila en el asiento y le di la dirección de mi madre. Por la ventanilla vi el templo masón, al otro lado de la rambla, diluido tras el telón mugriento de la niebla.

— Los Pozos. ¿Vivís ahí?

— Voy a ver a alguien.

     Él se jactó de conocer bien el barrio. Había pasado su infancia en la zona, en casa de su abuela. Yo le dije que también, aunque no fuera verdad. Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas, con ese orgullo de la aristocracia venida a menos. Querían los jardines pulcros, las ventanas sin tapiar, las habitaciones libres de linyeras. Ese pasado glorioso era lo que le daba seguridad a mi madre, no la distancia que había puesto entre las algas y ella. Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podría atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colara el viento. Las aguas del riachuelo estaban menos contaminadas que las de la rambla, pero un olor pestilente, mezcla de basura, limo y químicos, inundaba el barrio.

Justo en la esquina, unos metros antes de llegar, alguien revolvía dentro de un contenedor de basura.

— ¿Ves? Esos son los que después nos roban —dijo el taxista —. No le tienen miedo al viento rojo ni a su roja madre.

     Las piernas del hombre se agitaban como las patas de un insecto para mantener el equilibrio y no caer de cabeza en la basura. La niebla tampoco se diluía en Los Pozos. Al contrario, al resguardo del viento, se empantanaba más. Las nubes parecían fabricarse ahí, exhaladas por la tierra, y la humedad se sentía en la cara, lenta y fría como la baba de un caracol.

— ¿Sabes cómo les digo yo a los que viven acá? —dijo el taxista.

— ¿Cómo?

— Los nifunifá. Ni tan locos ni tan cuerdos —se rio—.

     Decime si no tengo razón.” Nos encontramos con el relato de cómo las personas reaccionan ante la situación, los taxis avanzaban lento con las ventanillas cerradas, no recogían a cualquier persona, quizás por miedo, pero al decir “Iban a la pesca de alguna urgencia, algún desagraciado que colapsara en plena calle y al que deberían dejar en la puerta del Clínicas” nos podemos dar cuenta de cómo a pesar del miedo que tenían a la peste no dejaban de ayudar a los más necesitados. A su vez nos da idea de que la pandemia a pesar de tener aspectos negativos devolvió cosas que parecían irreversibles como volver a leer un libro o simplemente el hecho de tener un poco de humanidad y empatía con los demás, pero aún otras continuaban como la manía de criticar al otro sin conocer, solo por su apariencia, esto podemos notarlo cuando se habla de alguien que se encontraba revolviendo la basura a lo que el taxista comenta que esos son los que luego roban, sin ponerse a pensar en la situación que vivían, en medio de una peste desconocida a la que estaban todos sometidos y siendo afectados, esa persona no tenía otra cosa para comer por lo que tuvo que salir a buscar de esa manera sin quedarle otra alternativa ya que en esa situación donde salir es un riesgo, muchos no saldrían si no fuera por necesidad. En reiteradas ocasiones se menciona la niebla a la que se describe como mugrienta y húmeda, de esta manera nos hace sentir, por así decirlo, la sensación que ellos sentían al tener que salir a una ciudad completamente repleta de niebla con nombradas características, nadie querría salir a sentir que algo mugriento y húmedo te rozaba el cuerpo de manera que parecía baba de caracol. Podemos darnos cuenta cuando se nombra la palabra “evacuación” que la situación que se encontraban atravesando no era para nada fácil, sino que estaba siendo de gravedad teniendo que llegar al punto de evacuar personas de su hogar, quienes de manera obligada debían dejarlo e ir a instalarse en otro, esto, en caso de tener la posibilidad de poder encontrar uno que se adecuara a la situación de la persona, permitiéndole abastecer los gastos que conlleva. Lo dicho anteriormente se puede notar cuando en el fragmento se dice “Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas..”. Para finalizar desde mi punto de vista personal, puedo interpretar que este fragmento elegido me transportó mucho a la situación en la que actualmente vivimos, debido a que en él se plantean situaciones que se están volviendo muy comunes, como lo es la falta de recursos que están teniendo muchas personas que quizás perdieron su trabajo a causa de la pandemia y junto a ello sus ingresos, por lo que en muchas ocasiones tienen la necesidad de salir a buscar comida en los tachos de basura porque no les queda otra opción más que esa para poder al menos comer un pedacito de algo una vez al día. A su vez esto no fue lo único que me trajo a la actualidad, sino que también al leer que la pandemia les había devuelto lo que años atrás parecía irreversible como la lectura, hizo darme cuenta que es algo que actualmente volvió a suceder, muchas personas que se encuentran en aislamiento se apoyan mucho en la lectura para poder distraerse

                                                                             ANDREA ROSSI.

25 de abril de 2021

LA LITERATURA Y LA PESTE.


 

                                                                     BIENVENIDO AÑO 2020



Bienvenidos aquellos que visitan este blog perteneciente a una docente del Liceo 2 de Carmelo Prof Miguel Banchero Noaín.

Mi nombre es Giovanna Piceda y plasmo en el blog no solo material de estudio sino también trabajos de los alumnos que deseo valorar y destacar.

Empezamos el año lectivo, casi inevitablemente con el tema LITERATURA Y PESTE.

Cada uno de mis grupos de trabajo (4°- 5°- 6°) inició el curso con un Módulo introductorio reflexionando sobre dicho tema a partir de la novela Mugre rosa de la escritora uruguaya Fernanda Trías .Dicha novela resultó el texto vertebrador de este módulo introductorio.

Para cada grupo se incorporó otras lectura que involucraban a los programas pertinentes.

Es así que para 4° año de Bachillerato se incluyó el libro Cuentos de la peste. El mismo es una recopilación de 27 cuentos escritos en el año 2020 en período de absoluta pandemia. Por ello los alumnos eligieron cada uno un relato y produjeron textos con el título Escribir en y sobre la peste.

Incorporaron, entonces, una variedad de autores uruguayos lo que significa para un asignatura abrir caminos y cánones establecidos por los programas.

Para 5° año, y también como forma de incorporar el tema al programa, se realizó un recorrido por diferentes obras literarias, que desde griegos en adelante relatan diferentes pestes que han asolado a la humanidad en épocas diferentes por ejemplo  la peste en Atenas acaecida en pleno esplendor de la ciudad. Es así  que este curso incorporó el texto El Decamerón de Giovanni Boccacio ubicado dentro de la ficción en la peste negra que padeció Florencia en el año 1348.

Por último los alumnos de 6° año trabajaron además con la novela La peste de Albert Camus de 1947 ubicada en la ciudad argelina de Orán.

Fruto de los trabajos individuales con los que se comenzó el año, en este blog se publicarán  algunos de ellos para que de alguna forma las producciones de los alumnos resulten valoradas y compartidas

28 de agosto de 2020

Último texto del primer eje temático: El tema del amor. "Canción del esposo soldado" Miguel Hernández.

 CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO.

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He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.


Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.


                                                                                                   MIGUEL HERNÁNDEZ

 (                                                                          Poeta español. Orihuela. 1910 - 1942) 






DE UNA FATAL OCASIÓN. Romance anónimo.


                                             EJE TEMÁTICO: EL TEMA DE LA HONRA. 

                                                        DE UNA FATAL OCASIÓN.


 Por aquellos prados verdes,

¡qué galana va la niña!;
con su andar siega la yerba,
con los zapatos la trilla,
con el vuelo de la falda
a ambos lados la tendía.
El rocío de los campos
la daba por la rodilla;
arregazó su brial,
descubrió blanca camisa;
maldiciendo del rocío
y su gran descortesía,
miraba a un lado y a otro
por ver si alguien la veía.

Bien la vía el caballero 

que tanto la pretendía;

mucho andaba el de a caballo,

mucho más que anda la niña;

allá se la fue a alcanzar

al pie de una verde oliva,
¡amargo que lleva el fruto,
amargo para la linda!
—¿Adonde por estos prados
camina sola mi vida?
—No me puedo detener,
que voy a la santa ermita.
—Tiempo es de hablarte, la blanca,
escúchesme aquí, la linda.
Abrazóla por sentarla
al pie de la verde oliva;
dieron vuelta sobre vuelta,
derribarla no podía;
entre las vueltas que daban
la niña el puñal le quita,
metiéráselo en el pecho,
a la espalda le salía.

Entre el hervor de la sangre
el caballero decía:
—Perdíme por tu hermosura;
perdóname, blanca niña.
No te alabes en tu tierra
ni te alabes en la mía
que mataste un caballero
con las armas que traía.
—No alabarme, caballero,
decirlo, bien me sería;
donde no encontrase gentes
a las aves lo diría.
Mas con mis ojos morenos,
¡Dios, cuánto te lloraría!

Puso el muerto en el caballo,
camina la sierra arriba;
encontró al santo ermitaño
a la puerta de la ermita:
—Entiérrame este cadáver
por Dios y Santa María.
—Si lo trajeras con honra,
tú enterrarlo aquí podías.
—Yo con honra sí lo traigo,
con honra y sin alegría.

Con el su puñal dorado
la sepultura le hacía;
con las sus manos tan blancas
de tierra el cuerpo cubría,
con lágrimas de sus ojos
le echaba el agua bendita.

PRESENTACIÓN SEGUNDO EJE TEMÁTICO: EL TEMA DE LA HONRA.

 DISEÑO DEL SEGUNDO EJE TEMÁTICO DEL CURSO.

                   EL TEMA DE LA HONRA EN LA LITERATURA ESPAÑOLA


 "De una fatal ocasión".  Romance anónimo.

Cantar del Mio Cid: 

Serie I :  destierro del Cid.

La afrenta de Corpes (el Cid y los infantes de Carrión).

Romance de Jura de Santa Gadea de Burgos. Romance anónimo.

Discurso de Laurencia en "Fuenteovejuna" de Lope de Vega.


9 de agosto de 2020

Agregar al texto.

 Alumnos: aqui les subo la obra completa La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca que corresponde al próximo texto a estudiar.

No la impriman así como la subo poque la copie con letra grande y márgenes, reduzcan lo más posible para poder tenerla en mano. 

Luego del título faltó un subtítulo y no puedo editarla. Por ello, luego del mismo deben escribir 

Drama de mujeres en los pueblos de España. 

Ese es el subtítulo de la obra.

Giovanna.

Piense que la leerán completa y que cada uno de ustedes leerá un personaje en clase así que la lectura previa es fundamental.


Para los grupos 4°3 - 4°4. "La casa de Bernarda Alba": F:García Lorca.

 

CURSO LITERATURA 4° 3 – 4°4

Eje temático: El tema del amor.

                                         LA CASA DE BERNARDA ALBA. (1936)












Última obra dramática escrita por el autor antes de su muerte y que no llegó a ver representada.

Federico García Lorca



PERSONAJES
 


 

BERNARDA,   60 años.

MARÍA JOSEFA,   madre de Bernarda, 80 años.

ANGUSTIAS,   hija de Bernarda, 39 años.

MAGDALENA,   hija de Bernarda, 30 años.

AMELIA,   hija de Bernarda, 27 años.

MARTIRIO,   hija de Bernarda, 24 años.

ADELA,   hija de Bernarda, 20 años.

LA PONCIA,   criada, 60 años.

CRIADA,   50 años.

PRUDENCIA,   50 años.

MENDIGA.

MUJER 1.ª.

MUJER 2.ª.

MUJER 3.ª.

MUJER 4.ª.

MUCHACHA.

Mujeres de luto.

 

El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico.

 



 

Acto I

 

 

 

Habitación blanquísima del interior de la casa de BERNARDA. Muros gruesos. Puertas en arco con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes. Silla de anea. Cuadros con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda. Es verano. Un gran silencio umbroso se extiende por la escena. Al levantarse el telón está la escena sola. Se oyen doblar las campanas. Sale la CRIADA.

 

 

 

CRIADA.-  Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.

 

 

LA PONCIA.-   (Sale comiendo chorizo y pan.) Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa. En el primer responso se desmayó la Magdalena.

 

 

CRIADA.-  Es la que se queda más sola.

 

 

LA PONCIA.-  Era la única que quería al padre. ¡Ay! ¡Gracias a Dios que estamos solas un poquito! Yo he venido a comer.

 

 

CRIADA.-  ¡Si te viera Bernarda!...

 

 

LA PONCIA.-  ¡Quisiera que ahora que no come ella, que todas nos muriéramos de hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta! ¡Pero se fastidia! Le he abierto la orza de chorizos.

 

 

CRIADA.-   (Con tristeza, ansiosa.) ¿Por qué no me das para mi niña, Poncia?

 

 

LA PONCIA.-  Entra y llévate también un puñado de garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta!

 

 

VOZ.-   (Dentro.) ¡Bernarda!

 

 

LA PONCIA.-  La vieja. ¿Está bien cerrada?

 

 

CRIADA.-  Con dos vueltas de llave.

 

 

LA PONCIA.-  Pero debes poner también la tranca. Tiene unos dedos como cinco ganzúas.

 

 

VOZ.-  ¡Bernarda!

 

 

LA PONCIA.-   (A voces.) ¡Ya viene!   (A la CRIADA.)   Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me quedan.

 

 

CRIADA.-  ¡Qué mujer!

 

 

LA PONCIA.-  Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado!

 

 

CRIADA.-  Sangre en las manos tengo de fregarlo todo.

 

 

LA PONCIA.-  Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. ¡Buen descanso ganó su pobre marido!

 

 

 

(Cesan las campanas.)

 

 

 

CRIADA.-  ¿Han venido todos sus parientes?

 

 

LA PONCIA.-  Los de ella. La gente de él la odia. Vinieron a verlo muerto y le hicieron la cruz.

 

 

CRIADA.-  ¿Hay bastantes sillas?

 

 

LA PONCIA.-  Sobran. Que se sienten en el suelo. Desde que murió el padre de Bernarda no han vuelto a entrar las gentes bajo estos techos. Ella no quiere que la vean en su dominio. ¡Maldita sea!

 

 

CRIADA.-  Contigo se portó bien.

 

 

LA PONCIA.-  Treinta años lavando sus sábanas; treinta años comiendo sus sobras; noches en vela cuando tose; días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento; vida sin secretos una con otra, y sin embargo, ¡maldita sea! ¡Mal dolor de clavo le pinche en los ojos!

 

 

CRIADA.-  ¡Mujer!

 

 

LA PONCIA.-  Pero yo soy buena perra; ladro cuando me lo dicen y muerdo los talones de los que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos trabajan en sus tierras y ya están los dos casados, pero un día me hartaré.

 

 

CRIADA.-  Y ese día...

 

 

LA PONCIA.-  Ese día me encerraré con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año entero. «Bernarda, por esto, por aquello, por lo otro», hasta ponerla como un lagarto machacado por los niños, que es lo que es ella y toda su parentela. Claro es que no le envidio la vida. Le quedan cinco mujeres, cinco hijas feas, que quitando Angustias, la mayor, que es la hija del primer marido y tiene dineros, las demás, mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas por toda herencia.

 

 

CRIADA.-  ¡Ya quisiera tener yo lo que ellas!

 

 

LA PONCIA.-  Nosotras tenemos nuestras manos y un hoyo en la tierra de la verdad.

 

 

CRIADA.-  Ésa es la única tierra que nos dejan a las que no tenemos nada.

 

 

LA PONCIA.-   (En la alacena.) Este cristal tiene unas motas.

 

 

CRIADA.-  Ni con el jabón ni con bayetas se le quitan.

 

 

 

(Suenan las campanas.)

 

 

 

LA PONCIA.-  El último responso. Me voy a oírlo. A mí me gusta mucho cómo canta el párroco. En el Pater noster subió la voz que parecía un cántaro de agua llenándose poco a poco; claro es que al final dio un gallo; pero da gloria oírlo. Ahora que nadie como el antiguo sacristán Tronchapinos. En la misa de mi madre que esté en gloria, cantó. Retumbaban las paredes, y cuando decía amén era como si un lobo hubiese entrado en la iglesia.  (Imitándolo.) ¡Améé-én!  (Se echa a toser.) 

 

 

CRIADA.-  Te vas a hacer el gaznate polvo.

 

 

LA PONCIA.-  ¡Otra cosa hacía polvo yo!  (Sale riendo.) 

 

 

 

(La CRIADA limpia. Suenan las campanas.)

 

 

 

CRIADA.-   (Llevando el canto.) Tin, tin, tan. Tin, tin, tan. ¡Dios lo haya perdonado!

 

 

MENDIGA.-   (Con una niña.) ¡Alabado sea Dios!

 

 

CRIADA.-  Tin, tin, tan. ¡Que nos espere muchos años! Tin, tin, tan.

 

 

MENDIGA.-   (Fuerte y con cierta irritación.) ¡Alabado sea Dios!

 

 

CRIADA.-   (Irritada.) ¡Por siempre!

 

 

MENDIGA.-  Vengo por las sobras.

 

 

 

(Cesan las campanas.)

 

 

 

CRIADA.-  Por la puerta se va a la calle. Las sobras de hoy son para mí.

 

 

MENDIGA.-  Mujer, tú tienes quien te gane. ¡Mi niña y yo estamos solas!

 

 

CRIADA.-  También están solos los perros y viven.

 

 

MENDIGA.-  Siempre me las dan.

 

 

CRIADA.-  Fuera de aquí. ¿Quién os dijo que entraseis? Ya me habéis dejado los pies señalados.

 

(Se van. Limpia.)

  

Suelos barnizados con aceite, alacenas, pedestales, camas de acero, para que traguemos quina las que vivimos en las chozas de tierra con un plato y una cuchara. Ojalá que un día no quedáramos ni uno para contarlo.

 

(Vuelven a sonar las campanas.)

  

Sí, sí, ¡vengan clamores! ¡Venga caja con filos dorados y toalla para llevarla! ¡Que lo mismo estarás tú que estaré yo! Fastídiate, Antonio María Benavides, tieso con tu traje de paño y tus botas enterizas. ¡Fastídiate! ¡Ya no volverás a levantarme las enaguas detrás de la puerta de tu corral!

 

(Por el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar mujeres de luto, con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar la escena. La CRIADA, rompiendo a gritar.)

  

¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás estas paredes ni comerás el pan de esta casa! Yo fui la que más te quiso de las que te sirvieron.  (Tirándose del cabello.)  ¿Y he de vivir yo después de verte marchar? ¿Y he de vivir?

 

 

 

(Terminan de entrar las doscientas mujeres y aparece BERNARDA y sus cinco HIJAS.)

 

 

 

BERNARDA.-    (A la CRIADA.) ¡Silencio!

 

 

CRIADA.-   (Llorando.) ¡Bernarda!

 

 

BERNARDA.-  Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar.  

(La CRIADA se va llorando.)

  Los pobres son como los animales; parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.

 

 

MUJER 1.ª.-  Los pobres sienten también sus penas.

 

 

BERNARDA.-  Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.

 

 

MUCHACHA.-   (Con timidez.) Comer es necesario para vivir.

 

 

BERNARDA.-  A tu edad no se habla delante de las personas mayores.

 

 

MUJER 1.ª.-  Niña, cállate.

 

 

BERNARDA.-  No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse.  (Se sientan. Pausa. Fuerte.)  Magdalena, no llores; si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?

 

 

MUJER 2.ª.-   (A BERNARDA.) ¿Habéis empezado los trabajos en la era?

 

 

BERNARDA.-  Ayer.

 

 

MUJER 3.ª.-  Cae el sol como plomo.

 

 

MUJER 1.ª.-  Hace años no he conocido calor igual.

 

 

 

(Pausa. Se abanican todas.)

 

 

 

BERNARDA.-  ¿Está hecha la limonada?

 

 

LA PONCIA.-  Sí, Bernarda.  (Sale con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) 

 

BERNARDA.-  Dale a los hombres.

 

 

LA PONCIA.-  Ya están tomando en el patio.

 

 

BERNARDA.-  Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.

 

 

MUCHACHA.-   (A ANGUSTIAS.) Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.

 

 

ANGUSTIAS.-  Allí estaba.

 

 

BERNARDA.-  Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ella ni yo.

 

 

MUCHACHA.-  Me pareció...

 

 

BERNARDA.-  Quien sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.

 

 

MUJER 2.ª.-   (Aparte, en voz baja.) ¡Mala, más que mala!

 

 

MUJER 3.ª.-   (Lo mismo.) ¡Lengua de cuchillo!

 

 

BERNARDA.-  Las mujeres en la iglesia no deben de mirar más hombre que al oficiante, y ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.

 

 

MUJER 1.ª.-   (En voz baja.) ¡Vieja lagarta recocida!

 

LA PONCIA.-   (Entre dientes.) ¡Sarmentosa por calentura de varón!

 

 

BERNARDA.-  ¡Alabado sea Dios!

 

 

TODAS.-   (Santiguándose.) Sea por siempre bendito y alabado.

 

BERNARDA

¡Descansa en paz con la santa

compañia de cabecera!


 

TODAS

¡Descansa en paz!


 

BERNARDA

Con el ángel san Miguel

y su espada justiciera.


 

TODAS

¡Descansa en paz!


 

BERNARDA

Con la llave que todo lo abre

y la mano que todo lo cierra.


 

TODAS

¡Descansa en paz!


 

BERNARDA

Con los bienaventurados

y las lucecitas del campo.


 

TODAS

¡Descansa en paz!


 

BERNARDA

Con nuestra santa caridad

y las almas de tierra y mar.


 

TODAS

¡Descansa en paz!


 

 

BERNARDA.-  Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.

 

 

TODAS.-  Amén.

 

 

BERNARDA.-   (Se pone de pie y canta.) Requiem aeternam donat eis Domine.

 

 

TODAS.-   (De pie y cantando al modo gregoriano.) Et lux perpetua luce ab eis.  (Se santiguan.) 

 

 

MUJER 1.ª.-  Salud para rogar por su alma.

 

 

 

(Van desfilando.)

 

 

 

MUJER 3.ª.-  No te faltará la hogaza de pan caliente.

 

 

MUJER 2.ª.-  Ni el techo para tus hijas.

 

 

 

(Van desfilando todas por delante de BERNARDA y saliendo.)

 

 

 

 

(Sale ANGUSTIAS por otra puerta que da al patio.)

 

 

 

MUJER 4.ª.-  El mismo trigo de tu casamiento lo sigas disfrutando.

 

 

LA PONCIA.-   (Entrando con una bolsa.) De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.

 

 

BERNARDA.-  Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.

 

 

MUCHACHA.-   (A MAGDALENA.) Magdalena...

 

 

BERNARDA.-   (A MAGDALENA, que inicia el llanto.) Chiss.  (Salen todas. A las que se han ido.)  ¡Andar a vuestras casas a criticar todo lo que habéis visto! ¡Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi puerta!

 

 

LA PONCIA.-  No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.

 

 

BERNARDA.-  Sí; para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.

 

 

AMELIA.-  ¡Madre, no hable usted así!

 

 

BERNARDA.-  Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.

 

 

LA PONCIA.-  ¡Cómo han puesto la solería!

 

 

BERNARDA.-  Igual que si hubiese pasado por ella una manada de cabras.  

(LA PONCIA limpia el suelo.)

  Niña, dame el abanico.

 

 

ADELA.-  Tome usted.  (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.) 

 

 

BERNARDA.-   (Arrojando el abanico al suelo.) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.

 

 

MARTIRIO.-  Tome usted el mío.

 

 

BERNARDA.-  ¿Y tú?

 

MARTIRIO.-  Yo no tengo calor.

 

 

BERNARDA.-  Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.

 

 

MAGDALENA.-  Lo mismo me da.

 

 

ADELA.-   (Agria.) Si no quieres bordarlas, irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.

 

 

MAGDALENA.-  Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.

 

 

BERNARDA.-  Eso tiene ser mujer.

 

 

MAGDALENA.-  Malditas sean las mujeres.

 

 

BERNARDA.-  Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.

 

 

 

(Sale ADELA.)

 

 

 

VOZ.-  ¡Bernarda! ¡Déjame salir!

 

 

BERNARDA.-    (En voz alta.) ¡Dejadla ya!

 

 

 

(Sale la CRIADA.)

 

 

 

CRIADA.-  Me ha costado mucho sujetarla. A pesar de sus ochenta años, tu madre es fuerte como un roble.

 

 

BERNARDA.-  Tiene a quién parecerse. Mi abuelo fue igual.

 

 

CRIADA.-  Tuve durante el duelo que taparle varias veces la boca con un costal vacío porque quería llamarte para que le dieras agua de fregar siquiera, para beber, y carne de perro, que es lo que ella dice que tú le das.

 

 

MARTIRIO.-  ¡Tiene mala intención!

 

 

BERNARDA.-   (A la CRIADA.) Dejadla que se desahogue en el patio.

 

 

CRIADA.-  Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatista; se los ha puesto, y me ha dicho que se quiere casar.

 

 

 

(Las HIJAS ríen.)

 

 

 

BERNARDA.-  Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.

 

 

CRIADA.-  No tengas miedo que se tire.

 

 

BERNARDA.-  No es por eso... Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana.

 

 

 

(Sale la CRIADA.)

 

 

 

MARTIRIO.-  Nos vamos a cambiar de ropa.

 

 

BERNARDA.-  Sí, pero no el pañuelo de la cabeza.  

(Entra ADELA.)

  ¿Y Angustias?

 

 

ADELA.-   (Con intención.) La he visto asomada a las rendijas del portón. Los hombres se acaban de ir.

 

 

BERNARDA.-  ¿Y tú a qué fuiste también al portón?

 

 

ADELA.-  Me llegué a ver si habían puesto las gallinas.

 

 

BERNARDA.-  ¡Pero el duelo de los hombres habría salido ya!

 

 

ADELA.-   (Con intención.) Todavía estaba un grupo parado por fuera.

 

 

BERNARDA.-   (Furiosa.) ¡Angustias! ¡Angustias!

 

 

ANGUSTIAS.-   (Entrando.) ¿Qué manda usted?

 

 

BERNARDA.-  ¿Qué mirabas y a quién?

 

 

ANGUSTIAS.-  A nadie.

 

 

BERNARDA.-  ¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de su padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas?

 

 

 

(Pausa.)

 

 

 

ANGUSTIAS.-  Yo...

 

 

BERNARDA.-  ¡Tú!

 

 

ANGUSTIAS.-  ¡A nadie!

 

 

BERNARDA.-   (Avanzando y golpeándola.) ¡Suave! ¡Dulzarrona!

 

 

LA PONCIA.-   (Corriendo.) ¡Bernarda, cálmate!  (La sujeta.) 

 

 

 

(ANGUSTIAS llora.)

 

 

 

BERNARDA.-  ¡Fuera de aquí todas!

 

 

 

(Salen.)

 

 

 

LA PONCIA.-  Ella lo ha hecho sin dar alcance a lo que hacía, que está francamente mal. Ya me chocó a mí verla escabullirse hacia el patio. Luego estuvo detrás de una ventana oyendo la conversación que traían los hombres, que, como siempre, no se puede oír.

 

 

BERNARDA.-  A eso vienen a los duelos.  (Con curiosidad.)  ¿De qué hablaban?

 

 

LA PONCIA.-  Hablaban de Paca la Roseta. Anoche ataron a su marido a un pesebre y a ella se la llevaron en la grupa del caballo hasta lo alto del olivar.

 

 

BERNARDA.-  ¿Y ella?

 

 

LA PONCIA.-  Ella, tan conforme. Dicen que iba con los pechos fuera y Maximiliano la llevaba cogida como si tocara la guitarra. ¡Un horror!

 

 

BERNARDA.-  ¿Y qué pasó?

 

 

LA PONCIA.-  Lo que tenía que pasar. Volvieron casi de día. Paca la Roseta traía el pelo suelto y una corona de flores en la cabeza.

 

 

BERNARDA.-  Es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.

 

 

LA PONCIA.-  Porque no es de aquí. Es de muy lejos. Y los que fueron con ella son también hijos de forasteros. Los hombres de aquí no son capaces de eso.

 

 

BERNARDA.-  No; pero les gusta verlo y comentarlo y se chupan los dedos de que esto ocurra.

 

 

LA PONCIA.-  Contaban muchas cosas más.

 

 

BERNARDA.-   (Mirando a un lado y otro con cierto temor.) ¿Cuáles?

 

 

LA PONCIA.-  Me da vergüenza referirlas.

 

 

BERNARDA.-  ¿Y mi hija las oyó?

 

 

LA PONCIA.-  ¡Claro!

 

 

BERNARDA.-  Ésa sale a sus tías; blancas y untuosas y que ponían los ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!

 

 

LA PONCIA.-  ¡Es que tus hijas están ya en edad de merecer! Demasiada poca guerra te dan. Angustias ya debe tener mucho más de los treinta.

 

 

BERNARDA.-  Treinta y nueve justos.

 

 

LA PONCIA.-  Figúrate. Y no ha tenido nunca novio...

 

 

BERNARDA.-   (Furiosa.) ¡No ha tenido novio ninguna ni les hace falta! Pueden pasarse muy bien.

 

 

LA PONCIA.-  No he querido ofenderte.

 

 

BERNARDA.-  No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase. ¿Es que quieres que las entregue a cualquier gañán?

 

 

LA PONCIA.-  Debías irte a otro pueblo.

 

 

BERNARDA.-  Eso. ¡A venderlas!

 

 

LA PONCIA.-  No, Bernarda, a cambiar... Claro que en otros sitios ellas resultan las pobres.

 

 

BERNARDA.-  ¡Calla esa lengua atormentadora!

 

 

LA PONCIA.-  Contigo no se puede hablar. ¿Tenemos o no tenemos confianza?

 

 

BERNARDA.-  No tenemos. Me sirves y te pago. ¡Nada más!

 

 

CRIADA.-   (Entrando.) Ahí está don Arturo, que viene a arreglar las particiones.

 

 

BERNARDA.-  Vamos.   (A la CRIADA.)  Tú empiezas a blanquear el patio.  (A LA PONCIA.)  Y tú ve guardando en el arca grande toda la ropa del muerto.

 

 

LA PONCIA.-  Algunas cosas las podíamos dar.

 

 

BERNARDA.-  Nada, ¡ni un botón! Ni el pañuelo con que le hemos tapado la cara.   (Sale lentamente y al salir vuelve la cabeza y mira a sus CRIADAS.) 

 

 

 

(Las CRIADAS salen después. Entran AMELIA y MARTIRIO.)

 

 

 

AMELIA.-  ¿Has tomado la medicina?

 

 

MARTIRIO.-  ¡Para lo que me va a servir!

 

 

AMELIA.-  Pero la has tomado.

 

 

MARTIRIO.-  Yo hago las cosas sin fe, pero como un reloj.

 

 

AMELIA.-  Desde que vino el médico nuevo estás más animada.

 

 

MARTIRIO.-  Yo me siento lo mismo.

 

 

AMELIA.-  ¿Te fijaste? Adelaida no estuvo en el duelo.

 

 

MARTIRIO.-  Ya lo sabía. Su novio no la deja salir ni al tranco de la calle. Antes era alegre; ahora ni polvos se echa en la cara.

 

 

AMELIA.-  Ya no sabe una si es mejor tener novio o no.

 

 

MARTIRIO.-  Es lo mismo.

 

 

AMELIA.-  De todo tiene la culpa esta crítica que no nos deja vivir. Adelaida habrá pasado mal rato.

 

 

MARTIRIO.-  Le tiene miedo a nuestra madre. Es la única que conoce la historia de su padre y el origen de sus tierras. Siempre que viene le tira puñaladas en el asunto. Su padre mató en Cuba al marido de su primera mujer para casarse con ella. Luego aquí la abandonó y se fue con otra que tenía una hija y luego tuvo relaciones con esta muchacha, la madre de Adelaida, y se casó con ella después de haber muerto loca la segunda mujer.

 

 

AMELIA.-  Y ese infame, ¿por qué no está en la cárcel?

 

 

MARTIRIO.-  Porque los hombres se tapan unos a otros las cosas de esta índole y nadie es capaz de delatar.

 

 

AMELIA.-  Pero Adelaida no tiene culpa de esto.

 

 

MARTIRIO.-  No. Pero las cosas se repiten. Yo veo que todo es una terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su madre y de su abuela, mujeres las dos del que la engendró.

 

 

AMELIA.-  ¡Qué cosa más grande!

 

 

MARTIRIO.-  Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos y siempre tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de pronto abrazada por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí.

 

 

AMELIA.-  ¡Eso no digas! Enrique Humanas estuvo detrás de ti y le gustabas.

 

 

MARTIRIO.-  ¡Invenciones de la gente! Una vez estuve en camisa detrás de la ventana hasta que fue de día porque me avisó con la hija de su gañán que iba a venir y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego se casó con otra que tenía más que yo.

 

 

AMELIA.-  ¡Y fea como un demonio!

 

 

MARTIRIO.-  ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas, y una perra sumisa que les dé de comer.

 

 

AMELIA.-  ¡Ay!

 

 

 

(Entra MAGDALENA.)

 

 

 

MAGDALENA.-  ¿Qué hacéis?

 

 

MARTIRIO.-  Aquí.

 

 

AMELIA.-  ¿Y tú?

 

 

MAGDALENA.-  Vengo de correr las cámaras. Por andar un poco. De ver los cuadros bordados de cañamazo de nuestra abuela, el perrito de lanas y el negro luchando con el león, que tanto nos gustaba de niñas. Aquélla era una época más alegre. Una boda duraba diez días y no se usaban las malas lenguas. Hoy hay más finura, las novias se ponen de velo blanco como en las poblaciones y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos por el qué dirán.

 

 

MARTIRIO.-  ¡Sabe Dios lo que entonces pasaría!

 

 

AMELIA.-   (A MAGDALENA.) Llevas desabrochados los cordones de un zapato.

 

 

MAGDALENA.-  ¡Qué más da!

 

 

AMELIA.-  Te los vas a pisar y te vas a caer.

 

 

MAGDALENA.-  ¡Una menos!

 

 

MARTIRIO.-  ¿Y Adela?

 

 

MAGDALENA.-  ¡Ah! Se ha puesto el traje verde que se hizo para estrenar el día de su cumpleaños, se ha ido al corral, y ha comenzado a voces: «¡Gallinas! ¡Gallinas, miradme!». ¡Me he tenido que reír!

 

 

AMELIA.-  ¡Si la hubiera visto madre!

 

 

MAGDALENA.-  ¡Pobrecilla! Es la más joven de nosotras y tiene ilusión. Daría algo por verla feliz.

 

 

 

(Pausa. ANGUSTIAS cruza la escena con unas toallas en la mano.)

 

 

 

ANGUSTIAS.-  ¿Qué hora es?

 

 

MAGDALENA.-  Ya deben ser las doce.

 

 

ANGUSTIAS.-  ¿Tanto?

 

 

AMELIA.-  Estarán al caer.

 

 

 

(Sale ANGUSTIAS.)

 

 

MAGDALENA.-   (Con intención.) ¿Sabéis ya la cosa?

 

AMELIA.-  No.

 

 

MAGDALENA.-  ¡Vamos!

 

 

MARTIRIO.-  No sé a qué te refieres...

 

 

MAGDALENA.-  Mejor que yo lo sabéis las dos. Siempre cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero sin desahogarse con nadie. ¡Lo de Pepe el Romano!

 

MARTIRIO.-  ¡Ah!

 

 

MAGDALENA.-   (Remedándola.) ¡Ah! Ya se comenta por el pueblo. Pepe el Romano viene a casarse con Angustias. Anoche estuvo rondando la casa y creo que pronto va a mandar un emisario.

 

 

MARTIRIO.-  Yo me alegro. Es buen mozo.

 

 

AMELIA.-  Yo también. Angustias tiene buenas condiciones.

 

 

MAGDALENA.-  Ninguna de las dos os alegráis.

 

 

MARTIRIO.-  ¡Magdalena! ¡Mujer!

 

 

MAGDALENA.-  Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría; pero viene por el dinero. Aunque Angustias es nuestra hermana, aquí estamos en familia y reconocemos que está vieja, enfermiza, y que siempre ha sido la que ha tenido menos méritos de todas nosotras. Porque si con veinte años parecía un palo vestido, ¡qué será ahora que tiene cuarenta!

 

 

MARTIRIO.-  No hables así. La suerte viene a quien menos la aguarda.

 

 

AMELIA.-  ¡Después de todo dice la verdad! ¡Angustias tiene todo el dinero de su padre, es la única rica de la casa y por eso ahora que nuestro padre ha muerto y ya se harán particiones vienen por ella!

 

 

MAGDALENA.-  Pepe el Romano tiene veinticinco años y es el mejor tipo de todos estos contornos. Lo natural sería que te pretendiera a ti, Amelia, o a nuestra Adela, que tiene veinte años, pero no que venga a buscar lo más oscuro de esta casa, a una mujer que, como su padre, habla con las narices.

 

 

MARTIRIO.-  ¡Puede que a él le guste!

 

 

MAGDALENA.-  ¡Nunca he podido resistir tu hipocresía!

 

MARTIRIO.-  ¡Dios me valga!

 

 

 

(Entra ADELA.)

 

 

 

MAGDALENA.-  ¿Te han visto ya las gallinas?

 

 

ADELA.-  ¿Y qué queríais que hiciera?

 

 

AMELIA.-  ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!

 

 

ADELA.-  Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba ponérmelo el día que vamos a comer sandías a la noria. No hubiera habido otro igual.

 

 

MARTIRIO.-  Es un vestido precioso.

 

 

ADELA.-  Y que me está muy bien. Es lo mejor que ha cortado Magdalena.

 

 

MAGDALENA.-  ¿Y las gallinas qué te han dicho?

 

 

ADELA.-  Regalarme unas cuantas pulgas que me han acribillado las piernas.

 

 

 

(Ríen.)

 

 

 

MARTIRIO.-  Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.

 

 

MAGDALENA.-  Lo mejor que puedes hacer es regalárselo a Angustias para la boda con Pepe el Romano.

 

 

ADELA.-   (Con emoción contenida.) Pero Pepe el Romano...

 

 

AMELIA.-  ¿No lo has oído decir?

 

ADELA.-  No.

 

 

MAGDALENA.-  ¡Pues ya lo sabes!

 

 

ADELA.-  ¡Pero si no puede ser!

 

 

MAGDALENA.-  ¡El dinero lo puede todo!

 

 

ADELA.-  ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo mirando por el portón?  (Pausa.)  Y ese hombre es capaz de...

 

 

MAGDALENA.-  Es capaz de todo.

 

 

 

(Pausa.)

 

 

 

MARTIRIO.-  ¿Qué piensas, Adela?

 

 

ADELA.-  Pienso que este luto me ha cogido en la peor época de mi vida para pasarlo.

 

 

MAGDALENA.-  Ya te acostumbrarás.

 

 

ADELA.-   (Rompiendo a llorar con ira.) No me acostumbraré. Yo no puedo estar encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras; no quiero perder mi blancura en estas habitaciones; mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle. ¡Yo quiero salir!

 

 

 

(Entra la CRIADA.)

 

 

 

MAGDALENA.-   (Autoritaria.) ¡Adela!

 

 

CRIADA.-  ¡La pobre! Cuánto ha sentido a su padre...  (Sale.) 

 

 

MARTIRIO.-  ¡Calla!

 

 

AMELIA.-  Lo que sea de una será de todas.

 

 

 

(ADELA se calma.)

 

 

 

MAGDALENA.-  Ha estado a punto de oírte la criada.

 

 

 

(Aparece la CRIADA.)

 

 

 

CRIADA.-  Pepe el Romano viene por lo alto de la calle.

 

 

 

(AMELIA, MARTIRIO y MAGDALENA corren presurosas.)

 

 

 

MAGDALENA.-  ¡Vamos a verlo!

 

 

 

(Salen rápidas.)

 

 

 

CRIADA.-   (A ADELA.) ¿Tú no vas?

 

 

ADELA.-  No me importa.

 

 

CRIADA.-  Como dará la vuelta a la esquina, desde la ventana de tu cuarto se verá mejor.  (Sale.) 

 

 

 

(ADELA queda en escena dudando; después de un instante se va también rápida hasta su habitación. Salen BERNARDA y LA PONCIA.)

 

 

 

BERNARDA.-  ¡Malditas particiones!

 

 

LA PONCIA.-  ¡Cuánto dinero le queda a Angustias!

 

 

BERNARDA.-  Sí.

 

 

LA PONCIA.-  Y a las otras bastante menos.

 

 

BERNARDA.-  Ya me lo has dicho tres veces y no te he querido replicar. Bastante menos, mucho menos. No me lo recuerdes más.

 

 

 

(Sale ANGUSTIAS muy compuesta de cara.)

 

 

 

BERNARDA.-  ¡Angustias!

 

 

ANGUSTIAS.-  Madre.

 

 

BERNARDA.-  ¿Pero has tenido valor de echarte polvos en la cara? ¿Has tenido valor de lavarte la cara el día de la muerte de tu padre?

 

 

ANGUSTIAS.-  No era mi padre. El mío murió hace tiempo. ¿Es que ya no lo recuerda usted?

 

 

BERNARDA.-  Más debes a este hombre, padre de tus hermanas, que al tuyo. Gracias a este hombre tienes colmada tu fortuna.

 

 

ANGUSTIAS.-  ¡Eso lo teníamos que ver!

 

 

BERNARDA.-  Aunque fuera por decencia. ¡Por respeto!

 

 

ANGUSTIAS.-  Madre, déjeme usted salir.

 

 

BERNARDA.-  ¿Salir? Después que te hayas quitado esos polvos de la cara. ¡Suavona! ¡Yeyo! ¡Espejo de tus tías!  (Le quita violentamente con un pañuelo los polvos.)  ¡Ahora, vete!

 

 

LA PONCIA.-  ¡Bernarda, no seas tan inquisitiva!

 

 

BERNARDA.-  Aunque mi madre esté loca, yo estoy en mis cinco sentidos y sé perfectamente lo que hago.

 

 

 

(Entran todas.)

 

 

 

MAGDALENA.-  ¿Qué pasa?

 

 

BERNARDA.-  No pasa nada.

 

 

MAGDALENA.-   (A ANGUSTIAS.) Si es que discuten por las particiones, tú que eres la más rica te puedes quedar con todo.

 

 

ANGUSTIAS.-  Guárdate la lengua en la madriguera.

 

 

BERNARDA.-   (Golpeando en el suelo.) No os hagáis ilusiones de que vais a poder conmigo. ¡Hasta que salga de esta casa con los pies adelante mandaré en lo mío y en lo vuestro!

 

 

 

(Se oyen unas voces y entra en escena MARÍA JOSEFA, la madre de BERNARDA, viejísima, ataviada con flores en la cabeza y en el pecho.)

 

 

 

MARÍA JOSEFA.-  Bernarda, ¿dónde está mi mantilla? Nada de lo que tengo quiero que sea para vosotras. Ni mis anillos ni mi traje negro de moaré. Porque ninguna de vosotras se va a casar. ¡Ninguna! Bernarda, dame mi gargantilla de perlas.

 

 

BERNARDA.-   (A la CRIADA.) ¿Por qué la habéis dejado entrar?

 

 

CRIADA.-   (Temblando.) ¡Se me escapó!

 

 

MARÍA JOSEFA.-  Me escapé porque me quiero casar, porque quiero casarme con un varón hermoso de la orilla del mar, ya que aquí los hombres huyen de las mujeres.

 

 

BERNARDA.-  ¡Calle usted, madre!

 

 

MARÍA JOSEFA.-  No, no me callo. No quiero ver a estas mujeres solteras, rabiando por la boda, haciéndose polvo el corazón, y yo me quiero ir a mi pueblo. Bernarda, yo quiero un varón para casarme y para tener alegría.

 

 

BERNARDA.-  ¡Encerradla!

 

 

MARÍA JOSEFA.-  ¡Déjame salir, Bernarda!

 

 

 

(La CRIADA coge a MARÍA JOSEFA.)

 

 

 

BERNARDA.-  ¡Ayudarla vosotras!

 

 

 

(Todas arrastran a la vieja.)

 

 

MARÍA JOSEFA.-  ¡Quiero irme de aquí! ¡Bernarda! ¡A casarme a la orilla del mar, a la orilla del mar!

 

 

ACTO II

 

Habitación blanca del interior de la casa de BERNARDA. Las puertas de la izquierda dan a los dormitorios. Las HIJAS de BERNARDA están sentadas en sillas bajas cosiendo. MAGDALENA borda. Con ellas está LA PONCIA.

 

 

ANGUSTIAS.-  Ya he cortado la tercera sábana.

 

MARTIRIO.-  Le corresponde a Amelia.

 

MAGDALENA.-  Angustias. ¿Pongo también las iniciales de Pepe?

 

ANGUSTIAS.-   (Seca.) No.

 

MAGDALENA.-   (A voces.) Adela, ¿no vienes?

 

AMELIA.-  Estará echada en la cama.

 

LA PONCIA.-  Ésta tiene algo. La encuentro sin sosiego, temblona, asustada como si tuviese una lagartija entre los pechos.

 

MARTIRIO.-  No tiene ni más ni menos que lo que tenemos todas.

 

MAGDALENA.-  Todas, menos Angustias.

 

ANGUSTIAS.-  Yo me encuentro bien y al que le duela que reviente.

 

MAGDALENA.-  Desde luego que hay que reconocer que lo mejor que has tenido siempre es el talle y la delicadeza.

 

ANGUSTIAS.-  Afortunadamente, pronto voy a salir de este infierno.

 

MAGDALENA.-  ¡A lo mejor no sales!

 

MARTIRIO.-  Dejar esa conversación.

 

ANGUSTIAS.-  Y además, ¡más vale onza en el arca que ojos negros en la cara!

 

MAGDALENA.-  Por un oído me entra y por otro me sale.

 

AMELIA.-   (A LA PONCIA.) Abre la puerta del patio a ver si nos entra un poco de fresco.

 

(La CRIADA lo hace.)

 

 

MARTIRIO.-  Esta noche pasada no me podía quedar dormida por el calor.

 

AMELIA.-  Yo tampoco.

 

MAGDALENA.-  Yo me levanté a refrescarme. Había un nublo negro de tormenta y hasta cayeron algunas gotas.

LA PONCIA.-  Era la una de la madrugada y subía fuego de la tierra. También me levanté yo. Todavía estaba Angustias con Pepe en la ventana.

 

MAGDALENA.-   (Con ironía.) ¿Tan tarde? ¿A qué hora se fue?

 

ANGUSTIAS.-  Magdalena, ¿a qué preguntas, si lo viste?

 

AMELIA.-  Se iría a eso de la una y media.

 

ANGUSTIAS.-  ¿Sí? ¿Tú por qué lo sabes?

 

AMELIA.-  Lo sentí toser y oí los pasos de su jaca.

 

LA PONCIA.-  Pero si yo lo sentí marchar a eso de las cuatro.

 

ANGUSTIAS.-  No sería él.

 

LA PONCIA.-  Estoy segura.

 

AMELIA.-  A mí también me pareció.

 

MAGDALENA.-  ¡Qué cosa más rara!

 

(Pausa.)

 

 

LA PONCIA.-  Oye, Angustias: ¿qué fue lo que te dijo la primera vez que se acercó a la ventana?

 

ANGUSTIAS.-  Nada. ¡Qué me iba a decir! Cosas de conversación.

 

MARTIRIO.-  Verdaderamente es raro que dos personas que no se conocen se vean de pronto en una reja y ya novios.

 

ANGUSTIAS.-  Pues a mí no me chocó.

 

AMELIA.-  A mí me daría no sé qué.

 

ANGUSTIAS.-  No, porque cuando un hombre se acerca a una reja ya sabe por los que van y vienen, llevan y traen, que se le va a decir que sí.

 

MARTIRIO.-  Bueno; pero él te lo tendría que decir.

 

ANGUSTIAS.-  ¡Claro!

 

AMELIA.-   (Curiosa.) ¿Y cómo te lo dijo?

 

ANGUSTIAS.-  Pues nada: «Ya sabes que ando detrás de ti, necesito una mujer buena, modosa, y ésa eres tú si me das la conformidad».

 

AMELIA.-  ¡A mí me da vergüenza de estas cosas!

 

ANGUSTIAS.-  Y a mí, pero hay que pasarlas.

 

LA PONCIA.-  ¿Y habló más?

 

ANGUSTIAS.-  Sí, siempre habló él.

 

MARTIRIO.-  ¿Y tú?

 

ANGUSTIAS.-  Yo no hubiera podido. Casi se me salió el corazón por la boca. Era la primera vez que estaba sola de noche con un hombre.

 

MAGDALENA.-  Y un hombre tan guapo.

 

ANGUSTIAS.-  No tiene mal tipo.

 

LA PONCIA.-  Esas cosas pasan entre personas ya un poco instruidas, que hablan y dicen y mueven la mano... La primera vez que mi marido Evaristo el Colín vino a mi ventana... Ja, ja, ja.

 

AMELIA.-  ¿Qué pasó?

 

LA PONCIA.-  Era muy oscuro. Lo vi acercarse y al llegar me dijo: «Buenas noches». «Buenas noches», le dije yo, y nos quedamos callados más de media hora. Me corría el sudor por todo el cuerpo. Entonces Evaristo se acercó, se acercó que se quería meter por los hierros, y dijo con voz muy baja: «¡Ven que te tiente!».

 

(Ríen todas.)

 

 

(AMELIA se levanta corriendo y espía por una puerta.)

 

 

AMELIA.-  ¡Ay!, creí que llegaba nuestra madre.

 

MAGDALENA.-  ¡Buenas nos hubiera puesto!

 

(Siguen riendo.)

 

 

AMELIA.-  Chissss... ¡Que nos van a oír!

 

LA PONCIA.-  Luego se portó bien. En vez de darle por otra cosa le dio por criar colorines hasta que se murió. A vosotras, que sois solteras, os conviene saber de todos modos que el hombre, a los quince días de boda, deja la cama por la mesa y luego la mesa por la tabernilla, y la que no se conforma se pudre llorando en un rincón.

 

AMELIA.-  Tú te conformaste.

 

LA PONCIA.-  ¡Yo pude con él!

 

MARTIRIO.-  ¿Es verdad que le pegaste algunas veces?

 

LA PONCIA.-  Sí, y por poco si le dejo tuerto.

 

MAGDALENA.-  ¡Así debían ser todas las mujeres!

LA PONCIA.-  Yo tengo la escuela de tu madre. Un día me dijo no sé qué cosa y le maté todos los colorines con la mano del almirez.

 

(Ríen.)

 

 

MAGDALENA.-  Adela, niña, no te pierdas esto.

 

AMELIA.-  Adela.

 

(Pausa.)

 

 

MAGDALENA.-  Voy a ver.  (Entra.) 

 

LA PONCIA.-  Esa niña está mala.

 

MARTIRIO.-  Claro, no duerme apenas.

 

LA PONCIA.-  ¿Pues qué hace?

 

MARTIRIO.-  ¡Yo qué sé lo que hace!

 

LA PONCIA.-  Mejor lo sabrás tú que yo, que duermes pared por medio.

 

ANGUSTIAS.-  La envidia la come.

 

AMELIA.-  No exageres.

 

ANGUSTIAS.-  Se lo noto en los ojos. Se le está poniendo mirar de loca.

 

MARTIRIO.-  No habléis de locos. Aquí es el único sitio donde no se puede pronunciar esta palabra.

 

(Sale MAGDALENA con ADELA.)

 

 

MAGDALENA.-  Pues ¿no estabas dormida?

 

ADELA.-  Tengo mal cuerpo.

 

MARTIRIO.-   (Con intención.) ¿Es que no has dormido bien esta noche?

 

ADELA.-  Sí.

 

MARTIRIO.-  ¿Entonces?

 

ADELA.-   (Fuerte.) ¡Déjame ya! ¡Durmiendo o velando, no tienes por qué meterte en lo mío! ¡Yo hago con mi cuerpo lo que me parece!

 

MARTIRIO.-  ¡Sólo es interés por ti!

 

ADELA.-  Interés o inquisición. ¿No estabais cosiendo? Pues seguir. ¡Quisiera ser invisible, pasar por las habitaciones sin que me preguntarais dónde voy!

 

CRIADA.-   (Entra.) Bernarda os llama. Está el hombre de los encajes.

 

(Salen.)

 

 

(Al salir, MARTIRIO mira fijamente a ADELA.)

 

 

ADELA.-  ¡No me mires más! Si quieres te daré mis ojos, que son frescos, y mis espaldas para que te compongas la joroba que tienes, pero vuelve la cabeza cuando yo paso.

 

(Se va MARTIRIO.)

 

 

LA PONCIA.-  ¡Que es tu hermana y además la que más te quiere!

 

ADELA.-  Me sigue a todos lados. A veces se asoma a mi cuarto para ver si duermo. No me deja respirar. Y siempre: «¡Qué lástima de cara!», «¡Qué lástima de cuerpo, que no vaya a ser para nadie!». ¡Y eso no! Mi cuerpo será de quien yo quiera.

LA PONCIA.-   (Con intención y en voz baja.) De Pepe el Romano. ¿No es eso?

 

ADELA.-   (Sobrecogida.) ¿Qué dices?

 

LA PONCIA.-  Lo que digo, Adela.

 

ADELA.-  ¡Calla!

 

LA PONCIA.-   (Alto.) ¿Crees que no me he fijado?

 

ADELA.-  ¡Baja la voz!

 

LA PONCIA.-  ¡Mata esos pensamientos!

 

ADELA.-  ¿Qué sabes tú?

 

LA PONCIA.-  Las viejas vemos a través de las paredes. ¿Dónde vas de noche cuando te levantas?

 

ADELA.-  ¡Ciega debías estar!

 

LA PONCIA.-  Con la cabeza y las manos llenas de ojos cuando se trata de lo que se trata. Por mucho que pienso no sé lo que te propones. ¿Por qué te pusiste casi desnuda con la luz encendida y la ventana abierta al pasar Pepe el segundo día que vino a hablar con tu hermana?

 

ADELA.-  ¡Eso no es verdad!

 

LA PONCIA.-  No seas como los niños chicos. ¡Deja en paz a tu hermana, y si Pepe el Romano te gusta, te aguantas!

 

(ADELA llora.)

  

Además, ¿quién dice que no te puedes casar con él? Tu hermana Angustias es una enferma. Ésa no resiste el primer parto. Es estrecha de cintura, vieja, y con mi conocimiento te digo que se morirá. Entonces Pepe hará lo que hacen todos los viudos de esta tierra: se casará con la más joven, la más hermosa, y ésa eres tú. Alimenta esa esperanza, olvídalo, lo que quieras, pero no vayas contra la ley de Dios.

 

ADELA.-  ¡Calla!

 

LA PONCIA.-  ¡No callo!

 

ADELA.-  Métete en tus cosas, ¡oledora!, ¡pérfida!

LA PONCIA.-  Sombra tuya he de ser.

 

ADELA.-  En vez de limpiar la casa y acostarte para rezar a tus muertos, buscas como una vieja marrana asuntos de hombres y mujeres para babosear en ellos.

LA PONCIA.-  ¡Velo! Para que las gentes no escupan al pasar por esta puerta.

 

ADELA.-  ¡Qué cariño tan grande te ha entrado de pronto por mi hermana!

 

LA PONCIA.-  No os tengo ley a ninguna, pero quiero vivir en casa decente. ¡No quiero mancharme de vieja!

 

ADELA.-  Es inútil tu consejo. Ya es tarde. No por encima de ti, que eres una criada; por encima de mi madre saltaría para apagarme este fuego que tengo levantado por piernas y boca. ¿Qué puedes decir de mí? ¿Que me encierro en mi cuarto y no abro la puerta? ¿Que no duermo? ¡Soy más lista que tú! Mira a ver si puedes agarrar la liebre con tus manos.

 

LA PONCIA.-  No me desafíes, Adela, no me desafíes. Porque yo puedo dar voces, encender luces y hacer que toquen las campanas.

 

ADELA.-  Trae cuatro mil bengalas amarillas y ponlas en las bardas del corral. Nadie podrá evitar que suceda lo que tiene que suceder.

 

LA PONCIA.-  ¡Tanto te gusta ese hombre!

 

ADELA.-  ¡Tanto! Mirando sus ojos me parece que bebo su sangre lentamente.

 

LA PONCIA.-  Yo no te puedo oír.

 

ADELA.-  ¡Pues me oirás! Te he tenido miedo. ¡Pero ya soy más fuerte que tú!

 

(Entra ANGUSTIAS.)

 

ANGUSTIAS.-  ¡Siempre discutiendo!

 

LA PONCIA.-  Claro. Se empeña que con el calor que hace vaya a traerle no sé qué de la tienda.

 

ANGUSTIAS.-  ¿Me compraste el bote de esencia?

 

LA PONCIA.-  El más caro. Y los polvos. En la mesa de tu cuarto los he puesto.

 

(Sale ANGUSTIAS.)

 

 

ADELA.-  ¡Y chitón!

 

LA PONCIA.-  ¡Lo veremos!

 

(Entran MARTIRIO, AMELIA y MAGDALENA.)

 

 

MAGDALENA.-    (A ADELA.) ¿Has visto los encajes?

 

AMELIA.-  Los de Angustias para sus sábanas de novia son preciosos.

 

ADELA.-   (A MARTIRIO, que trae unos encajes.) ¿Y éstos?

 

MARTIRIO.-  Son para mí. Para una camisa.

 

ADELA.-   (Con sarcasmo.) Se necesita buen humor.

 

MARTIRIO.-   (Con intención.) Para verlo yo. No necesito lucirme ante nadie.

 

LA PONCIA.-  Nadie le ve a una en camisa.

 

MARTIRIO.-   (Con intención y mirando a ADELA.) ¡A veces! Pero me encanta la ropa interior. Si fuera rica la tendría de holanda. Es uno de los pocos gustos que me quedan.

 

LA PONCIA.-  Estos encajes son preciosos para las gorras de niños, para mantehuelos de cristianar. Yo nunca pude usarlos en los míos. A ver si ahora Angustias los usa en los suyos. Como le dé por tener crías, vais a estar cosiendo mañana y tarde.

 

MAGDALENA.-  Yo no pienso dar una puntada.

 

AMELIA.-  Y mucho menos criar niños ajenos. Mira tú cómo están las vecinas del callejón, sacrificadas por cuatro monigotes.

 

LA PONCIA.-  Ésas están mejor que vosotras. ¡Siquiera allí se ríe y se oyen porrazos!

 

MARTIRIO.-  Pues vete a servir con ellas.

 

LA PONCIA.-  No. Ya me ha tocado en suerte este convento.

 

(Se oyen unos campanillos lejanos, como a través de varios muros.)

 

 

MAGDALENA.-  Son los hombres que vuelven del trabajo.

 

LA PONCIA.-  Hace un minuto dieron las tres.

 

MARTIRIO.-  ¡Con este sol!

 

ADELA.-    (Sentándose.) ¡Ay, quién pudiera salir también a los campos!

 

MAGDALENA.-    (Sentándose.) ¡Cada clase tiene que hacer lo suyo!

 

MARTIRIO.-    (Sentándose.) ¡Así es!

AMELIA.-    (Sentándose.) ¡Ay!

 

LA PONCIA.-  No hay alegría como la de los campos en esta época. Ayer de mañana llegaron los segadores. Cuarenta o cincuenta buenos mozos.

 

MAGDALENA.-  ¿De dónde son este año?

 

LA PONCIA.-  De muy lejos. Vinieron de los montes. ¡Alegres! ¡Como árboles quemados! ¡Dando voces y arrojando piedras! Anoche llegó al pueblo una mujer vestida de lentejuelas y que bailaba con un acordeón, y quince de ellos la contrataron para llevársela al olivar. Yo los vi de lejos. El que la contrataba era un muchacho de ojos verdes, apretado como una gavilla de trigo.

 

AMELIA.-  ¿Es eso cierto?

 

ADELA.-  ¡Pero es posible!

 

LA PONCIA.-  Hace años vino otra de éstas y yo misma di dinero a mi hijo mayor para que fuera. Los hombres necesitan estas cosas.

 

ADELA.-  Se les perdona todo.

 

AMELIA.-  Nacer mujer es el mayor castigo.

 

MAGDALENA.-  Y ni nuestros ojos siquiera nos pertenecen.

 

(Se oye un cantar lejano que se va acercando.)

 

 

LA PONCIA.-  Son ellos. Traen unos cantos preciosos.

 

AMELIA.-  Ahora salen a segar.

CORO

Ya salen los segadores

en busca de las espigas;

se llevan los corazones

de las muchachas que miran.


 

(Se oyen panderos y carrañacas. Pausa. Todas oyen en un silencio traspasado por el sol.)

 

 

AMELIA.-  ¡Y no les importa el calor!

 

MARTIRIO.-  Siegan entre llamaradas.

 

ADELA.-  Me gustaría segar para ir y venir. Así se olvida lo que nos muerde.

 

MARTIRIO.-  ¿Qué tienes tú que olvidar?

 

ADELA.-  Cada una sabe sus cosas.

 

MARTIRIO.-   (Profunda.) ¡Cada una!

 

LA PONCIA.-  ¡Callar! ¡Callar!

CORO

 (Muy lejano.) 

Abrir puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo,

el segador pide rosas

para adornar su sombrero.


 

LA PONCIA.-  ¡Qué canto!

MARTIRIO

 (Con nostalgia.) 

Abrir puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo...


ADELA

 (Con pasión.) 

... el segador pide rosas

para adornar su sombrero.


 

(Se va alejando el cantar.)

 

 

LA PONCIA.-  Ahora dan vuelta a la esquina.

 

ADELA.-  Vamos a verlos por la ventana de mi cuarto.

 

LA PONCIA.-  Tened cuidado con no entreabrirla mucho, porque son capaces de dar un empujón para ver quién mira.

 

(Se van las tres. MARTIRIO queda sentada en la silla baja con la cabeza entre las manos.)

 

 

AMELIA.-   (Acercándose.) ¿Qué te pasa?

 

MARTIRIO.-  Me sienta mal el calor.

 

AMELIA.-  ¿No es más que eso?

 

MARTIRIO.-  Estoy deseando que llegue noviembre, los días de lluvias, las escarchas, todo lo que no sea este verano interminable.

 

AMELIA.-  Ya pasará y volverá otra vez.

 

MARTIRIO.-  ¡Claro!  (Pausa.)  ¿A qué hora te dormiste anoche?

 

AMELIA.-  No sé. Yo duermo como un tronco. ¿Por qué?

 

MARTIRIO.-  Por nada, pero me pareció oír gente en el corral.

AMELIA.-  ¿Sí?

 

MARTIRIO.-  Muy tarde.

 

AMELIA.-  ¿Y no tuviste miedo?

 

MARTIRIO.-  No. Ya lo he oído otras noches.

 

AMELIA.-  Debiéramos tener cuidado. ¿No serían los gañanes?

 

MARTIRIO.-  Los gañanes llegan a las seis.

 

AMELIA.-  Quizá una mulilla sin desbravar.

 

MARTIRIO.-   (Entre dientes y llena de segunda intención.) Eso, ¡eso!, una mulilla sin desbravar.

 

AMELIA.-  ¡Hay que prevenir!

 

MARTIRIO.-  No. No. No digas nada, puede ser un barrunto mío.

 

AMELIA.-  Quizá.  (Pausa. AMELIA inicia el mutis.)  

 

MARTIRIO.-  Amelia.

 

AMELIA.-   (En la puerta.) ¿Qué?

 

(Pausa.)

 

 

MARTIRIO.-  Nada.

 

(Pausa.)

 

 

AMELIA.-  ¿Por qué llamaste?

 

(Pausa.)

 

 

MARTIRIO.-  Se me escapó. Fue sin darme cuenta.

 

(Pausa.)

 

 

AMELIA.-  Acuéstate un poco.

 

ANGUSTIAS.-   (Entrando furiosa en escena, de modo que haya un gran contraste con los silencios anteriores.) ¿Dónde está el retrato de Pepe que tenía yo debajo de mi almohada? ¿Quién de vosotras lo tiene?

 

MARTIRIO.-  Ninguna.

 

AMELIA.-  Ni que Pepe fuera un san Bartolomé de plata.

 

ANGUSTIAS.-  ¿Dónde está el retrato?

 

(Entran LA PONCIA, MAGDALENA y ADELA.)

 

 

ADELA.-  ¿Qué retrato?

 

ANGUSTIAS.-  Una de vosotras me lo ha escondido.

 

MAGDALENA.-  ¿Tienes la desvergüenza de decir esto?

 

ANGUSTIAS.-  Estaba en mi cuarto y ya no está.

 

MARTIRIO.-  ¿Y no se habrá escapado a medianoche al corral? A Pepe le gusta andar con la luna.

 

ANGUSTIAS.-  ¡No me gastes bromas! Cuando venga se lo contaré.

 

LA PONCIA.-  ¡Eso no, porque aparecerá!  (Mirando a ADELA.) 

 

ANGUSTIAS.-  ¡Me gustaría saber cuál de vosotras lo tiene!

 

ADELA.-   (Mirando a MARTIRIO.) ¡Alguna! ¡Todas menos yo!

 

MARTIRIO.-    (Con intención.) ¡Desde luego!

 

BERNARDA.-   (Entrando.) ¡Qué escándalo es éste en mi casa y en el silencio del peso del calor! Estarán las vecinas con el oído pegado a los tabiques.

 

ANGUSTIAS.-  Me han quitado el retrato de mi novio.

 

BERNARDA.-   (Fiera.) ¿Quién? ¿Quién?

 

ANGUSTIAS.-  ¡Éstas!

 

BERNARDA.-  ¿Cuál de vosotras?  (Silencio.) ¡Contestarme!  (Silencio. A PONCIA.)  Registra los cuartos, mira por las camas. Esto tiene no ataros más cortas. ¡Pero me vais a soñar!  (A ANGUSTIAS.)   ¿Estás segura?

 

ANGUSTIAS.-  Sí.

 

BERNARDA.-  ¿Lo has buscado bien?

 

ANGUSTIAS.-  Sí, madre.

 

(Todas están de pie en medio de un embarazoso silencio.)

 

 

BERNARDA.-  Me hacéis al final de mi vida beber el veneno más amargo que una madre puede resistir.  (A PONCIA.) ¿No lo encuentras?

 

LA PONCIA.-   (Saliendo.) Aquí está.

 

BERNARDA.-  ¿Dónde lo has encontrado?

 

LA PONCIA.-  Estaba...

 

BERNARDA.-  Dilo sin temor.

 

LA PONCIA.-   (Extrañada.) Entre las sábanas de la cama de Martirio.

 

BERNARDA.-    (A MARTIRIO.) ¿Es verdad?

 

MARTIRIO.-  ¡Es verdad!

 

BERNARDA.-   (Avanzando y golpeándola.) Mala puñalada te den, ¡mosca muerta! ¡Sembradura de vidrios!

 

MARTIRIO.-   (Fiera.) ¡No me pegue usted, madre!

 

BERNARDA.-  ¡Todo lo que quiera!

 

MARTIRIO.-  ¡Si yo la dejo! ¿Lo oye? ¡Retírese usted!

 

LA PONCIA.-  No faltes a tu madre.

 

ANGUSTIAS.-   (Cogiendo a BERNARDA.) Déjala. ¡Por favor!

 

BERNARDA.-  Ni lágrimas te quedan en esos ojos.

 

MARTIRIO.-  No voy a llorar para darle gusto.

 

BERNARDA.-  ¿Por qué has cogido el retrato?

 

MARTIRIO.-  ¿Es que yo no puedo gastar una broma a mi hermana? ¿Para qué lo iba a querer?

 

ADELA.-   (Saltando llena de celos.) No ha sido broma, que tú nunca has gustado jamás de juegos. Ha sido otra cosa que te reventaba en el pecho por querer salir. Dilo ya claramente.

 

MARTIRIO.-  ¡Calla y no me hagas hablar, que si hablo se van a juntar las paredes unas con otras de vergüenza!

 

ADELA.-  ¡La mala lengua no tiene fin para inventar!

 

BERNARDA.-  ¡Adela!

 

MAGDALENA.-  Estáis locas.

 

AMELIA.-  Y nos apedreáis con malos pensamientos.

 

MARTIRIO.-  Otras hacen cosas más malas.

 

ADELA.-  Hasta que se pongan en cueros de una vez y se las lleve el río.

 

BERNARDA.-  ¡Perversa!

 

ANGUSTIAS.-  Yo no tengo la culpa de que Pepe el Romano se haya fijado en mí.

ADELA.-  ¡Por tus dineros!

 

ANGUSTIAS.-  ¡Madre!

 

BERNARDA.-  ¡Silencio!

 

MARTIRIO.-  Por tus marjales y tus arboledas.

 

MAGDALENA.-  ¡Eso es lo justo!

 

BERNARDA.-  ¡Silencio digo! Yo veía la tormenta venir, pero no creía que estallara tan pronto. ¡Ay, qué pedrisco de odio habéis echado sobre mi corazón! Pero todavía no soy anciana y tengo cinco cadenas para vosotras y esta casa levantada por mi padre para que ni las hierbas se enteren de mi desolación. ¡Fuera de aquí!

 

(Salen. BERNARDA se sienta desolada. LA PONCIA está de pie arrimada a los muros. BERNARDA reacciona, da un golpe en el suelo y dice:)

  

¡Tendré que sentarles la mano! Bernarda: acuérdate que ésta es tu obligación.

 

LA PONCIA.-  ¿Puedo hablar?

 

BERNARDA.-  Habla. Siento que hayas oído. Nunca está bien una extraña en el centro de la familia.

 

LA PONCIA.-  Lo visto, visto está.

 

BERNARDA.-  Angustias tiene que casarse en seguida.

 

LA PONCIA.-  Claro; hay que retirarla de aquí.

 

BERNARDA.-  No a ella. ¡A él!

 

LA PONCIA.-  Claro. A él hay que alejarlo de aquí. Piensas bien.

 

BERNARDA.-  No pienso. Hay cosas que no se pueden ni se deben pensar. Yo ordeno.

 

LA PONCIA.-  ¿Y tú crees que él querrá marcharse?

 

BERNARDA.-   (Levantándose.) ¿Qué imagina tu cabeza?

 

LA PONCIA.-  Él, ¡claro!, se casará con Angustias.

 

BERNARDA.-  Habla, te conozco demasiado para saber que ya me tienes preparada la cuchilla.

 

LA PONCIA.-  Nunca pensé que se llamara asesinato al aviso.

 

BERNARDA.-  ¿Me tienes que prevenir algo?

 

LA PONCIA.-  Yo no acuso, Bernarda. Yo sólo te digo: abre los ojos y verás.

 

BERNARDA.-  ¿Y verás qué?

 

LA PONCIA.-  Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas; muchas veces creí que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos. Ahora estás ciega.

 

BERNARDA.-  ¿Te refieres a Martirio?

 

LA PONCIA.-  Bueno, a Martirio...  (Con curiosidad.)  ¿Por qué habrá escondido el retrato?

 

BERNARDA.-   (Queriendo ocultar a su hija.) Después de todo, ella dice que ha sido una broma. ¿Qué otra cosa puede ser?

 

LA PONCIA.-  ¿Tú crees así?  (Con sorna.) 

 

BERNARDA.-   (Enérgica.) No lo creo. ¡Es así!

 

LA PONCIA.-  Basta. Se trata de lo tuyo. Pero si fuera la vecina de enfrente, ¿qué sería?

 

BERNARDA.-  Ya empiezas a sacar la punta del cuchillo.

 

LA PONCIA.-   (Siempre con crueldad.) Bernarda: aquí pasa una cosa muy grande. Yo no te quiero echar la culpa, pero tú no has dejado a tus hijas libres. Martirio es enamoradiza, digas lo que tú quieras. ¿Por qué no la dejaste casar con Enrique Humanas? ¿Por qué el mismo día que iba a venir a la ventana le mandaste recado que no viniera?

 

BERNARDA.-  ¡Y lo haría mil veces! ¡Mi sangre no se junta con la de los Humanas mientras yo viva! Su padre fue gañán.

 

LA PONCIA.-  ¡Y así te va a ti con esos humos!

 

BERNARDA.-  Los tengo porque puedo tenerlos. Y tú no los tienes porque sabes muy bien cuál es tu origen.

 

LA PONCIA.-   (Con odio.) No me lo recuerdes. Estoy ya vieja. Siempre agradecí tu protección.

 

BERNARDA.-   (Crecida.) ¡No lo parece!

 

LA PONCIA.-   (Con odio envuelto en suavidad.) A Martirio se le olvidará esto.

 

BERNARDA.-  Y si no lo olvida peor para ella. No creo que ésta sea la «cosa muy grande» que aquí pasa. Aquí no pasa nada. ¡Eso quisieras tú! Y si pasa algún día, estate segura que no traspasará las paredes.

 

LA PONCIA.-  Eso no lo sé yo. En el pueblo hay gentes que leen también de lejos los pensamientos escondidos.

 

BERNARDA.-  ¡Cómo gozarías de vernos a mí y a mis hijas camino del lupanar!

 

LA PONCIA.-  ¡Nadie puede conocer su fin!

 

BERNARDA.-  ¡Yo sí sé mi fin! ¡Y el de mis hijas! El lupanar se queda para alguna mujer ya difunta.

 

LA PONCIA.-  ¡Bernarda, respeta la memoria de mi madre!

 

BERNARDA.-  ¡No me persigas tú con tus malos pensamientos!

 

(Pausa.)

 

 

LA PONCIA.-  Mejor será que no me meta en nada.

 

BERNARDA.-  Eso es lo que debías hacer. Obrar y callar a todo. Es la obligación de los que viven a sueldo.

 

LA PONCIA.-  Pero no se puede. ¿A ti no te parece que Pepe estaría mejor casado con Martirio o..., ¡sí!, con Adela?

 

BERNARDA.-  No me parece.

 

LA PONCIA.-  Adela. ¡Ésa es la verdadera novia del Romano!

 

BERNARDA.-  Las cosas no son nunca a gusto nuestro.

 

LA PONCIA.-  Pero les cuesta mucho trabajo desviarse de la verdadera inclinación. A mí me parece mal que Pepe esté con Angustias, y a las gentes, y hasta al aire. ¡Quién sabe si se saldrán con la suya!

 

BERNARDA.-  ¡Ya estamos otra vez!... Te deslizas para llenarme de malos sueños. Y no quiero entenderte, porque si llegara al alcance de todo lo que dices te tendría que arañar.

 

LA PONCIA.-  ¡No llegará la sangre al río!

 

BERNARDA.-  Afortunadamente mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad.

 

LA PONCIA.-  ¡Eso sí! Pero en cuanto las dejes sueltas se te subirán al tejado.

 

BERNARDA.-  ¡Ya las bajaré tirándoles cantos!

 

LA PONCIA.-  ¡Desde luego eres la más valiente!

 

BERNARDA.-  ¡Siempre gasté sabrosa pimienta!

 

LA PONCIA.-  ¡Pero lo que son las cosas! A su edad. ¡Hay que ver el entusiasmo de Angustias con su novio! ¡Y él también parece muy picado! Ayer me contó mi hijo mayor que a las cuatro y media de la madrugada, que pasó por la calle con la yunta, estaban hablando todavía.

 

BERNARDA.-  ¡A las cuatro y media!

 

ANGUSTIAS.-   (Saliendo.) ¡Mentira!

 

LA PONCIA.-  Eso me contaron.

 

BERNARDA.-   (A ANGUSTIAS.) ¡Habla!

 

ANGUSTIAS.-  Pepe lleva más de una semana marchándose a la una. Que Dios me mate si miento.

 

MARTIRIO.-   (Saliendo.) Yo también lo sentí marcharse a las cuatro.

 

BERNARDA.-  ¿Pero lo viste con tus ojos?

 

MARTIRIO.-  No quise asomarme. ¿No habláis ahora por la ventana del callejón?

 

ANGUSTIAS.-  Yo hablo por la ventana de mi dormitorio.

 

(Aparece ADELA en la puerta.)

 

 

MARTIRIO.-  Entonces...

 

BERNARDA.-  ¿Qué es lo que pasa aquí?

 

LA PONCIA.-  ¡Cuida de enterarte! Pero, desde luego, Pepe estaba a las cuatro de la madrugada en una reja de tu casa.

 

BERNARDA.-  ¿Lo sabes seguro?

 

LA PONCIA.-  Seguro no se sabe nada en esta vida.

 

ADELA.-  Madre, no oiga usted a quien nos quiere perder a todas.

 

BERNARDA.-  ¡Yo sabré enterarme! Si las gentes del pueblo quieren levantar falsos testimonios, se encontrarán con mi pedernal. No se hable de este asunto. Hay a veces una ola de fango que levantan los demás para perdernos.

 

MARTIRIO.-  A mí no me gusta mentir.

 

LA PONCIA.-  Y algo habrá.

 

BERNARDA.-  No habrá nada. Nací para tener los ojos abiertos. Ahora vigilaré sin cerrarlos ya hasta que me muera.

 

ANGUSTIAS.-  Yo tengo derecho de enterarme.

 

BERNARDA.-  Tú no tienes derecho más que a obedecer. Nadie me traiga ni me lleve.  (A LA PONCIA.)  Y tú te metes en los asuntos de tu casa. ¡Aquí no se vuelve a dar un paso sin que yo lo sienta!

 

CRIADA.-   (Entrando.) En lo alto de la calle hay un gran gentío y todos los vecinos están en sus puertas.

 

BERNARDA.-   (A PONCIA.) ¡Corre a enterarte de lo que pasa!

 

(Las mujeres corren para salir.)

  

¿Dónde vais? Siempre os supe mujeres ventaneras y rompedoras de su luto. ¡Vosotras, al patio!

 

(Salen y sale BERNARDA. Se oyen rumores lejanos. Entran MARTIRIO y ADELA, que se quedan escuchando y sin atreverse a dar un paso más de la puerta de salida.)

 

 

MARTIRIO.-  Agradece a la casualidad que no desaté mi lengua.

 

ADELA.-  También hubiera hablado yo.

MARTIRIO.-  ¿Y qué ibas a decir? ¡Querer no es hacer!

 

ADELA.-  Hace la que puede y la que se adelanta. Tú querías, pero no has podido.

 

MARTIRIO.-  No seguirás mucho tiempo.

 

ADELA.-  ¡Lo tendré todo!

 

MARTIRIO.-  Yo romperé tus abrazos.

 

ADELA.-   (Suplicante.) ¡Martirio, déjame!

 

MARTIRIO.-  ¡De ninguna!

 

ADELA.-  ¡Él me quiere para su casa!

 

MARTIRIO.-  ¡He visto cómo te abrazaba!

 

ADELA.-  Yo no quería. He sido como arrastrada por una maroma.

 

MARTIRIO.-  ¡Primero muerta!

 

(Se asoman MAGDALENA y ANGUSTIAS. Se siente crecer el tumulto.)

 

 

LA PONCIA.-   (Entrando con BERNARDA.) ¡Bernarda!

 

BERNARDA.-  ¿Qué ocurre?

 

LA PONCIA.-  La hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo no se sabe con quién.

 

ADELA.-  ¿Un hijo?

 

LA PONCIA.-  Y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras, pero unos perros con más corazón que muchas criaturas lo sacaron, y como llevados por la mano de Dios lo han puesto en el tranco de su puerta. Ahora la quieren matar. La traen arrastrando por la calle abajo, y por las trochas y los terrenos del olivar vienen los hombres corriendo dando unas voces que estremecen los campos.

 

BERNARDA.-  Sí, que vengan todos con varas de olivo y mangos de azadones, que vengan todos para matarla.

 

ADELA.-  No, no. Para matarla, no.

 

MARTIRIO.-  Sí, y vamos a salir también nosotras.

 

BERNARDA.-  Y que pague la que pisotea la decencia.

 

(Fuera se oye un grito de mujer y un gran rumor.)

 

 

ADELA.-  ¡Que la dejen escapar! ¡No salgáis vosotras!

 

MARTIRIO.-    (Mirando a ADELA.) ¡Que pague lo que debe!

 

BERNARDA.-   (Bajo el arco.) ¡Acabad con ella antes que lleguen los guardias! ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!

 

ADELA.-   (Cogiéndose el vientre.) ¡No! ¡No!

 

BERNARDA.-  ¡Matadla! ¡Matadla!

 

(Telón.)

 

 

ACTO III

 

Cuatro paredes blancas ligeramente azuladas del patio interior de la casa de BERNARDA. Es de noche. El decorado ha de ser de una perfecta simplicidad. Las puertas iluminadas por la luz de los interiores dan un tenue fulgor a la escena.

 

 

En el centro, una mesa con un quinqué, donde están comiendo BERNARDA y sus HIJAS. LA PONCIA las sirve. PRUDENCIA está sentada aparte.

 

 

Al levantarse el telón hay un gran silencio, interrumpido por el ruido de platos y cubiertos.

 

 

PRUDENCIA.-  Ya me voy. Os he hecho una visita larga.  (Se levanta.) 

 

BERNARDA.-  Espérate, mujer. No nos vemos nunca.

 

PRUDENCIA.-  ¿Han dado el último toque para el rosario?

 

LA PONCIA.-  Todavía no.

 

(PRUDENCIA se sienta.)

 

 

BERNARDA.-  ¿Y tu marido cómo sigue?

 

PRUDENCIA.-  Igual.

 

BERNARDA.-  Tampoco lo vemos.

 

PRUDENCIA.-  Ya sabes sus costumbres. Desde que se peleó con sus hermanos por la herencia no ha salido por la puerta de la calle. Pone una escalera y salta las tapias y el corral.

 

BERNARDA.-  Es un verdadero hombre. ¿Y con tu hija?

 

PRUDENCIA.-  No la ha perdonado.

 

BERNARDA.-  Hace bien.

 

PRUDENCIA.-  No sé qué te diga. Yo sufro por esto.

 

BERNARDA.-  Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en una enemiga.

 

PRUDENCIA.-  Yo dejo que el agua corra. No me queda más consuelo que refugiarme en la iglesia, pero como me estoy quedando sin vista tendré que dejar de venir para que no jueguen con una los chiquillos.  

(Se oye un gran golpe dado en los muros.)

  ¿Qué es eso?

 

BERNARDA.-  El caballo garañón, que está encerrado y da coces contra el muro.  (A voces.)  ¡Trabadlo y que salga al corral!  (En voz baja.)  Debe tener calor.

 

PRUDENCIA.-  ¿Vais a echarle las potras nuevas?

 

BERNARDA.-  Al amanecer.

 

PRUDENCIA.-  Has sabido acrecentar tu ganado.

 

BERNARDA.-  A fuerza de dinero y sinsabores.

 

LA PONCIA.-   (Interrumpiendo.) Pero tiene la mejor manada de estos contornos. Es una lástima que esté bajo de precio.

 

BERNARDA.-  ¿Quieres un poco de queso y miel?

 

PRUDENCIA.-  Estoy desganada.

 

(Se oye otra vez el golpe.)

 

 

LA PONCIA.-  ¡Por Dios!

 

PRUDENCIA.-  Me ha retemblado dentro del pecho.

 

BERNARDA.-   (Levantándose furiosa.) ¿Hay que decir las cosas dos veces? ¡Echadlo que se revuelque en los montones de paja!  (Pausa, y como hablando con los gañanes.) Pues cerrad las potras en la cuadra, pero dejadlo libre, no sea que nos eche abajo las paredes.  (Se dirige a la mesa y se sienta otra vez.) ¡Ay, qué vida!

 

PRUDENCIA.-  Bregando como un hombre.

 

BERNARDA.-  Así es.  

(ADELA se levanta de la mesa.)

  ¿Dónde vas?

 

ADELA.-  A beber agua.

 

BERNARDA.-   (En alta voz.) Trae un jarro de agua fresca.  (A ADELA.)  Puedes sentarte.

 

(ADELA se sienta.)

 

 

PRUDENCIA.-  Y Angustias, ¿cuándo se casa?

 

BERNARDA.-  Vienen a pedirla dentro de tres días.

 

PRUDENCIA.-  ¡Estarás contenta!

 

ANGUSTIAS.-  ¡Claro!

 

AMELIA.-   (A MAGDALENA.) Ya has derramado la sal.

 

MAGDALENA.-  Peor suerte que tienes no vas a tener.

 

AMELIA.-  Siempre trae mala sombra.

 

BERNARDA.-  ¡Vamos!

 

PRUDENCIA.-   (A ANGUSTIAS.) ¿Te ha regalado ya el anillo?

 

ANGUSTIAS.-  Mírelo usted.  (Se lo alarga.) 

 

PRUDENCIA.-  Es precioso. Tres perlas. En mi tiempo las perlas significaban lágrimas.

 

ANGUSTIAS.-  Pero ya las cosas han cambiado.

 

ADELA.-  Yo creo que no. Las cosas significan siempre lo mismo. Los anillos de pedida deben ser de diamantes.

 

PRUDENCIA.-  Es más propio.

 

BERNARDA.-  Con perlas o sin ellas, las cosas son como uno se las propone.

 

MARTIRIO.-  O como Dios dispone.

 

PRUDENCIA.-  Los muebles me han dicho que son preciosos.

 

BERNARDA.-  Dieciséis mil reales he gastado.

 

LA PONCIA.-   (Interviniendo.) Lo mejor es el armario de luna.

 

PRUDENCIA.-  Nunca vi un mueble de éstos.

 

BERNARDA.-  Nosotras tuvimos arca.

 

PRUDENCIA.-  Lo preciso es que todo sea para bien.

 

ADELA.-  Que nunca se sabe.

 

BERNARDA.-  No hay motivo para que no lo sea.

 

(Se oyen lejanísimas unas campanas.)

 

 

PRUDENCIA.-  El último toque.  (A ANGUSTIAS.) Ya vendré a que me enseñes la ropa.

 

ANGUSTIAS.-  Cuando usted quiera.

 

PRUDENCIA.-  Buenas noches nos dé Dios.

 

BERNARDA.-  Adiós, Prudencia.

 

LAS CINCO A LA VEZ.-  Vaya usted con Dios.

 

(Pausa. Sale PRUDENCIA.)

 

 

BERNARDA.-  Ya hemos comido.

 

(Se levantan.)

 

 

ADELA.-  Voy a llegarme hasta el portón para estirar las piernas y tomar un poco de fresco.

 

(MAGDALENA se sienta en una silla baja retrepada contra la pared.)

 

 

AMELIA.-  Yo voy contigo.

 

MARTIRIO.-  Y yo.

 

ADELA.-   (Con odio contenido.) No me voy a perder.

 

AMELIA.-  La noche quiere compañía.

 

(Salen.)

 

 

(BERNARDA se sienta y ANGUSTIAS está arreglando la mesa.)

 

 

BERNARDA.-  Ya te he dicho que quiero que hables con tu hermana Martirio. Lo que pasó del retrato fue una broma y lo debes olvidar.

 

ANGUSTIAS.-  Usted sabe que ella no me quiere.

 

BERNARDA.-  Cada uno sabe lo que piensa por dentro. Yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar. ¿Lo entiendes?

 

ANGUSTIAS.-  Sí.

 

BERNARDA.-  Pues ya está.

 

MAGDALENA.-   (Casi dormida.) Además, ¡si te vas a ir antes de nada!  (Se duerme.) 

 

ANGUSTIAS.-  Tarde me parece.

 

BERNARDA.-  ¿A qué hora terminaste anoche de hablar?

 

ANGUSTIAS.-  A las doce y media.

 

BERNARDA.-  ¿Qué cuenta Pepe?

 

ANGUSTIAS.-  Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones».

 

BERNARDA.-  No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos.

 

ANGUSTIAS.-  Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas.

 

BERNARDA.-  No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás.

 

ANGUSTIAS.-  Debía estar contenta y no lo estoy.

 

BERNARDA.-  Eso es lo mismo.

ANGUSTIAS.-  Muchas veces miro a Pepe con mucha fijeza y se me borra a través de los hierros, como si lo tapara una nube de polvo de las que levantan los rebaños.

 

BERNARDA.-  Ésas son cosas de debilidad.

 

ANGUSTIAS.-  ¡Ojalá!

 

BERNARDA.-  ¿Viene esta noche?

 

ANGUSTIAS.-  No. Fue con su madre a la capital.

 

BERNARDA.-  Así nos acostaremos antes. ¡Magdalena!

 

ANGUSTIAS.-  Está dormida.

 

(Entran ADELA, MARTIRIO y AMELIA.)

 

 

AMELIA.-  ¡Qué noche más oscura!

 

ADELA.-  No se ve a dos pasos de distancia.

 

MARTIRIO.-  Una buena noche para ladrones, para el que necesita escondrijo.

 

ADELA.-  El caballo garañón estaba en el centro del corral, ¡blanco! Doble de grande, llenando todo lo oscuro.

 

AMELIA.-  Es verdad. Daba miedo. Parecía una aparición.

 

ADELA.-  Tiene el cielo unas estrellas como puños.

 

MARTIRIO.-  Ésta se puso a mirarlas de modo que se iba a tronchar el cuello.

 

ADELA.-  ¿Es que no te gustan a ti?

 

MARTIRIO.-  A mí las cosas de tejas arriba no me importan nada. Con lo que pasa dentro de las habitaciones tengo bastante.

 

ADELA.-  Así te va a ti.

 

BERNARDA.-  A ella le va en lo suyo como a ti en lo tuyo.

 

ANGUSTIAS.-  Buenas noches.

 

ADELA.-  ¿Ya te acuestas?

 

ANGUSTIAS.-  Sí. Esta noche no viene Pepe.  (Sale.) 

 

ADELA.-  Madre: ¿por qué cuando se corre una estrella o luce un relámpago se dice:

Santa Bárbara bendita,

que en el cielo estás escrita

con papel y agua bendita?


 

BERNARDA.-  Los antiguos sabían muchas cosas que hemos olvidado.

 

AMELIA.-  Yo cierro los ojos para no verlas.

 

ADELA.-  Yo, no. A mí me gusta ver correr lleno de lumbre lo que está quieto y quieto años enteros.

 

MARTIRIO.-  Pero estas cosas nada tienen que ver con nosotros.

 

BERNARDA.-  Y es mejor no pensar en ellas.

 

ADELA.-  ¡Qué noche más hermosa! Me gustaría quedarme hasta muy tarde para disfrutar el fresco del campo.

 

BERNARDA.-  Pero hay que acostarse. ¡Magdalena!

 

AMELIA.-  Está en el primer sueño.

 

BERNARDA.-  ¡Magdalena!

 

MAGDALENA.-   (Disgustada.) ¡Déjame en paz!

 

BERNARDA.-  ¡A la cama!

 

MAGDALENA.-   (Levantándose malhumorada.) ¡No la dejáis a una tranquila! (Se va refunfuñando.) 

 

AMELIA.-  Buenas noches.  (Se va.) 

 

BERNARDA.-  Andar vosotras también.

 

MARTIRIO.-  ¿Cómo es que esta noche no viene el novio de Angustias?

 

BERNARDA.-  Fue de viaje.

 

MARTIRIO.-   (Mirando a ADELA.) ¡Ah!

 

ADELA.-  Hasta mañana.  (Sale.) 

 

(MARTIRIO bebe agua y sale lentamente, mirando hacia la puerta del corral.)

 

 

LA PONCIA.-   (Saliendo.) ¿Estás todavía aquí?

 

BERNARDA.-  Disfrutando este silencio y sin lograr ver por parte alguna «la cosa tan grande» que aquí pasa, según tú.

 

LA PONCIA.-  Bernarda, dejemos esa conversación.

 

BERNARDA.-  En esta casa no hay un sí ni un no. Mi vigilancia lo puede todo.

 

LA PONCIA.-  No pasa nada por fuera. Eso es verdad. Tus hijas están y viven como metidas en alacenas. Pero ni tú ni nadie puede vigilar por el interior de los pechos.

 

BERNARDA.-  Mis hijas tienen la respiración tranquila.

 

LA PONCIA.-  Eso te importa a ti, que eres su madre. A mí, con servir tu casa tengo bastante.

 

BERNARDA.-  Ahora te has vuelto callada.

LA PONCIA.-  Me estoy en mi sitio y en paz.

 

BERNARDA.-  Lo que pasa es que no tienes nada que decir. Si en esta casa hubiera hierbas ya te encargarías de traer a pastar las ovejas del vecindario.

 

LA PONCIA.-  Yo tapo más de lo que te figuras.

 

BERNARDA.-  ¿Sigue tu hijo viendo a Pepe a las cuatro de la mañana? ¿Siguen diciendo todavía la mala letanía de esta casa?

 

LA PONCIA.-  No dicen nada.

 

BERNARDA.-  Porque no pueden. Porque no hay carne donde morder. A la vigilancia de mis ojos se debe esto.

 

LA PONCIA.-  Bernarda, yo no quiero hablar porque temo tus intenciones. Pero no estés segura.

 

BERNARDA.-  ¡Segurísima!

 

LA PONCIA.-  A lo mejor, de pronto, cae un rayo. A lo mejor, de pronto, un golpe te para el corazón.

 

BERNARDA.-  Aquí no pasa nada. Ya estoy alerta contra tus suposiciones.

 

LA PONCIA.-  Pues mejor para ti.

 

BERNARDA.-  ¡No faltaba más!

 

CRIADA.-   (Entrando.) Ya terminé de fregar los platos. ¿Manda usted algo, Bernarda?

 

BERNARDA.-   (Levantándose.) Nada. Voy a descansar.

 

LA PONCIA.-  ¿A qué hora quieres que te llame?

 

BERNARDA.-  A ninguna. Esta noche voy a dormir bien.  (Se va.) 

 

LA PONCIA.-  Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo.

 

CRIADA.-  Es tan orgullosa que ella misma se pone una venda en los ojos.

 

LA PONCIA.-  Yo no puedo hacer nada. Quise atajar las cosas, pero ya me asustan demasiado. ¿Tú ves este silencio? Pues hay una tormenta en cada cuarto. El día que estallen nos barrerán a todas. Yo he dicho lo que tenía que decir.

 

CRIADA.-  Bernarda cree que nadie puede con ella y no sabe la fuerza que tiene un hombre entre mujeres solas.

 

LA PONCIA.-  No es toda la culpa de Pepe el Romano. Es verdad que el año pasado anduvo detrás de Adela y ésta está loca por él, pero ella debió estarse en su sitio y no provocarlo. Un hombre es un hombre.

 

CRIADA.-  Hay quien cree que habló muchas veces con Adela.

 

LA PONCIA.-  Es verdad.  (En voz baja.) Y otras cosas.

 

CRIADA.-  No sé lo que va a pasar aquí.

 

LA PONCIA.-  A mí me gustaría cruzar el mar y dejar esta casa de guerra.

 

CRIADA.-  Bernarda está aligerando la boda y es posible que nada pase.

 

LA PONCIA.-  Las cosas se han puesto ya demasiado maduras. Adela está decidida a lo que sea y las demás vigilan sin descanso.

 

CRIADA.-  ¿Y Martirio también?

 

LA PONCIA.-  Ésa es la peor. Es un pozo de veneno. Ve que el Romano no es para ella y hundiría el mundo si estuviera en su mano.

 

CRIADA.-  ¡Es que son malas!

 

LA PONCIA.-  Son mujeres sin hombre, nada más. En estas cuestiones se olvida hasta la sangre. ¡Chisss! (Escucha.) 

 

CRIADA.-  ¿Qué pasa?

 

LA PONCIA.-   (Se levanta.) Están ladrando los perros.

 

CRIADA.-  Debe haber pasado alguien por el portón.

 

(Sale ADELA en enaguas blancas y corpiño.)

 

 

LA PONCIA.-  ¿No te habías acostado?

 

ADELA.-  Voy a beber agua.  (Bebe en un vaso de la mesa.) 

 

LA PONCIA.-  Yo te suponía dormida.

ADELA.-  Me despertó la sed. Y vosotras, ¿no descansáis?

 

CRIADA.-  Ahora.

 

(Sale ADELA.)

 

 

LA PONCIA.-  Vámonos.

 

CRIADA.-  Ganado tenemos el sueño. Bernarda no me deja descansar en todo el día.

 

LA PONCIA.-  Llévate la luz.

 

CRIADA.-  Los perros están como locos.

 

LA PONCIA.-  No nos van a dejar dormir.

 

(Salen.)

 

 

(La escena queda casi a oscuras. Sale MARÍA JOSEFA con una oveja en los brazos.)

 

MARÍA JOSEFA

Ovejita, niño mío,

vámonos a la orilla del mar.

La hormiguita estará en su puerta,

yo te daré la teta y el pan.



Bernarda,

cara de leoparda.

Magdalena,

cara de hiena.

¡Ovejita!

Meee, meeee.

Vamos a los ramos del portal de Belén.



Ni tú ni yo queremos dormir;

la puerta sola se abrirá

y en la playa nos meteremos

en una choza de coral.



Bernarda,

cara de leoparda.

Magdalena,

cara de hiena.

¡Ovejita!

Meee, meeee.

Vamos a los ramos del portal de Belén.

 (Se va cantando.) 


 

(Entra ADELA. Mira a un lado y otro con sigilo y desaparece por la puerta del corral. Sale MARTIRIO por otra puerta y queda en angustioso acecho en el centro de la escena. También va en enaguas. Se cubre con un pequeño mantón negro de talle. Sale por enfrente de ella MARÍA JOSEFA.)

 

 

MARTIRIO.-  Abuela, ¿dónde va usted?

 

MARÍA JOSEFA.-  ¿Vas a abrirme la puerta? ¿Quién eres tú?

 

MARTIRIO.-  ¿Cómo está aquí?

 

MARÍA JOSEFA.-  Me escapé. ¿Tú quién eres?

 

MARTIRIO.-  Vaya a acostarse.

 

MARÍA JOSEFA.-  Tú eres Martirio, ya te veo. Martirio, cara de martirio. ¿Y cuándo vas a tener un niño? Yo he tenido éste.

 

MARTIRIO.-  ¿Dónde cogió esa oveja?

 

MARÍA JOSEFA.-  Ya sé que es una oveja. Pero ¿por qué una oveja no va a ser un niño? Mejor es tener una oveja que no tener nada. Bernarda, cara de leoparda. Magdalena, cara de hiena.

 

MARTIRIO.-  No dé voces.

 

MARÍA JOSEFA.-  Es verdad. Está todo muy oscuro. Como tengo el pelo blanco crees que no puedo tener crías, y sí, crías y crías y crías. Este niño tendrá el pelo blanco y tendrá otro niño y éste otro, y todos con el pelo de nieve, seremos como las olas, una y otra y otra. Luego nos sentaremos todos y todos tendremos el cabello blanco y seremos espuma. ¿Por qué aquí no hay espumas? Aquí no hay más que mantos de luto.

 

MARTIRIO.-  Calle, calle.

 

MARÍA JOSEFA.-  Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate y luego ella me lo traía a mí y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. Yo tengo que marcharme, pero tengo miedo que los perros me muerdan. ¿Me acompañarás tú a salir al campo? Yo quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas y las vecinas acostadas en sus camas con sus niños chiquitos y los hombres fuera sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar porque vosotras sois granos de trigo. No granos de trigo. ¡Ranas sin lengua!

 

MARTIRIO.-  Vamos. Váyase a la cama.  (La empuja.) 

 

MARÍA JOSEFA.-  Sí, pero luego tú me abrirás, ¿verdad?

 

MARTIRIO.-  De seguro.

MARÍA JOSEFA

 (Llorando.)  

Ovejita, niño mío.

Vámonos a la orilla del mar.

La hormiguita estará en su puerta,

yo te daré la teta y el pan.


 

(MARTIRIO cierra la puerta por donde ha salido MARÍA JOSEFA y se dirige a la puerta del corral. Allí vacila, pero avanza dos pasos más.)

 

 

MARTIRIO.-   (En voz baja.) Adela.  (Pausa. Avanza hasta la misma puerta. En voz alta.)  ¡Adela!

 

(Aparece ADELA. Viene un poco despeinada.)

 

 

ADELA.-  ¿Por qué me buscas?

 

MARTIRIO.-  ¡Deja a ese hombre!

 

ADELA.-  ¿Quién eres tú para decírmelo?

 

MARTIRIO.-  No es ése el sitio de una mujer honrada.

 

ADELA.-  ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!

 

MARTIRIO.-   (En voz alta.) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.

 

ADELA.-  Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.

 

MARTIRIO.-  Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.

 

ADELA.-  Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.

 

MARTIRIO.-  Yo no permitiré que lo arrebates. Él se casará con Angustias.

 

ADELA.-  Sabes mejor que yo que no la quiere.

MARTIRIO.-  Lo sé.

 

ADELA.-  Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.

 

MARTIRIO.-   (Despechada.) Sí.

 

ADELA.-   (Acercándose.) Me quiere a mí. Me quiere a mí.

 

MARTIRIO.-  Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.

 

ADELA.-  Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere; a mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias, pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, lo quieres.

 

MARTIRIO.-   (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!

 

ADELA.-   (En un arranque y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.

 

MARTIRIO.-  ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es tuya. Aunque quisiera verte como hermana, no te miro ya más que como mujer.  (La rechaza.) 

 

ADELA.-  Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.

 

MARTIRIO.-  ¡No será!

 

ADELA.-  Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.

 

MARTIRIO.-  ¡Calla!

 

ADELA.-  Sí. Sí.  (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias, ya no me importa, pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.

 

MARTIRIO.-  Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.

 

ADELA.-  No a ti, que eres débil; a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.

 

MARTIRIO.-  No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que, sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.

 

ADELA.-  Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.

 

(Se oye un silbido y ADELA corre a la puerta, pero MARTIRIO se le pone delante.)

 

 

MARTIRIO.-  ¿Dónde vas?

 

ADELA.-  ¡Quítate de la puerta!

 

MARTIRIO.-  ¡Pasa si puedes!

 

ADELA.-  ¡Aparta!  (Lucha.) 

 

MARTIRIO.-   (A voces.) ¡Madre, madre!

 

(Aparece BERNARDA. Sale en enaguas, con un mantón negro.)

 

 

BERNARDA.-  Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!

 

MARTIRIO.-   (Señalando a ADELA.) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!

 

BERNARDA.-  ¡Ésa es la cama de las mal nacidas!  (Se dirige furiosa hacia ADELA.) 

 

ADELA.-   (Haciéndole frente.) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio!  (ADELA arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos.)  Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe.

 

MAGDALENA.-   (Saliendo.) ¡Adela!

 

(Salen LA PONCIA y ANGUSTIAS.)

 

ADELA.-  Yo soy su mujer.  (A ANGUSTIAS.)  Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león.

 

ANGUSTIAS.-  ¡Dios mío!

 

BERNARDA.-  ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta?  (Sale corriendo.) 

 

(Sale detrás MARTIRIO. Aparece AMELIA por el fondo, que mira aterrada con la cabeza sobre la pared.)

 

 

ADELA.-  ¡Nadie podrá conmigo!  (Va a salir.) 

 

ANGUSTIAS.-   (Sujetándola.) De aquí no sales con tu cuerpo en triunfo. ¡Ladrona! ¡Deshonra de nuestra casa!

 

MAGDALENA.-  ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!

 

(Suena un disparo.)

 

 

BERNARDA.-   (Entrando.) Atrévete a buscarlo ahora.

 

MARTIRIO.-   (Entrando.) Se acabó Pepe el Romano.

 

ADELA.-  ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe!  (Sale corriendo.) 

 

LA PONCIA.-  ¿Pero lo habéis matado?

 

MARTIRIO.-  No. Salió corriendo en su jaca.

 

BERNARDA.-  No fue culpa mía. Una mujer no sabe apuntar.

 

MAGDALENA.-  ¿Por qué lo has dicho entonces?

 

MARTIRIO.-  ¡Por ella! Hubiera volcado un río de sangre sobre su cabeza.

 

LA PONCIA.-  Maldita.

MAGDALENA.-  ¡Endemoniada!

 

BERNARDA.-  Aunque es mejor así.  

(Suena un golpe.)

  ¡Adela, Adela!

 

LA PONCIA.-   (En la puerta.) ¡Abre!

 

BERNARDA.-  Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.

 

CRIADA.-   (Entrando.) ¡Se han levantado los vecinos!

 

BERNARDA.-   (En voz baja como un rugido.) ¡Abre, porque echaré abajo la puerta!  (Pausa. Todo queda en silencio.)  ¡Adela!  (Se retira de la puerta.)  ¡Trae un martillo!  

(LA PONCIA da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale.)

  ¿Qué?

 

LA PONCIA.-   (Se lleva las manos al cuello.) ¡Nunca tengamos ese fin!

 

(Las HERMANAS se echan hacia atrás. La CRIADA se santigua. BERNARDA da un grito y avanza.)

 

 

LA PONCIA.-  ¡No entres!

 

BERNARDA.-  No. ¡Yo no! Pepe: tú irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como una doncella. ¡Nadie diga nada! Ella ha muerto virgen. Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.

 

MARTIRIO.-  Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.

 

BERNARDA.-  Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio!  (A otra HIJA.)  ¡A callar he dicho!  (A otra HIJA.) ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!

 

(Telón.)