20 de marzo de 2020

"La casa vacía" De: "El regreso de Sherlock Holmes"

El regreso de Sherlock Holmes
1. La aventura de la casa vacía
En la primavera de 1894, el asesinato del honorable Ronald Adair, ocurrido en las
más extrañas e inexplicables circunstancias, tenía interesado a todo Londres y
consternado al mundo elegante. El público estaba ya informado de los detalles del
crimen que habían salido a la luz durante la investigación policial; pero en aquel
entonces se había suprimido mucha información, ya que el ministerio fiscal disponía
de pruebas tan abrumadoras que no se consideró necesario dar a conocer todos los
hechos. Hasta ahora, después de transcurridos casi diez años, no se me ha permitido
aportar los eslabones perdidos que faltaban para completar aquella notable cadena. El
crimen tenía interés por sí mismo, pero para mí aquel interés se quedó en nada,
comparado con una derivación inimaginable, que me ocasionó el sobresalto y la
sorpresa mayores de toda mi vida aventurera. Aun ahora, después de tanto tiempo,
me estremezco al pensar en ello y siento de nuevo aquel repentino torrente de alegría,
asombro e incredulidad que inundó por completo mi mente. Aquí debo pedir
disculpas a ese público que ha mostrado cierto interés por las ocasiones y fugaces
visiones que yo le ofrecía de los pensamientos y actos de un hombre excepcional, por
no haber compartido con él mis conocimientos. Me habría considerado en el deber de
hacerlo de no habérmelo impedido una prohibición terminante, impuesta por su
propia boca, que no se levantó hasta el día 3 del mes pasado.
Como podrán imaginarse, mi estrecha relación con Sherlock Holmes había
despertado en mí un profundo interés por el delito y, aun después de su desaparición,
nunca dejé de leer con atención los diversos misterios que salían a la luz pública e,
incluso, intenté más de una vez, por pura satisfacción personal, aplicar sus métodos
para tratar de solucionarlos, aunque sin resultados dignos de mención. Sin embargo,
ningún suceso me llamó tanto la atención como esta tragedia de Ronald Adair.
Cuando leí los resultados de las pesquisas, que condujeron a un veredicto de
homicidio intencionado, cometido por persona o personas desconocidas, comprendí
con más claridad que nunca la pérdida que había sufrido la sociedad con la muerte de
Sherlock Holmes. Aquel extraño caso presentaba detalles que yo estaba seguro de
que le habrían atraído muchísimo, y el trabajo de la policía se habría visto reforzado
o, más probablemente, superado por las dotes de observación y la agilidad mental del
primer detective de Europa. Durante todo el día, mientras hacía mis visitas médicas,
no paré de darle vueltas al caso, sin llegar a encontrar una explicación que me
pareciera satisfactoria. Aun a riesgo de repetir lo que todos saben, volveré a exponer
los hechos que se dieron a conocer al público al concluir la investigación.
El honorable Ronald Adair era el segundo hijo del conde de Maynooth, por aquel
entonces gobernador de una de las colonias australianas. La madre de Adair había
regresado de Australia para operarse de cataratas, y vivía con su hijo Adair y su hija
Hilda en el 427 de Park Lane. El joven se movía en los mejores círculos sociales, no
se le conocían enemigos y no parecía tener vicios de importancia. Había estado
comprometido con la señorita Edith Woodley, de Carstairs, pero el compromiso se
había roto por acuerdo mutuo unos meses antes, sin que se advirtieran señales de que
la ruptura hubiera provocado resentimientos. Por lo demás, su vida discurría por
cauces estrechos y convencionales, ya que era hombre de costumbres tranquilas y
carácter desapasionado. Y sin embargo, este joven e indolente aristócrata halló la
muerte de la forma más extraña e inesperada.
A Ronald Adair le gustaba jugar a las cartas y jugaba constantemente, aunque
nunca hacía apuestas que pudieran ponerle en apuros. Era miembro de los clubes de
jugadores Baldwin, Cavendish y Bagatelle. Quedó demostrado que la noche de su
muerte, después de cenar, había jugado unas manos de whist en el último de los
clubes citados. También había estado jugando allí por la tarde. Las declaraciones de
sus compañeros de partida -el señor Murray, sir John Hardy y el coronel Moranconfirmaron que se jugó al whish y que la suerte estuvo bastante igualada. Puede que
Adair perdiera unas cinco libras, pero no más. Puesto que poseía una fortuna
considerable, una pérdida así no podía afectarle lo más mínimo. Casi todos los días
jugaba en un club o en otro, pero era un jugador prudente y por lo general ganaba.
Por estas declaraciones se supo que, unas semanas antes, jugando con el coronel
Moran de compañero, les había ganado 420 libras en una sola partida a Godfrey
Milner y lord Balmoral. Y esto era todo lo que la investigación reveló sobre su
historia reciente.
La noche del crimen, Adair regresó del club a las diez en punto. Su madre y su
hermana estaban fuera, pasando la velada en casa de un pariente. La doncella declaró
que le oyó entrar en la habitación delantera del segundo piso, que solía utilizar como
cuarto de estar. Dicha doncella había encendido la chimenea de esta habitación y,
como salía mucho humo, había abierto la ventana. No oyó ningún sonido procedente
de la habitación hasta las once y veinte, hora en que regresaron a casa lady Maynooth
y su hija. La madre había querido entrar en la habitación de su hijo para darle las
buenas noches, pero la puerta estaba cerrada por dentro y nadie respondió a sus gritos
y llamadas. Se buscó ayuda y se forzó la puerta. Encontraron al desdichado joven
tendido junto a la mesa, con la cabeza horriblemente destrozada por una bala
explosiva de revólver, pero no se encontró en la habitación ningún tipo de arma.
Sobre la mesa había dos billetes de diez libras, y además 17 libras y 10 chelines en
monedas de oro y plata, colocadas en montoncitos que sumaban distintas cantidades.
Se encontró también una hoja de papel con una serie de cifras, seguidas por los
nombres de algunos compañeros de club, de lo que se dedujo que antes de morir
había estado calculando sus pérdidas o ganancias en el juego.
Un minucioso estudio de las circunstancias no sirvió más que para complicar aún
más el caso. En primer lugar, no se pudo averiguar la razón de que el joven cerrase la
puerta por dentro. Existía la posibilidad de que la hubiera cerrado el asesino, que
después habría escapado por la ventana. Sin embargo, ésta se encontraba por lo
menos a seis metros de altura y debajo había un macizo de azafrán en flor. Ni las
flores ni la tierra presentaban señales de haber sido pisadas y tampoco se observaba
huella alguna en la estrecha franja de césped que separaba la casa de la calle. Así
pues, parecía que había sido el mismo joven el que cerró la puerta. Pero ¿cómo se
había producido la muerte? Nadie pudo haber trepado hasta la ventana sin dejar
huellas. Suponiendo que le hubieran disparado desde fuera de la ventana, tendría que
haberse tratado de un tirador excepcional para infligir con un revólver una herida tan
mortífera. Pero, además, Park Lane es una calle muy concurrida y hay una parada de
coches de alquiler a cien metros de la casa. Nadie había oído el disparo. Y, sin
embargo, allí estaba el muerto y allí la bala de revólver, que se había abierto como
una seta, como hacen las balas de punta blanda, infligiendo así una herida que debió
provocar la muerte instantánea. Estas eran las circunstancias del misterio de Park
Lane, que se complicaba aún más por la total ausencia de móvil, ya que, como he
dicho, al joven Adair no se le conocía ningún enemigo y, por otra parte, nadie había
intentado llevarse de la habitación ni dinero ni objetos de valor.
Me pasé todo el día dándole vueltas a estos datos, intentando encontrar alguna
teoría que los reconciliase todos y buscando esa línea de mínima resistencia que,
según mi pobre amigo, era el punto de partida de toda investigación. Confieso que no
avancé mucho. Por la tarde di un paseo por el parque, y a eso de las seis me encontré
en el extremo de Park Lane que desemboca en Oxford Street. En la acera había un
grupo de desocupados, todos mirando hacia una ventana concreta, que me indicó cuál
era la casa que había venido a ver. Un hombre alto y flaco, con gafas oscuras y todo
el aspecto de ser un policía de paisano, estaba exponiendo alguna teoría propia,
mientras los demás se apretujaban a su alrededor para escuchar lo que decía. Me
acerqué todo lo que pude, pero sus comentarios me parecieron tan absurdos que
retrocedí con cierto disgusto. Al hacerlo tropecé con un anciano contrahecho que
estaba detrás de mí, haciendo caer al suelo varios libros que llevaba. Recuerdo que, al
agacharme a recogerlos, me fijé en el título de uno de ellos, El origen del culto a los
árboles, lo que me hizo pensar que el tipo debía ser un pobre bibliófilo que, por
negocio o por afición, coleccionaba libros raros. Le pedí disculpas por el tropiezo,
pero estaba claro que los libros que yo había maltratado tan desconsideradamente
eran objetos preciosísimos para su propietario. Dio media vuelta con una mueca de
desprecio y vi desaparecer entre la multitud su espalda encorvada y sus patillas
blancas.
Mi observación del número 427 de Park Lane contribuyó bien poco a resolver el
enigma que me interesaba. La casa estaba separada de la calle por una tapia baja con
verja, que en total no pasaban del metro y medio de altura. Así pues, cualquiera podía
entrar en el jardín con toda facilidad; sin embargo, la ventana resultaba absolutamente
inaccesible, ya que no había tuberías ni nada que sirviera de apoyo al escalador, por
ágil que éste fuera. Más desconcertado que nunca, dirigí mis pasos de vuelta hacia
Kensington. No llevaba ni cinco minutos en mi estudio cuando entró la doncella,
diciendo que una persona deseaba verme. Cuál no sería mi sorpresa al ver que el
visitante no era sino el extraño anciano coleccionista de libros, con su rostro afilado y
marchito enmarcado por una masa de cabellos blancos, y sus preciosos volúmenes,
por lo menos una docena encajados bajo el brazo derecho.
—Parece sorprendido de verme, señor —dijo con voz extraña y cascada.
Reconocí que lo estaba.
—Verá usted, yo soy hombre de conciencia, así que vine cojeando detrás de
usted, y cuando le vi entrar en esta casa me dije: voy a pasar a saludar a este caballero
tan amable y decirle que aunque me he mostrado un poco grosero no ha sido con
mala intención, y que le agradezco mucho que haya recogido mis libros.
—Da usted demasiada importancia a una nadería —dije yo—. ¿Puedo preguntarle
cómo sabía quién era yo?
—Bien, señor, si no es tomarme excesivas libertades, le diré que soy vecino suyo;
encontrará usted mi pequeña librería en la esquina de Church Street, donde estaré
encantado de recibirle, ya lo creo. A lo mejor es usted coleccionista, señor; aquí tengo
Aves: de Inglaterra, el Catulo, La guerra santa..., auténticas gangas todos ellos. Con
cinco volúmenes podría usted llenar ese hueco del segundo estante. Queda feo, ¿no le
parece, señor?
Volví la cabeza para mirar la estantería que tenía detrás y cuando miré de nuevo
hacia delante vi a Sherlock Holmes sonriéndome al otro lado de mi mesa. Me puse en
pie, lo contemplé durante algunos segundos con el más absoluto asombro, y luego
creo que me desmayé por primera y última vez en mi vida. Recuerdo que vi una
niebla gris girando ante mis ojos, y cuando se despejó noté que me habían
desabrochado el cuello y sentí en los labios un regusto picante a brandy. Holmes
estaba inclinado sobre mi silla con una botellita en la mano.
—Querido Watson —dijo la voz inolvidable—. Le pido mil perdones. No podía
sospechar que le afectaría tanto.
Yo le agarré del brazo y exclamé:
—¡Holmes! ¿Es usted de verdad? ¿Es posible que esté vivo? ¿Cómo se las arregló
para salir de aquel espantoso abismo?
—Un momento —dijo él—. ¿Está seguro de encontrarse en condiciones de
charlar? Mi aparición, innecesariamente dramática, parece haberle provocado un
terrible sobresalto.
—Estoy bien. Pero, de verdad, Holmes, aún no doy crédito a mis ojos. ¡Cielo
www.lectulandia.com - Página 928
santo! ¡Pensar que está usted aquí en mi estudio, usted precisamente! —volví a
agarrarlo de la manga y palpé el brazo delgado y fibroso que había debajo—. Bueno,
por lo menos sé que no es usted un fantasma —dije—. Querido amigo, ¡cómo me
alegro de verle! Siéntese y cuénteme cómo logró salir vivo de aquel terrible
precipicio.
Se sentó frente a mí y encendió un cigarrillo con el estilo desenfadado de siempre.
Todavía vestía la raída levita del librero, pero el resto de aquel personaje había
quedado reducido a una peluca blanca y un montón de libros sobre la mesa. Holmes
parecía aún más flaco y enérgico que antes, pero su rostro aguileño presentaba una
tonalidad blanquecina que me indicaba que no había llevado una vida muy saludable
en los últimos tiempos.
—¡Qué gusto da estirarse, Watson! —dijo—. Para un hombre alto, no es ninguna
broma rebajar su estatura un palmo durante varias horas seguidas. Ahora, querido
amigo, con respecto a esas explicaciones que me pide..., tenemos por delante, si es
que puedo solicitar su cooperación, una noche bastante agitada y llena de peligros.
Tal vez sería mejor que se lo explicara todo cuando hayamos terminado el trabajo.
—Soy todo curiosidad. Preferiría con mucho oírlo ahora.
—¿Vendrá conmigo esta noche?
—Cuando quiera y a donde quiera.
—Como en los viejos tiempos. Tendremos tiempo de comer un bocado antes de
salir. Pues bien, en cuanto a ese precipicio: no tuve grandes dificultades para salir de
él, por la sencilla razón de que nunca caí en él.
—¿Que no cayó usted?
—No, Watson, no caí. La nota que le dejé era absolutamente sincera. Tenía pocas
dudas de haber llegado al final de mi carrera cuando percibí la siniestra figura del
difunto profesor Moriarty erguida en el estrecho sendero que conducía a la salvación.
Leí en sus ojos grises una determinación implacable. Así pues, intercambié con él
unas cuantas frases y obtuve su cortés permiso para escribir la notita que usted
recibió. La dejé con mi pitillera y mi bastón y luego eché a andar por el desfiladero
con Moriarty pisándome los talones. Cuando llegamos al final, me dispuse a vender
cara mi vida. Moriarty no sacó Ninguna arma, sino que se abalanzó sobre mí,
rodeándome con sus largos brazos. También él sabía que su juego había terminado, y
sólo deseaba vengarse de mí. Forcejeamos al borde mismo del precipicio. Sin
embargo, yo poseo ciertos conocimientos de baritsu, el sistema japonés de lucha, que
más de una vez me han resultado muy útiles. Me solté de su presa y Moriarty lanzó
un grito horrible, pataleó como un loco durante unos instantes y trató de agarrarse al
aire con las dos manos. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, no logró mantener el
equilibrio y se despeñó. Asomando la cara sobre el borde del precipicio, le vi caer
durante un largo trecho. Luego chocó con una roca, rebotó y se hundió en el agua
Yo escuchaba asombrado esta explicación, que Holmes iba dándome entre
chupada y chupada a su cigarrillo.
—Pero ¿y las huellas? —exclamé—. Yo vi con mis propios ojos dos series de
pisadas que entraban en el desfiladero, y ninguna de regreso.
—Esto es lo que sucedió: en el mismo instante de la muerte del profesor me di
cuenta de la extraordinaria oportunidad que me ofrecía el destino. Sabía que Moriarty
no era el único que había jurado matarme. Había, por lo menos, otros tres hombres,
cuyo afán de venganza se vería acrecentado por la muerte de su jefe. Por otra parte, si
todo el mundo me creía muerto, estos hombres se confiarían, cometerían
imprudencias y, tarde o temprano, yo podría acabar con ellos. Entonces habría
llegado el momento de anunciar que todavía pertenecía al mundo de los vivos. Es tal
la rapidez con que funciona el cerebro, que creo que ya había pensado todo esto antes
de que el profesor Moriarty llegara al fondo de la catarata de Reichenbach.
Me levanté y examiné la pared rocosa que tenía detrás. En el pintoresco relato que
usted escribió, y que yo leí con enorme interés varios meses más tarde, aseguraba
usted que la pared era lisa, lo cual no es del todo exacto. Había algunos salientes
pequeños y me pareció distinguir una cornisa. El precipicio era tan alto que parecía
completamente imposible trepar hasta arriba, pero también resultaba imposible
regresar por el sendero mojado sin dejar algunas huellas. Es cierto que podría
haberme puesto las botas al revés, como ya he hecho otras veces en ocasiones
similares, pero la presencia de tres series de pisadas en la misma dirección habrían
hecho sospechar un engaño. En conclusión, me pareció que lo mejor era arriesgarme
a trepar. Le aseguro, Watson, que no fue una escalada agradable. La catarata rugía
debajo de mí. Soy propenso a imaginar cosas, pero le doy mi palabra que me parecía
oír la voz de Moriarty llamándome desde el abismo. El menor desliz habría resultado
fatal. Más de una vez, cuando se desprendía el puñado de hierba al que me agarraba o
mis pies resbalaban en las grietas húmedas de la roca, pensé que todo había
terminado. Pero seguí trepando como pude, y por fin alcancé una cornisa de más de
un metro de anchura, cubierta de musgo verde y suave, donde podía permanecer
tendido cómodamente sin ser visto. Allí me encontraba, querido Watson, cuando
usted y sus acompañantes investigaban, de la forma más conmovedora e ineficaz, las
circunstancias de mi muerte.
Por fin, cuando todos ustedes hubieron sacado sus inevitables y completamente
erróneas conclusiones, se marcharon al hotel y yo quedé solo. Pensaba que ya habían
terminado mis aventuras, pero un hecho completamente inesperado me demostró que
aún me aguardaban sorpresas. Un enorme peñasco cayó de lo alto, pasó rozándome,
chocó contra el sendero y se precipitó en el abismo. Por un momento pensé que se
trataba de un accidente, pero un instante después miré hacia arriba y vi la cabeza de
un hombre recortada contra el cielo nocturno, mientras una segunda roca golpeaba la
www.lectulandia.com - Página 930
cornisa misma en la que yo me encontraba, a un palmo escaso de mi cabeza. Por
supuesto, aquello sólo podía significar una cosa: Moriarty no había estado solo. Un
cómplice —y me había bastado aquel fugaz vistazo para saber lo peligroso que era
dicho cómplice había montado guardia mientras el profesor me atacaba. Desde lejos,
sin que yo lo advirtiera, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi
escapatoria. Había aguardado su momento y ahora, tras dar un rodeo hasta lo alto del
precipicio, estaba intentando conseguir lo que su camarada no había logrado.
No tuve mucho tiempo para pensar en ello, Watson. Volví a ver aquel siniestro
rostro sobre el borde del precipicio y supe que anunciaba la caída de otra piedra. Me
descolgué hasta el sendero. Creo que habría sido incapaz de hacerlo a sangre fría,
porque bajar era cien veces más difícil que subir, pero no tuve tiempo de pensar en el
peligro, pues otra roca pasó zumbando junto a mí mientras yo colgaba agarrado con
las manos al borde de la cornisa. A la mitad del descenso resbalé, pero gracias a Dios
fui a caer en el sendero, lleno de arañazos y sangrando. Eché a correr, recorrí en la
oscuridad diez millas de montaña y una semana después me encontraba en Florencia,
con la certeza de que nadie en el mundo sabía lo que había sido de mí.
Sólo he tenido un confidente, mi hermano Mycroft. Le pido mil perdones, querido
Watson, pero era fundamental que todos me creyeran muerto, y estoy completamente
seguro de que usted no habría podido escribir un relato tan convincente de mi
desdichado final si no hubiera estado convencido de que era cierto. Varias veces he
tomado la pluma para escribirle durante estos tres años, pero siempre temí que el
afecto que usted siente por mí le impulsara a cometer alguna indiscreción que
traicionara mi secreto. Por esta razón me alejé de usted esta tarde cuando usted tiró
mis libros, porque la situación era peligrosa y cualquier señal de sorpresa y emoción
por su parte podría haber llamado la atención hacia mi identidad, con consecuencias
lamentables e irreparables. En cuanto a Mycroft, tuve que confiar en él para obtener
el dinero que necesitaba. En Londres, las cosas no salieron tan bien como yo había
esperado, ya que el juicio contra la banda de Moriarty dejó en libertad a dos de sus
miembros más peligrosos, mis dos enemigos más encarnizados. Así pues, me dediqué
a viajar durante dos años por el Tibet, y me entretuve visitando Lhassa y pasando
unos días con el Gran Lama. Quizás haya leído usted acerca de las notables
exploraciones de un noruego apellidado Sigerson, pero estoy seguro de que jamás se
le ocurrió pensar que estaba recibiendo noticias de su amigo.
Después atravesé Persia, me detuve en La Meca y realicé una breve pero
interesante visita al califa de Jartum, cuyos resultados he comunicado al Foreign
Office. De regreso a Francia, pasé varios meses investigando sobre los derivados del
alquitrán de carbón en un laboratorio de Montpellier, en el sur de Francia. Habiendo
concluido la investigación con resultados satisfactorios, y enterado de que sólo
quedaba en Londres uno de mis enemigos, me disponía a regresar cuando recibí
noticias de este curioso misterio de Park Lane, que me hicieron ponerme en marcha
antes de lo previsto porque el caso no sólo me resultaba atractivo por sus propios
méritos, sino que parecía ofrecer interesantes oportunidades de tipo personal. Llegué
enseguida a Londres, me presenté en Baker Street provocándole un violento ataque
de histeria a la señora Hudson, y comprobé que Mycroft había mantenido mis
habitaciones y mis papeles tal y como siempre habían estado. Y así, querido Watson,
a las dos en punto del día de hoy me encontraba sentado en mi vieja butaca, en mi
vieja habitación, deseando que mi viejo amigo Watson ocupara la otra butaca, que
tantas veces había adornado con su persona.
Este fue el extraordinario relato que escuché aquella tarde de abril, un relato que
me habría parecido absolutamente increíble de no haberlo confirmado la visión de la
alta y enjuta figura y del rostro agudo y vivaz que yo habría creído que nunca
volvería a ver. De algún modo, Holmes se había enterado de la trágica pérdida que yo
había sufrido, y demostró sus simpatías con sus maneras mejor que con sus palabras.
—El trabajo es el mejor antídoto contra las penas, querido Watson —dijo—, y
esta noche tengo una tarea para nosotros dos que, si consigo rematarla con éxito,
justificaría por sí sola la vida de un hombre en este mundo.
Le rogué en vano que me explicara algo más.
—Antes de que amanezca habrá visto y oído lo suficiente —respondió—. Hay
mucho que hablar sobre los tres últimos años. Así ocuparemos el tiempo hasta las
nueve y media, hora en que emprenderemos la trascendental aventura de la casa
vacía.
A la hora mencionada, verdaderamente como en los viejos tiempos, yo iba
sentado junto a Holmes en un cabriolé, con un revólver en el bolsillo y la emoción de
la aventura en el corazón. Cada vez que la luz de las farolas iluminaba sus austeras
facciones, yo me fijaba en que tenía las cejas fruncidas y los finos labios apretados,
en señal de reflexión. Yo no sabía qué clase de fiera salvaje íbamos a cazar en la
tenebrosa selva del delito de Londres, pero por la actitud de aquel maestro de
cazadores me daba perfecta cuenta de que la aventura era de las más serias, y la
sonrisa sardónica que de cuando en cuando rompía su ascética seriedad no presagiaba
nada bueno para el objeto de nuestra persecución.
Había pensado que nos dirigíamos a Baker Street, pero Holmes hizo detenerse el
coche en la esquina de Cavendish Square. Al bajarse, me fijé en que dirigía
inquisitivas miradas a derecha e izquierda, y cada vez que llegábamos a una esquina
tomaba las máximas precauciones para asegurarse de que nadie nos seguía. Holmes
conocía a la perfección todas las callejuelas de Londres, y en esta ocasión me llevó
con paso rápido y seguro a través de una red de cocheras y establos cuya existencia
yo ni siquiera había sospechado. Salimos por fin a una callecita de casas antiguas y
fúnebres por las que llegamos a Manchester Street, y de ahí a Blanford Street. Aquí
nos metimos rápidamente por un estrecho pasaje, cruzamos un portón de madera que
daba a un patio desierto y entonces Holmes sacó una llave y abrió la puerta trasera de
una casa. Entramos en ella y Holmes cerró la puerta con llave.
Aunque la oscuridad era absoluta, resultaba evidente que se trataba de una casa
vacía. Nuestros pies hacían crujir y rechinar las tablas desnudas del suelo, y al
extender la mano toqué una pared cuyo empapelado colgaba en jirones. Los fríos y
huesudos dedos de Holmes se cerraron alrededor de mi muñeca y me guiaron a través
de un largo vestíbulo, hasta que percibí la luz mortecina que se filtraba por el sucio
tragaluz de la puerta. Entonces Holmes giró bruscamente a la derecha y nos
encontramos en una amplia habitación cuadrada, completamente vacía, con los
rincones envueltos en sombras y el centro débilmente iluminado por las luces de la
calle. No había ninguna lámpara a mano y las ventanas estaban cubiertas por una
gruesa capa de polvo, de manera que apenas podíamos distinguir nuestras figuras. Mi
compañero me puso la mano sobre el hombro y acercó los labios a mi oreja.
—¿Sabe usted dónde estamos? —susurró.
—Yo diría que ésa es Baker Street —respondí, mirando a través de la polvorienta
ventana.
—Exacto. Nos encontramos en Candem House, justo enfrente de nuestros viejos
aposentos.
—¿Y por qué estamos aquí?
—Porque aquí disfrutamos de una excelente vista de esa pintoresca mole.
¿Tendría la amabilidad, querido Watson, de acercarse un poco más a la ventana, con
mucho cuidado para que nadie pueda verle, y echar un vistazo a nuestras viejas
habitaciones, punto de partida de tantas de nuestras pequeñas aventuras? Veamos si
mis tres años de ausencia me han hecho perder la capacidad de sorprenderle.
Avancé con cuidado y miré hacia la ventana que tan bien conocía. Al posar los
ojos en ella, se me escapó una exclamación de asombro. La persiana estaba bajada y
una fuerte luz iluminaba la habitación. A través de la persiana iluminada se distinguía
claramente la negra silueta de un hombre sentado en un sillón. La postura de la
cabeza, la forma cuadrada de los hombros, las facciones afiladas, todo resultaba
inconfundible. Tenía la cara medio ladeada, y el efecto era similar al de aquellas
siluetas de cartulina negra que nuestros abuelos solían enmarcar. Se trataba de una
imagen perfecta de Holmes. Tan asombrado me sentía que extendí la mano para
asegurarme que el original se encontraba a mi lado. Allí estaba, estremeciéndose de
risa silenciosa.
—¿Qué tal? —preguntó.
—¡Cielo santo! —exclamé—. ¡Es maravilloso!
—Parece que ni los años han ajado ni la rutina ha viciado mi infinita variedad —
dijo Holmes, y se notaba en su voz la alegría y el orgullo del artista ante su creación
—. Se parece bastante a mí, ¿no cree?
—Estaría dispuesto a jurar que es usted.
—El mérito de la ejecución debe atribuirse a monsieur Oscar Meunier, de
Grenoble, que invirtió varios días en el modelado. Se trata de un busto de cera. El
resto lo apañé yo esta tarde, durante mi visita a Baker Street.
—Pero ¿por qué?
—Porque, mi querido Watson, tenía toda clase de razones para desear que ciertas
personas creyeran que yo estaba aquí, cuando en realidad me encontraba en otra
parte.
—¿Sospecha usted que alguien vigilaba esta casa?
—Sabía que la vigilaban.
—¿Quiénes?
—Mis antiguos enemigos, Watson. La encantadora organización cuyo jefe yace
en la catarata de Reichenbach. Recuerde usted que ellos, y sólo ellos, saben que sigo
vivo. Suponían que tarde o temprano regresaría a mis habitaciones, así que montaron
una vigilancia permanente y esta mañana me vieron llegar.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque reconocí a su centinela al mirar por la ventana. Se trata de un tipejo
inofensivo, apellidado Parker, estrangulador de oficio y muy buen tocador de
birimbao. Él no me preocupaba nada. Pero sí que me preocupaba, y mucho, el
formidable personaje que tiene detrás, el amigo íntimo de Moriarty, el hombre que
me arrojó las rocas en el desfiladero, el criminal más astuto y peligroso de Londres.
Ese es el hombre que viene a por mí esta noche, Watson; pero lo que no sabe es que
nosotros vamos a por él.
Poco a poco, los planes de mi amigo se iban revelando. Desde aquel cómodo
escondite podíamos vigilar a los vigilantes y perseguir a los perseguidores. La silueta
angulosa de la casa de enfrente era el cebo y nosotros éramos los cazadores.
Aguardamos silenciosos en la oscuridad, observando las apresuradas figuras que
pasaban y volvían a pasar frente a nosotros. Holmes permanecía callado e inmóvil,
pero yo me daba cuenta de que se mantenía en constante alerta, sin despegar los ojos
de la corriente de transeúntes. Era una noche fría y turbulenta y el viento silbaba
estridentemente a lo largo de la calle. Muchas personas iban y venían, casi todas
embozadas en sus abrigos y bufandas. Una o dos veces, me pareció ver pasar una
figura que ya había visto antes, y me fijé sobre todo en dos hombres que parecían
resguardarse del viento en el portal de una casa, a cierta distancia calle arriba. Intenté
llamar la atención de mi compañero hacia ellos, pero Holmes dejó escapar una
exclamación de impaciencia y continuó clavando la mirada en la calle. Más de una
vez dio pataditas en el suelo y tamborileó rápidamente con los dedos en la pared.
Resultaba evidente que se estaba impacientando y que sus planes no iban saliendo tal
www.lectulandia.com - Página 934
y como había calculado. Por fin, ya cerca de la medianoche, cuando la calle se iba
vaciando poco a poco, Holmes se puso a dar zancadas por la habitación, presa de una
agitación incontrolable. Me disponía a hacer algún comentario cuando levanté la
mirada hacia la ventana iluminada y sufrí una nueva sorpresa, casi tan fuerte como la
anterior. Agarré a Holmes por el brazo y señalé hacia arriba.
—¡La sombra se ha movido!
Efectivamente, ya no la veíamos de perfil, sino que ahora nos daba la espalda.
Evidentemente, los tres años de ausencia no habían suavizado las asperezas de su
carácter ni su irritabilidad ante inteligencias menos activas que la suya.
—¡Pues claro que se ha movido! —bufó—. ¿Me cree tan chapucero, Watson,
como para colocar un monigote inmóvil y esperar que varios de los hombres más
astutos de Europa se dejen engañar por él? Llevamos dos horas en esta habitación, y
durante este tiempo la señora Hudson ha cambiado de posición el busto ocho veces,
es decir, cada cuarto de hora. Se acerca siempre por delante de la figura, de manera
que no se vea su propia sombra. ¡Ah! —Holmes aspiró con agitación.
En la penumbra del cuarto pude ver que inclinaba la cabeza hacia delante, con
todo el cuerpo rígido, en actitud de atención. Es posible que los dos hombres que yo
había visto siguieran acurrucados en el portal, pero ya no los veía. Toda la calle
estaba silenciosa y oscura, con excepción de aquella brillante ventana amarilla que
teníamos enfrente, con la negra silueta proyectada en su centro. En medio del
absoluto silencio volví a oír aquel suave silbido que indicaba una intensa emoción
reprimida. Un instante después, Holmes me arrastró hacia el rincón más oscuro de la
habitación y me puso la mano sobre la boca en señal de advertencia. Los dedos que
me aferraban estaban temblando. Jamás había visto tan alterado a mi amigo, a pesar
de que la oscura calle permanecía aún desierta y silenciosa.
Pero, de pronto, percibí lo que sus sentidos, más agudos que los míos, ya habían
captado. A mis oídos llegó un sonido bajo y furtivo que no procedía de Baker Street,
sino de la parte trasera de la casa en la que nos ocultábamos. Una puerta se abrió y
volvió a cerrarse. Un instante después, se oyeron pasos en el pasillo, pasos que
pretendían ser sigilosos, pero que resonaban con fuerza en la casa vacía. Holmes se
agazapó contra la pared y yo hice lo mismo, con la mano cerrada sobre la culata de
mi revólver. Atisbando a través de las tinieblas, logré distinguir los contornos difusos
de un hombre, una sombra apenas más negra que la negrura de la puerta abierta. Se
quedó parado un instante y luego avanzó para entrar en la habitación, encogido y
amenazador. La siniestra figura se encontraba a menos de tres metros de nosotros, y
yo ya tensaba los músculos, dispuesto a resistir su ataque, cuando me di cuenta de
que él no había advertido nuestra presencia. Pasó muy cerca de nosotros, se acercó
con sigilo a la ventana y la alzó como un palmo, con mucha suavidad y sin hacer
ruido. Al agacharse hasta el nivel de la abertura, la luz de la calle, ya sin el filtro del
www.lectulandia.com - Página 935
cristal polvoriento, cayó de lleno sobre su rostro. El hombre parecía fuera de sí a
causa de la emoción. Sus ojos brillaban como estrellas y sus facciones temblaban. Se
trataba de un hombre de edad avanzada, con nariz fina y pronunciada, frente alta y
calva, y un enorme bigote canoso. Llevaba un sombrero de copa echado hacia atrás, y
bajo su abrigo desabrochado brillaba la pechera de un traje de etiqueta. Su rostro era
sombrío y atezado, surcado por profundas arrugas. En la mano llevaba algo que
parecía un bastón, pero que al apoyarlo en el suelo resonó con ruido metálico. A
continuación, sacó del bolsillo de su abrigo un objeto voluminoso y se enfrascó en
una tarea que concluyó con un fuerte chasquido, como el que produce un muelle o un
resorte al encajar en su sitio. Siempre con las rodillas en el suelo, se inclinó hacia
delante, aplicando todo su peso y su fuerza sobre alguna especie de palanca; el
resultado fue un prolongado chirrido que terminó también con un fuerte chasquido.
Entonces el hombre se enderezó y vi que lo que sostenía en la mano era una especie
de fusil, con una culata de forma extraña. Abrió la recámara, metió algo en ella y
cerró de golpe el cerrojo. Luego se volvió a agachar, apoyó el extremo del cañón en
el borde de la ventana abierta y vi cómo sus largos bigotes rozaban la culata mientras
sus ojos brillaban al enfilar el punto de mira. Oí un ligero suspiro de satisfacción
cuando se acomodó la culata en el hombro y comprobé el magnífico blanco que
ofrecía la silueta negra sobre fondo amarillo, en plena línea de tiro. El hombre
permaneció rígido e inmóvil durante un instante y luego su dedo se cerró sobre el
gatillo. Se oyó un fuerte y extraño zumbido y el prolongado tintineo de un cristal
hecho pedazos. En aquel instante, Holmes saltó como un tigre sobre la espalda del
tirador y le hizo caer de bruces. Pero, al momento, volvió a levantarse y agarró a
Holmes por el cuello con la fuerza de un loco. Le golpeé en la cabeza con la culata de
mi revólver y cayó de nuevo al suelo. Me lancé sobre él y, mientras lo sujetaba, mi
compañero hizo sonar con fuerza un silbato. Se oyeron pasos que corrían por la acera
y dos policías de uniforme, más un inspector de paisano, penetraron en tromba por la
puerta delantera.
—¿Es usted, Lestrade? —preguntó Holmes.
—Sí, señor Holmes. Quise ocuparme yo mismo de este asunto. ¡Qué alegría
volverle a ver en Londres, señor!
—Pensé que no le vendría mal un poco de ayuda extraoficial. Tres asesinatos sin
resolver en un año no indican nada bueno, Lestrade. Sin embargo, en el misterio de
Molesey no se comportó usted con su habitual..., quiero decir, lo llevó usted bastante
bien.
Nos habíamos puesto de pie y nuestro prisionero jadeaba ruidosamente con un
fornido policía a cada lado. En la calle empezaban ya a reunirse grupillos de curiosos.
Holmes se acercó a la ventana, la cerró y bajó las persianas. Lestrade había sacado
dos velas y los policías habían destapado sus linternas. Entonces pude, por fin,
echarle un buen vistazo a nuestro prisionero. El rostro que nos encaraba era
tremendamente viril, pero de expresión siniestra, con la frente de un filósofo por
arriba y la mandíbula de un depravado por abajo. Debía de tratarse de un hombre con
grandes dotes tanto para el bien como para el mal, pero resultaba imposible mirar sus
ojos azules y crueles, con los párpados caídos y la mirada cínica, o la agresiva nariz
en punta y la amenazadora frente surcada de arrugas, sin leer en ellos las claras
señales de peligro colocadas por la Naturaleza. No hacía caso de ninguno de nosotros
y mantenía los ojos clavados en el rostro de Holmes, con una expresión que
combinaba a partes iguales el odio y el asombro. Y no dejaba de murmurar entre
dientes:
—¡Maldito demonio! ¡Maldito demonio astuto!
—¡Ah coronel! —dijo Holmes, arreglándose el arrugado cuello de la camisa—.
Nunca es tarde si la dicha es buena, como dice el refrán. Creo que no he tenido el
gusto de verle desde que me hizo objeto de sus atenciones cuando yo estaba en
aquella cornisa sobre la catarata de Reichenbach.
El coronel seguía mirando a mi amigo como si estuviera en trance.
—Todavía no les he presentado —dijo Holmes—. Este caballero es el coronel
Sebastian Moran, que perteneció al ejército de Su Majestad en la India y que ha sido
el mejor cazador de caza mayor que ha producido nuestro Imperio Occidental. ¿Me
equivoco, coronel, al decir que nadie le ha superado aún en número de tigres
cazados?
El feroz anciano no dijo nada y siguió fulminando con la mirada a mi compañero;
con sus ojos de salvaje y su hirsuto bigote, él mismo se parecía prodigiosamente a un
tigre.
—Parece mentira que mi sencillísima estratagema haya engañado a un shikari con
tanta experiencia —dijo Holmes—. Debería resultarle muy conocida. ¿Nunca ha
atado usted un cabrito debajo de un árbol, para apostarse entre las ramas con su rifle y
aguardar a que el cebo atrajera al tigre? Pues esta casa vacía es mi árbol y usted es mi
tigre. Es posible que llevara usted rifles de reserva, por si se presentaban varios tigres
o por si se daba la improbable circunstancia de que le fallara la puntería. Pues bien —
dijo señalando a su alrededor—, éstos son mis rifles de reserva. El paralelismo es
exacto.
El coronel Moran dio un paso adelante, rugiendo de rabia, pero los policías le
hicieron retroceder. La furia que despedía su rostro era algo terrible de contemplar.
—Confieso que me tenía usted reservada una pequeña sorpresa —continuó
Holmes—. No se me ocurrió que también usted utilizaría esta casa vacía y esta
ventana tan conveniente. Había supuesto que actuaría usted desde la calle, donde mi
amigo Lestrade y sus alegres camaradas le estaban aguardando. Exceptuando este
detalle, todo ha salido como yo esperaba.
www.lectulandia.com - Página 937
El coronel Moran se volvió hacia el inspector.
—Puede que tengan ustedes una causa justificada para detenerme y puede que no
—dijo—. Pero, desde luego, no existe razón alguna por la que tenga que aguantar las
burlas de este individuo. Si estoy en manos de la ley, que las cosas se hagan de
manera legal.
—Bien, eso es bastante razonable —dijo Lestrade—. ¿No tiene nada más que
decir antes de que nos vayamos, señor Holmes?
Holmes había recogido del suelo el potente fusil de aire comprimido y estaba
examinando su mecanismo.
—Un arma admirable y originalísima —dijo—. Silenciosa y de tremenda
potencia. Llegué a conocer a Von Herder, el mecánico alemán ciego que la construyó
por encargo del difunto profesor Moriarty. Durante años he sabido de su existencia,
pero hasta ahora no había tenido la oportunidad de examinarla. Se la encomiendo de
manera muy especial, Lestrade, junto con sus correspondientes balas.
—Puede usted confiarla a nuestro cuidado, señor Holmes —dijo Lestrade
mientras todo el grupo se dirigía hacia la puerta—. ¿Algo más?
—Sólo preguntar de qué piensa usted acusar al detenido.
—¿De qué, señor? Pues, naturalmente, de intentar asesinar al señor Sherlock
Holmes.
—De eso, nada, Lestrade. No tengo ninguna intención de aparecer en el asunto. A
usted, y sólo a usted, le corresponde el mérito de la importantísima detención que
acaba de practicar. Sí, Lestrade, le felicito. Con su habitual combinación de astucia y
audacia, ha conseguido usted atraparlo.
—¡Atraparlo! ¿Atrapar a quién, señor Holmes?
—Al hombre que toda la policía ha estado buscando en vano: al coronel Sebastian
Moran, que asesinó al honorable Ronald Adair con una bala explosiva, disparada con
un fusil de aire comprimido a través de la ventana del segundo piso de Park Lane,
número 427, el día 30 del mes pasado. Esa es la acusación, Lestrade. Y ahora,
Watson, si es usted capaz de soportar la corriente que se forma con una ventana rota,
creo que le resultará muy entretenido y provechoso pasar media hora en mi estudio
mientras fuma un cigarro.
Nuestras antiguas habitaciones se habían mantenido inalteradas gracias a la
supervisión de Mycroft Holmes y a los servicios inmediatos de la señora Hudson. Es
cierto que al entrar observé una pulcritud desacostumbrada, pero los viejos puntos de
referencia seguían todos en su sitio. Allí estaba el rincón de química, con la mesa de
madera manchada de ácido. Sobre un estante se veía la formidable hilera de álbumes
de recortes y libros de consulta que tantos de nuestros conciudadanos habrían
quemado con sumo placer. Los gráficos, el estuche de violín, el colgador de pipas...,
hasta la babucha persa que contenía el tabaco..., todo me saltaba a la vista al mirar a
mi alrededor. En la habitación había dos ocupantes: uno de ellos era la señora
Hudson, que nos miró radiante al vernos entrar; el otro era el extraño maniquí que tan
importante papel había desempeñado en las aventuras de aquella noche. Era un busto
de mi amigo en cera de color, admirablemente ejecutado y con un parecido absoluto.
Estaba colocado sobre una mesita que le servía de pedestal y envuelto en una vieja
bata de Holmes, de manera que, visto desde la calle, la ilusión era perfecta.
—Confío en que tomaría usted todas las precauciones, señora Hudson —dijo
Holmes.
—Me acerqué de rodillas, señor Holmes, tal como usted me dijo.
—Excelente. Lo ha hecho usted muy bien. ¿Se fijó en dónde fue a pegar la bala?
—Sí, señor. Me temo que ha estropeado su magnífico busto, porque le atravesó la
cabeza y fue a aplastarse contra la pared. La recogí de la alfombra y aquí la tiene.
Holmes me la mostró.
—Una bala de revólver blanda, como puede ver, Watson. Una idea genial. ¿Quién
iba a imaginar que se podía disparar esto con un fusil de aire comprimido? Muy bien,
señora Hudson, le estoy agradecido por su cooperación. Y ahora, Watson, haga el
favor de ocupar una vez más su antiguo asiento, ya que me gustaría discutir con usted
varios detalles.
Se había despojado de la raída levita y era de nuevo el Holmes de los viejos
tiempos, con el batín de color parduzco con que había vestido a su efigie.
—Los nervios del viejo shikari siguen tan bien templados como siempre, y su
vista igual de aguda —dijo riendo, mientras inspeccionaba la frente reventada de su
busto—. Un balazo en el centro de la nuca, que atraviesa el cerebro de parte a parte.
Era el mejor tirador de la India y no creo que haya muchos en Londres que le
superen. ¿No había oído hablar de él?
—Nunca.
—¡Qué injusta es la fama! Aunque, si no recuerdo mal, tampoco había usted oído
hablar del profesor James Moriarty, que poseía uno de los mejores cerebros de este
siglo. Haga el favor de pasarme mi índice de biografías, que está en ese estante.
Fue pasando las páginas con indolencia, echándose hacia atrás en su asiento y
emitiendo grandes nubes de humo con su cigarro.
—Mi colección de emes es de lo mejorcito —dijo—. Sólo con Moriarty bastaría
para dar prestigio a una letra, y aquí tenemos además a Morgan, el envenenador,
Merridew, de funesto recuerdo, y Mathews, que me saltó el colmillo izquierdo de un
puñetazo en la sala de espera de Charing Cross. Y aquí tenemos por fin a nuestro
amigo de esta noche.
Me pasó el libro y leí: «Moran, Sebastian, coronel. Sin empleo. Sirvió en el 1° de
Zapadores de Bengalore. Nacido en Londres en 1840. Hijo de sir Augustus Moran,
C.B., ex embajador británico en Persia. Educado en Eton y Oxford. Sirvió en la
www.lectulandia.com - Página 939
campaña de Jowaki, en la campaña de Afganistán, en Charasiab (menciones
elogiosas), Sherpur y Kabul. Autor de Caza mayor en el Himalaya occidental, 1881;
Tres meses en la jungla, 1884. Dirección: Conduit Street. Clubes: el Anglo-Indio, el
Tankerville, el Bagatelle Card Club.»
Al margen aparecía escrito, con la letra precisa de Holmes:
«El segundo hombre más peligroso de Londres.»
—Es asombroso —dije, devolviéndole el volumen—. La carrera de este hombre
es la de un militar honorable.
—Es cierto —respondió Holmes—. Hasta cierto punto, se portó muy bien.
Siempre fue un hombre con nervios de acero, y todavía se cuenta en la India la
historia de cuando se arrastró por una acequia persiguiendo a un tigre herido,
devorador de hombres. Algunos árboles, Watson, crecen derechos hasta cierta altura y
de pronto desarrollan cualquier extraña deformidad. Lo mismo sucede a menudo con
las personas. Sostengo la teoría de que el desarrollo de cada individuo representa la
sucesión completa de sus antepasados, y que cualquier giro repentino hacia el bien o
hacia el mal obedece a una poderosa influencia introducida en su árbol genealógico.
La persona se convierte, podríamos decir, en una recapitulación de la historia de su
familia.
—Una teoría bastante extravagante, diría yo.
—Bien, no insistiré en ello. Por la causa que fuera, el coronel Moran, empezó a
descarriarse. Aún sin dar lugar a ningún escándalo público, la India le llegó a resultar
demasiado incómoda. Se retiró, vino a Londres y también aquí adquirió mala
reputación. Fue entonces cuando le localizó el profesor Moriarty, para quien actuó
durante algún tiempo como jefe de su Estado Mayor. Moriarty le proporcionaba
dinero en abundancia, y sólo le utilizó en uno o dos trabajos de primerísima
categoría, que quedaban fuera del alcance de un criminal corriente. Quizás recuerde
usted la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno, pues estoy
seguro que Moran estuvo en el fondo del asunto; pero no se pudo demostrar nada. El
coronel tenía las espaldas tan bien cubiertas que, incluso después de la
desarticulación de la banda de Moriarty, resultó imposible acusarle de nada. ¿Se
acuerda de aquella noche en que fui a su casa y cerré las contraventanas por temor a
los fusiles de aire comprimido? Sabía muy bien lo que me hacía: estaba enterado de
la existencia de este extraordinario fusil y sabía también que lo manejaba uno de los
mejores tiradores del mundo. Cuando fuimos a Suiza, él nos siguió en compañía de
Moriarty, y no cabe duda de que fue él quien me hizo pasar aquellos cinco minutos de
infierno en la cornisa de Reichenbach.
Como podrá usted suponer, durante mi estancia en Francia leí con bastante
atención los periódicos, a la espera de una oportunidad de echarle el guante. Mi vida
no tenía sentido mientras él anduviese suelto por Londres. Su sombra pesaría sobre
mí noche y día, y tarde o temprano encontraría una oportunidad de caer sobre mí.
¿Qué podía hacer? No podía buscarle y pegarle un tiro, porque iría a parar a la cárcel.
Tampoco serviría de nada recurrir a un magistrado. Los jueces no pueden actuar
basándose en lo que a ellos tiene que parecerles una sospecha disparatada. Así que no
podía hacer nada. Pero seguía leyendo los sucesos, porque estaba seguro de que tarde
o temprano le pillaría. Y entonces se produjo la muerte de este Ronald Adair. ¡Por fin
había llegado mi oportunidad! Sabiendo lo que yo sabía, ¿no resultaba evidente que
el coronel Moran era el culpable? Había jugado a las cartas con el joven; le había
seguido a su casa desde el club; le había disparado a través de la ventana abierta. No
cabía duda alguna. Sólo con las balas bastaría para echarle la soga al cuello. Así que
vine inmediatamente. El hombre que vigilaba mi casa me vio, y yo estaba seguro de
que informaría a su jefe de mi presencia. Como es natural, el coronel relacionaría mi
súbito regreso con su crimen y se alarmaría terriblemente. No me cabía duda de que
intentaría quitarme de en medio cuanto antes, para lo cual traería su arma asesina. Le
dejé un blanco perfecto en la ventana y, después de avisar a la policía de que sus
servicios podrían ser necesarios —por cierto, Watson, usted los localizó a la
perfección en aquel portal—, me instalé en lo que me pareció un excelente puesto de
observación, sin imaginar que él elegiría el mismo lugar para atacar. Y ahora, querido
Watson, ¿queda algo por aclarar?
—Sí —dije—. No ha explicado todavía qué motivos tenía el coronel Moran para
asesinar al honorable Ronald Adair.
—¡Ah, querido Watson, aquí entramos en el terreno de las conjeturas, donde la
mente más lógica puede fracasar! Cada uno puede elaborar su propia hipótesis,
basándose en las pruebas existentes, y la suya tiene tantas posibilidades de acertar
como la mía.
—Pero usted tiene ya la suya, ¿no?
—Creo que no resulta difícil explicar los hechos. Quedó demostrado que el
coronel Moran y el joven Adair habían ganado una suma considerable jugando de
compañeros. Ahora bien, es indudable que Moran hizo trampas; sé desde hace mucho
tiempo que las hacía. Supongo que el día del crimen Adair se dio cuenta que Moran
era un tramposo. Lo más probable es que hablara con él en privado, amenazándole
con revelar la verdad a menos que Moran se diese de baja en el club y prometiera no
volver a jugar a las cartas. Es muy poco probable que un joven como Adair provocase
un escándalo de buenas a primeras denunciando a un hombre muy conocido y mucho
mayor que él. Lo lógico es que actuara tal como yo digo. Para Moran, quedar
excluido de los clubes significaba la ruina, ya que vivía de lo que ganaba trampeando
a las cartas. Así que asesinó a Adair, que en aquel mismo momento estaba calculando
el dinero que tenía que devolver, ya que consideraba inaceptable quedarse con el
fruto de las trampas de su compañero. Cerró la puerta para que las damas no le
sorprendieran e insistieran en que les explicara lo que estaba haciendo con la lista y el
dinero. ¿Qué tal se sostiene esto?
—Estoy convencido de que ha dado usted en el clavo.
—El juicio lo confirmará o lo desmentirá. Mientras tanto, y pase lo que pase, el
coronel Moran no nos molestará más, el famoso fusil de aire comprimido de Von
Herder pasará a adornar el museo de Scotland Yard, y Sherlock Holmes queda libre
de nuevo para dedicar su vida a examinar los interesantes problemillas que la
complicada vida de Londres nos plantea sin cesar.

18 de marzo de 2020

Repasemos las consignas

Alumnos de 4°3 y 4°4 repasemos las consignas para realizar en estos dias que no nos encontramos en clase.
Leer Mr Sherlock Holmes Capítulo 1 del libro Estudio en escarlata
Realizar una caracterización de los personajes : John Wattson y Sherlock Holmes
Leer el cuento El problema final perteneciente al libro Las memorias de Sherlock Holmes.

Por otra la consigna es esta, seguimos comunicados por este blog.
Giovanna

17 de marzo de 2020

Segunda lectura.

Alumnos: una vemos  leído el primer capítulo de Estudio en escarlata llamado Mr Sherlock Holmes, los invito a leer el otro capítulo al que hicimos referencia en clase y es El problema final inlcuído en el libro Las Memorias de Sherlock  Holmes. Lean el cuento para trabajar en clase la "supuesta" muerte del detective.
Seguimos en contacto. 

El problema final. De: Las memorias de Sherlock Holmes

Arthur Conan Doyle
(Edinburgh, Inglaterra, 1859 - Crowborough, Inglaterra, 1930)


El problema final (1893)
(“The Adventure of the Final Problem”)
Originalmente publicado, simultáneamente, el 26 de noviembre de 1893, en
Detroit Sunday News-TribuneThe Courier-Journal, Louisville; The Sun, Nueva York,
The Philadelphia Inquirer;
re-impreso en The Strand Magazine (diciembre 1893);
The Memoirs of Sherlock Holmes
(Londres: George Newnes Ltd, 1893, 279 págs.)


      Con el corazón apesadumbrado, cojo mi pluma para escribir estas líneas en las que dejo constancia por última vez de los singulares dones que distinguían a mi amigo, el señor Sherlock Holmes. De modo incoherente, y veo al profundizar en ello que inadecuado, he intentado narrar las extrañas experiencias que viví en su compañía, desde que el azar nos unió en la etapa de Estudio en escarlata hasta el momento de su intervención en el caso de «El tratado naval», que tuvo el indiscutible efecto de evitar un serio conflicto internacional. Mi intención era detener allí estas memorias y no hacer referencia alguna a aquel suceso que dejó en mi vida un vacío tan grande que no ha bastado el transcurso de dos años para colmarlo. Pero las recientes cartas en las que el coronel James Moriarty defiende la memoria de su hermano me obligan a exponer ante el público los hechos exactamente como sucedieron. Solo yo conozco enteramente la verdad y me alegra que haya llegado el momento en que nada justifique ocultarla por más tiempo. Que yo sepa, solo han aparecido tres menciones en la prensa: la que publicó el Journal de Genéve, el 6 de mayo de 1891, la noticia difundida por Reuters en los periódicos ingleses el 7 de mayo, y por último las recientes cartas a las que me he referido. La primera y la segunda eran extremadamente concisas, mientras que las cartas son, como voy a demostrar, una completa mixtificación de los hechos. Me corresponde, pues, a mí contar por primera vez lo que ocurrió entre el profesor Moriarty y el señor Sherlock Holmes.
       Debe recordarse que, después de mi matrimonio y de haber abierto mi consulta médica privada, la estrecha relación que habíamos mantenido Sherlock Holmes y yo se vio en cierto modo alterada. Él seguía recurriendo de vez en cuando a mí, cuando necesitaba que alguien le acompañara en sus investigaciones, pero estas ocasiones se hicieron cada vez más raras, hasta llegar al punto de que en el año 1890 solo hubo tres casos de los que guardo notas. En el invierno de aquel año y en los comienzos de la primavera de 1891, leí en la prensa que el Gobierno francés le había confiado un asunto de gran importancia, y recibí dos notas de Holmes, fechadas en Narbonne y Nimes, de las que deduje que su estancia en Francia iba a ser prolongada. Me sorprendió, por lo tanto, verle aparecer en mi consultorio la noche del 24 de abril. Parecía más pálido y delgado que de costumbre.
       —Sí, últimamente he maltratado un poco mi salud —reconoció, respondiendo más a mi mirada que a mis palabras—. He pasado una temporada un poco tensa. ¿Le importa que cierre las contraventanas?
       La única luz de la habitación procedía de la lámpara situada sobre la mesa en la que yo había estado leyendo. Holmes caminó, pegado a las paredes, hasta las ventanas, cerró las contraventanas y echó el pestillo.
       —¿Tiene miedo de algo? —le pregunté.
       —Pues sí.
       —¿De qué?
       —De las pistolas.
       —Mi querido Holmes, ¿qué quiere decir con esto?
       —Creo que me conoce lo bastante, Watson, para saber que no soy en absoluto una persona pusilánime. Pero sería una estupidez más que un acto de valor negarse a admitir que nos acecha un peligro. ¿Podría darme una cerilla?
       Aspiró el humo de su cigarrillo como si agradeciera su efecto relajante.
       —Debo disculparme por comparecer a estas horas —dijo—, y además tengo que pedirle que sea esta vez tan poco convencional como para permitir que yo salga de su casa saltando el muro posterior de su jardín.
       —Pero ¿qué significa todo esto?
       Extendió una mano y vi, a la luz de la lámpara, que tenía dos nudillos heridos y ensangrentados.
       —Como ve, no se trata de una nadería —me dijo con una sonrisa—. Al contrario, es algo lo bastante serio como para que a uno le lesionen la mano. ¿Está en casa la señora Watson?
       —No. Está fuera de Londres visitando a unos amigos.
       —¡Ajá! ¿Está usted solo?
       —Sí.
       —En tal caso me será más fácil pedirle que se venga conmigo una semana al continente.
       —¿Dónde?
       —A cualquier parte. Da lo mismo.
       Había algo muy raro en todo aquello. No era normal que Holmes se tomara sin más unas vacaciones, y algo en su rostro pálido y fatigado me decía que estaba sometido a una fuerte tensión nerviosa. Leyó la pregunta en mis ojos y, juntando las yemas de los dedos y apoyando los codos en las rodillas, me explicó cuál era la situación.
       —Es posible que no haya oído hablar nunca del profesor Moriarty —dijo.
       —Nunca.
       —¡Ahí radica lo genial y extraordinario del caso! —exclamó—. Este hombre contamina toda la ciudad y nadie ha oído hablar de él. Esto lo sitúa en la cima de los anales del crimen. Le aseguro, Watson, y hablo con toda seriedad, que, si pudiera derrotarle y liberar de él a la sociedad, consideraría que ha llegado a la culminación de mi propia carrera y estaría dispuesto a iniciar una vida más tranquila. Entre nosotros, los recientes casos en los que he prestado mis servicios a la familia real de Escandinavia y a la República Francesa me han dejado en situación de poder llevar una vida apacible y centrar mi atención en las investigaciones químicas. Pero no podría descansar, Watson, no podría quedarme tranquilamente sentado, sabiendo que un hombre como el profesor Moriarty anda suelto por las calles de Londres.
       —¿Qué es lo que ha hecho, pues?
       —Su carrera ha sido extraordinaria. Procede de buena familia y recibió una esmerada educación. La naturaleza le ha dotado además de unas excepcionales facultades para las matemáticas. A los veintiún años escribió un tratado sobre el teorema binomial, que causó sensación en Europa. Gracias a esto, obtuvo una cátedra de matemáticas en una de nuestras pequeñas universidades y todo parecía indicar que le aguardaba una brillante carrera. Pero Moriarty tiene unas tendencias hereditarias extremadamente diabólicas. Corre por sus venas un instinto criminal que, en lugar de atenuarse, aumentó y se hizo infinitamente más peligroso por sus notables facultades mentales. Empezaron a correr sombríos rumores acerca de él por la universidad, y por último tuvo que dimitir de la cátedra y venirse a Londres, donde logró un puesto de tutor en el ejército. Esto es por todos conocido, pero lo que voy a contarle ahora lo he descubierto yo.
       »Como bien sabe, Watson, nadie conoce el mundo criminal de Londres mejor que yo. Durante años he sido consciente de que existe un poder oculto detrás del malhechor, un poder organizado que se interpone en el camino de la ley y que ampara al delincuente. Una y otra vez, en los casos más variados, como la falsificación, el robo o el asesinato, he sentido la presencia de esta fuerza, y he adivinado sus efectos en muchos de los crímenes sin resolver en los que no he sido personalmente consultado. Durante años intenté atravesar el velo que la envolvía, y por fin llegó el momento en que encontré el hilo y lo seguí hasta que me llevó, a través de mil recovecos, hasta el exprofesor Moriarty, el famoso matemático.
       »Es el Napoleón del crimen, Watson. Es el organizador de la mitad de los hechos delictivos que tienen lugar en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene un cerebro de primera. Permanece inmóvil, como una araña en el centro de su tela, pero esta tiene mil hilos y los conoce perfectamente todos. Él no hace apenas nada. Solo planea. Pero sus agentes son muchos y están bien organizados. Si hay un delito que llevar a cabo, un documento que robar, una casa que desvalijar, un hombre que eliminar, se recurre al profesor, y el asunto se planifica y se ejecuta. Tal vez atrapen al ejecutante, y en este caso se encuentra el dinero para su fianza o para su defensa. Pero nunca se atrapa al poder central que ha utilizado al agente, ni siquiera se llega a sospechar su existencia. Esta es la organización que he descubierto, Watson, y he consagrado toda mi energía a desenmascararla y destruirla.
       »Pero el profesor está rodeado de unas medidas de seguridad tan inteligentes que, hiciera lo que hiciera, parecía imposible obtener las pruebas necesarias para conseguir su condena. Usted conoce mis facultades, querido Watson, pero al cabo de tres meses me he visto obligado a reconocer que me enfrento a un contrincante dotado de una inteligencia igual a la mía. Mi horror por sus crímenes se funde con mi admiración por su talento. Pero por fin ha cometido un error, un error muy pequeño, pero mayor de lo que se podía permitir teniéndome a mí tras sus pasos. Ha llegado mi oportunidad, y, partiendo de este punto, he tejido mi red alrededor de él y lo tengo ahora todo a punto para cerrarla. En un plazo de tres días, es decir el próximo lunes, el profesor y los principales miembros de su banda estarán en manos de la policía. Seguirá el mayor juicio criminal del siglo, la aclaración de más de cuarenta misterios, y la horca para muchos de estos delincuentes. Pero, si actuamos prematuramente, pueden escapársenos entre los dedos, incluso en el último instante.
       »Si hubiese podido conseguir todo esto sin que llegara a conocimiento del profesor Moriarty, todo hubiese marchado sobre ruedas. Pero es demasiado astuto. Ha seguido cada paso que yo daba para tejer las redes a su alrededor. Una y otra vez ha intentado escapar, y una y otra vez le he ganado la partida. Le aseguro, amigo mío, que si se escribiera un informe detallado de este silencioso duelo, podría considerarse el trabajo más brillante de la literatura detectivesca. Nunca había llegado yo a tal altura, y nunca me había dado la réplica a tal altura mi contrincante. Él es certero en sus golpes, y yo lo soy, si cabe, todavía más. Esta mañana he dado los últimos pasos, y solo necesitaba tres días para cerrar el caso. Pero estaba sentado en mi habitación, reflexionando sobre todo esto, cuando se ha abierto la puerta y ha aparecido ante mí el profesor Moriarty en persona.
       »Tengo los nervios bastante templados, Watson. Pero debo confesar que sufrí un sobresalto cuando vi al hombre que tanto lugar ha ocupado en mis pensamientos en el umbral de mi casa. Su aspecto me era casi familiar. Es extremadamente alto y delgado; tiene la frente abombada y blanca, y los ojos muy hundidos. Bien afeitado, pálido y de aspecto ascético, conserva en sus rasgos cierto aire de catedrático. Tiene los hombros caídos por el mucho estudio y echa la cabeza hacia delante, haciéndola oscilar lentamente de un lado a otro como si se tratara de un reptil. Me observó con gran curiosidad y con el ceño fruncido.
       »—Tiene usted menos desarrollo frontal de lo que esperaba —dijo al fin—. Acariciar con el dedo el gatillo de un arma de fuego cargada metida en el bolsillo del batín es una costumbre peligrosa.
       »La verdad es que, cuando él entró, advertí de inmediato que mi persona corría un gran peligro. A él no le quedaba otra escapatoria que silenciar mi lengua. Cogí precipitadamente el revólver y me lo metí en el bolsillo, y ahora le estaba apuntando a través de la tela. Al oír su comentario, saqué el arma y la deposité sobre la mesa. Él seguía sonriendo y parpadeando, pero había algo en sus ojos que hizo que me alegrara de tener el revólver tan a mano.
       »—Evidentemente usted no me conoce —dijo.
       »—Todo lo contrario —repuse—. Evidentemente le conozco muy bien. Le ruego que tome asiento. Puedo dedicarle cinco minutos de mi tiempo, si tiene usted algo que decirme.
       »—Todo lo que tengo que decirle ya le ha pasado a usted antes por la mente.
       »—En tal caso, tal vez mi respuesta haya pasado ya también por la suya —repliqué.
       »—¿Se mantiene en sus trece?
       »—Por supuesto.
       »Se llevó la mano al bolsillo y yo cogí la pistola de la mesa. Pero sacó simplemente una agenda donde había anotadas algunas fechas.
       »—Usted se cruzó en mi camino el cuatro de enero —dijo—. El veintitrés me causó serias molestias, a mediados de febrero me ocasionó un grave trastorno, a finales de marzo obstaculizó seriamente mis planes, y ahora, a finales de abril, su continua persecución me ha puesto en una posición tan difícil que corro grave riesgo de perder mi libertad. La situación es insostenible.
       »—¿Tiene usted alguna sugerencia? —inquirí.
       »—Debe usted abandonar, señor Holmes —contestó, balanceando la cabeza como un reptil—. De veras, debe hacerlo, ¿sabe?
       »—A partir del lunes —le respondí.
       »—¡No me salga con esas! —dijo—. Estoy seguro de que un hombre de su inteligencia comprenderá que esta historia solo puede tener un final. Es necesario que usted abandone. Ha manipulado la situación de tal modo que únicamente me ha dejado una salida. Ha sido para mí un placer intelectual verle librar esta batalla y le aseguro, sin faltar a la verdad, que me dolería verme obligado a adoptar una medida extrema. Sonría usted si quiere, pero le aseguro que lo lamentaría de veras.
       »—El peligro forma parte de mi trabajo —observé.
       »—No se trata de un peligro. Se trata de una destrucción inevitable. Usted se ha cruzado en el camino, no de un solo individuo, sino de una organización muy poderosa, cuyo alcance, a pesar de su inteligencia, es incapaz de imaginar. Debe quitarse de en medio, señor Holmes, o será pisoteado.
       »—Mucho me temo —dije, mientras me ponía en pie— que el placer de esta entrevista me ha hecho olvidar que hay asuntos importantes que me esperan.
       »Él se levantó también y me miró en silencio, sacudiendo tristemente la cabeza.
       »—Bien, bien… —dijo al fin—. Es una pena, pero he hecho cuanto he podido. Conozco todos los movimientos de su juego. No puede hacer usted nada antes del lunes. Ha sido un duelo entre nosotros dos, señor Holmes. Usted espera llevarme al banquillo de los acusados. Yo le aseguro que nunca me llevará allí. Usted espera derrotarme. Yo le aseguro que no me derrotará nunca. Y, si es usted lo bastante inteligente para destruirme, le aseguro que yo podré hacer lo mismo con usted.
       »—Me halaga usted mucho, señor Moriarty. Deje que le devuelva yo el cumplido diciéndole que, si estuviera seguro de lo primero, aceptaría gustoso, por el bien de la comunidad, lo segundo.
       »—Puedo prometerle una de las dos cosas, pero no la otra —gruñó.
       »Volvió hacia mí su encorvada espalda y se marchó, sin dejar de observarlo todo y de parpadear.
       »Esta fue mi singular entrevista con el profesor Moriarty. Confieso que me dejó una sensación muy desagradable. Su modo de hablar, suave y conciso, logra impresionar más que cualquier bravuconada. Seguramente usted se preguntará: ¿por qué no recurrir a la policía? La razón es que estoy convencido de que el golpe final lo darían sus agentes. Tengo pruebas concluyentes de que sería así.
       —¿Ha sufrido ya algún ataque por parte de ellos?
       —Amigo mío, el profesor Moriarty no es hombre que deje crecer la hierba bajo sus pies. Al mediodía salí a resolver unos asuntos en Oxford Street. Al llegar al cruce de Bentinck Street con Welbeck Street, un carromato tirado por dos caballos giró de repente y se abalanzó como un rayo sobre mí. Salté a la acera y me salvé por una fracción de segundo. El vehículo huyó por Marylebone Lane y desapareció. Tras esto, no volví a bajar de la acera, Watson, pero, mientras caminaba por Vere Street, cayó un ladrillo desde el tejado de una de las casas y se hizo trizas junto a mis pies. Llamé a la policía e hice que examinaran el lugar. Había un montón de tejas y de ladrillos en el tejado, para llevar a cabo unas reparaciones, y dijeron que seguramente lo derrumbó el viento. Por supuesto yo no creí esta versión, pero carecía de pruebas. Después cogí un coche y fui a pasar el día a la casa de mi hermano en Pall Mall. Ahora he venido a visitarle a usted, y de camino hacia aquí me ha agredido un rufián provisto de una porra. He logrado derribarlo y la policía lo ha detenido, pero le aseguro con toda certeza que jamás encontrará conexión alguna entre el caballero contra cuyos dientes me he hecho polvo los nudillos y el retirado profesor de matemáticas, que, me atrevería a decir, está resolviendo fórmulas en una pizarra a diez millas de aquí. Ahora entenderá usted por qué razón lo primero que hice al entrar fue cerrar las contraventanas y por qué le he pedido permiso para salir por un lugar menos notorio que la puerta principal.
       A menudo había admirado el valor de mi amigo, pero nunca tanto como en aquellos momentos, cuando estaba sentado allí, tratando una serie de incidentes que tenían que haber hecho forzosamente que aquel día fuera terrorífico para él.
       —¿Pasará aquí la noche? —le pregunté.
       —No, amigo mío, podría ser un huésped peligroso. Ya he hecho mis planes y todo saldrá bien. Las cosas están lo bastante avanzadas para poder seguir adelante sin mi intervención en lo relativo al arresto, pero mi presencia es imprescindible para conseguir la condena. Por lo tanto, no puedo hacer obviamente otra cosa que desaparecer durante los pocos días que quedan hasta que pueda entrar la policía en acción. Y sería un placer para mí que usted pudiera acompañarme al continente.
       —Mi consulta tiene pocos pacientes en este momento —dije—, y mi vecino médico puede sustituirme. Me encantará ir con usted.
       —¿Y salir mañana por la mañana?
       —Si es conveniente, sí.
       —Sí. Es muy conveniente. Estas son sus instrucciones y le ruego, querido amigo, que las obedezca al pie de la letra, pues se está jugando ahora una partida en la que usted y yo nos enfrentamos al canalla más listo y al sindicato criminal más poderoso de Europa. ¡Escuche bien! Esta tarde enviará por un mensajero de confianza el equipaje que desee llevar consigo, sin ninguna etiqueta, a la estación Victoria. Por la mañana mande a buscar un coche de punto, dando orden de que no cojan el primero ni el segundo que llegue. Suba a él y diríjase al lado de Lowther Arcade que da al Strand, entregando la dirección escrita al cochero y pidiéndole que no la tire. Tenga el importe a punto, y en el preciso instante en que el coche se detenga, precipítese por Lowther Arcade, calculando el tiempo justo para llegar al otro extremo a las nueve y cuarto. Encontrará una berlina esperándole junto a la acera, conducida por un tipo que llevará un grueso abrigo negro con el cuello ribeteado de rojo. Súbase a ella y llegará a la estación Victoria a tiempo para coger el Continental Express.
       —¿Dónde le encontraré a usted?
       —En la estación. Tenemos reservado el segundo compartimiento de primera clase empezando por la cabeza del tren.
       —Este es, pues, nuestro lugar de encuentro.
       —Sí.
       En vano le rogué que se quedara a pasar la noche en mi casa. Temía evidentemente acarrear problemas al hogar bajo cuyo techo se refugiara, y ese fue el motivo que le obligó a marcharse. Con unas palabras apresuradas sobre nuestros planes del día siguiente, se puso en pie, salió conmigo al jardín, saltó el muro que da a Mortimer Street, llamó inmediatamente a un coche y poco después le oí alejarse en él.
       Por la mañana, seguí las instrucciones de Holmes al pie de la letra. Mandé a buscar un carruaje, tomando las precauciones precisas para evitar que fuese uno que hubiesen preparado de antemano, y después del desayuno me dirigí a Lowther Arcade, que recorrí a toda la velocidad que me permitían las piernas. Me esperaba una berlina con un corpulento conductor envuelto en un abrigo oscuro. En cuanto estuve dentro, fustigó al caballo y salimos hacia la estación Victoria. Cuando me apeé, hizo dar media vuelta al caballo y se alejó deprisa, sin dirigirme siquiera una mirada.
       Hasta aquí todo iba bien. El equipaje estaba allí, y no tuve dificultad alguna en encontrar el compartimiento, menos todavía por ser el único del tren con un rótulo de «reservado». Ahora mi único temor era que Holmes no apareciese. En el reloj de la estación solo faltaban siete minutos para la hora de salida. Busqué en vano la enjuta figura de mi amigo entre los grupos de viajeros. No había ni rastro de él. Pasé unos minutos ayudando a un venerable sacerdote italiano que, con un inglés chapurreado, intentaba explicarle al maletero que su equipaje debía facturarse vía París. Tras echar otro vistazo, regresé a mi compartimiento, donde me encontré con que el maletero, a pesar del rótulo, había instalado al anciano sacerdote italiano como compañero de viaje. Fue inútil intentar explicarle que su presencia allí constituía una intrusión, porque mi italiano era todavía más rudimentario que su inglés. Me resigné, pues, y seguí buscando ansiosamente a mi amigo con la mirada. Me sobrecogió un escalofrío al pensar que su ausencia podía deberse a que le había sucedido algo malo durante la noche. Habían cerrado las puertas y sonaba el silbido del tren, cuando…
       —Querido Watson —dijo una voz—, ni siquiera se ha dignado darme los buenos días.
       Me giré estupefacto. El anciano sacerdote volvió el rostro hacia mí. En un instante se borraron las arrugas, la nariz se alejó del mentón, el labio inferior retrocedió y la boca dejó de temblar, los ojos apagados recuperaron su brillo y la encogida figura se irguió. Un momento después, todo el cuerpo se contrajo de nuevo, y Holmes desapareció tan aprisa como había aparecido.
       —¡Cielo Santo! ¡Qué susto me ha dado!
       —Aún es necesario tomar todo tipo de precauciones —cuchicheó—. Tengo motivos para creer que nos siguen de cerca. ¡Ah! ¡Ahí tenemos a Moriarty en persona!
       Mientras Holmes decía estas palabras, el tren había empezado a moverse. Miré hacia atrás y vi a un hombre alto que se abría paso a violentos empujones entre la multitud y que agitaba la mano como si quisiera que detuvieran el tren. Pero era demasiado tarde, porque este iba tomando velocidad e instantes después salía de la estación.
       —A pesar de todas las precauciones que hemos tomado, ya ve que nos ha ido de un pelo —dijo Holmes, riendo.
       Se levantó, se quitó la sotana negra y el sombrero que le habían servido de disfraz y los guardó en una bolsa de mano.
       —¿Ha leído la prensa de la mañana, Watson?
       —No.
       —¿No sabe nada, pues, de lo ocurrido en Baker Street?
       —¿Baker Street?
       —Han prendido fuego a nuestras habitaciones. Sin grandes daños.
       —¡Dios mío, Holmes, esto es intolerable!
       —Debieron perder completamente mi pista después de que arrestaran al matón. De lo contrario, no habrían supuesto que yo regresaba a mi casa. Tomaron, evidentemente, la precaución de vigilarle a usted, y es esto lo que ha traído a Moriarty a la estación Victoria. ¿Ha cometido algún error mientras venía?
       —He hecho exactamente lo que usted me dijo.
       —¿Encontró la berlina?
       —Sí, me estaba esperando.
       —¿Reconoció al cochero?
       —No.
       —Era mi hermano Mycroft. En casos como este es una ventaja poder actuar sin recurrir a mercenarios. Pero ahora tenemos que planear lo que haremos con Moriarty.
       —Como viajamos en un tren expreso que tiene conexión horaria con el barco, creo que nos hemos librado de él.
       —Amigo mío, veo que usted no captó el alcance de mis palabras cuando dije que este hombre está al mismo nivel intelectual que yo. No supondrá usted que, si fuese yo el perseguidor, me daría por vencido ante un obstáculo tan nimio. ¿Por qué tiene, pues, tan baja opinión de él?
       —¿Qué cree que va a hacer?
       —Lo mismo que haría yo.
       —Y ¿qué haría usted?
       —Conseguir un tren privado.
       —Es demasiado tarde.
       —En absoluto. Nuestro tren se detiene en Canterbury, y el barco sale siempre con al menos quince minutos de retraso. Nos alcanzará allí.
       —Se diría que somos nosotros los criminales. Hagamos que lo arresten en cuanto llegue.
       —Sería echar por la borda tres meses de trabajo. Pescaríamos el pez gordo, pero los pequeños se escabullirían por todos los agujeros de la red. El lunes los tendremos a todos. No, no podemos ni plantearnos arrestarle ahora.
       —¿Entonces?
       —Nos apearemos en Canterbury.
       —¿Y después?
       —Tendremos que viajar en tren hasta Newhaven y cruzar desde allí a Dieppe. Moriarty hará lo que haría yo. Seguirá viaje hasta París, localizará nuestras maletas y esperará dos días en el depósito de equipajes. Entretanto, nosotros compraremos un par de bolsas de viaje, apoyaremos la economía de los países donde pasemos adquiriendo todo lo que nos haga falta, y llegaremos tranquilamente a Suiza vía Luxemburgo y Basilea.
       Bajamos en Canterbury y tuvimos que esperar una hora para coger un tren a Newhaven.
       Yo estaba mirando compungido el vagón de equipajes, que se alejaba rápidamente con todas mis pertenencias, cuando Holmes me tiró de la manga y señaló las vías.
       —Ya lo ve… —dijo.
       A lo lejos, de los bosques de Kentish ascendía una delgada columna de humo. Un instante después, una máquina de tren que arrastraba un único vagón tomaba a toda velocidad la curva de entrada a la estación. Casi no nos dio tiempo a escondernos tras un montón de maletas antes de que cruzara traqueteando y rugiendo ante nosotros y nos lanzara en pleno rostro una bocanada de aire caliente.
       —Ahí va —dijo Holmes, mientras veíamos que el único vagón se ladeaba y se zarandeaba al pasar por las agujas—. Como puede ver, la inteligencia de nuestro amigo tiene sus límites. Hubiera sido un golpe genial deducir lo que yo deduciría y actuar en consecuencia.
       —Y ¿qué habría hecho, caso de habernos alcanzado?
       —No cabe la menor duda de que hubiera intentado asesinarme. Pero en este juego participamos dos. Lo que importa ahora es decidir si almorzamos aquí a una hora temprana o si corremos el riesgo de morir de inanición hasta poder comer en el restaurante de Newhaven.
       Aquella noche llegamos hasta Bruselas, donde pasamos dos días, y al tercer día estábamos en Estrasburgo. El lunes por la mañana Holmes telegrafió a la policía de Londres, y por la noche nos aguardaba ya una respuesta en el hotel. Holmes abrió el sobre y luego lanzó maldiciendo el papel a la chimenea.
       —¡Debía haberlo supuesto! —rezongó—. ¡Ha escapado!
       —¿Moriarty?
       —Han pillado a toda la banda menos a él. Se les ha escabullido. Al salir yo del país, no quedó nadie allí capaz de hacerle frente. Pero de veras pensé que les había puesto a este canalla en las manos. Lo mejor será que regrese usted a Inglaterra, Watson.
       —¿Por qué?
       —Porque ahora sería un compañero peligroso para usted. Este hombre lo ha perdido todo. Si vuelve a Londres está acabado. Si he interpretado correctamente su carácter, consagrará ahora todas sus energías a vengarse de mí. Eso afirmó en nuestra breve entrevista. Y creo que hablaba en serio. Le aconsejo de veras que regrese a su consultorio.
       No era un consejo que pudiera tener la más mínima posibilidad de éxito con un tipo como yo, que era a la vez un viejo combatiente y un viejo amigo. Estuvimos discutiendo la cuestión durante media hora en la salle-à-manger, y aquella misma noche reanudamos juntos el viaje y nos dirigimos a Ginebra.
       Pasamos una semana deliciosa merodeando por el valle del Ródano, y después, saliendo por Leuk, llegamos al puerto de montaña de Gemmi, aún cubierto de nieve, y luego, por Interlaken, hasta Meiringen. Fue un viaje encantador, con el delicado verde primaveral a nuestros pies y el virginal blanco invernal sobre nuestras cabezas. Pero yo me daba perfecta cuenta de que Holmes no olvidaba un solo instante la sombra que nos acechaba. Estuviéramos en los acogedores pueblos alpinos o en los solitarios puertos de montaña, yo advertía por las rápidas miradas escrutadoras que dirigía a los rostros de cuantos se cruzaban en nuestro camino su convicción de que no podíamos considerarnos en ninguna parte a salvo del peligro que nos amenazaba.
       Recuerdo que en cierta ocasión, mientras paseábamos por las melancólicas orillas del Daubensee, se desprendió un peñasco de la cresta de una montaña que quedaba a nuestra derecha, rodó ladera abajo y cayó con estrépito en el lago, justo a nuestra espalda. Un instante después, Holmes había escalado la cuesta y, de pie en la cima, escrutaba el paisaje en todas direcciones. En vano le aseguró nuestro guía que en aquel lugar el desprendimiento de piedras era bastante habitual en primavera. No dijo nada, pero me sonrió con el aire del hombre que acaba de comprobar que era cierto lo que había profetizado.
       Pero, a pesar de estar constantemente en guardia, no se deprimió en ningún momento. Al contrario, no recuerdo haberle visto nunca de tan buen humor. Se refirió una y otra vez al hecho de que, si tuviese la certeza de que la sociedad se libraba del profesor Moriarty, daría por felizmente concluida su carrera.
       —Creo poder afirmar, Watson, que mi vida no ha sido completamente inútil —comentó—. Si hoy se cerrara mi historial, sería capaz de examinarlo con ecuanimidad. El aire de Londres es más grato gracias a mí. En más de mil casos, no tengo conciencia de haber usado nunca mi capacidad al servicio del mal. Últimamente me tienta más examinar los problemas de la naturaleza que aquellos, más superficiales, de los que es responsable el artificioso estado de nuestra sociedad. Sus memorias alcanzarán su punto final, Watson, el día que corone mi carrera con la captura o la muerte del criminal más astuto y peligroso de Europa.
       Seré breve pero preciso en lo poco que queda por contar. No es un tema en el que me guste detenerme, pero soy consciente de que no debo omitir ningún detalle.
       Llegamos al pueblecito de Meiringen el 3 de mayo, y nos hospedamos en el Englischer Hof, regentado entonces por el viejo Peter Steiler. Nuestro hospedero era un hombre inteligente y hablaba perfectamente inglés, porque había trabajado tres años en el hotel Grosvenor de Londres como camarero. Siguiendo su consejo, salimos juntos el día 4 con la intención de cruzar las montañas y pasar la noche en la aldea de Rosenlaui. Nos dio instrucciones estrictas de no pasar junto a la catarata de Reichenbach, que queda a media altura de la colina, sin dar un pequeño rodeo para visitarla.
       Es, sin duda, un lugar aterrador. El torrente alimentado por las aguas del deshielo se precipita por un tremendo abismo, del que asciende el agua pulverizada que se asemeja a la humareda de una casa en llamas. El abismo en el que se precipita el río forma un cañón tremendo, flanqueado por rocas relucientes y negras como el carbón, que se va estrechando hasta constituir una espumosa fosa de profundidad incalculable, de la que el agua se desborda y salta con fuerza por encima de los dentados bordes. La enorme masa de agua que cae constantemente y la espesa nube de vapor que asciende incesante aturden con su estrépito y con su movimiento a quien las contempla. Nosotros permanecimos cerca del borde, observando el destello de las aguas al estrellarse contra las negras rocas y escuchando el alarido casi humano que ascendía del abismo con el agua vaporizada.
       El sendero trazaba un semicírculo para dar una vista completa de la catarata, pero terminaba bruscamente, y el viajero se veía obligado a retroceder sobre sus pasos. Dábamos, pues, media vuelta para regresar, cuando vimos que un joven suizo se acercaba corriendo con un carta en la mano. Iba dentro de un sobre del hotel que acabábamos de dejar y me la dirigía a mí el hospedero. Al parecer, a los pocos minutos de nuestra partida había llegado una señora inglesa en estado muy grave. Había pasado el invierno en Davos Platz y se disponía a reunirse con unos amigos suyos en Lucerna, cuando le sobrevino una repentina hemorragia. Creían que le quedaban solo unas horas de vida, pero sería un gran consuelo para ella ver a un médico inglés, de modo que, si yo quería regresar, etcétera. El bueno de Steiler me aseguraba en la posdata que consideraría que le hacía a él un gran favor, porque la mujer se negaba a que la atendiese un médico suizo, lo cual hacía recaer sobre él una enorme responsabilidad.
       Era difícil negarse a una petición de ese tipo. Me resultaba imposible negarme al ruego de una compatriota que agonizaba en tierras extrañas. Pero tenía reparos en abandonar a Holmes. Acordamos por fin que el joven mensajero suizo se quedaría con él como guía y acompañante mientras yo regresaba a Meiringen. Mi amigo me dijo que se quedaría un rato más en la cascada y que luego iría paseando por la colina hasta Rosenlaui, donde yo podría reunirme con él por la noche. Mientras me alejaba, vi a Holmes, con la espalda apoyada contra una roca y los brazos cruzados, observando el correr de las aguas. Era la última imagen que iba a tener de él.
       Cuando me hallaba cerca del final de la pendiente, volví la vista atrás. Era imposible, desde aquella posición, ver la catarata, pero sí podía ver la curva del sendero que conducía hasta ella. Recuerdo que un hombre caminaba apresuradamente por él. Pude distinguir su negra silueta dibujada contra el fondo verde.
       Tardé poco más de una hora en llegar a Meiringen. El viejo Steiler estaba de pie en el porche del hotel.
       —Bueno —le dije, acercándome presuroso—. Espero que la mujer no haya empeorado.
       Un gesto de extrañeza pasó por su cara, y me dio un vuelco el corazón al ver que parpadeaba sorprendido.
       —¿No ha escrito usted esto? —le pregunté, mientras me sacaba la carta del bolsillo—. ¿No hay una señora inglesa enferma en el hotel?
       —¡No, no la hay! —exclamó—. ¡Pero la carta viene en un sobre del hotel! Ah, debió escribirlo aquel inglés alto que llegó después de que ustedes se marcharan. Dijo que…
       Pero yo no esperé las explicaciones del hospedero. Corrí aterrado por las calles del pueblo, en dirección al sendero por el que acababa de bajar. El descenso me había llevado una hora. A pesar de todos mis esfuerzos, habían transcurrido otras dos cuando llegué de nuevo a la catarata de Reichenbach. En la roca donde había dejado a Holmes estaba todavía su bastón de montaña, pero de él no había rastro y fue inútil que le llamara a gritos. Obtuve por única respuesta el eco de mi propia voz al reverberar sucesivamente en los peñascos que me rodeaban. Fue ver aquel bastón lo que me dejó helado y enfermo. Probaba que Holmes no había ido a Rosenlaui. Se había quedado allí, en aquel sendero de tres pies de anchura, con un muro cortado a pico a sus espaldas y un abismo ante sus pies, hasta que le alcanzó su enemigo. También había desaparecido el joven suizo. Seguramente estaba pagado por Moriarty y había dejado solos a los dos hombres. Y después, ¿qué había sucedido? ¿Quién podría saber lo que había ocurrido después?
       Permanecí inmóvil un par de minutos para recuperarme, porque lo terrible del suceso me había anonadado. Después empecé a pensar en los métodos de Holmes, e intenté ponerlos en práctica para esclarecer la tragedia. ¡Resultó, por desdicha, muy fácil! Nosotros dos no habíamos llegado, mientras hablábamos, hasta el final del sendero, y el bastón indicaba el punto en que nos habíamos detenido. La humedad que despide la nube de vapor mantiene siempre blando el suelo negruzco y hasta un pájaro dejaría huellas en él. Había dos líneas de huellas claramente perceptibles en el sendero, las dos alejándose de mí. No había ninguna de regreso. A pocas yardas del final, el suelo estaba pisoteado y embarrado, y las cañas y helechos de alrededor habían sido arrancados o destrozados. Me tumbé boca abajo y miré hacia el fondo; las minúsculas partículas de agua pulverizada saltaban a mi alrededor. Había ido oscureciendo y solo podía distinguir, aquí y allá, el brillo de la humedad en las negras paredes y, muy abajo, al final del cañón, el resplandor de las aguas revueltas. Grité, pero solo llegó hasta mí el rugido casi humano de la cascada.
       Pero yo iba a recibir, a pesar de todo, unas últimas palabras de despedida de mi amigo y compañero. Como he dicho, su bastón había quedado apoyado en una roca que sobresalía junto al camino. Vi brillar algo sobre ella, alargué la mano y encontré la pitillera de plata que Holmes llevaba siempre consigo. Al cogerla, cayó al suelo ondeando un trozo de papel que había debajo. Lo desdoblé y vi que se trataba de tres hojas arrancadas de su bloc de notas, y dirigidas a mí. Era característico de mi amigo que la dirección estuviera tan clara y la letra fuera tan segura y precisa como si las hubiese escrito sentado en su despacho. Decían así:

    Mi querido Watson:
     Escribo estas pocas líneas por cortesía del señor Moriarty, que me espera para que entablemos la discusión final sobre las cuestiones que median entre nosotros. Me ha hecho un esbozo de los métodos de que se ha valido para esquivar a la policía inglesa y para mantenerse informado de nuestros movimientos. Esto confirma, desde luego, la elevada opinión que yo me había formado de su inteligencia. Me alegra pensar que podré liberar a la sociedad de los efectos que pudiera causar su presencia, aunque mucho me temo que hay que pagar un elevado precio y que esto apenará a mis amigos y especialmente a usted, querido Watson. De todos modos, ya le expliqué que mi carrera había alcanzado su cenit y que no podía imaginar para ella mejor final que este. De hecho, para serle sincero, yo estaba seguro de que la carta de Meiringen era falsa, y permití que usted se marchara porque preveía que iba a suceder algo así. Dígale al inspector Paterson que los documentos que necesita para la condena de la banda están en la carpeta M, dentro de un sobre azul y marcados con el nombre «Moriarty». Antes de salir de Inglaterra resolví todos mis asuntos y dejé los documentos relativos a mi herencia a mi hermano Mycroft. Le ruego transmita mis saludos a la señora Watson. Sinceramente suyo para siempre, querido amigo,
SHERLOCK HOLMES
       Bastarán unas palabras para redactar lo poco que aún queda por contar. Un examen realizado por expertos apenas si deja dudas de que la pelea entre aquellos dos hombres terminó, como solo podía terminar dada la situación, con la caída de ambos al abismo, abrazados el uno al otro. Resultaba inútil cualquier intento por recuperar los cadáveres y allí, en lo más hondo de aquella espantosa caldera de aguas revueltas y espuma efervescente, quedarán para siempre sepultados el más peligroso de los criminales y el más distinguido paladín de la justicia que haya tenido nuestra generación. Nada se supo del paradero del joven suizo, y no cabe duda de que era uno de los numerosos cómplices de Moriarty. En cuanto a la banda, el público recordará para siempre el modo en que las pruebas que Holmes había acumulado demostraron por completo la culpabilidad de todos sus miembros, y con cuánto peso cayó sobre ellos la mano de mi amigo, aún después de muerto. Pocos detalles salieron a la luz durante el proceso acerca de su terrible jefe y, si yo hoy me he visto obligado a exponer detalladamente su carrera, se debe a los individuos insensatos que han intentado reivindicar su memoria mediante ataques a aquel a quien siempre consideraré el mejor y más inteligente de los hombres que me ha sido dado conocer.

16 de marzo de 2020

Actividad sobre texto de Holmes.

                                     ACTIVIDAD SOBRE EL TEXTO DE PORTADA.


     Mientras esperamos volver a compartir el curso propongo por medio de este blog una primer tarea. A partir de la lectura del primer cuento del libro Estudio en escarlata denominada Mr Sherlock Holmes realicen una caracterización de ambos personajes: Holmes y Wattson. (física y moral) 
Reconozcan quién es el narrador de este primer capítulo del libro. 
Estudien el fragmento escrito antes del cuento para señalar quién recoge la historia de Holmes. 
Buscar definición de cuento policial.
En otra instancia subo al blog el cuento El problema final perteneciente a Las memorias de Sherlock Holmes para leer sobre la supuesta muerte del personaje. 

Realicen la actividad como forma de seguir el curso
Giovanna

Texto presentación del curso.



                                              INTRODUCCIÓN AL TEXTO DE PORTADA        
                            SHERLOCK HOLMES MURIÓ DOS VECES
Mayo 26
     La primera muerte de Sherlock Holmes ocurrió en 1891. Lo mató su papá: el escritor Arthur Conan Doyle ya no pudo soportar que su pedante criatura fuera más famosa que él, y desde una altura de los Alpes arrojó a Sherlock al abismo.
     La noticia se conoció poco después, cuando se publicó en la revista Strand. Entonces el mundo entero se vistió de luto, la revista perdió a sus lectores y el escritor perdió a sus amigos.
     No demoró mucho la resurrección del más famoso de los detectives.
     Conan Doyle no tuvo más remedio que devolverlo a la vida.
     De la segunda muerte de Sherlock, nada se sabe. En su casa de Baker Street, nadie atiende el teléfono. Ya le habrá llegado la hora, eso es seguro, porque de morir habemos, aunque llama la atención que nunca se haya publicado su necrológica en las páginas del Times.
                    Eduardo Galeano. (autor uruguayo) Texto perteneciente a “Los hijos de los días” 2011.